Receta para construir un ‘sex symbol’

Mètode

No podría fijar la hora, el sitio, la mirada o las palabras que pusieron los cimientos. Hace demasiado tiempo. Ya estaba atrapado antes de saberlo.

(Jane Austen. Orgullo y prejuicio, 1813)

Una mirada, un gesto, una sonrisa y, en apenas un instante, entre cien milisegundos y unos pocos segundos, nos descubrimos incapaces de apartar la vista de un rostro que, por un ardid de algún recóndito rincón de nuestra mente, nos embelesa. La psicología evolucionista –el estudio del comportamiento humano desde una perspectiva evolucionista– lleva ya décadas ayudándonos a desentrañar algunos de los ingredientes secretos del sex appeal humano: qué hace un rostro atractivo y por qué.

Quizás el primero de los ingredientes esenciales sea la simetría. Los humanos, como gran parte de los animales, llevamos en nuestros genes los planes para fabricar un cuerpo con simetría bilateral perfecta. Estas instrucciones no son distintas para un lado y otro del cuerpo pero los planes nunca salen perfectos. Pequeñas inestabilidades en el desarrollo tienen el desagradable efecto de «fabricar» un pie un poco más grande que el otro, una oreja ligeramente más alta que la otra o un perfil mejor que el otro. El ambiente juega un papel fundamental en este sentido, pero también la genética. Individuos con mayor calidad genética tienden a desarrollarse de forma más estable, lo que se traduce en organismos más eficaces en general y, de paso, más simétricos. La evolución ha sabido sacar provecho y ha cincelado sistemas nerviosos que se ven más atraídos por sus congéneres más simétricos, con beneficios genéticos obvios. Nuestros ideales de belleza, llámense Audrey Hepburn, Paul Newman o Nefertiti, son y han sido casi sin excepción rostros casi perfectamente simétricos.

«La psicología evolucionista lleva ya décadas ayudándonos a desentrañar algunos de los ingredientes secretos del sex appeal humano»

Además, los hombres nos pirramos por mujeres con rostros especialmente femeninos, que tienden a pertenecer a mujeres más simétricas y fértiles. Las mujeres tienen preferencias mucho más complicadas en este aspecto, pero a la vez más precisas. Por ejemplo, cuando en un estudio se pide a un grupo de «mujeres cobaya» que escojan, de entre un elenco de rostros sintéticos, el que les parece más atractivo cuando piensan en una pareja estable, prefieren rostros más afeminados. Esto parece chocar con lo que esperaríamos desde el punto de vista evolutivo, ya que los hombres con rostros particularmente masculinos son a su vez más simétricos y tienen más testosterona (y por tanto fuerza), lo que en el pasado habría constituido una ventaja evolutiva. Pero elevados niveles de testosterona también van asociados a una mayor agresividad, y las mujeres tienden a asociar rostros muy masculinos con hombres más agresivos y menos fieles y amables que los rostros afeminados, algo que sí tiene sentido evolutivo en el contexto de una pareja estable. Por otra parte, cuando se les pide que escojan pensando en un «rollo de una noche» cambian sus preferencias a favor de rostros más masculinos. Más interesante aún, estas preferencias varían a lo largo del ciclo menstrual, de manera que las mujeres tienden a encontrar los rostros afeminados más atractivos a lo largo de todo el ciclo salvo durante la ovulación, momento en el que prefieren rostros más masculinos y se declaran más proclives a ser infieles a su pareja. En muchas aves sucede algo extraordinariamente similar: las hembras escogen machos con características que tienen que ver con los cuidados parentales cuando escogen pareja para formar el nido, pero machos especialmente simétricos y con altos niveles de testosterona cuando realizan cópulas extra-pareja, el equivalente animal a «echar una cana al aire».

Estas preferencias apenas varían en distintas culturas ni a lo largo de la historia, y solo parecen cobrar sentido cuando se interpretan bajo el prisma de la evolución. No debemos olvidar que nuestro cerebro, como nuestros pulmones o nuestro corazón, es el resultado de millones de años de evolución, de millones de años de escoger pareja. Paul Newman no se improvisa en un momento.

© Mètode 2017 - 92. El universo violento - Invierno 2016/17
Investigador contratado del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva de la Universitat de València (España). Doctor en Etología, ha trabajado fundamentalmente en el estudio de la evolución del comportamiento animal. Actualmente, sus investigaciones se centran en estudiar la evolución del envejecimiento y la comunicación animal, y en entender el papel que juega la ecología en la evolución de la selección y el conflicto sexual. Además, imparte clases en el Grado de Biología y en el Máster de Biodiversidad y Evolución de la Universitat de València. Correo: pau.carazo@uv.es