Bernadette Bensaude-Vincent

47-2012
47-2012
© Mètode

Su incansable esfuerzo por construir puentes intelectuales que nos ayuden a comprender la ciencia en el pasado y en el presente es quizás uno de los rasgos que mejor caracterizan el trabajo de Bernadette Bensaude-Vincent, catedrática de Historia y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de la Sorbona en París, nacida en Béziers (Francia) en 1949, casada y madre de tres hijos. Puentes entre la historia y la filosofía de la ciencia que han permitido integrar el conocimiento del pasado en la reflexión filosófica sobre el estatuto de una ciencia experimental como la química. Puentes también entre el pasado y el presente, que han ayudado a comprender la química actual desde una perspectiva histórica. Puentes, por último, entre la ciencia y sus públicos, cada uno con sus propios saberes, miedos e ignorancias. De todo ello, de química, de historia y filosofía, de expertos y profanos, de ignorancias y de miedos, hablamos con esta autora de decenas de libros y centenares de artículos en los que la química, sus producciones y su imagen social han sido protagonistas destacados.  

¿Por qué una persona como usted, con formación filosófica, se dedicó a la historia de una ciencia experimental como la química?
Mis primeros acercamientos a la química datan de la época en la que preparaba la oposición de filosofía. Tenía entonces 21 años. El tema elegido para el concurso de aquel año era «la materia». Desde entonces no he cesado de «filosofar sobre la materia», pero no tanto como concepto general, sino en relación a sus concreciones, esto es, los materiales. Y, trabajando sobre la materia, era difícil no cruzarse con la química.

Y es de suponer que también con los químicos. ¿qué ha aprendido de ellos?
En efecto, he tenido la suerte de poder discutir con muchos químicos y acercarme a su visión de la química. Esto me ha permitido identificar algunas de las cuestiones de orden filosófico inherentes a esta ciencia. Enseguida me di cuenta de que la química era, en cierto modo, la pariente pobre de la reflexión epistemológica. La inmensa mayoría de los filósofos de la ciencia se habían interesado preferentemente por la física y la biología. Esto me llevó a preguntarme si era posible construir una filosofía para la química que tuviera en cuenta sus especificidades y que fuese capaz de definirse a sí misma sin necesidad de compararse a la física.

¿Piensa, por lo tanto, que la química es esencialmente diferente a la física?
Desde mi punto de vista, no existe una esencia propia de la química. Su identidad se ha construido a través de una larga historia de prácticas diversas y multiformes, su especificidad se ha ido conformando en las numerosas batallas libradas en pro de un reconocimiento académico y social, así como en las constantes controversias entre sus diferentes practicantes. Es precisamente esta idea la que me llevó a interesarme por la historia de la química y a descubrir que existía una auténtica cultura de los químicos, es más, que existían diferentes culturas de la química. Culturas que los filósofos han ignorado durante mucho tiempo.

Una de sus principales líneas de investigación ha sido el estudio de la obra de Antoine-Laurent Lavoisier. Colaboró en numerosos actos y publicaciones relacionadas con la celebración del bicentenario de su muerte. Ahora que han pasado casi dos décadas, ¿podemos valorar la repercusión que tuvo esta conmemoración en la visión sobre este personaje y la revolución química?
Las conmemoraciones son siempre una ocasión para que los historiadores se reactiven y ganen algo de visibilidad. También pueden servir para establecer un balance de los trabajos realizados desde la última conmemoración. Esto es lo que ocurrió con la conmemoración del bicentenario de la muerte de Lavoisier, en 1994. Se celebraron decenas y decenas de congresos y conferencias, tanto en Francia como en numerosos países, y aparecieron bastantes publicaciones. Y, aun así, no puede afirmarse que de todo ello surgiera una interpretación consensuada de la revolución química. Al contrario, todos estos actos, en los que se congregaron químicos e historiadores de la ciencia profesionales, no hicieron más que poner de manifiesto el abismo que separa el culto a un Lavoisier fundador de la química moderna, todavía fuertemente arraigado entre los químicos, y las interpretaciones mucho más matizadas de los historiadores.

¿Quiere decir que la investigación histórica no ha logrado cambiar la imagen de la revolución química instalada en la memoria de la comunidad química?  
El desacuerdo no es solo entre científicos e historiadores profesionales. La conmemoración de 1994 puso de manifiesto la diversidad y divergencia de las visiones existentes entre los «Lavoisier scholars». Es cierto que ya son pocos los historiadores que defienden actualmente la idea de una experiencia crucial como origen de la revolución química o de una fundación de la química por Lavoisier. Pero el rechazo de una visión positivista e ingenua de este tipo no ha servido para construir una visión coherente del proceso que se desarrolló durante las dos últimas décadas del siglo xviii ni tampoco del papel preciso que en dicho proceso tuvo Lavoisier.

Su libro Lavoisier: memorias de una Revolución, publicado en 1993, fue una invitación a una reflexión crítica sobre la figura del químico francés que contrastó con el tono hagiográfico de no pocos libros y actos conmemorativos del bicentenario. ¿Qué pretendía con su libro y qué es lo que piensa que consiguió?
Este libro no es tanto una biografía intelectual de Lavoisier como una contribución a la historiografía de las revoluciones científicas, hecha desde la perspectiva de un estudio de caso, el de la revolución química. Había varias cuestiones que me interesaba explorar
y una de ellas era clarificar la relación entre revolución y fundación. Para ello, comencé por reubicar el acontecimiento considerado como fundador, situándolo en el contexto de la química de la Ilustración y tratando así de evitar el efecto pantalla que provocaba la revolución atribuida a Lavoisier. Traté de mostrar que el trabajo de Lavoisier se inscribía en una tradición química que se encontraba en su momento de máximo esplendor, gracias, entre otras cosas, al apoyo de la Real Academia de Ciencias de París. Y que, además, este formaba parte de la carrera iniciada internacionalmente para la identificación de los gases, la llamada ciencia neumática, que fue el escenario en el que tuvo lugar la revolución química. La teoría química que Lavoisier logró implantar no significó el abandono de toda la química anterior. Los elementos-principios imponderables siguieron vivos, así como la química de las sales y de las afinidades, tan importantes antes como después de estas novedades teóricas. 

¿Dónde está, entonces, la ruptura, si es que la hubo?
Creo que Lavoisier fue un innovador sobre todo en el plano de las prácticas químicas. La balanza, en particular, fue en las manos de Lavoisier mucho más que un simple instrumento de medida, que, por cierto, ya existía en los laboratorios de química desde mucho antes. La balanza se convirtió en un instrumento alrededor del cual Lavoisier articuló muchos aspectos de su actividad y su carrera científica, pero también financiera, como economista y reformador, etc. 

Y en el lenguaje…
Sí, en efecto, la publicación en 1787 del Método de nomenclatura química es un punto de ruptura con el pasado. Pero, esta reforma del lenguaje fue en realidad una empresa colectiva llevada a cabo por cuatro químicos, y no significó, como se ha pensado, la culminación de la revolución química, sino que fue precisamente un poderoso vehículo para difundirla, puesto que permitió propagar la nueva química a través de los manuales de enseñanza. En todo caso, como se ha mostrado en los estudios más recientes, la adopción o la adaptación de la nueva nomenclatura no supuso necesa­riamente la adhesión al conjunto de teorías propuestas por Lavosier. 

  «No existe una esencia propia de la química. Su identidad se ha construido a través
de una larga historia
 de prácticas diversas
y multiformes»
49-2012
© Mètode
  «La ciencia puede ser presentada como un espectáculo atractivo
y sensacional, que haga soñar, reír y, en ocasiones, incluso… pensar»

¿Cree que su libro ha servido para salvar el abismo entre la historia y la memoria de la revolución química?
Mi intención, en todo caso, fue mostrar al lector la historicidad de las diferentes interpretaciones de la revolución química. Además de recordar los orígenes del concepto de «revolución científica» en el siglo xviii, en mi libro presento las diferentes interpretaciones de la revolución química, comenzando por la del actor principal, Lavoisier, y la de los testimonios de aquellos acontecimientos, que vivieron, entre otras cosas, la muerte trágica de Lavoisier en el cadalso. Muestro cómo los químicos del siglo xix (Jean Baptiste Dumas y, más tarde, Charles Adolphe Wurtz, entre otros) fueron los que forjaron la estatua del Lavoisier fundador de la química, en el contexto de las disputas nacionalistas entre los químicos franceses y alemanes de finales del siglo xix. Todo ello para poder confrontar todas estas narraciones con las interpretaciones que han avanzado los historiadores profesionales contemporáneos. A partir de esta confrontación, lo que pretendo es invitar a una reflexión más general sobre las relaciones entre la memoria y la historia y el papel que la historia tiene en la vida de las comunidades científicas. 

¿Cree usted que un químico actual puede reconocerse al mirar la química del siglo xviii? 
No sé si podría reconocerse, pero sin duda sí podría encontrar en ella muchos elementos de reflexión. Creo que los recientes estudios sobre la química del siglo xviii ofrecen una imagen de la química que contrasta con el desamor actual hacia esta ciencia y que ayuda a reflexionar sobre sus causas. La química era una ciencia mimada por el público en el siglo xviii, considerada como un elemento esencial de la cultura de las Luces, valorada como una ciencia útil al bien público, a la prosperidad económica, a la explotación de los recursos mineros, de la higiene, etc. Esto invita a reflexionar sobre las razones que han podido llevar a transformar esta imagen positiva en una imagen diabólica que asocia la química con la muerte, con el veneno, con la contaminación, con la depredación de los recursos naturales. 

¿Cuál sería el papel de la divulgación científica en esta toma de conciencia sobre la responsabilidad de la ciencia?
La ciencia puede ser presentada como un espectáculo atractivo y sensacional, que haga soñar, reír y, en ocasiones, incluso… pensar. 

Pensar también sobre las causas que pueden haber conducido a la imagen actual de la química y a la deserción de los estudiantes de las aulas de química…
Es cierto que la química tiene el triste privilegio de ser la ciencia que más miedo produce, al menos en Francia. Pero creo que esto tiene que ver menos con la crisis de identidad que con los problemas de la contaminación, algunos medicamentos mortíferos o con accidentes espectaculares como el de Seveso. Por otra parte, no creo que la deserción de los estudiantes sea específica de la química. Es un fenómeno más general que afecta a otras disciplinas científicas tradicionales. La desconfianza actual hacia las ciencias y las técnicas o hacia los expertos hay que entenderla a la luz de las consecuencias que han tenido catástrofes como la de Chernobil o escándalos como el de la sangre contaminada o las vacas locas.

¿Cómo puede ayudar la historia a afrontar el «miedo a la química»?
El miedo a la química no procede de la ignorancia o de la credulidad de un público ignorante y lo bastante ingrato como para no querer ver todo lo que debe a la química. El miedo hay que buscarlo en dos aspectos de la historia de esta ciencia, uno cultural y el otro más bien económico. Por una parte está la oposición habitual entre «químico» y «natural», que tiene unas profundas raíces culturales que se remontan a la alquimia medieval. En el contexto de la cultura escolástica, la fabricación de artificios se relaciona, bien con la falsificación, o bien con la magia. El artificio estaba considerado como algo contranatural, subversor del orden de la creación y revelador de la arrogancia del hombre en su pretensión de igualar a Dios. Esta dimensión fraudulenta de la química permanece anclada muy profundamente en la memoria cultural.

Pero, como señala, también resulta muy importante la relación de la química con los nuevos modos de producción industrial.
El desarrollo de las industrias químicas en el contexto de una economía dirigida a la producción masiva de productos desechables asocia la química con la inmoralidad y con las nociones de vanidad, superficialidad y falta de autenticidad. La química, con sus productos de consumo masivo a base de petróleo, se asocia a la figura del depredador que no tiene en cuenta a la naturaleza. El movimiento de la ecología industrial y de la economía del cow boy, que explota los recursos sin preocuparse por lo que deja atrás, tiene en su centro a todas las producciones químicas que fabrican en masa productos efímeros que multiplican los flujos de materiales y las extracciones de fuentes de energía y materiales del planeta.

Y con la producción de desechos …
En efecto, a fuerza de acumular productos y desechos claramente visibles y omnipresentes, la química se encuentra, de nuevo, responsable de los ataques al medio ambiente y una vez más designada como enemiga de la naturaleza. Es en este contexto histórico y cultural global donde la cuestión debe de ser debatida, más allá de los titulares y de la propaganda. Ha pasado ya el tiempo de las cruzadas, cuando las compañías químicas intentaban lavarse la cara a golpe de campaña publicitaria.

Estas campañas muestran un interés continuado de la industria química por influir en la opinión pública. Uno de sus libros se titula La opinión pública y la ciencia. Cada cual con su ignorancia ¿Cuál es la mayor ignorancia de la ciencia?
Su público, esto es lo que más ignora la ciencia. 

Antonio García Belmar. Profesor titular del Departamento de Enfermería Comunitaria, Medicina preventiva y Salud Pública e Historia de la Ciencia. Universitat d’Alacant.
José Ramón Bertomeu Sánchez. Profesor titular del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero (Universitat de València-CSIC).
© Mètode 69, Primavera 2011.

  «La desconfianza actual hacia
las ciencias y las técnicas
o hacia los expertos hay que entenderla a la luz de las consecuencias que han tenido catástrofes como la de Chernobil o escándalos como el de la sangre contaminada o las vacas locas»
© Mètode 2011 - 69. Afinidades electivas - Número 69. Primavera 2011