El reto de la complejidad

El progresivo deshielo del Ártico, la consiguiente apertura de nuevas rutas marítimas y el acceso más fácil a varios recursos naturales conforman un tema en el que se mezclan climatología, geología, tecnología, economía y geopolítica, entre otras disciplinas. Y por eso es susceptible de ser tratado por los periodistas ambientales, que tienen que añadir la otra cara de los efectos del deshielo: el futuro impacto en el clima o en la alteración de ecosistemas y, por lo tanto, de los recursos pesqueros, entre otros.

Este es un buen ejemplo de la complejidad de la información ambiental y de la necesidad de que los que nos dedicamos a ella tengamos presente aspectos muy diversos y no solo ecológicos. Al mismo tiempo, demuestra que en ciertos análisis estratégicos o económicos no se puede prescindir de los aspectos ecológicos.

Diría que este entrelazamiento entre disciplinas muy diversas es el hecho más destacado de los nuevos retos de la información ambiental, junto a su papel de complementar informaciones de otros ámbitos –y, a menudo, incluso de sacar a la luz temas que merecen ser analizados por otros especialistas–. La información ambiental ha vivido un crecimiento espectacular en los últimos años. Pero eso no ha significado un simple incremento de su presencia en los medios sino también una adaptación que ha conllevado un aumento de complejidad.

Hace una veintena de años era básico explicar los fundamentos de los problemas ambientales y la manera de afrontarlos. Había que hacer saber qué era un centro de recogida de desechos, en que se basaba el efecto invernadero y por qué la capa de ozono era tan importante y se destruía. Pero ya hace tiempo que, sin dejar de lado explicaciones como estas, la información ambiental ha tenido que dar un salto cualitativo y entrar en otro nivel. De siempre se ha destacado que la información ambiental no se puede limitar a la contaminación, los residuos, las especies protegidas y los espacios naturales. Y que incluso cuando se habla de estos temas los enfoques ya no pueden ser los mismos que antes.

Etimológicamente, ecología significa «estudio de la casa» y economía, «administración de la casa». No se puede administrar la casa sin conocerla, pero tampoco podemos aplicar el conocimiento sin tener en cuenta las necesidades de administración. Eso implica que las propuestas ecológicas, si bien en muchos casos pueden venir dictadas simplemente por principios éticos, también deben tener en cuenta argumentos económicos.

«La complejidad de la información ambiental es un reflejo de la complejidad de nuestra sociedad y de las dificultades para establecer planificaciones claras»

Y cuidado, que eso no quiere decir que se planteen desde una perspectiva económica tradicional. Precisamente es, en parte, trabajo de los ambientalistas y de los informadores ambientales hacer ver que unas cuentas económicas mal planteadas llevan, tarde o temprano, a resultados muy alejados de los deseados. La economía ecológica –de la que tenemos pioneros en nuestro país– muestra que es un error considerar como simples gastos lo que en realidad son inversiones, negligir ciertas pérdidas porque no tienen un valor monetario claro u olvidar que consumir ciertos recursos a un determinado ritmo es gastar el capital sin preocuparse de recapitalizar.

Eso significa que se tiene que explicar el valor de reducir la contaminación, objetivo que no es un simple capricho por disfrutar de un aire más limpio, sino una acción indispensable para reducir la mortalidad y la enfermedad, aumentar la calidad de vida y, de paso, reducir los gastos que asistencia sanitaria, bajas médicas, disminución de la productividad o pensiones de invalidez, orfandad o viudez provocan. Es decir: el primer objetivo es ético, pero, para los que no entienden de ética, hay que hacer ver que también hay un beneficio económico. Y lo mismo se debe explicar con respecto a la biodiversidad y los ecosistemas. Conservar el patrimonio natural es una obligación ética, pero no pensar que estos ecosistemas proporcionan una multitud de servicios que se pueden valorar en miles de millones de euros (véase www.tee bweb.org) es una barbaridad económica y práctica.

La complejidad de la información ambiental es un reflejo de la complejidad de nuestra sociedad y de las dificultades de establecer planificaciones claras. El debate sobre el balance de emisiones de los biocombustibles ha sido, en parte, generado por intereses de las petroleras, pero también ha aportado estudios rigurosos y consistentes que muestran que los análisis simples no siempre llevan a la solución correcta. Muy probablemente la respuesta a este tema es «biocombustibles, sí, pero depende de cuáles y de cómo». Por otro lado, el entusiasmo por ciertas soluciones, como el coche eléctrico, no debe hacer olvidar que las grandes transiciones no se hacen en cinco años ni diez y que las grandes revoluciones conllevan cambios profundos y no simples arreglos. Explicar todo eso no puede ser trabajo únicamente de los periodistas ambientales, pero para hacerlo hay que contar con los periodistas ambientales.

Está claro que informar y reflexionar sobre el tema no es nada fácil. Y menos en los tiempos actuales, en que gana la información más concisa, inmediata y esquemática. Corremos el peligro de simplificar demasiado, olvidando muchos matices y condicionantes, o bien de querer tener tantas cosas en cuenta que el mensaje le resulte confuso a la gente. Además, el público quiere certezas y los matices pueden ser interpretados –y aprovechados– para decir que algunos fenómenos –el cambio climático, por ejemplo– no están tan claros como se dice. Hacer frente a los lobbies que difunden informaciones sesgadas o tergiversadas es otro de los problemas que afronta el informador ambiental.

Y, finalmente, se tiene que hacer frente a las informaciones y opiniones sesgadas o simplemente indocumentadas que a menudo ofrecen tertulianos y columnistas. Algunos hacen aportaciones realmente muy interesantes en el campo que dominan. Pero la mayoría sufren el problema de tener que ser hoy especialistas en terremotos en Haití, pocos días después poder disertar sobre la seguridad de las redes eléctricas y muy poco después ser profundos conocedores de la política regional francesa o de los problemas y ventajas de retrasar la jubilación.

Se trata, además, de gente con prestigio popular, que pertenecen al opinion star system y que por eso están rodeados, cara al público, de una credibilidad no siempre merecida. Y aprovechan el gran eco de unos espacios que, desgraciadamente, siguen negligiendo, mayoritariamente, la cultura y la información científicas.

© Mètode 2011 - 66. Onda verde - Número 66. Verano 2010

Licenciado en Química y doctor en Ciencias de la Comunica­ción. Periodista científico de TV3, ensayista y divulgador. Ha publicado varios libros, entre los que se encuentra La ciencia en la literatura (Universidad de Barcelona, 2018). Su obra L’imperi de les dades. El big data, oportunitats i amenaces (Bromera, 2018) ha ganado el XXIII Premio Europeo de Divulgación Científica Estudi General.