Pisando Marte… o no

fotograma marte

Parece que estamos viviendo un momento dulce en lo que a la exploración tripulada a Marte se refiere. Hay varios proyectos en marcha, tanto de empresas privadas como de agencias espaciales, que tienen como objetivo a medio o largo plazo ser los primeros en poner un hombre en Marte. Por hacer un resumen rápido, tenemos el desarrollo (cercano a su conclusión) de la nueva generación de cohetes estadounidenses SLS (Space Launch System), pensados para sustituir a los transbordadores espaciales; los más potentes de la gama tienen unas capacidades similares a las del antiguo Saturno V, es decir, suficiente para enviar una misión tripulada a Marte; las agencias espaciales de Rusia y China también han anunciado sus intenciones de poner seres humanos en el planeta rojo en la década de los cuarenta; y la empresa SpaceX ya ha demostrado que su cohete Falcon Heavy es capaz de llegar hasta la órbita marciana y superarla (recordemos el flamante Tesla Roadster rojo cereza del propio Elon Musk, lanzado al espacio en febrero de 2018 y actualmente situado a seis millones de kilómetros más allá de la órbita de Marte).

¿Significa eso que ahora sí vamos a hacer realidad el antiguo sueño de pisar Marte? Bien, si hacemos un repaso histórico de todas las propuestas realizadas hasta el momento de misiones tripuladas para ir al planeta rojo, parece emerger un curioso patrón: hay un periodo de unos veinte años durante el cual el número de propuestas va aumentando hasta llegar a un máximo (de unas seis o siete propuestas anuales), seguido por una etapa de enfriamiento, y de nuevo vuelve a resurgir la ilusión por explorar nuestro vecino rojizo. Entre los autores de estas propuestas, encontramos nombres como Wernher von Braun, George Bush padre y George Bush hijo –durante sus respectivos años en la presidencia de EE UU– y también el de Barack Obama. Huelga decir que ninguna de ellas fue jamás llevada a cabo.

«La gente se ilusiona mucho con ir a Marte, se mete a ello, luego ve que no se llega a nada y se desilusiona»

Grosso modo, la distancia entre los máximos de actividad «propuestil» es de unos treinta años: a principios de la década de los sesenta alcanzamos el primer máximo de efervescencia; el siguiente máximo lo encontramos a principios de la década de los noventa; y extrapolando podríamos predecir que durante los primeros años de la década que en breve vamos a estrenar, la de los veinte, veremos un incremento del número de propuestas de vuelos tripulados a Marte. Si este patrón es real, tal vez estemos viendo un efecto generacional: la gente se ilusiona mucho con ir a Marte, se mete a ello, luego ve que no se llega a nada y se desilusiona, y ahí acaba… hasta que una nueva generación «fresca» retoma el tema y se vuelve a ilusionar por la exploración de Marte.

Por otro lado, el lapso que va desde la fecha en que se realizó la propuesta hasta la de la presunta llegada a Marte (según el propio proyecto) es, en promedio, de unos quince años, aunque algunos optimistas (como Von Braun o Elon Musk) se arriesgaron con fechas tan cercanas como ¡cinco años! respecto de su futuro (por contraste, China emplaza la culminación de su aventura marciana a un lapso de treinta años en el futuro). Si lo pensamos bien, tiene sentido, y seguramente no se deba a motivos astronáuticos: quince años es una fecha bastante cercana en el futuro como para que a la administración le interese financiar el programa espacial (intente pedirle a un político que financie un proyecto que culminará dentro de cuarenta años), pero lo bastante lejana para no pillarse los dedos si al final no se consiguen los objetivos, porque dentro de quince años ¿quién se va a acordar? Y si el proyecto aún continúa siempre se puede decir que se terminará dentro de otros quince años.

Curioso… Si en el párrafo anterior cambiamos el tema de «Marte» por el del «telescopio espacial James Webb», más de uno tendrá una sensación de déjà vu.

© Mètode 2020 - 105. Estándares - Volumen 2 (2020)

Investigador del Observatorio Astronómico de la Universitat de València.