Frustrados, incomprendidos y olvidados

Los expedicionarios españoles de la Ilustración

http://dx.doi.org/10.7203/metode.79.2647

Durante el siglo XVII la corona española había dado la espalda al riquísimo acervo cultural de sus colonias. Pero en el último tercio del XVIII retomó su primitiva actitud descubridora. Como en gran parte de las acciones promovidas durante el período ilustrado, hombres e instituciones vienen a servir a los intereses del Gobierno, no siempre bien definidos, de la mejor manera que les posibilita su preparación.

La realización de estos viajes de exploración supondrá la incorporación de España a un modelo generalizado entre los otros imperios europeos, donde una aventura expedicionaria conllevaba no solo la reivindicación de las coronas respectivas sobre los territorios coloniales, también la elaboración de estudios cartográficos y catálogos de aquellas riquezas naturales con vistas a una posible comercialización. Ciertamente la corona española se sumó tarde a la corriente expedicionaria, vigente desde el siglo XVII en el resto de Europa, pero habría de hacerlo con entusiasmo y con fuertes costes económicos.

El proyecto expedicionario ilustrado

El proyecto expedicionario hispano comienza a adquirir una mayor presencia, en la mente de los ilustrados españoles, hacia 1776, con ocasión del deseo manifestado por la corona francesa de realizar un viaje científico a los territorios españoles del Perú. El modelo no es nuevo, piénsese en la participación de Jorge Juan y Antonio de Ulloa en la expedición dirigida por Charles de La Condamine unos años antes; tampoco lo es el interés de algunos estudiosos hispanos por conocer la naturaleza americana, como pone en evidencia la integración de un equipo de naturalistas en la Expedición de Límites comandada por José de Iturriaga, en los años centrales del siglo (Puerto Sarmiento, 1988).

«Una aventura expedicionaria comportaba al reivindicación de las coronas sobre los territorios coloniales y la elaboración de estudios cartográficos y catálogos de aquellas riquezas naturales con vista a una posible comercialización»

Pero es durante este último cuarto del siglo XVIII cuando una parte de la élite política española parece haber tomado conciencia de la necesidad de fomentar las nuevas ciencias útiles y, desde esta opción, se encuentra latente una cierta disponibilidad ideológica para abordar las relaciones con América desde una nueva óptica; el propio Pedro Rodríguez Campomanes lo reivindicaba así en su Discurso sobre la educación popular, fechado en 1775.

El programa expedicionario español, pergeñado como consecuencia de la solicitud de la corona francesa para explorar el «Perú», quedará bajo la tutela de la Secretaría de Gracia y Justicia de Indias, a la sazón regentada por José de Gálvez, y los aspectos técnicos serán encomendados a Casimiro Gómez Ortega, catedrático primero del Real Jardín, quien actuó como un «gestor gubernamental». Él se convierte, de facto, en el director técnico de la expedición hispanofrancesa al Virreinato del Perú; elegirá a sus discípulos, Hipólito Ruiz y José Pavón, para que viajen –como botánicos– junto al francés Joseph Dombey, y se encargará de darles un cierto barniz que permita olvidar su juventud y su parco conocimiento del espacio y de la materia objeto de estudio; ello no fue óbice para que la dirección de la empresa le fuera conferida a Hipólito Ruiz (González Bueno y Rodríguez Nozal, 2000).

La expedición dirigida por José Celestino Mutis, en el Virreinato de Nueva Granada, no estuvo, en la práctica, sujeta a las directrices impuestas desde Madrid. La puesta en marcha de esta expedición fue decretada por el virrey-arzobispo, a comienzos de 1783, sin esperar el plácet de la Corte; este se concedería a hechos consumados. En la imagen, retrato de José Celestino Mutis, realizado en 1811 por Pablo Antonio García del Campo. / INC Real Jardín Botánico-CSIC

Durante casi cuatro años, entre 1777 y 1781, los expedicionarios herborizaron en las costas de Lima y la ceja de las montañas andinas, pero la rebelión de Túpac Amaru II (780-1781) les impidió seguir trabajando libremente en las montañas del Perú; no parece que la monarquía española pudiera permitirse que un extranjero tuviera conocimiento de la situación de rebeldía que se vivía en su territorio colonial. La expedición tuvo un nuevo destino: Chile, por sus tierras viajaron entre 1781 y 1783; a su vuelta al puerto de El Callao, en abril de 1784, Joseph Dombey embarcó en dirección a Cádiz, y a su llegada se verá sometido a un fuerte y prolongado registro fronterizo dirigido por Gómez Ortega.

Tras el retorno del francés a la metrópoli, los botánicos españoles regresan a los quinares andinos; en ellos trabajaron, en un clima envuelto en densas nieblas y conflictos personales, hasta los últimos días de enero de 1788; a fines de marzo de ese año embarcan en El Callao con destino a Cádiz; en este puerto harían su entrada en septiembre de 1788. Se inicia una nueva etapa, tampoco mucho más tranquila, en el acontecer diario de los expedicionarios en la Península.

Mientras los expedicionarios españoles se encuentran trabajando en los quinares de los Andes, en los comienzos de 1787, Juan Bautista Muñoz, cosmógrafo de Indias, encargado de reordenar los fondos de los expulsos jesuitas, localiza en la biblioteca del Colegio Imperial de Madrid una copia de los manuscritos de Francisco Hernández, médico de Felipe II que había viajado a Nueva España para estudiar sus producciones naturales en 1570. La noticia fue comunicada a José de Gálvez, ministro de Indias, quien encomendó a Gómez Ortega la actualización y publicación del manuscrito.

«No es difícil ver en la expedición dirigida por Mutis una opción autónoma de la colonia, destinada a introducir en la futura Colombia las nuevas ciencias y técnicas»

Apenas un par de años antes, en la primavera de 1785, Martín Sessé, médico aragonés establecido en México, había escrito al catedrático primero del Real Jardín proponiendo la realización de una expedición botánica destinada, además de a la catalogación de los recursos naturales del Virreinato de Nueva España, a la institucionalización de las nuevas enseñanzas sanitarias en el territorio colonial.

La suma de ambos hechos conduce a la formalización, en marzo de 1787, de una expedición botánica a Nueva España. En ella se encomienda a su director –Martín Sessé– la creación de un Jardín Botánico en México destinado, como el de Madrid, a renovar los estudios sanitarios y a centralizar los trabajos de catalogación de las riquezas naturales del Virreinato. Martín Sessé consigna en sus escritos como inicio de la expedición el 1 de octubre de 1787; el primer curso de Botánica en México se inauguró el 2 de mayo de 1788 (Moreno, 1988). En 1790 se incorporaron a la expedición los primeros discípulos formados en el nuevo jardín: José Mariano Mociño y José Maldonado. Los expedicionarios retornaron a la metrópoli, no sin dificultades, a lo largo del segundo semestre de 1803.

«Los materiales de los expedicionarios acabarían siendo distribuidos entre los botánicos europeos interesados en la flora del nuevo mundo o depositados en los archivos de las instituciones españolas»

Reiniciado el proceso de reconocimiento y catalogación de las riquezas naturales del Nuevo Mundo, este continuó por vías diferentes a las planeadas desde la corte. Es el caso de la expedición dirigida por José Celestino Mutis, en el Virreinato de Nueva Granada, la cual no estuvo, en la práctica, sujeta a las directrices impuestas desde Madrid. La puesta en marcha de esta expedición fue decretada por el virrey-arzobispo, a comienzos de 1783, sin esperar el plácet de la corte; este se concedería a hechos consumados. Conocidas las realizaciones de esta expedición no es difícil ver en ella una opción autónoma de la colonia, destinada a introducir en la futura Colombia las nuevas ciencias y las nuevas técnicas, en un discurso bien alejado de las pretensiones metropolitanas. Aunque Gómez Ortega insistiera ante José de Gálvez en la necesidad de que las expediciones de Perú y Nueva Granada intercomunicaran sus resultados, y de que el monarca accediera a ello por real orden de 21 de noviembre de 1783, no se acató tal disposición, produciéndose enfrentamientos entre uno y otro equipo expedicionario, cuya presentación «científica», en torno a las quinas americanas, no hace sino ocultar el gran problema de fondo: el control económico de las riquezas coloniales (González Bueno, 2008).

Dibujo de Mutisia clematis realizado por Salvador Rizo para la expedición botánica al Virreinato de Nueva Granada (1783-1816) dirigida por José Celestino Mutis. La planta fue bautizada así por Linneo hijo en honor a Mutis. / Real Jardín Botánico-CSIC

La expedición a Filipinas tiene como objeto la apertura de nuevas vías comerciales entre el archipiélago y la metrópoli; la iniciativa parte de la Real Compañía de Filipinas, fundada en 1785. La contratación de Juan de Cuéllar corre a cargo de la Real Compañía, pero su elección se debe a Gómez Ortega, en un intento de convertir esta empresa privada en un nuevo eslabón del proyecto expedicionario. Los beneficios económicos no son los esperados por la Real Compañía y, a partir de 1795, esta decide prescindir de los servicios del botánico.

Mas los gobernantes ilustrados no solo querían conocer las riquezas del Imperio, también sus límites territoriales: si hubiera que señalar un proyecto con el que se pretendiera obtener una visión global de las producciones naturales del mundo colonial, este sería la expedición de las corbetas Descubierta y Atrevida capitaneadas por Alejandro Malaspina y José Bustamante, financiadas por la Armada española y en la que la opinión de Gómez Ortega fue especialmente tenida en cuenta en el momento de seleccionar a los naturalistas que habrían de integrarse en ella (Galera Gómez, 2010). Entre 1789 y 1794 los expedicionarios españoles recorrieron los territorios coloniales, levantando derroteros para «la poca experta navegación mercantil», herborizando y recolectando las producciones naturales que se les presentaban a su paso y, en palabras de Malaspina, ocupándose de «la investigación del estado político de la América, así relativamente a España como a las naciones extranjeras».

Coda: una sinfonía perfecta

¿Cuál fue el fi nal del ambicioso proyecto expedicionario pergeñado durante la Ilustración? A su vuelta a España los expedicionarios peruanos, los primeros en llegar a la metrópoli, comienzan a trabajar sobre los materiales herborizados. Los resultados de cariz económico, los de mayor interés para los organizadores, fueron publicados con relativa prontitud: en 1792 H. Ruiz daría a las prensas su Quinología…, un tratado con el que pretendía fi jar doctrina acerca del comercio de esta polémica corteza, en términos especialmente laudatorios para la procedente de Loxa; una actitud que favorecía las pretensiones comerciales del propio Gómez Ortega.

Desde el verano de 1792 trabajarían en una institución propia, la Ofi cina Botánica, ubicada en Madrid y dependiente de la Secretaría de Gracia y Justicia de Indias, a quien siempre quedó vinculado este programa americano; a ella fueron remitidos, cuando llegaron, los expedicionarios novohispanos, pues la Oficina Botánica se concibió como un centro estatal dedicado al estudio y publicación de la fl ora americana. En 1798, seis años después del inicio de sus trabajos, vería la luz el primer volumen de la Flora Peruviana et Chilensis…, le seguirían dos tomos más; apenas unos años antes, en 1794, había aparecido un Flora Peruvianae et Chilensis, prodromus… con las descripciones de los nuevos géneros descubiertos (González Bueno y Rodríguez Nozal, 2000).

Poco más fue lo publicado del trabajo realizado por los expedicionarios españoles en América; sus materiales acabarían siendo distribuidos entre los botánicos europeos interesados en la fl ora del Nuevo Mundo o depositados, para dormir el sueño de los justos, en los archivos de las instituciones españolas. Ni los informes políticoeconómicos de Alejandro Malaspina ni los inventarios realizados por los distintos grupos que se ocuparon de recolectar las producciones americanas corrieron mejor suerte. La aventura expedicionaria ilustrada se nos presenta como una «ilusión quebrada», una historia en la que los protagonistas quedan sumidos en la frustración, la incomprensión y el olvido (Puerto Sarmiento, 1988). La reforma sanitaria augurada desde la Corte no fue llevada a cabo; los nuevos productos de comercio que habrían de proporcionar una saneada balanza económica no encontraron hueco en el mercado internacional; la ansiada Flora americana que habría de mostrar la riqueza de los territorios coloniales –y el conocimiento metropolitano sobre ellos– no logró salir de imprenta. La propia polémica sobre la quina, sostenida entre los grupos dirigidos por Casimiro Gómez Ortega y José Celestino Mutis, no es más que una lucha comercial por situar en el mercado un producto con una determinada «denominación de origen», que beneficiara económicamente a uno u otro de los polemistas.

No obstante, en la labor de los expedicionarios españoles no todo fue un rotundo fracaso. Los manuscritos de los expedicionarios quedaron inéditos, pero su labor no fue baldía; buena parte de los materiales colectados llegaron, por diversos y azarosos caminos, a los grandes herbarios europeos del siglo XIX, lo que posibilitó que otros científicos europeos dieran a conocer la exuberancia de la flora americana. Y sobre todo quedó su legado en tierras americanas; a los expedicionarios españoles se debe, en gran parte, la introducción en América de las nuevas teorías científicas vigentes en la Europa ilustrada, la formación de discípulos, continuadores de la actividad bosquejada por los expedicionarios, y la creación de instituciones –cátedras universitarias y jardines botánicos–, donde estos pudieron seguir desarrollando las nuevas ciencias. Pero no era este el objetivo buscado por los gestores metropolitanos; como en tantas otras ocasiones, los proyectos metropolitanos y las realidades coloniales fueron bien distintos.

GALERA GÓMEZ, A., 2010. Las corbetas del Rey: el viaje alrededor del mundo de Alejandro Malaspina (1789-1794). Fundación BBVA. Madrid.

GONZÁLEZ BUENO, A., 2008. José Celestino Mutis (1732-1808). Naturaleza y arte en el nuevo Reyno de Granada. CSIC / AECID. Madrid.

GONZÁLEZ BUENO, A. y R. RODRÍGUEZ NOZAL, 2000. Plantas americanas para la España ilustrada: génesis, desarrollo y ocaso del proyecto español de expediciones botánicas. Universidad Complutense de Madrid. Madrid.

MORENO, R., 1988. La primera cátedra de botánica en México, 1788. Sociedad Botánica de México / Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y de la Tecnología. México D. F.

PUERTO SARMIENTO, F. J., 1988. La ilusión quebrada. Botánica, sanidad y polí- tica científi ca en la España Ilustrada. Serbal / CSIC. Barcelona.

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