Científico, no me cuentes tu vida (o sí)

Confieso tener un problemilla, que intuyo comparto con muchos compañeros divulgadores científicos: cada vez más, lo que me interesa a mí no coincide con lo que interesa a mis lectores.

La gran excepción son las temáticas de actualidad: si leo en la revista Wired que en EE UU hay una web donde los usuarios comparten sus datos genéticos para encontrar parientes lejanos, y que la policía introdujo en secreto las muestras de ADN de un asesino en serie que en los años setenta y ochenta mató a doce personas y violó a 45 en la zona de San Francisco; que gracias a la web encontró a un primo suyo, y a partir de ahí fue estrechando el cerco para detenerlo tres décadas después, en abril de 2018, cuando Joseph DeAngelo ya tenía 72 años, me parece un historión fantástico, y empiezo a tomar notas entusiasmado esperando que llegue el domingo para compartirlo en directo con los oyentes de A vivir en la SER.

Pero cuando me pongo a leer por placer temas de biotecnología, neurociencia o incluso historia de la ciencia, con ganas de aprender un poco más de cada campo, me ocurre que las curiosidades de siempre ya no encienden la llama del asombro, y lo que a mí me resulta novedoso y despierta mi interés suele ser demasiado sofisticado o estar demasiado lejos del interés del lector cuya atención quiero captar.

Me pasó por primera vez hará ya quince años, cuando empezaba en esto de la divulgación y trabajaba en el mítico Redes: un joven investigador llamado Manel Esteller nos envió el manuscrito de un libro que estaba escribiendo sobre algo llamado «epigenética». Una cosa compleja de grupos metilos que regulaban la expresión de los genes en función del estilo de vida. Nadie del equipo prestó atención, excepto yo, que como bioquímico licenciado hacía poco tiempo, vi enseguida que eso era tremendamente novedoso. Convencí a la editora para que me dejara hacer un reportaje sobre el tema, donde explicamos las implicaciones de esta regulación epigenética y diseñamos un 3D para visualizar de manera muy didáctica el mecanismo mediante el cual los metilos y las histonas la mediaban. Pero, aunque yo quedé muy satisfecho, imagino a los telespectadores viéndolo y pensando: «No entiendo nada… ¿Qué me están contando? ¿Por qué? Si a mí esto no me interesa».

Varias experiencias similares me sirvieron para constatar que mis textos sobre disciplinas en que soy menos experto, como la cosmología o la neurociencia, tenían más éxito entre mis lectores que otras que dominaba más como la genética, creo por el hecho inconsciente de asombrarme más con lo que también asombraba a un público neófito. Cuando luego pasé a ser editor de Redes, cruzaba un poco los temas entre perfiles de guionistas, evitando a veces que escribieran sobre lo que más sabían. Al final aprendes, y te vuelves perfectamente capaz de adecuar tus contenidos y tono al público de cada momento.

Pero si cuento todo esto no es por catarsis, sino por la frustración que me supuso la actuación de los conferenciantes científicos unos días antes de escribir estas líneas, en un encuentro donde, además de investigadores, había expertos en educación, motivación, deportistas, escritores… Creo sinceramente que quienes tenían mejor contenido, más novedoso y potencialmente impactante, eran los científicos. Pero también fueron ellos los que menos conectaron con el público.

Y es que pecaron de algo que –confieso de nuevo– a mí también me ocurre: caer en la tentación de luchar por convencer al público de lo apasionante que es lo que a ti te interesa, en lugar de preguntarte qué es lo que a ellos les interesa, y contárselo.

Gran parte de la divulgación científica parte de este planteamiento: explicar de manera simple y amena lo que descubren los investigadores en sus laboratorios. Pero esta estrategia solo llega a un público amplio cuando lo que descubres es verdaderamente espectacular, o tiene una conexión muy clara y directa con la vida de las personas. En la mayoría de otras ocasiones, se quedará en nada.

Como ejemplo concreto, uno de los conferenciantes del congreso era un microbiólogo que había viajado varias veces al Ártico y la Antártida, analizado vida en ambientes extremos, el flujo de los microorganismos por los océanos… Era un tipo apasionado pero ponía todo su entusiasmo en unos datos que desconcertaban al público. Se respiraba una sensación de «¿Y a mí qué me cuentas?». ¡Uff! Yo sufría, y me frustraba al ver que no explicaba nada que pudiera tocar de cerca la vida de los asistentes y desaprovechaba la aventura de estar en la Antártida, con las historias, experiencias e imágenes que seguramente vivió allí, y con las que podría conseguir la empatía del público. En serio, a nosotros nos puede flipar la diversidad de microorganismos que hay en una gota de agua, pero a mucha gente le resulta absolutamente indiferente. Y debemos asumirlo. No me cuentes solo lo que a ti te interesa, háblame también de lo que a mí me interesa.

Y es que apelamos demasiado a la curiosidad. Abusamos de pedir a la gente que sean más curiosos, que «rasquen donde no les pica», y que presten interés a lo que nosotros queremos contarles. La gente sí tiene curiosidad, pero también poco tiempo y mucha oferta desde la ciencia. Lo primero que debemos hacer es conectar con los intereses y emociones de la gente. Y eso, mucho científico divulgador lo dice, pero a la hora de la verdad no lo hace, y no es tan complicado.

«Aquello que a mí me resulta novedoso suele estar demasiado lejos del interés del lector cuya atención quiero captar»

A mí no me interesa la esgrima. Nada. Pero unas conferencias después del microbiólogo salió al escenario Pirri, un esgrimista que ganó la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 2008. A ver, la esgrima no es precisamente un deporte popular, pero dio una conferencia tan redonda, explicando sus inicios, intercalando chistecillos y anécdotas simpáticas, momentos de tensión, creando un hilo conductor con el italiano que le había ganado siempre hasta competir por el cuarto y tercer premio, dando mensajes de esfuerzo y éxito al público, creando momentos de intriga y emoción, y explicando sutilmente cómo funciona una competición de esgrima, que nos dejó maravillados a todos los asistentes. Ya terminada la jornada, en el coctel le felicité y le pregunté por su intervención. «Me he entrenado», dijo, un coach le diseñó la estructura de su discurso. Claro, eso es lo que distingue algo profesional de lo amateur. La simpatía de Pirri era innata, pero pensándolo bien, estoy convencido de que el microbiólogo también tuvo un día en la Antártida en que el barco se encalló, o estuvo a punto de abandonar, o le llegó esa idea maravillosa, y tiene elementos suficientes como para crear una gran conferencia. Pero desaprovechó la oportunidad y contribuyó a que los asistentes reforzaran su idea de que la ciencia es lejana, difícil y peñazo.

Entonces: científico, no me cuentes tu vida en cuanto a motivaciones académicas que a ti te interesen; cuéntamela en cuanto a aventura que me pueda interesar a mí. Entonces te escucharé con ganas y sin esfuerzo. Ah, y no eches tanto la culpa a los medios y al desinterés de la gente. Sé un poco autocrítico.

Nota: si os cuento aquí esta reflexión es porque asumo que el lector de Mètode está interesado en la ciencia y en una visión crítica sobre su comunicación. Poca difusión en redes haré de este artículo cuando salga online, ni intentaré pseudoengañar a mis seguidores para convencerles de leerlo. Porque entonces, la próxima vez que les diga que cierto artículo es buenísimo, no me creerán.

© Mètode 2019 - 98. Elogio de la vida - Verano 2018
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Escritor y divulgador científico, Madrid. Presentador de El cazador de cerebros.