Los fantasmas del bosque

Hechos y curiosidades del tejón

De entre todos los mamíferos, el grupo más controvertido es sin duda el de los carnívoros (orden Carnivora). Secularmente perseguidos, su sola presencia suele suscitar odios y pasiones con igual intensidad. Buena prueba de eso la encontramos en las regiones del norte de nuestro país, con osos y lobos como protagonistas de continuos conflictos sociales.

En la Comunidad Valenciana, a pesar de no contar con especies tan emblemáticas, tenemos la fortuna de albergar una buena representación de este grupo de fauna. La diversidad de hábitats existente en nuestro territorio permite que puedan darse cita nueve de las diecisiete especies de carnívoros terrestres que encontramos en la península Ibérica. Algunas de ellas son bien conocidas: es el caso de los zorros o las comadrejas, con frecuentes alusiones en el refranero popular. Otros no lo son tanto. Escondidos durante el día, muchos de estos animales pasan completamente desapercibidos, si bien no habitan tan lejos de nosotros como pensamos.

Huidizo y receloso, el tejón (Meles meles, como lo bautizó Linneo en 1758) se cuenta entre estos últimos. Sus costumbres enteramente nocturnas lo dotan de un halo misterioso que, junto a la cautela de que hace gala, explican que se conociera como el «fantasma» del bosque. No obstante, son muchas las curiosidades que rodean a este desconocido, algunas de las cuales revelaremos a lo largo del presente artículo.

Los taludes en sustrato arenoso son aprovechados por los tejones para excavar sus madrigueras. En la fotografía se puede ver una de las bocas de entrada a una tejonera en Venta del Moro, en la Plana de Utiel. / Iván Moya

Un mamífero peculiar

Los tejones se parecen a pequeños osos, rechonchos y aparentemente torpes. Su cuerpo amelonado está cubierto por un denso pelaje de tonos grisáceos, más oscuros en su mitad inferior, y la cabeza robusta presenta un diseño facial realmente icónico, con un fondo blanco surcado verticalmente por dos franjas negras que van desde las orejas hasta casi el morro. Pero además de esta apariencia tan particular, presentan también algunas características que les dotan de cierta singularidad frente al resto de fauna. La primera de ellas está relacionada con sus hábitos hipogeos: dotados de poderosas garras, los tejones son animales cavadores de primer orden que construyen sus madrigueras bajo tierra, con una o, generalmente, dos o más bocas de entrada. Ciertamente, el vocablo tejón debe su origen a esta capacidad de fabricarse su propio escondrijo, ya que deriva del latín tardío taxo, y este a su vez de la voz germánica thahs, “el animal que construye” (Coromines, 1988). La de los tejones es, por tanto, una vida ligada a la oscuridad. Refugiados durante el día en el subsuelo, únicamente apuntan al exterior cuando el sol ya se ha ocultado. No es extraño, pues, que el sentido más desarrollado en estos animales sea el olfato, mientras quedan relegados a un segundo plano el oído y, muy especialmente, la vista.

Otra característica que distingue a esta especie es su carácter social. Los tejones conviven en grupos familiares y existe una jerarquía bien definida entre individuos, con diferentes componentes del clan que adquieren roles de liderazgo o de sumisión. En función del alimento disponible en su territorio, estos núcleos están conformados por más o menos ejemplares, que pueden comprender desde una única pareja hasta familias de más de una decena de integrantes, vinculados entre sí en mayor o menor grado. Asimismo, sus madrigueras pueden ser utilizadas generación tras generación durante períodos extraordinariamente largos. Quizá el ejemplo más extremo lo encontramos en el condado de Hertfordshire, al sudeste de Inglaterra, donde existe una tejonera que lleva ocupada ininterrumpidamente desde finales del siglo xviii (Roper, 2010). En este sentido, una de las claves para que las madrigueras se mantengan durante tanto tiempo radica en que estos animales son considerablemente limpios y aseados, especialmente si los comparamos con otras especies de carnívoros. Joaquín España (1945) nos advierte incluso de la existencia en nuestro país de un dicho popular que enfatiza esta virtud, subrayando que «el raposo (zorro) ensucia las galerías del tejón a sabiendas de que éste abandonará las mismas asqueado y se irá a otro sitio».

«En algunas regiones los tejones han sido considerados profetas de la meteorología que ayudan a vaticinar el fin del invierno»

Los tejones pertenecen a la extensa familia de los mustélidos, que alberga 57 especies (entre ellas nutrias, visones y comadrejas) repartidas por todos los continentes, a excepción de la Antártida. En la península Ibérica podemos encontrarlos en hábitats muy variados, que van desde regiones agrestes y montañosas hasta zonas agrícolas humanizadas. Esta ubicuidad explica la existencia de multitud de nombres vernáculos para esta especie por toda nuestra geografía. Sin ir más lejos, en la Comunidad Valenciana las denominaciones que aún perduran van desde meló, tasón o tejudo en Castellón y Valencia, hasta tesó o taixó en algunas comarcas alicantinas, siendo las formas toixó y, principalmente, teixó, las más generalizadas en todo el territorio. De la misma manera, no son pocas las referencias a esta especie en la toponimia de nuestra región: la loma de la Tasonera, en Requena; el paraje la Tasonera, en Venta del Moro y también en Titaguas; el camino de la Tasonera, en Cortes de Pallás; la Cova [del]s Tasons en Tormos; el Cau dels Teisons en Ibi; el Cau del Tesó en el Pinós o la Font del Meló en Montesa son buenos ejemplos, existe incluso una variante de origen mozárabe; la Carada (vertiente) del Molondro, en Sellent (Coromines, 1988).

Símbolo de la llegada de la primavera

Sin llegar a tratarse de una hibernación exhaustiva –como es el caso de osos o lirones, por citar un par de ejemplos ibéricos–, en zonas frías y durante períodos de climatología adversa, los tejones son los únicos mustélidos capaces de sumirse en un estado profundo de amodorramiento, disminuyendo su metabolismo y temperatura corporal. Esta torpor, que puede persistir durante semanas, constituye una clara adaptación de la especie a la merma de recursos tróficos que tiene lugar durante el invierno. No es este el caso imperante en nuestras latitudes mediterráneas, si bien es cierto que en los meses con temperaturas más bajas estos animales pueden llegar a reducir drásticamente su actividad. Por esta razón y para poder afrontar con éxito la llegada del frío, los tejones han de atracarse de alimento en los meses previos –en verano y muy especialmente durante el otoño– para adquirir una voluminosa capa de grasa, de hasta cuatro centímetros de espesor, que les permitirá soportar la cruda estación.

«En el condado de Hertfordshire, en el sudeste de Inglaterra, una tejonera lleva ocupada ininterrumpidamente desde finales del siglo XVIII»

No deja de ser curioso que, ligado a esta peculiaridad, en algunas regiones los tejones hayan sido considerados profetas de la meteorología, que ayudan a los agricultores y otras gentes de campo a vaticinar el fin del invierno y la llegada de la primavera. En el folclore alemán, el día 2 de febrero es conocido como Dachstag, o día del tejón, y la tradición señala que, alrededor de esa fecha, el tejón que al salir de su madriguera ve reflejada su propia sombra por la luz del sol vuelve nuevamente a su estado de letargo, señal inequívoca de que aún quedan algunas semanas defrío. Esta creencia, que fue exportada por los colonos hermanos a Pensilvania (Estados Unidos) en el siglo xix (Yoder, 2003) –donde se sustituyó el tejón por la marmota canadiense (Marmota monax)– es el origen del archiconocido «Día de la marmota», una de las festividades más celebradas por la sociedad norteamericana, tal como pudimos comprobar hace unos años a través del hilarante film Atrapado en el tiempo (1993), protagonizado por el cómico Bill Murray.

(A) Debido a su elasticidad y capacidad para retener el agua, los pelos de tejón continúan siendo muy apreciados en la elaboración de brochas de afeitar. / Jorge Crespo (B) Cinturó d’amulets del segle xvii, destinat a protegir els xiquets, on, a banda de l’urpa de teixó, podem observar altres elements també considerats «protectors», com l’ullal de senglar o el corall vermell. Imatge cedida per la Casa Museo Lope de Vega, Madrid (Dirección General de Promoción Cultural. Consejería de Cultura, Turismo y Deportes. Comunidad de Madrid. Real Academia Española)./ Jorge Crespo (C) Albarelo de cerámica empleado por los boticarios para almacenar grasa de tejón, como señala el rótulo en italiano: «Grasso di Tasso». Se muestra junto a un albarelo para grasa de caballo. Estas piezas están fechadas en 1585 en Italia. / Museu de la Ciència de Londres

Aprovechamientos tradicionales de la especie

Eduardo Boscà, ilustre científico nacido en Valencia en 1843, en sus Comentarios sobre mamíferos de la región valenciana comprendidos en la fauna ibérica de D. Ángel Cabrera, nos hace saber con respecto a esta especie que «en otro tiempo era buscada su piel, además de utilizar el pelo para pinceles, para adornar los cabestros de mulas y asnos que formaban recua, lo cual, según los autores de psicología comparada, no es indiferente para halagar a los animales, excitando su vanidad» (Boscà, 1915). De igual manera, el espeso y resistente pelaje del tejón ha sido tradicionalmente empleado en la elaboración de cabelleras de muñecas y, muy especialmente, en la confección de brochas de afeitar, aprovechando la capacidad de sus pelos para retener el agua y conservar la elasticidad incluso después de mojados. Hoy en día no es difícil encontrar brochas con estas características, pero fabricadas a partir de pelo de otra especie, el tejón porcino (Arctonyx collaris), de procedencia asiática, dado que nuestro tejón autóctono goza de protección en la mayoría de naciones europeas y está prohibido el uso comercial de todo tipo de derivados del animal. Aun así, estudios relativamente recientes apuntan que esta protección no es del todo efectiva: un artículo científico publicado el año 2006 reveló, a partir del análisis genético de las cerdas de ocho brochas de afeitar adquiridas en diferentes países occidentales (España entre ellos), que la mitad de ellas contenían pelos de tejones europeos Meles meles (Domingo-Roura et al., 2006).

Por otro lado, la grasa, además de servir como combustible para iluminarse, antiguamente era considerada un sanador universal, con poderes curativos especialmente indicados para tratar enfermedades como la bronquitis o el reumatismo.

«Los tejones, como tantos otros carnívoros, fueron perseguidos legalmente en nuestro país hasta los años setenta del siglo pasado»

Ya más ligadas al mundo del ocultismo y la superstición, las garras de tejón engastadas en plata fueron consideradas un amuleto contra los maleficios, y con ellas se fabricaban colgantes para proteger a los niños, que los llevaban en una cadena colgada de la cintura. Estos cinturones con reliquias, de los cuales colgaban más objetos además de la garra de tejón (ramas de coral, colmillos de jabalí, etc.), fueron muy empleados durante los siglos xvxvii para evitar males de ojo, así como para proteger el ganado, impidiendo la entrada de malos efluvios en las cuadras (Timón, 2011). El lector curioso podrá observar de primera mano uno de estos adornos si visita la Casa Museo de Lope de Vega, en el Barrio de las Letras de Madrid.

Son muy escasas las referencias a tejones como animales de compañía como la de este fresco del artista italiano Giovanni Antonio Bazzi, Il Sodoma (1477-1549), donde aparece uno de estos animales domesticados, con un collar rojo. El fresco pertenece a una serie dedicada a la vida de san Benito presente en la abadía de Monte Oliveo Maggiore en Asciano, Italia. / Wikimedia

Referencias culturales

En el ámbito gastronómico, aunque hay quien asegura que el sabor de su carne se parece al del jabalí, los tejones nunca destacaron por su relevancia, si bien es cierto que este animal fue consumido por toda Europa. En Italia, la tradición culinaria imponía eliminar por completo toda la grasa del animal antes de echarlo al caldero, porque de otra manera la carne presentaba un sabor desagradable (Biancardi y Rinetti, 1995); en tierras francesas llegó a considerarse un recurso trófico muy valioso, e incluso tenía un plato propio, el blaireau au sang (Molinier y Molinier, 2004), y parece que fue un alimento habitual en la Inglaterra de la posguerra (Smith, 1949). También ha formado parte del recetario ibérico, siempre bien guisado (el intenso olor requería someter previamente la carne a una corriente de agua durante horas) o como cecina. A modo de ejemplo, llama poderosamente la atención que en algunas regiones diferenciaran entre el vigoroso tejón de los meses otoñales –más apreciado por su mayor contenido graso– y el tejón más delgado que encontramos al final del invierno, e incluso se llegó a otorgarles nombres diferentes en función de su condición física. Es el caso de los vocablos porcoteixo y teixo/ teixugo, empleados en el noroeste peninsular para denominar al uno y al otro respectivamente (Zabala y Saloña, 2005).

Aunque no es del todo frecuente, en nuestro país aún perviven dichos populares en los que se ven reflejados algunos de los atributos que caracterizan a esta especie. Por citar un par de ejemplos, en Asturias se emplea la expresión «ser como un melandru (“tejón”)» para referirse a personas tímidas o hurañas (Porta Allende, 2000), mientras que en buena parte del norte de España podremos escuchar de alguien que es «duro como un tejón», en honor al aguante y braveza que demuestran estos animales. Por otro lado, si bien no son grandes protagonistas de cuentos o refranes, los tejones han sido citados en diversos clásicos de la literatura. En España, uno de los pasajes más recordados en el Libro de buen amor (1330-1343), de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, es el de los amores de Don Melón y Doña Endrina, donde el personaje masculino desea con pasión a la joven y rica viuda, hasta que finalmente consigue casarse con ella. La ironía del autor al elegir ambos nombres propios recae en la natural avidez con que el tejón (melón) devora las bayas silvestres (endrinas).

También fuera de nuestro país aparece la especie en diferentes obras. La referencia más conocida la encontramos en la serie novelesca Camelot (1938-1940), del escritor británico Terence H. White, en la que el mago Merlín convierte al futuro rey Arturo en tejón, y quedan retratadas en este episodio la prudencia e inteligencia de esta especie. Y en el clásico inglés de la literatura infantil El viento en los sauces de Kenneth Grahame, publicado en 1908, el tejón se convierte en uno de los personajes principales, destacando por su sabiduría y, sobre todo, por su esquivez: «Y después está el Tejón, por supuesto. Vive en el corazón del bosque; y, aunque le pagaran, no viviría en ningún otro lugar. ¡Querido viejo Tejón! Nadie se mete con él. Y más vale que no lo hagan».1.

Los tejones no dudan en asaltar las colmenas para acceder a la miel, motivo por el que estas eran protegidas mediante muros de piedra seca. En la fotografía aparecen los restos de uno de estos corrales, situado en la partida de Hortunas, en Requena, Valencia. Foto recuperada del Archivo Municipal de Requena, sección Archivo Audiovisual Etnográfico de la Meseta de Requena-Utiel. / Fermín Pardo

La recuperación de la especie

Los tejones, como tantos otros carnívoros –las denominadas «alimañas»–, fueron perseguidos legalmente en nuestro país hasta los años setenta del pasado siglo. Basta con dar una ojeada a las cifras recopiladas en los informes de las Juntas Provinciales de Extinción de Animales Dañinos y Protección a la Caza para comprobar la magnitud de estas persecuciones: 1.339 capturas de tejones registradas en España entre los años 1954 y 1962; hay otras especies con cifras mucho más espeluznantes: 53.754 zorros capturados en el mismo período (Corbelle y Rico, 2008).

La realidad es que los tejones, paticortos y regordetes, son incapaces de actuar como un verdadero predador que acecha y captura a sus presas. Al contrario, su alimentación está basada en el consumo de invertebrados artrópodos, frutos y materia vegetal, incluyendo algunas incursiones en sembrados y tierras de cultivo, costumbre que le ocasionaría cierta antipatía entre los agricultores. De hecho, una práctica usual en los campos alicantinos era colocar haces de sarmientos con ropa usada para evitar estas irrupciones (Rico, Vidal y Villaplana, 1990), sabiendo que los tejones huirían al detectar el olor a ser humano. También las colmenas constituyen un objetivo atractivo para esta especie, que puede llegar a asaltarlas para alimentarse de miel, hasta el punto de que los apicultores levantaban estructuras de mamposteria en seco –a la manera de los espléndidos cortinos asturianos– para protegerlas de estos animales.

«Los tejones actualmente se encuentran bien distribuidos por todo el territorio valenciano»

Afortunadamente, la percepción social hacia la fauna salvaje –carnívoros incluidos– ha mejorado mucho en las últimas décadas, lo que ha repercutido positivamente en la recuperación de las poblaciones de numerosas especies. Y los tejones, a los que Boscà consideraba casi extintos a principios del siglo pasado, se encuentran actualmente bien distribuidos por todo el territorio valenciano. Sirvan estas líneas para conocer (y conservar) un poco más estos peculiares habitantes «fantasmas» de nuestros bosques.

1 «And then there’s Badger, of course. He lives right in the heart of it; wouldn’t live anywhere else, either, if you paid him to do it. Dear old Badger! Nobody interferes with him. They’d better not.» (Grahame, 1908). (Volver al texto)

REFERENCIAS

Biancardi, C., & Rinetti, L. (1995). Un simpatico mammifero dei nostri boschi: Il tasso. Il Rondò, 8, 79–85.

Boscà, E. (1915). Comentarios sobre mamíferos de la región valenciana comprendidos en la «Fauna ibèrica» de don Ángel Cabrera. En Memorias de la Real Sociedad Española de Historia Natural. Tomo x (pp. 125–146). Madrid: Museo Nacional de Ciencias Naturales.

Corbelle, E., & Rico, E. (2008). La actividad de las Juntas de Extinción de Animales Dañinos en España, 1944-1968. En M. E. Nicolás & C. González (Eds.), Ayeres en discusión. Temas clave de historia contemporánea hoy (pp. 11–21). Murcia: Ediciones de la Universidad de Murcia.

Coromines, J. (1988). Diccionari etimològic i complementari de la llengua catalana. Barcelona: Curial Edicions.

Domingo-Roura, X., Marmi, J., Ferrando, A., López-Giráldez, F., Macdonald, D. W., & Jansman, H. A. H. (2006). Badger hair in shaving brushes comes from protected Eurasian badgers. Biological Conservation, 128(3), 425–430. doi: 10.1016/j.biocon.2005.08.013

España, J. (1945). Caza de alimañas. Las costumbres, reconocimiento y caza deportiva o sistemática de mamíferos dañinos. Madrid: Samarán.

Grahame, K. (1908). The wind in the willows. Lit2Go Edition. Consultado en http://etc.usf.edu/lit2go/105/the-wind-in-the-willows/1794/the-river -bank/

Molinier, A., & Molinier, J. C. (2004). Les cuisines oubliées. Burdeos: Editions Sud Ouest.

Porta Allende, X. (2000). Cuestiones zoonímiques asturianes. Lletres Asturianes: Boletín de l’Academia de la Llingua Asturiana, 75, 111–130.

Rico, L., Vidal, A., & Villaplana, J. (1990). Fauna vertebrada terrestre del municipio de Alicante. Alicante: Ajuntament d’Alacant.

Roper, T. J. (2010). Badger. Londres: Collins.

Smith, H. (1949). The master book of poultry and game. Londres: Practical Press.

Timón, M. P. (2011). La infancia en la época de El Quijote: Males y protectores. Madrid: Museo Casa Natal de Cervantes. Comunidad de Madrid.

Yoder, D. (2003). Groundhog Day. Mechanicsburg, PA: Stackpole Books.

Zabala, J., & Saloña, M. I. (2005). Bases para una etnozoología del tejón (Meles meles L.) con especial referencia en el ámbito cultural vasco. Cuadernos de Etnología y Etnografía de Navarra, 80, 319–328.

© Mètode 2018 - 99. Interconectados - Otoño 2018
Biólogo del Centro de Recuperación de Fauna Salvaje del Saler. Generalitat Valenciana-VAERSA.
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