El otro ámbar

El insospechado origen de un apreciado componente en alta ­perfumería

Ahí lanzo una idea loca: les recomiendo que la próxima vez que caminen por una playa se acompañen de aguja y mechero. Y aquí la justificación: un tesoro oculto podría estar esperándoles. Se asemejará a una piedra. A un simple canto rodado moldeado por las mareas. Pero no se fíen de las apariencias y avancen con cuidado. Se busca un objeto de aspecto ceroso y olor penetrante. Duro pero frágil. Acaso ribeteado con restos de picos de calamar. Si localizan algo que se le parezca, acérquense sin tener muy en cuenta el color, pues, desde marrón oscuro hasta gris amarillento, una larga gama de tonalidades es posible. Calienten la aguja con el mechero y prueben a insertarla en la pieza. Si lo consiguen y ven fluir del orificio una especie de aceite de color chocolate, enhorabuena. Muy probablemente tengan ante ustedes una sustancia mítica, cuyo elevado precio no ha decaído en los últimos mil años. Se denomina ámbar gris y posee una característica única: su singular aroma.

«Descrito como marino y animal, dulce y denso, almizclado y terroso, el olor del ámbar gris ha cautivado al ser humano durante generaciones»

Descrito como marino y animal, dulce y denso, almizclado y terroso, el olor del ámbar gris ha cautivado al ser humano durante generaciones (Hoare, 2010). Sus primeros ecos nos llegan desde el mundo árabe medieval, donde dejó huella en abundantes textos. Aparece tanto en relatos tradicionales como Las mil y una noches –en uno de sus cuentos Simbad, lo encuentra en una isla desierta a la que ha sido arrojado tras un naufragio–, como en tratados médicos tipo El libro de la almohada (Ruiz Butrón, 2003). Este recetario, escrito en el siglo xi por el toledano Ibn Wafid, constituye además un ejemplo particularmente interesante, ya que hace referencia al «ámbar de Medina Sidonia», que se recogía en el litoral atlántico gaditano y disfrutó de gran fama.

No fue el único lugar de donde se obtuvo. Por lo que sabemos de aquella época, los mercaderes persas que dominaron el comercio de esta sustancia viajaban a buscarla hasta costas tan remotas como las de Somalia, Borneo o las islas Nicobar. Y más adelante, tras el descubrimiento de América, se trajo también del Nuevo Mundo, como relató el médico sevillano del siglo xvi Nicolás Monardes. Su libro Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales (Monardes, 1580) contiene un capítulo dedicado a esta sustancia donde menciona el transporte de piezas de decenas de kilogramos provenientes de la Florida y la costumbre de los habitantes de esas tierras de untarse con ella debido a su buen olor, así como la afirmación: «tiene el ámbar grandes virtudes, y sirve para muchas cosas, y así es cosa de mucho precio, que la buena vale hoy más de dos veces oro finísimo.»

Esta ilustrativa frase de Monardes resume las dos principales constantes del ámbar gris a lo largo de la historia: su alto coste y la variedad de usos que se le han dado (Srinivasan, 2015). El más impor­tante, obviamente, ha tenido la elaboración de perfumes como protagonista, y más si consideramos que, además de su sugerente y duradero aroma, esta sustancia posee la poco común cualidad de fijar y exaltar otras fragancias más delicadas y fugaces. Este empleo continúa hoy en día y muchos de los más selectos perfumes contemporáneos contienen cantidades variables de ámbar gris en su composición. Pero es la única utilización que persiste: las demás se abandonaron hace tiempo. Será interesante repasarlas, en cualquier caso, ya que resultan bien llamativas bajo nuestra perspectiva actual.

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En los intestinos del cachalote se crea la masa de restos de calamar y secreciones que acabará transformándose en ámbar gris. En la imagen, un cachalote hembra y su cría. / Foto: Gabriel Barathieu

«Se han llegado a extraer 455 kilogramos de esta sustancia del interior de un único cachalote»

De reconstituyente a afrodisíaco

A medio camino entre perfumería y medicina figuran los pomos de olor, que se pueden observar en abundantes retratos medievales y renacentistas y se creía que servían para protegerse de los miasmas. En una época donde no se conocía el origen de las enfermedades infecciosas, muchos las asociaban a los ambientes fétidos y portaban en su vestimenta estas bolitas de metal repujado que se llenaban de materiales aromáticos. Y, ya totalmente dentro del segundo de estos dos ámbitos, encontramos que varios sistemas de medicina tradicional usan el ámbar gris como remedio contra males de lo más diverso, lo que de alguna manera estaría relacionado con su empleo como reconstituyente, al que al parecer fueron dados dos franceses ilustres: el cardenal Richelieu y Brillat-Savarin, autor del primer tratado de gastronomía. O también como afrodisíaco: la leyenda cuenta que Giacomo Casanova comía mousse de chocolate sazonada con esta sustancia por dicha razón. También gozaron de gran éxito los huevos cocinados con idéntico condimento y, según cuentan las crónicas, este llegó a ser el plato preferido del rey Carlos II de Inglaterra. Siempre nos quedará la duda de saber qué motivó su exótico hábito, si el simple placer culinario o un gusto por la ostentación que el prohibitivo precio de este artículo fomentaba.

Ticià Retrat de Clarissa Strozzi

A medio camino entre perfumería y medicina figuran los pomos de olor, que se pueden observar en abundantes retratos medievales y renacentistas y se creía que servían para protegerse de los miasmas. Arriba: Tiziano. Retrato de Clarissa Strozzi, 1542. Óleo sobre lienzo, 98 × 150 cm. / Imagen: Cristoph Schmidt – Gemäldegalerie, Museos Nacionales de Berlín

El ámbar gris siempre fue un bien escaso, al no haber manera de prever dónde y cuánto iba a aparecer. Cabría preguntarse por qué, y cómo se origina este elusivo material que llega a las costas de una manera inconstante y aparentemente arbitraria. La respuesta no puede ser más insólita, pues nos conduce hasta las entrañas del mayor depredador sobre la faz de la Tierra. Allí, en los mismos intestinos del leviatán, se crea la masa de restos de calamar y secreciones que acabará transformándose en ámbar gris. Qué mejor, por tanto, que acudir a las páginas de Moby Dick para ilustrar este punto. A su capítulo noventa y uno, para ser exactos. En él, Herman Melville narra como Stubb engaña a la tripulación de un barco francés, bautizado con muy mala intención como Capullo de rosa, que está tratando de faenar un cachalote hallado muerto en medio del océano. Para ello, el segundo oficial del Pequod se aprovecha de los pocos conocimientos balleneros de los galos y, tras convencerlos de abandonar los restos del cetáceo, rema hasta el cuerpo flotante y excava en su interior hasta que: «Dejando caer la azada, metió las dos manos dentro y sacó puñados de algo que parecía jabón blando de Windsor, o un substancioso queso viejo y moteado, muy untuoso y grato sin embargo. Finalmente se puede mellar con el pulgar; y es de un color entre amarillo y ceniza. Y esto, buenos amigos, es el ámbar gris, que para cualquier droguero vale una guinea de oro la onza.» (Melville, 1968, p. 473)1

«Además de su sugerente y duradero aroma, esta sustancia posee la cualidad poco común de fijar y exaltar otras fragancias más delicadas y fugaces»

Así es. Volviendo a la realidad, se han llegado a extraer 455 kilogramos de esta sustancia del interior de un único cachalote. Ocurrió en 1914 en aguas australianas y se pagaron por ellos 23.000 libras esterlinas. Aunque, para ser justos, este pasaje novelesco contiene una inexactitud que convendría puntualizar. Es muy probable que Melville manejase ámbar gris de una calidad tan alta como la que describe su relato pero no que saliese de esa manera del cuerpo del animal. Extraído directamente de la ballena que lo genera, surge negro, blando y con un olor de lo más desagradable. No es para menos, ya que en origen no se trata de otra cosa sino de materia fecal (Clarke, 2006). Un cálculo intestinal formado por los restos indigeribles de la presa predilecta de esta especie, cutículas de nematodos parásitos y sus propios jugos. No será hasta que esta concreción sea liberada cuando se inicie un largo proceso de degradación provocado por la acción del sol, el aire y el agua que concluye en el apreciado producto que forma parte de tantos y tan caros perfumes. Una auténtica metamorfosis química que dura años, incluso décadas, y durante los cuales el ámbar gris flota sobre mares y océanos hasta que un día el azar lo deja varado en una playa cualquiera.

Otras sustancias similares

Parece increíble y, sin embargo, como poco existe otra sustancia semejante de uso en cosmética. Hablamos del hyraceum, formado a partir de los excrementos petrificados del damán de El Cabo, un mamífero sudafricano con apariencia de roedor que tiene la costumbre de vivir en colonias que defecan en un mismo lugar. Y si extendemos el análisis a otras esencias animales, nos topamos con el almizcle, la algalia y el castóreo, tres secreciones glandulares que se obtienen respectivamente del ciervo almizclero, la civeta y el castor, y que gozan de predicamento en perfumería desde antiguo.

Por desgracia, la producción a gran escala de estas tres últimas implicaría la muerte de miles de ejem­­­­­pla­res­, lo que ha forzado a la industria del sector a buscar análogos sintéticos de parecidas características. Un pro­­­­­­­ceso que también ha sufrido el ámbar gris, cuyo comercio está prohibido en varios países al proceder de una especie amenazada. Por ello, se han desarrolla­do varios sustitutivos de esta sustancia, todos los cuales tratan de emular las características de su principal componente: la ambreína. Lo que tiene su intríngulis, dado que este compuesto en realidad no huele. Solamente al oxidarse da lugar a dos moléculas volátiles, una de las cuales, denominada ambrox, es el principal responsable del afamado aroma. Así que, aunque hoy en día se sintetizan grandes cantidades de ambrox a partir de un producto natural barato presente en la salvia, el esclareol, algunos perfumistas siguen prefiriendo el ámbar gris original, que emite una fragancia más suave y sutil, ya que la oxidación de la ambreína sucede de una manera continua pero lenta.

«Extraído directamente de la ballena que lo genera, surge negro, blando y con un olor de lo más desagradable»

Anomalía fisiológica

Naturalmente, esta inclinación a mantener el uso de la fuente natural queda restringida a los perfumes más exclusivos, ya que el precio del ámbar gris no ha menguado. Algo que resulta lógico si tenemos en cuenta el deterioro que sufrieron las poblaciones de cachalotes durante los dos siglos pasados. Con la publicación de Moby Dick en 1851, Melville inmortalizó un medio de vida hoy perdido pero que constituyó la primera gran industria estadounidense. En su apogeo, a mitad del siglo xix, empleaba a miles de marineros que, a bordo de sus barcos balleneros, partían de puertos míticos como los de New Bedford y la isla de Nantucket, y emprendían viajes que podían durar años antes de regresar con su valioso botín: una bodega a rebosar de barriles llenos de esperma, el aceite que atesoran los cachalotes en el interior de su enorme cabeza y que hasta la llegada del petróleo alumbró las ciudades de medio mundo.

Durante este periodo, se cree que un cuarto de millón de ejemplares fueron capturados. Caerían muchos más en el siglo siguiente, cuando los europeos tomaron el relevo y contaron con armas tan poderosas como el arpón explosivo. Hoy quedan unos 360.000 ejemplares, una tercera parte de la población que debió de existir al inicio de su caza (Taylor et al., 2008). Y no todos producen ámbar gris, ya que los cálculos intestinales que lo originan no dejan de ser una anomalía fisiológica que solamente sufren en torno al 1 % de ellos. Dicho esto con precaución, por supuesto, pues son meras estimaciones. En realidad, gran parte de la vida de los cachalotes sigue oculta tras la inmensidad de los océanos. Todavía desconocemos, por ejemplo, si este cetáceo es capaz de liberar ámbar gris por las heces o este se acumula hasta obturarle el recto y causarle la muerte. Habrá que esperar a que alguien presencie una cosa u otra para averiguarlo.

El ámbar gris siempre fue un bien escaso al no haber manera de prever dónde y cuánto iba a aparecer. / Peter Kaminski

Y para terminar una cuestión que, si bien parece baladí, ha generado no pocos equívocos: ¿en qué momento se descubrió la relación entre ámbar gris y cachalotes? Si nos restringimos al ámbito académico, no hay duda. Podemos poner lugar y fecha. En 1724, los nativos de Nueva Inglaterra Zabdiel Boylston y Paul Dudley publicaron en la revista Philosophical Transactions sendos artículos en los que explicaban este vínculo gracias al testimonio de diversos marinos de la por entonces pujante industria ballenera de la zona. Se zanjaba así el debate sobre la procedencia de esta sustancia, a la que a lo largo de la historia se han atribuido orígenes de lo más variopintos. Aquí una lista: espuma seca del mar, excrementos de aves, secreciones de cocodrilo, restos de cera de panales, hongos crecidos en el fondo de los océanos o en rocas costeras, frutos o goma exudada por árboles del litoral, bitumen aflorado de las profundidades marinas e incluso aroma de baba de dragón. Todas ellas especulaciones que hoy sabemos carentes de sentido pero que en su día formaron parte de obras que, con mayor o menor acierto, aspiraron a plasmar verdadero conocimiento.

«Se han desarrollado varios sustitutivos de esta sustancia, que tratan de emular las características de su principal componente: la ambreína»

Quizá debido a la confusión existente en los textos antiguos, los dos artículos mencionados han llevado a varios autores a otorgar a los balleneros estadounidenses del xviii el mérito de identificar la fuente natural del afamado producto odorífero (Kemp, 2012). Pero están equivocados. Un siglo antes, el médico portugués Juan Méndez Nieto ya había relatado en sus Discursos medicinales –una suerte de memorias de su novelesca vida– cómo los tripulantes vascos de una pequeña galeaza corsaria en la que estaba embarcado mataban una cría de cachalote para fundir su grasa y buscar ámbar gris en su interior (Méndez Nieto, 1607). Esto concuerda con la larga tradición ballenera euskaldún, que también incluyó la caza de ejemplares de esta especie, a los que llamaban trompas, y el refinado de su esperma (Alberdi Lonbide, 2013). Pero es que, si nos remontamos hasta el año 1300, descubrimos que el célebre Libro de las maravillas de Marco Polo refiere al hablar de Madagascar: «Tienen mucho ámbar, porque en este mar hay ballenas en cantidad, y como las pescan, se procuran el ámbar, pues de ellas lo extraen» (Polo, 1300). Una información que el veneciano debió adquirir tras conversar con mercaderes persas durante su famoso viaje a Oriente. Lo que nos conduce al propio origen de la palabra ámbar, aspecto este que resulta absolutamente esclarecedor. Primero y más importante porque el término del que procede, ‘anbar (رﺑﻨﻋ), denota en árabe tanto “ámbar gris” como “cachalote”. Pero también porque ese vocablo contiene cuatro consonantes, ‘ayn, nūnbā’rā’, lo que con frecuencia implica una procedencia distinta a la árabe. ¿Lo tomarían ellos a su vez del persa? Si bien esto último queda en simple conjetura, parece razonable pensar, aunque no necesariamente cierto, que el pueblo que dominó el comercio de esta sustancia durante siglos fuese también el primero en advertir su conexión con el animal que lo genera y que esta asociación quedase reflejada en su lengua.

En fin, ya saben, la próxima vez que caminen por una playa prueben a emular la búsqueda de una aguja en un pajar en versión ámbar gris entre las rocas. Un aromático tesoro puede estar esperándoles.

Referencias

Alberdi Lonbide, X. (2013). El más oculto «secreto»: Las cacerías de cachalotes y la industria del refinado de esperma en el País Vasco durante los siglos xvii y xviii. Boletín de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, 69, 331-381.

Clarke, R. (2006). The origin of ambergris. Latin American Journal of Aquatic Mammals, 5(1), 7-21. doi: 10.5597/lajam00087

Hoare, P. (2010). Leviatán o la ballena. Barcelona: Ático de los libros.

Kemp, C. (2012). Floating gold. Chicago: The University of Chicago Press.

Melville, H. (1968). Obras. Barcelona: Editorial Planeta.

Méndez Nieto, J. (1607). Discursos medicinales. Consultado en http://www.cervantesvirtual.com/obras/materia-autoridad/mendez-nieto-juan-37936

Monardes, N. (1580). Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales. Consultado en https://play.google.com/books/reader?printsec=frontcover&output=reader&id=eAtm3cE1smAC&pg=GBS.PP1

Polo, M. (1300). Libro de las Maravillas. Consultado en http://www.libromaravillosos.com/ellibrodelasmaravillas/pdf/El%20libro%20de%20las%20maravillas%20-%20Marco%20Polo.pdf

Ruiz Butrón, E. A. (2003). El ámbar de Medina Sidonia en la farmacopea del siglo onceno. Revista Puerta del Sol, 6, 6. Consultado en http://www.revistapuertadelsol.com/revistapuertadelsol/revistas/numero6/seis/seis.html

Srinivasan, T. M. (2015). Ambergris in perfumery in the past and present Indian context and the western world. Indian Journal of History of Science, 50(2), 306-323. doi: 10.16943/ijhs/2015/v50i2/48241

Taylor, B. L., Baird, R., Barlow, J., Dawson, S. M., Ford, J., Mead, J., … Pitman, R. L. (2008). Physeter macrocephalus. The IUCN Red List of Threatened Species 2008, e.T41755A10554884. doi: 10.2305/IUCN.UK.2008.RLTS.T41755A10554884.en

Agradecimientos

El autor quisiera agradecer al Dr. Eric Calderwood, profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Illinois, su imprescindible ayuda en lo referente a la información sobre el origen de la palabra ámbar.

© Mètode 2018 - 96. Narrar la salud - Hivern 2017/18

Profesor titular interino del departamento de Química Orgánica y Química Inorgánica de la Universidad de Alcalá (Madrid).

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