‘Strelitzia reginae’ y el siglo de oro de la botánica

Curiosidades sobre el apogeo de los estudios botánicos en la Europa del siglo XVIII

«Las expediciones botánicas del siglo XVIII repartieron sobre Europa miles de nuevas
especies»

El siglo XVIII fue el de las Luces y de la Ilustración, pero también el siglo de oro de la botánica, disciplina que entonces alcanzó la fértil madurez que nos ha conducido hasta ahora. Una botánica que atraía tanto por la continua incorporación de ejemplares y los desafíos conceptuales asociados, como por los usos que se encontraban a las plantas ya conocidas y a las nuevas. Conocimientos y usos que permitían abordar con solvencia y esperanza muchos de los retos a los que se enfrentaban las renovadas necesidades de la humanidad: alimentarias, medicinales, textiles, tintóreas, constructivas, navales, etc. También fue, sin embargo, el siglo en que se incorporaron especies ornamentales como Strelitzia.

Las semillas del género Strelitzia son redondeadas, negras y están acompañadas de una excrecencia nutricia o arilo en forma de mechón de pelos de color anaranjado. En la imagen, semillas de S. nicolai. / José Plumed

Estas plantas condensan muchos de los rasgos que caracterizaran botánicamente al siglo: aventura y conocimiento, viajes y retos científicos, sistemática y fitonímia, agronomía y estética, afán por la riqueza y por la fama… Strelitzia en cierta medida representa todo eso. Porque si a la elegancia de Strelitzia sumamos el enigma morfológico de los órganos florales y las referencias implícitas en su nombre uno de los pocos epónimos botánicos femeninos, tendremos un buen abanico de motivos para que nos fascine la próxima vez que la encontremos en cualquier parterre: una planta digna de embelesamiento a la par que rodeada de historia, arte y simbolismo, tal y como intentaremos demostrar a continuación.

 

Exploradores, jardineros y horticultores

Las expediciones botánicas del siglo xviii repartieron por Europa miles de nuevas especies. No solo plantas vivas, sino también semillas, descripciones o pliegos de herbario. Estas especies se destinaban principalmente a los jardines botánicos, a los jardines reales y aristocráticos o a los de las universidades. Y así se produjo un cambio de paradigma en lo referente a los jardines y los huertos de prestigio: ya no se limitarían a ser los lugares de cultivo de plantas medicinales y comestibles conocidas, o espacios dedicados a la ornamentación de palacios, sino que también serían espacios de estudio, de investigación y de docencia, donde se llevarían a cabo actividades de aclimatación, selección, cruce, producción y conservación de todo tipo de plantas, incluidas las numerosas especies que se incorporaban a ritmos sin precedentes. Estos estudios e investigaciones a menudo iban acompañados de enfoques económicos y políticos: se buscaba romper los monopolios que otros países tuvieron sobre determinadas materias vegetales (café, quina…); lucrarse con la venta de especies ornamentales; o producir plantones o técnicas de trasplante para poder introducir plantas útiles donde hiciese falta, como las patatas (Solanum tuberosum) o el árbol del pan (Artocarpus altilis), célebre por el episodio de la Bounty y el motín que allí se produjo en 1790 mientras llevaban plantones de Tahití a las Antillas.

William Aiton, director de los célebres jardines de Kew, llevó a cabo la primera descripción de Strelitzia reginae en Hortus Kewensis (1789). En la imagen, aparte de una exhaustiva enumeración de sus características en latín, podemos observar otros datos interesantes, como el lugar de origen de la planta (el cabo de Buena Esperanza) y quién fue el encargado de introducirla en los jardines de Kew: Joseph Banks, que llegaría a presidente de la Royal Society en 1778. / Mètode

Un precursor en este nuevo enfoque había sido el Jardín del Rey de París, fundado en 1635 y que tras la Revolución Francesa de 1789 pasaría a llamarse Jardin des Plantes. Figuras de la talla del conde de Buffon (Georges Louis Leclerc), Joseph Pitton de Tournefort, Antoine y Antoine-Laurent de Jussieu, o Jean-Baptiste Lamarck lo dirigieron, y entre los discípulos que estudiaron en él figura el valenciano Antonio José Cavanilles (1745-1804). Cerca de Londres, en Kew, también se creó un jardín con objetivos similares en 1719, que con el paso del tiempo, y por ampliaciones y fusiones con otros próximos, llegaría a ser la mayor colección de plantas vivas de todo el mundo: el Real Jardín Botánico de Kew, más conocido como los jardines de Kew. Los primitivos jardines no eran demasiado relevantes, pero recibieron un gran impulso al ser nombrado director el botánico escocés William Aiton en 1759. Ese mismo año también se inauguraba el Museo Británico, fundado por el norirlandés Hans Sloane a partir de sus colecciones, entre las que figuraban 1.101 pliegos de herbario de su amigo y colaborador catalán Joan Salvador, con quien había compartido fructíferos intercambios de especies (Garcia Espuche, Ibáñez Cortina, Montserrat Martí y Rivero Matas, 2008).

«Jardineros y horticultores tuvieron que hacer frente a unos retos agronómicos, taxonómicos y logísticos tan extraordinarios que hoy en día aún nos maravillan»

En Cataluña, Jaume Salvador Pedrol, con sus hijos Joan (ya mencionado) y Josep, creó en 1723 en Sant Joan Despí lo que está considerado el primer jardín botánico de Cataluña y también de España. En Madrid los también catalanes Joan Minuart y Josep Quer, y el continuador Miquel Bernades, organizarían por encargo del rey Fernando VI unos jardines a las afueras de Madrid (1755). Trasladados posteriormente, en 1781, al Prado de Atocha (emplazamiento actual del Paseo del Prado) gracias al impulso de Casimiro Gómez, serían el germen del Real Jardín Botánico de Madrid; un jardín que veinte años después, en 1801, sería dirigido por el valenciano Antonio José Cavanilles, tan enemigo de su antecesor como Linneo lo era de Buffon. En Valencia el primitivo huerto de plantas medicinales (o huerto de simples) que nació en 1567 vinculado a los estudios de medicina del Estudi General (la actual Universitat de València) fue sustituido en 1802 por el actual Jardín Botánico, que continúa vinculado a la Universitat.

La singularidad de Strelitzia llamó la atención de muchos aficionados a la botánica de la época. En la imagen, una de las impresiones dedicadas a S. reginae, extraída de The new botanic garden (1802), obra del galés Sydenham Edwards, ilustrador botánico y miembro de la Sociedad Linneana de Londres. En el grabado, a cargo de F. Sansom, también aparece plasmada la planta conocida como siempreviva (Sempervivum arachnoideum L.). / Swallowtail Garden Seeds

Los nuevos enfoques abrieron nuevas perspectivas al conocimiento de las plantas; no tan solo el teórico, sino también el práctico. Fue el tiempo áureo de los jardineros y horticultores que tuvieron que hacer frente a unos retos agronómicos, taxonómicos y logísticos tan extraordinarios que hoy en día aún nos maravillan. Por otra parte, el comercio de plantas ornamentales se convirtió en un importante motor de investigación y muchos de los primeros exploradores de tierras ignotas eran buscadores de plantas nuevas. Se podían ganar ­auténticas fortunas por descubrir nuevas plantas y hacer que llegaran a los invernaderos europeos para propagarlas y venderlas, así como a los jardines más reputados, fueran los de la isla de Vorony de San Petersburgo, el Jardín Botánico de Uppsala, los Jardines Herrenhäuser de Hannover, el Jardín Botánico de la Universidad de Viena, el Real Jardín Botánico de Madrid y tantos otros. Tanto las expediciones como las instituciones estimularon el desarrollo de la botánica teórica así como de la aplicada. Y es más: fruto de esta visión mundial nació una nueva ciencia, la geobotánica o fitogeografía, impulsada por Alexander von Humboldt (1769-1859) en su Essai sur la géographie des plantes (“Ensayo sobre la geografía de las plantas”), publicado en 1807.

La búsqueda y comercialización de plantas ornamentales de lugares remotos llevó a Europa miles de nuevas especies. Durante el siglo XVIII, por todo el continente proliferaron los jardines botánicos como espacios dedicados al estudio y la investigación, pero también al cultivo y la preservación de todo tipo de plantas. En la imagen, ejemplar de Strelitzia reginae cultivado en el Jardín Botánico de la Universitat de València. / José Plumed

Los homenajes nominales

Mientras el elenco de plantas conocidas en Europa era reducido, el sistema de identificación de las especies mediante la descripción podía servir. Pero la avalancha de nuevas especies amenazaba con colapsar el sistema si no se disponía de uno más sencillo y manejable para integrar las recién llegadas. La nomenclatura binomial propuesta por Carlos Linneo reunía los dos requisitos: precisión y concisión. Y triunfó. Ya no haría falta definir la zarza como Rubus foliolis petiolatis supra glabris subtus tomentosis, caule suffruticoso erecto 5-angulari, aculeis recurvis, calyce reflexo, sino que sería suficiente llamarla Rubus ulmifolius; mientras que Rosa canina designaría inequívocamente lo que antes algunos describían como Rosa sylvestris alba cum rubore, folio glabro, y otros como Rosa sylvestris inodora seu canino.

En una primera adecuación, las especies clásicamente europeas o más próximas de los continentes vecinos podían designarse con los nombres que les habían dado griegos y romanos. Así, las rosas pasaban a integrar el género Rosa. Y en caso de que los antiguos nombres se prestaran a confusión se los podía readscribir a géneros o especies que serían definidos con precisión; así, por ejemplo, los nombres que utilizaba Plinio el Viejo en su Naturalis Historia para designar indefinidamente determinadas fagáceas como aesculus, cerrus, ilex, quercus y robur pasaron a identificar géneros o especies ahora sí claramente descritas. De forma semejante, las cañas arundo, calamus y canna sirvieron para crear nombres de géneros en familias diferentes. Por lo que respecta a los nombres específicos, en muchos casos podían servir para adjetivar indistintamente géneros diferentes, como en el caso de epítetos alusivos al color (albus, luteus…), ámbito (alpinus, borealis…), hábitos (arborescens, repens…), hábitat (arvensis, lacustris…), tamaño y complexión (minor, robustus…), etc.

«‘Strelitzia’ es una planta digna de embelesamiento al mismo tiempo que rodeada de historia, arte y simbolismo»

En el caso de las especies recién llegadas no había precedentes grecorromanos. Una parte del problema se resolvió al bautizar muchos géneros (y especies) con los nombres de botánicos, naturalistas, exploradores, patrocinadores de viajes y fundadores de museos, que vieron fijados con toda justicia sus nombres en los de algunas plantas. Solo por mencionar algunos de los botánicos más notables del siglo XVIII, su nombre figura en letras de oro en los géneros Adansonia, Banksia, Bernadesia, Bougainvillea, Cavanillesia, Commersonia, Gomortega, Lamarckia, Loeflingia, Minuartia, Mutisia, Palaua, Pavonia, Queria, Salvadora, Thunbergia… También, y todo se tiene que decir, era el momento de saldar antiguas cuentas, de satisfacer pequeñas venganzas, y como quien manda tiene la llave del sistema de denominación, los «feos» sapos recibieron por parte de Linneo el nombre genérico de Bufo, y unas flores de aroma pestilente, Buffonia, ambos géneros en «homenaje» a Buffon, uno de los detractores del sistema linneano.

Quizá nos haya sorprendido que entre estos nombres de géneros no figuren las dos mujeres que más intensamente participaron como naturalistas en aquel siglo, Maria Sibylla Merian y Jeanne Barret. En el caso de Merian, su epónimo solo se utiliza como específico de un lagarto sudamericano, Salvator merianae. Por lo que respecta a Barret su amante y compañero de viaje Philibert Commerson le dedicó un arbusto descubierto por él en Madagascar, Baretia bonnafidia, posiblemente con un punto de jocosa malicia, ya que se trata de una planta de incierta identidad sexual (y ella había pasado gran parte del viaje haciéndose pasar por un hombre). Ahora bien, como la planta llegó a manos de Linneo, a Uppsala, antes de que lo hiciera la descripción y propuesta de nombre de Commerson, y Linneo la había situado en el género Turraea, el nombre que ha quedado para la planta es el de T. floribunda o T. heterophylla. Afortunadamente el nombre de la heroína viajera y naturalista no ha desaparecido del todo, y ha quedado grabado en el de especies como Solanum baretiae, Polyscias baretiana, Chrysanthemum barretii o Sempervivum barretii. Poca cosa, sin embargo, para dos mujeres excepcionales.

«La reina Sophie Charlotte von Mecklenburg-Strelitz es la reina que da nombre a las plantas del género ‘Strelitzia’»

En cualquier caso, los nombres de plantas dedicados a mujeres de la época eran más bien escasos, y relacionados con la realeza. En algunos casos se trata de fitónimos no científicos pero alusivos a alguna reina: es el caso del Queen Anne’s Pocket melon o “melón de bolsillo de la reina Ana” (en referencia a Ana de la Gran Bretaña). El nombre alude a una variedad ornamental de melón Cucumis melo originaria de Persia, de carne blanca e insípida, pero que exhala un perfume muy agradable. Según la leyenda ad hoc este pequeño melón lo llevaban en los bolsillos tanto las damas de compañía de la soberana como la extremadamente obesa y poco higiénica reina. La higiene no era una práctica habitual ni bien vista en aquella época: la suciedad y mal olor corporal eran la norma y se combatían camuflándolas con perfumes y cosméticos, o más bien ignorándolas. El nombre melón de bolsillo de la reina Ana evoca con acierto su uso.

En la imagen, hojas de Strelitzia alba de un jardín en Mutxamel (Alicante). Las hojas presentan una forma oblonga y ovalada, muy semejante a la de las hojas de los plataneros. Están provistas de un nervio central muy marcado y nervaduras secundarias paralelas que llegan hasta el borde. Los bordes inferiores son ondulados y rizados. / Daniel Climent

A otra planta aromática se le dio el nombre de una reina, tanto el científico como el popular: fue a la fragante verbenacea con aroma cítrico Aloysia citrodora, referida a la reina María Luisa de Parma, esposa del rey Carlos IV de España, que reinaba durante algunas de las expediciones botánicas más exitosas. Tanto el epónimo Aloysia como el fitónimo popular hierbaluisa nos lo recuerdan.

Una planta recién llegada, elegante y peculiar

Joseph Banks (1743-1820) había participado en la primera circunnavegación de James Cook (1768-1771) y, junto al otro botánico de la expedición, Daniel Solander, aportaron cerca de cuatro mil especies nuevas a los jardines de Kew, entre ellas eucaliptos y mimosas. Elegido presidente de la Royal Society en 1778, Banks dirigió la ciencia británica durante cuarenta y dos años, además de promover expediciones de índole naturalista y de intercambio de plantas (como la del capitán Bligh y la Bounty), y fomentar la adquisición, aclimatación y estudio de nuevas plantas traídas de todo el mundo para enriquecer los jardines de Kew y convertirlos en centro de difusión de especies.

«Entre las plantas llegadas a Kew del sudeste africano, destacó una de singular belleza y de forma tan extraña como cautivadora»

Entre las plantas llegadas a Kew desde el sudeste africano, destacó una de singular belleza y de forma tan extraña como cautivadora, en particular por las flores, que además de un triple color azul-amarillo-naranja iban protegidas por una especie de cubierta verde-rojiza. Sin ninguna pretensión de exhaustividad sobre Strelitzia, podemos aprovechar la descripción clásica de William Aiton en Hortus Kewensis (1789), no tan solo para bruñir y dar lustre al latín que en algún momento aprendimos, sino también para completarla, ya que algunas de las ideas que se tenían en aquella época sobre la morfología vegetal han variado notablemente.

Las flores de la Strelitzia reginae presentan seis tépalos distribuidos en dos grupos de tres: el primero, de una tonalidad anaranjada con forma de cáliz y el otro, de un color azul-morado que representa la corola. / Daniel Climent

Las hojas nacen de un rizoma, de un tallo horizontal subterráneo que se puede confundir con una raíz («folia omnia radicalia»). Son persistentes, muy grandes, simples, íntegras, de forma oblonga, ovalada, semejantes a las del platanero (Musa sp., de las que cuesta distinguir cuando no tienen flores), con los bordes inferiores ondulados y rizados («margine inferne undulato crispo»), y provistas de un nervio central muy marcado y con nervaduras secundarias paralelas que llegan hasta el borde. Además, son coriáceas y glabras, esto es, lisas y desprovistas de pelos, y de una tonalidad glauca o verde-azulada, con una pátina pruinosa o cubierta cérea por el revés. Salen en grupos de tres y más, cada una provista de un rabillo o pecíolo envainador, erecto, glabro, muy largo a menudo mide más de un metro y del grosor de un pulgar.

Lo que podemos interpretar como «flores» son realmente inflorescencias situadas en lo alto de un pedúnculo o escapo desprovisto de hojas, grueso, ligeramente comprimido y también glabro, liso y brillante. Las flores permanecen envainadas y protegidas juntamente por una expansión foliar especializada, una bráctea, en forma de barquichuelo agudo y de bordes verde-purpúreos. El conjunto se muestra erguido en la etapa juvenil, pero al madurar alcanza una posición ortogonal, en ángulo recto, respecto del pecíolo. De la barquilla bracteal brotan escalonadamente flores que se exhiben hasta formar una especie de cresta de un pájaro de Nueva Guinea llamado ave del paraíso, nombre popular con el que a menudo se conoce la planta.

De los tres tépalos de color azul-morado, el superior es corto y en forma de capucha, y se opone a los dos inferiores que, unidos por un arco, parecen una alabarda. Es en la base de la pieza cerúlea donde se encuentra el nectario que produce el líquido dulce que atrae a los polinizadores, función que en el hábitat natural de Strelitzia cumplen los colibríes. / José Plumed

Las flores, de simetría bilateral, son hermafroditas, es decir, con los dos sexos juntos. Cada una está formada por tres tépalos libres y otros tres soldados (con el interno más pequeño que los laterales). Protegidas por la espata se encuentran de cinco a ocho flores, cada una formada por seis tépalos (una especie de fusión entre sépalos y pétalos) distribuidos en dos grupos: tres que hacen el papel de cáliz, de color amarillo-anaranjado, y los otros tres, de color entre azul y morado, que representan la corola. De los tres de color azul-morado, el superior es corto y en forma de capucha, y se opone a los dos inferiores, que, unidos por un arco, parecen una alabarda; es en esta última pieza donde se encuentra el nectario («nectarium caeruleum») que produce esta ambrosía dulce, el néctar, para atraer y recompensar a los polinizadores; cuando no acuden, el néctar exuda en forma de líquido melifluo y pegajoso que va haciéndose progresivamente denso y que, al caer, suele ensuciar la planta o el suelo con manchas negras.

La parte masculina de la flor, el androceo, está formada por cinco estambres bien escondidos cada uno acabado en dos tecas o compartimentos polínicos. La parte femenina, el gineceo, consta de tres carpelos o compartimentos fértiles que se encuentran fusionados y forman un único estilo o prolongación filiforme, de unos 10 cm de largo. El ovario está situado en posición ínfera; esto es, por debajo de los otros componentes de la flor.

Por lo que respecta a los polinizadores, probablemente sean aves como los colibríes, y se supone que, cuando alguna se acerca para beber el néctar, roza las anteras, recoge el polen y lo traslada a otra flor cuyo pistilo lo recoge. Como aquí no tenemos colibríes, la planta no se reproduce sexualmente de forma natural. El fruto es una cápsula dehiscente, es decir, que se abre espontáneamente al madurar. Las semillas son redondeadas, negras y están acompañadas de una excrecencia nutricia o arilo en forma de mechón de pelos de color anaranjado.

Sophie Charlotte von Mecklenburg-Strelitz, esposa del rey Jorge III del Reino Unido, fue una apasionada de la botánica. Sus dos maestros, William Aiton y Joseph Banks, le rindieron homenaje bautizando una curiosa planta recién llegada de África con su nombre: Strelitzia reginae. En la imagen, retrato de la reina Carlota de Thomas Lawrence. Óleo sobre tela, 147 × 293,5 cm. / National Gallery de Londres

Los jardines de Kew y la reina Carlota

Morfología, expediciones, descubrimientos, jardines, epónimos, reinas… Poco a poco, diferentes elementos confluyen en esta planta y en sus hermanas botánicas, todas unidas por el nombre del género Strelitzia. Existen cinco especies, todas originarias del sudeste africano, diferentes en tamaño, color de las inflorescencias, etcétera. Hay tres que son muy grandes, semejantes a plataneros, y con inflorescencias blancas: S. alba (o S. augusta), S. nicolai y S. caudata. Por otro lado, encontramos la S. reginae y S. juncea, similar a la primera pero de hojas estrechas. Aunque ahora nos centraremos en la que hemos descrito, Strelitzia reginae, cuyo nombre específico hace referencia a una reina en concreto. Una reina cuyo linaje sirvió para designar a uno de los géneros más espectaculares de plantas exóticas que llegaron a Europa en aquel siglo, y que a menudo preside con su elegancia y belleza muchos de nuestros jardines. Hablemos, pues, de ella.

Empecemos por el principio, por una boda: en 1761, cuando el propietario del reino borbónico de España era Carlos III, el rey Jorge III del Reino Unido contrajo nupcias con la duquesa alemana Sophie Charlotte von Mecklenburg-Strelitz. Ya en Londres, la reina consorte se interesó por las artes y la jardinería; apoyó la expansión y mejora de los jardines de Kew, cerca de los cuales hizo edificar un palacete donde vivía la familia, y se inició en la botánica de la mano del director Aiton y más tarde de Joseph Banks, ambos maestros de excepción.

Con unos tutores así, el interés de la reina fue creciendo hasta llegar a ser una alumna aventajada, merecedora a ojos de sus maestros de una dedicatoria especial, que muy pronto tuvieron ocasión de materializar: una de las plantas llegadas recientemente parecía idónea para llevar el nombre de la reina, quizá porque el policromático conjunto de la inflorescencia evocaba la bandera del ducado de Strelitz, casal de la reina. Fuera esta la razón o no de la elección, el hecho es que le dedicaron la planta: Strelitzia reginae. Muy pronto recibió el nombre popular de bird of paradise flower, “ave del paraíso”, mientras que en la Sudáfrica anglófona la llaman crane flower,  “flor-grulla”, por recordar al pico de esta ave.

La inconfundible silueta de Strelitzia ha quedado registrada en varias emisiones de las monedas de cincuenta céntimos del rand sudafricano. En la imagen, la moneda de cincuenta céntimos que permaneció en circulación entre los años 1965 y 1991, acompañada por agapantos y lirios de agua, otras plantas originarias de Sudáfrica que han llegado a extenderse por todo el mundo. / Mètode

La inconfundible silueta de Strelitzia ha quedado registrada en varias emisiones de las monedas de cincuenta céntimos del rand sudafricano, tanto sola como acompañada de otras plantas originarias de Sudáfrica que han conquistado los jardines de todo el mundo, como los agapantos (Agapanthus) y los lirios de agua (Zantedeschia). Y Strelitzia también forma parte del escudo de Zululandia, donde recibe el nombre de Ikhamanga por los nativos, tanto los xhosa como los zulúes. La silueta de Strelitzia figura, doblemente y en simetría, en la medalla de la Orden de Ikhamanga, la máxima distinción sudafricana para premiar la excelencia en literatura, música, periodismo y deportes. Un premio que, cuando se otorga, quizá habría que musicar con la Sonata in C, K 14, opus 3 que Mozart dedicó con tan solo ocho años a la reina Sophie Charlotte von Mecklenburg-Strelitz, quien da nombre a las plantas del género Strelitzia.

REFERENCIAS

Aiton, W. T. (1789). Hortus Kewensis, or, a catalogue of the plants cultivated in the Royal Botanic Garden at Kew. Londres: George Nicol.

Garcia Espuche, A., Ibáñez Cortina, N., Montserrat Martí, J. M., & Rivero Matas, M. (2008). Jardins, jardineria i botànica. Barcelona 1700. Barcelona: Ajuntament de Barcelona.

© Mètode 2017 - 91. SheScience - Otoño 2016

Catedrático de Secundaria de Ciencias de la Natura. IES Badia del Baver (Alicante).

Professor Titular d’Ecologia del departament de Ciències del Mar i Biologia Aplicada. Universitat d’Alacant.

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