Pigmentos que cambian vidas

El uso del tatuaje con fines terapéuticos

Reconocerse frente al espejo es algo necesario para el ser humano. No es algo que ocurra de forma automática desde el nacimiento, sino que es un proceso de aprendizaje, como otras muchas cosas a lo largo de la vida. Pero hay momentos en los que una persona puede no reconocerse frente a un espejo. Hay cambios, golpes, accidentes que pueden hacernos olvidar quiénes somos o hacer que la imagen reflejada en un espejo se nos antoje extraña. Un accidente, un cáncer o una operación pueden causar traumas que van más allá de la parte sentimental, pueden producir cambios permanentes en la piel que nos hagan no reconocernos, no identificarnos con la persona que éramos. Por eso, la medicina actual, la cura, no termina tras una operación exitosa ni al acabar un tratamiento. La cicatrización debe ir más allá en muchos casos, ya que buscan que el paciente olvide lo que ha ocurrido, y eso, en muchas ocasiones, significa borrar una gran marca o recuperar algo que se ha perdido durante la enfermedad. Y aunque parezca mentira, ese tratamiento tan peculiar puede venir de la mano de una aguja y una amplia paleta de colores que dibujen de nuevo un rostro, una sonrisa o un pezón.

Todo pudo empezar hace miles de años. Situemos al primer protagonista de esta historia. Ötzi corría montaña abajo, jamás había corrido tan rápido. El peligro le seguía de cerca y él, probablemente con su último aliento, se arrancó la flecha que le había atravesado el cuerpo por la espalda y que le quería condenar al olvido. 45 años eran muchos, y su experiencia de hombre curtido en la batalla cuerpo a cuerpo y como cazador y arquero le decía que, si quería sobrevivir, debería hacer un último esfuerzo. Un instante después se desplomaba, probablemente ya sin vida, y su cabeza era golpeada por última vez. Jamás se sabrá si ese golpe mortal se lo dio el enemigo del que huía o fue una roca traicionera la que le quitó el último halo de vida, pero eso ya no importa.

«El hombre de hielo, con sus 61 marcas dispuestas en líneas y cruces, cuya finalidad todavía no está clara, ha dejado boquiabiertos a los investigadores»

5.300 años después, el hombre que huía, conocido hoy como el «hombre de hielo», era encontrado por unos excursionistas en un glaciar de los Alpes, cerca de la frontera entre Italia y Austria, y se convertía en la momia más antigua jamás recuperada. El hombre al que quisieron eliminar se ha considerado en el siglo xxi en todo un enigma para los investigadores. Al más puro estilo egipcio, Ötzi parecía predestinado a ser recordado para siempre. Su cuerpo machacado por una dura vida en las montañas guardaba un secreto que cambiaría nuestra forma de ver la historia. El hombre de hielo, con sus 61 marcas dispuestas en líneas y cruces, cuya finalidad todavía no está clara, ha dejado boquiabiertos a los investigadores.

Magia y acupuntura

Esas 61 marcas –divididas en diecinueve grupos de dos, tres y cuatro líneas paralelas y dos cruces– podrían ser la primera prueba de que el hombre de la Edad del Cobre conocía los beneficios de la acupuntura. Las marcas, de entre 0,7 y 4 centímetros de largo, «están realizadas con un pigmento obtenido a partir de carbón de origen vegetal», detalla el investigador Marco Samadelli, uno de los firmantes del estudio de los tatuajes de Ötzi. El equipo de investigación del Instituto para las Momias y el Hombre de Hielo de Bolzano (Italia) ha utilizado técnicas de imagen multiespectral para localizar las marcas, ya que algunas de ellas, con el paso del tiempo, habían quedado ocultas para el ojo humano.

Ötzi tenía una enfermedad degenerativa, estaba afectado en la parte baja de la espalda y tenía problemas en las articulaciones. Según los investigadores, posiblemente sufría de intensos dolores en las piernas, entre la rodilla y el pie, donde casualmente se han encontrado la mayoría de los tatuajes. De ahí que una de las hipótesis que se esgrime con más fuerza es que esas marcas se realizaron como resultado de un tratamiento de acupuntura o, incluso, como parte de un ritual de magia para proteger esas zonas del dolor. Aunque los investigadores aún no se han puesto de acuerdo sobre la razón de los tatuajes, el hombre de hielo es, de momento, el hombre tatuado más antiguo de la historia.

El tatuaje como castigo

«El simbolismo del tatuaje ha sido explotado en muchas culturas y épocas»

El tatuaje que ha llegado a nuestros días se basa en la armonía, en la belleza de los colores. El tatuaje, culturalmente, es algo que busca un beneficio estético, aunque además pueda significar algo concreto para la persona que se los lleva. Para muchos es una forma de expresar en imágenes lo que no quieren expresar con palabras, algo simbólico, el recuerdo de alguien o algo. Pero para otros muchos el tatuaje es un adorno, como el color del pelo o el maquillaje; eso sí, no es temporal.

Los maoríes se tatuaban el cuerpo antes de la batalla para asustar al enemigo, como las cinematográficas líneas en las mejillas que se pintaban algunas tribus indias justo antes de empezar la batalla. / Mètode

Ese simbolismo del tatuaje ha sido explotado en muchas culturas y épocas. Los maoríes se tatuaban el cuerpo antes de la batalla para asustar al enemigo, como las cinematográficas líneas en las mejillas que se pintaban algunas tribus indias justo antes de empezar la batalla. En América del Norte, los indígenas usaban estas marcas como parte de un ritual relacionado con la edad y la jerarquía: los tatuajes servían para proteger el alma de la persona, y la ceremonia debía realizarse cuando la persona dejaba de ser un niño y se convertía en un adulto.

Pero una línea que no se puede borrar puede tener muchos usos. El libro más antiguo de la historia clásica japonesa, el Nihonshoki, que data del siglo viii, cuenta la historia de un emperador que castigó a un traidor por haberse tatuado el rostro. Japón estaba en aquella época bajo la influencia del confucionismo, que no permitía alterar o dañar el cuerpo de ninguna forma, algo que incluía el tatuaje.

Pero esa señal perenne empezó también a utilizarse de otra forma: se empleó para marcar de por vida a los delincuentes. Se les realizaba un círculo en brazos y muñecas para poder identificarlos y que pudieran ser aislados socialmente. A partir de ahí surgió toda una cultura del tatuaje que se centraba en ocultar esas marcas deshonrosas, buscando borrar las huellas del delito. Y así, muchos expresidiarios empezaron a decorar esas marcas con diseños más ornamentales para cubrir o embellecer esos diseños. Y ha seguido hasta nuestros días.

Etiquetas en color

Esos colores en la piel dan mensajes más o menos obvios. Algunos negativos, no cabe duda, pero otros muchos tienen un auténtico mensaje que puede salvar vidas. ¿Quién no ha visto en las películas los collares o pulseras con información vital? Ahí suelen escribirse datos médicos, como el tipo de sangre o alergias. Una forma más duradera de informar sobre algún problema médico es llevar esa información siempre contigo, pero la cadena que sostiene la placa con la identificación puede romperse. ¿Qué pasaría tras un desastre como una bomba nuclear? ¿Cómo se afrontaría la necesidad de una transfusión de sangre urgente en periodos de guerra?  Como se sabe hoy en día, todos los tipos de sangre no son válidos para todos, así que la identificación del tipo de sangre es fundamental, pero debe de ser rápida. Estados Unidos cogió ventaja en ese terreno durante la guerra de Corea a principios de los años cincuenta. El objetivo: poder identificar rápidamente a posibles donantes si fuese necesario una transfusión de sangre urgente. Así, surgieron varios programas específicos para identificar el tipo de sangre de la población, crear listas de donantes y, si lo permitían, tatuar esta información en cada individuo. El proyecto, que al final solo se desarrolló en dos reducidas comunidades americanas, llegó a identificar y a tatuar a miles de personas. Tras varios intentos, el interés por las donaciones empezó a disminuir con el final del conflicto en Corea por razones sanitarias, como posibles infecciones, la preferencia de portar una cadena identificativa, el esfuerzo económico y de tiempo para llevar a cabo el proyecto, y por la prohibición religiosa de tatuarse el cuerpo.

«Muchos deciden utilizar el tatuaje como método para disimular el vitíligo, la despigmentación de la piel provocada por otras enfermedades, las cicatrices resultantes de heridas u operaciones y las quemaduras»

Esos proyectos no funcionaron a gran escala, como era su objetivo. Pero a título personal, hoy en día hay mucha gente que se tatúa información médica en el cuerpo y no es difícil ver a personas que tienen tatuado en el brazo o en el pecho, en inglés, la palabra diabético, marcapasos o epiléptico. Este tipo de tatuajes, aunque no tienen implicación legal, sí pueden ayudar a los médicos a la hora de orientar el tratamiento de un paciente, como ante una persona alérgica a la penicilina, por ejemplo, o con algún tipo de enfermedad reseñada en su tatuaje. Hay algunas marcas que muchos pacientes llevan con orgullo, portan esas gotas de tinta como quien lleva una medalla. Se trata de los pacientes de cáncer que han tenido que recibir radioterapia. El tatuaje en este caso, en forma de pequeños puntos con tinta azul o negra, tiene un objetivo muy claro: orientar el haz de luz en la radioterapia y minimizar la zona que va a ser irradiada. Así se minimiza el daño de los tejidos circundantes. Y quien se ha cansado de verlos puede borrarlos con láser e intentar así olvidar los meses de tratamiento y las horas de hospital.

«A título personal, hoy en día hay mucha gente que se tatúa información médica en sus cuerpos y no es difícil ver a personas que tienen tatuado en el brazo o en el pecho, en inglés, las palabras ‘diabético’, ‘marcapasos’ o ‘epiléptico’»

Pero hay otros pacientes que deciden que ya han pasado suficiente y que su tiempo ya ha llegado. La forma de avisar a un médico de que no realice un tratamiento específico de reanimación es, en este caso, dos letras: NR o, lo que es lo mismo, no resucitar. Aunque en España no es muy común, en países como Estados Unidos o Canadá es una práctica que no es difícil de encontrar.

Recuperar la identidad

Cuando se piensa en el maquillaje permanente, se tiene en mente el perfilado de labios o el relleno de cejas para dar más profundidad a una mirada, pero eso se queda en un pasatiempo teniendo en cuenta las cosas que hoy en día se pueden realizar con esa técnica. / Sara Ortuzar

Aunque la modelo Winnie Harlow, tras protagonizar la campaña de una famosa marca de ropa, es un ejemplo de que la despigmentación de la piel provocada por el vitíligo puede ser bella, hay personas que siguen prefiriendo no mostrarla. Así, muchos deciden utilizar el tatuaje como método para disimular el vitíligo, la despigmentación de la piel provocada por otras enfermedades, las cicatrices resultantes de heridas u operaciones y las quemaduras. Cuando se piensa en el maquillaje permanente, la gente tiene en mente el perfilado de labios o el relleno de cejas para dar más profundidad a una mirada, pero eso se queda en un pasatiempo teniendo en cuenta las cosas que hoy en día se pueden realizar con esa técnica. Hace años, la única solución para eliminar las antiestéticas cicatrices tras una traumática herida o una intervención quirúrgica era, literalmente, cubrirla con un tatuaje tan llamativo que no permitiera ver la piel dañada. Hoy las cosas han cambiado y muchos buscan disimular esa marca, que esa zona pase desapercibida, cubriéndola con el mismo color que tenía antes de ese trauma.

Un ejemplo muy drástico es el de la norteamericana de origen iraquí Basma Hameed. Esta mujer tuvo un accidente doméstico, se quemó con aceite el 40 % de la cara con dos años. Tras quince años de tratamientos y más de cien operaciones, su rostro, aunque había mejorado, seguía reflejando las secuelas del accidente. Tras operaciones para reducir las cicatrices e implantes de piel y pelo, los médicos le aseguraron que, médicamente, no podían hacer nada más para mejorar su aspecto. Así empezó un largo viaje que la llevó a tatuarse a sí misma y, después, a convertir esa técnica en todo un negocio. Cientos de personas pasan por sus manos cada año para eliminar marcas y recuperar esa imagen que reconocer frente a un espejo.

El objetivo de cubrir con color una parte de la piel es recuperar la vida anterior, curar las heridas emocionales de un accidente, eliminar los recuerdos de una enfermedad que esperan que no vuelva. La experiencia vivida se queda para siempre en los recuerdos, pero hoy ya no es necesario que todo el mundo las vea, hoy se puede enseñar solo el lado deseado, el de la persona que ha vencido.

La guinda del pastel

A lo largo de la historia se pasó de los tatuajes de líneas sencillas a diseños abigarrados e imposibles, y de los tatuajes en negro, se pasó poco a poco a los tatuajes multicolor. Ahora llegan los tatuajes en tres dimensiones que buscan, poner «la guinda del pastel» y llenar física y emocionalmente un hueco dejado por una mastectomía.

Mediante una técnica que combina el tatuaje artístico y la micropigmentación, el tatuaje terapéutico permite recrear el pezón y la aureola en mujeres que se han sometido a una mastectomía y a una posterior reconstrucción quirúrgica de la mama. / Sara Ortuzar

Una mujer con cáncer de pecho debe pasar varios procesos para superar la enfermedad. La cura es una primera etapa: se realiza una intervención, se extirpa el cáncer y, con ello, algo tan inherente a la mujer, tan íntimo, como el pecho. Después empieza la quimioterapia y, una vez superado el cáncer –una vez que la enfermedad ha desaparecido–, una cicatriz o la ausencia de algo tan básico y tan «normal» como un pezón le recuerda a diario que la enfermedad ha estado allí y le hace sentir incompleta. Tras la reconstrucción quirúrgica de la mama, aún queda el pezón, aún falta algo que no se puede recuperar en un quirófano. La técnica para crear una ilusión, un engaño al más puro estilo Da Vinci, consiste en pintar en 3D un pezón y una aureola para que, con este tatuaje terapéutico, muchas mujeres puedan finalizar un viaje que empezó cuando les diagnosticaron un cáncer o se realizaron una mastectomía preventiva. Uno de los mayores expertos del mundo es Vinnie Myers, un médico americano que desde hace más de quince años tatúa a mujeres para restituirles con pintura «mágica» el pezón y la aureola que el cáncer les arrebató.

Sara Ortuzar es una de las pocas tatuadoras que realizan este tipo de tatuajes en España. Empezó a especializarse casi por casualidad hace unos años, cuando a su antiguo estudio acudió una mujer solicitándole que le tatuase la areola perdida tras una mastectomía. Ortuzar nunca había hecho un trabajo así y decidió rechazarlo, pero cambió el rumbo de su profesión y decidió especializarse en ese tipo de tatuajes. Su pionera técnica, una combinación del tatuaje artístico y la micropigmentación, se realiza con maquinaria de tatuar de última generación mínimamente invasiva para la piel. «El resultado es haber logrado ofrecer tratamientos personalizados con aréolas no estándar, sino adaptadas a cada persona, porque cada tatuaje es único. Los efectos 3D derivan del tatuaje artístico y fundamentos de la pintura hiperrealista dónde jugamos con el color, las luces y sombras para generar efecto de volumen allí donde queramos. Es como pintar un cuadro pero aquí el lienzo es la piel y el pincel es el dermógrafo», destaca la tatuadora.

Ortuzar señala que, en las revisiones, las mujeres le cuentan que lo fundamental para una mujer que ha superado un cáncer es recuperar la normalidad de la cotidianeidad. Sus actividades cotidianas de repente se convierten en un problema, como cambiarse en la piscina, o ir a un masajista. «Son cosas sencillas que a una mujer mastectomizada le hacen sentirse en el punto de mira, ya que llama mucho la atención un pecho sin areola y con cicatrices. Y no hablemos de las relaciones íntimas, o las madres con niños pequeños, que hasta que no se hacen el tatuaje no enseñan el cuerpo a sus hijos para que no se extrañen», detalla Ortuzar.

Sara Ortuzar es una de las pocas tatuadoras españolas que realizan tatuajes en tres dimensiones para restituir el pezón y la aureola tras una mastectomía. / Sara Ortuzar

Hoy en día también se ha incluido la micropigmentación en los hospitales, donde médicos o enfermeras se encargan de ese proceso. Pero antes de que surgiera esta posibilidad Cova Saras, una de las fundadoras de Despechadas, una asociación sin ánimo de lucro, necesitó ese servicio. Le diagnosticaron cáncer con 31 años y todo su proceso terminó a los 33, con el tatuaje. «Esta enfermedad, con su tratamiento, puede ser larga, pero no acabó para mí hasta que me hice el tatuaje, entonces sí que todo había acabado. El resultado es espectacular», explica. Según señala, cuando ella necesitó hacerlo en España no era común. «Decidí montar la asociación y nació a la vez el primer proyecto, “La guinda del pastel”. Fuimos a los Estados Unidos para que Myers nos tatuara. Me gustó hacerlo en un centro de tatuajes y no en un hospital, así cambias de ambiente. Lo vivimos casi como una fiesta, y te alejas temporalmente de las paredes de un hospital, que te recuerdan la enfermedad», detalla. «Esta opción te permite poder mirarte al espejo como si nada hubiese pasado. Uno de los problemas relacionados con esta enfermedad es exactamente ese; las cicatrices tan visibles que deja la operación, y el daño de una parte tan femenina como es el pecho. Además, con el tatuaje lo completas, es como volver al principio», apunta Saras.

Ya sea en forma de líneas verticales y con herramientas toscas como un palo de madera, o con la precisión de un cirujano con una aguja en lugar de un bisturí, esas pinturas de guerra ya no sirven para asustar al enemigo, sino que curan las heridas de la batalla personal, son el colorido trofeo de una lucha ganada. Esos tatuajes curan las heridas ocultas, las que la ciencia no puede curar.

© Mètode 2017 - 90. Interferencias - Verano 2016

Periodista y directora de comunicación del CSIC (Madrid).

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