Humanos 2.0

Escribiendo el futuro de la evolución humana

¿Podremos los humanos dirigir la evolución futura de nuestra especie? Basándonos en los conocimientos actuales en genética, se puede inferir y extrapolar qué puede pasar en un futuro más próximo. Al fin y al cabo, si hay que predecir el futuro, debemos comprender las bases de nuestro presente. Para responder a la pregunta inicial, presentaré brevemente qué sabemos sobre nuestro genoma y si tenemos suficientes datos para inferir cómo somos (lo que se denomina correlación genotipo-fenotipo), para pasar a presentar los adelantos tecnológicos actuales y su potencial impacto en nuestra evolución.

Palabras clave: secuenciación del genoma, edición genética, modificación genética humana, determinismo genético, bioética.

¿Sabemos por qué somos cómo somos?

Nuestro genoma

Cuando estudias las bases genéticas y moleculares del fenotipo humano, como por ejemplo las causas de las dolencias raras (minoritarias), te adentras tanto en la herencia mendeliana como en la genética de dolencias y otros rasgos más complejos, como por ejemplo el comportamiento. Gracias a la secuenciación masiva y al abaratamiento de sus costes, podemos ahora secuenciar fácilmente nuestro genoma. Como al secuenciar un genoma, el número de variantes genéticas que se identifican respecto a lo que está considerado como genoma de referencia es muy alto, de cuatro a cinco millones (The 1000 Genomes Project Consortium, 2015), y normalmente el objetivo es identificar cuál es la causa genética de una enfermedad en un paciente, en lugar de secuenciar el genoma nos decantamos por secuenciar el exoma. Es decir, nos centramos en las regiones codificantes para proteínas o para ARN, donde podemos inferir más fácilmente cuál será el efecto biológico de las variantes identificadas. A pesar de simplificar el análisis, la interpretación del exoma no es directa, puesto que se identifican de media entre 20.000 y 30.000 variantes respecto al exoma humano de referencia. Estas variantes explican en buena medida nuestra diversidad, y da un poco de vértigo si lo queremos interpretar todo (porque sabemos todavía muy poco), por eso nos centramos en dolencias concretas o en regiones específicas del genoma.

«Gracias a la secuenciación masiva y al abaratamiento de costes ahora podemos secuencias fácilmente nuestro genoma»

Los rasgos y las dolencias mendelianas

Desde que el humano es humano, se siente fascinado por comprender por qué los descendientes se asemejan a sus progenitores. También desde muy antiguo los humanos sabemos cómo cruzar plantas y animales, pero las leyes que están tras los resultados de los cruces eran herméticas hasta que en el siglo xix un monje, Gregor Mendel, para entender cómo se transmitían determinadas características en el guisante, analizó los datos estadísticamente. Las leyes de Mendel son atractivas y satisfactorias desde el punto de vista intelectual, pero pocas de las características de los organismos siguen patrones de herencia puramente mendelianos. Sabemos que existen fenómenos genéticos y factores ambientales (como veremos más adelante) que no siempre permiten hacer inferencias directas, y eso demuestra que la correlación genotipo-fenotipo –es decir, que a partir de de la secuencia del gen (genotipo) se pueda inferir directamente la característica que determina (fenotipo)–no es fácil ni sencilla.

Muchas de nuestras características se explican por el efecto de más de un gen, es decir, necesitamos más de una instrucción genética para hacer determinadas funciones celulares, y esto quiere decir que mutaciones en muchos genes diferentes pueden causar finalmente el mismo fenotipo. Por ejemplo, la ceguera hereditaria en humanos se puede deber a más de 300 genes. Si nos centramos en los que causan ceguera porque interfieren con la función ciliar (el orgánulo celular que actúa como sensor exterior), conocemos cerca de unos cincuenta genes causativos. Pero las mutaciones en estos genes ciliares, si son muy severas, no solo causan ceguera sino que afectan a muchos otros órganos, como la cóclea o el riñón, y funciones, como el desarrollo y colocación interna de los órganos, el cierre del tubo neural… Así pues, un gen puede tener muchas funciones y la red de interacciones con otros genes no es simple.

Factores genéticos y la interacción con el ambiente

Para muchos rasgos, los genes contribuyen de forma cuantitativa. Es decir, cada variante genética añade o quita su granito de arena y es la combinatoria final, más la interacción con el ambiente, la que acaba de determinar el resultado. Así, para rasgos como la altura o el peso corporal, es evidente que entran en juego factores genéticos y ambientales: solo hay que pensar que los masáis son siempre altos aunque pasen hambre, pero que una persona joven muy alimentada y que hace ejercicio puede llegar a ser más alta de lo que sería si no tiene acceso a una buena alimentación. Así que el genotipo determina el rango de respuesta, el abanico posible de fenotipos, y la interacción con el ambiente acaba de determinar cuál será el resultado dentro de este abanico.

De media, se identifican entre 20.000 y 30.000 variantes respecto al exoma humano de referencia. Estas variantes explican en buena
medida nuestra diversidad.  / Diseñado con Rawpixel.com, Freepik

Muchas veces hablamos de variantes de susceptibilidad o predisposición genética para explicar el riesgo más grande de algunas personas a sufrir ciertas dolencias. Una misma dolencia puede tener un componente fuertemente mendeliano, que explica una pequeña parte de los casos, y también estar asociada a muchas variantes, más frecuentes en la población, que incrementan el riesgo junto con ciertos estímulos ambientales, como por ejemplo sucede con la hipertensión arterial, la osteoporosis, la hipercolesterolemia, la dolencia de Parkinson o el Alzheimer. Cuando se conjugan factores genéticos y ambientales, no siempre sabemos desentrelazar sus relaciones exactas.

En los casos de cáncer hereditario, heredamos mutaciones germinales en ciertos genes como por ejemplo BRCA1 y BRCA2, las cuales incrementan mucho la probabilidad de sufrir cáncer de mama, pero que no lo determinan de forma absoluta porque, de hecho, se tienen que producir otras mutaciones adicionales, azarosas, en las células del cuerpo. Por lo tanto, a priori solo podemos avisar del riesgo a sufrir un tipo de cáncer, pero no podemos predecir con rotundidad si la persona portadora lo desarrollará. El ambiente también es importante, por cuanto puede acelerar el proceso mutacional: pensemos en el cáncer de pulmón y su relación con el humo del tabaco, el cual contiene varios componentes cancerígenos.

Cambios genéticos inesperados

Gracias a la secuenciación de muchos genomas humanos, ahora sabemos que buena parte de nuestra diversidad radica en la dosis. Muchas regiones cromosómicas que comprenden uno o pocos genes se pueden presentar duplicadas dentro del mismo cromosoma, de forma que hay personas con un mayor o menor número de copias de algunos genes y, consecuentemente, las proteínas que codifican pueden ser más o menos abundantes. Se cree que la variación en el número de copias (en inglés copy number variants o CNV) es una de las razones genéticas importantes en la diversidad de algunos rasgos cognitivos y de comportamiento y, por ejemplo, se han asociado a retraso mental, dolencias del espectro autista, susceptibilidad genética a trastornos mentales, y a la respuesta a medicamentos psicótropos o de acción sobre el sistema nervioso central.

«Nuestro genoma actual es un espejo de nuestro pasado, pero muchas de estas mutaciones ya no son necesarias hoy en día»

Las sorpresas en genética humana no acaban aquí, puesto que también existe un alto porcentaje de dolencias relacionadas con las habilidades y capacidades intelectuales que no dependen de la herencia mendeliana clásica. La secuenciación masiva permite diagnosticar casos de dolencias raras o ultrarraras donde no hay ningún precedente familiar. Hasta ahora, la asunción genética era que se trataba de una dolencia recesiva en la que los padres eran portadores de sendas mutaciones que habían sido heredadas por el hijo afectado. Pero ahora que se pueden hacer los análisis de tríos (dos parentales e hijo/a), nos damos cuenta de que hay muchas dolencias que son dominantes y que las mutaciones se han producido de novo, es decir, ninguno de los padres presenta la mutación que presenta el hijo o hija (Ku et al., 2013). Estas mutaciones de novo se pueden producir en la meiosis y formación de los gametos por parte de los padres, sea en el espermatozoide o el óvulo, con lo cual todas las células del paciente contienen la mutación; pero también se pueden producir en el embrión, de forma somática, y entonces solo unas cuantas células del paciente tienen la mutación, es decir, el paciente es mosaico, con células mutadas y células que no. En dolencias del espectro autista se han encontrado estas mutaciones de novo somáticas en mosaicismo (Lim et al., 2017). La severidad de la mutación y del porcentaje de células afectadas determinará la gravedad de la dolencia y, por lo tanto, se hace difícil definir a priori cuál será exactamente el fenotipo de un individuo mosaico.

Una misma dolencia puede tener un componente fuertemente mendeliano, que explica una pequeña parte de los casos, y también estar asociada a muchas variantes que incrementan el riesgo junto con
ciertos estímulos ambientales. Pensemos en el cáncer de pulmón y su
relación con el humo del tabaco, el cual contiene varios componentes
cancerígenos. / Rawpixel

Secuenciando nuestro genoma individual

La secuenciación de nuestro genoma (o de nuestro exoma) nos da una medida de nuestra diversidad genética, pero además de identificar las variantes de nuestro genotipo, lo que es importante es saber cuál es el fenotipo. ¿Qué sabemos de nuestro genoma y qué podemos inferir? Mediante los análisis del ADN mitocondrial y del cromosoma Y, podemos conocer el origen etnogeográfico de la persona. También podemos predecir rasgos cuantitativos, como el color de la piel, de los cabellos y ojos, o la forma general del rostro. Incluso podemos descubrir que la especie humana no es monofilética, sino que, dentro del género Homo, los humanos modernos somos producto de cruces con otros homininos, como por ejemplo neandertales y denisovanos, y dentro de nuestro genoma podemos encontrar fragmentos cromosómicos que proceden directamente de estos Homo ya extinguidos que perduran todavía dentro de nosotros (Vernot y Pääbo, 2018).

Por otro lado, el diagnóstico genético con secuenciación masiva nos permite identificar muchas de las mutaciones que causan dolencias mendelianas, pero para la gran mayoría de dolencias que nos afectan solo podemos dar valores de predisposición genética. Nos podemos encontrar con listas de características en forma de probabilidad: 30 % de probabilidad de sufrir cáncer de próstata, 50 % de probabilidad de sufrir cáncer de colon, 10 % de probabilidad de sufrir cáncer de mama, 10 % de probabilidad de tener problemas cardiovasculares, 60 % de riesgo a sufrir miopía… y no sabremos demasiado bien qué hacer con estos datos si no los sabemos utilizar adecuadamente. Tampoco sabemos quién tendrá acceso a ellos ni cómo los usará. Quizás nos tendríamos que preparar para esta avalancha de información genética. Es más, creo que es muy probable que el médico del futuro (y nosotros también) use esta información para prevenir o retrasar ciertas dolencias. Hoy en día ya hay colegios médicos que, ante los datos generados por el diagnóstico de pacientes afectados de una dolencia genética mediante técnicas de secuenciación masiva, defienden que el médico tiene que disponer de todos los resultados incidentales (aquellos que no están relacionados con la dolencia a diagnosticar pero que sí que lo están con otras patologías) y que los tiene que comunicar al paciente, sobre todo las mutaciones asociadas con probabilidad de sufrir cáncer o que tienen una incidencia directa en el bienestar del paciente (Kalia et al., 2017).

El horóscopo genético

Inferir cómo somos, cómo seremos, qué vida tenemos que llevar, qué pareja tenemos que escoger, cómo serán nuestros hijos… Estas son solo algunas de las promesas que nos hacen las empresas que ofrecen pruebas genéticas directas al consumidor (en inglés, direct-to-consumer genetic testing, o DTC genetic testing), como si las inferencias genéticas entre el genotipo y el fenotipo fueran conocidas, como si todo lo que somos estuviera predeterminado genéticamente y solo hubiera que conocer nuestro genoma para inferir directamente cómo seremos (Roukos, 2014). Sería como decir que si tenemos todas las piezas de un rompecabezas tridimensional gigante y un libro inmenso de instrucciones, ya podemos prever directamente cómo será el resultado final, cuando todavía no se ha empezado a leer el libro, y cuando las instrucciones pueden ir cambiando.

Nuestra altura o nuestro peso corporal tienen un componente genético, pero también ambiental. Así, en función de nuestra alimentación y nuestra actividad física, podemos llegar a ser más o menos altos o tener un mayor o menor peso. / Rawpixel

Ya hemos visto que la genética confiere potencialidad y nos da el rango de respuesta, pero la relación entre nuestras variantes genéticas con los fenotipos más sutiles no es directa, porque muchos de nuestros rasgos son producto de numerosas instrucciones genéticas que se interrelacionan entre ellas y con el ambiente, y todavía no sabemos cómo extraer toda esta información exclusivamente a partir de nuestro genoma. La sensación es que todavía vemos solo la punta del iceberg.

Modificando el futuro

El espejo de nuestro genoma

Y con todos estos datos genéticos que tenemos, ¿qué podemos hacer? ¿Qué nos indican de nuestra evolución? Si tenemos en cuenta que la selección natural de los organismos actúa sobre el número de descendientes para transmitir las combinaciones genéticas de mayor éxito, el humano ha cambiado los términos en que la selección natural actúa sobre él mismo. Las sociedades humanas pueden cuidar de individuos con discapacidades y diversidades funcionales, que difícilmente habrían sobrevivido sin la medicina o la tecnología modernas, de forma que ahora pueden tener descendientes y, por el contrario, pueden eliminar mediante guerras o selección del sexo de los niños a otros individuos que podrían haber sobrevivido en épocas pretéritas. Seres humanos de altas capacidades pueden decidir dedicar toda su vida al arte, a la ciencia o a la política, sin dejar ningún hijo y, por tanto, eliminando la combinatoria de sus genes del «patrimonio génico» humano.

«Las terapias génicas son de extrema precisión y solo sirvan para los pacientes que tengan una enfermedad causada por un defecto genético concreto»

Las condiciones de vida de los humanos han cambiado muchísimo y se hace difícil predecir qué genes se pueden llegar a seleccionar y cuáles no. El conjunto de genes que tenemos los humanos hoy en día es el resultado de nuestra historia anterior: pequeñas poblaciones humanas con pocas combinatorias génicas, expansión de algunas combinatorias cuando las condiciones ambientales han permitido ampliar la población, seguida de cuellos de botella causados por infecciones y desgracias naturales, y migración cuando las condiciones ambientales han sido muy duras. Todavía tenemos los remanentes de esta selección, por ejemplo, en la elevada frecuencia del alelo que causa anemia falciforme en zonas endémicas de malaria, que puede llegar a ser del 25 % o superior, a pesar de que la dolencia es letal en homocigosis, y los heterocigotos sufren complicaciones cardiovasculares. Otro ejemplo son mutaciones causativas de hemocromatosis, que permiten reciclar más eficientemente el hierro (pero que al incrementar la concentración en sangre provoca la formación de depósitos en los tejidos periféricos) y muy probablemente han sido seleccionadas a favor por la ventaja que confieren a las mujeres, que necesitan mayores cantidades de hierro a causa de las pérdidas menstruales periódicas y los embarazos, particularmente a partir del Neolítico, cuando la alimentación se basó en dietas ricas en cereales y pobres en hierro (McCullough, Heath y Smith, 2011).

No siempre las mutaciones son indeseables o perjudiciales. Las personas portadoras de las mutaciones en el promotor de la lactasa
pueden continuar tomando leche de otros mamíferos durante la
edad de crecimiento, cuando la madre les deja de amamantar, lo
cual pudo incrementar su supervivencia en épocas pasadas. / J. Comp/Freepik

También se han seleccionado a favor las mutaciones en el promotor de la lactasa. Estas mutaciones han sucedido al menos en dos ocasiones independientes y permiten mantener la expresión del gen de la lactasa de forma continuada después de la niñez. Así, los que son portadores de la mutación pueden continuar tomando leche (de otros mamíferos) en la edad de crecimiento cuando la madre los deja de amamantar porque tiene un nuevo bebé, lo que incrementa su supervivencia. No todos los humanos hemos heredado la mutación, y por eso los hay que no pueden beber leche cuando son mayores porque son incapaces de digerir su azúcar. Esto ya nos indica que no siempre las mutaciones son indeseables o perjudiciales, sino que dependen de las condiciones externas y que, incluso, han podido ser seleccionadas a favor porque han permitido una mayor supervivencia de los portadores heterocigotos (Gerbault et al., 2011).

A veces, las mutaciones pueden ser deseables en jóvenes pero no en adultos. Por ejemplo, es muy probable que se hayan seleccionado a favor mutaciones que faciliten niveles altos de colesterol en sangre. El colesterol es el agente principal de la arteriosclerosis y problemas cardiovasculares graves en el adulto pero, a la vez, es necesario para la labilidad de las membranas celulares, es el componente inicial de las hormonas sexuales y se requiere para un correcto cierre del tubo neural del feto (Santander et al., 2013).

En conjunto, nuestro genoma actual es un espejo de nuestro pasado, pero si nos fijamos, muchas de estas mutaciones ya no son necesarias hoy en día en nuestra sociedad industrializada: hemos erradicado la malaria de Europa y de los Estados Unidos, podemos tomar suplementos de hierro si hace falta y la alimentación de los bebés no depende exclusivamente de la leche. Por lo tanto, estos factores ya no son determinantes para nuestra supervivencia, y tampoco para el conjunto de genes que pasaremos a los humanos del futuro.

Nuevas terapias e implantes

Los humanos de la sociedad actual decidimos cuántos hijos queremos tener o si no queremos tener ninguno, a voluntad. Intentamos maximizar la supervivencia de los pocos hijos que tenemos aplicando todos los adelantos tecnológicos y médicos a nuestro alcance, incluyendo antibióticos, intervenciones quirúrgicas, prótesis y trasplantes de órganos o médula, pero, además, los adelantos actuales permiten vislumbrar cómo curar o paliar dolencias genéticas hereditarias que eran, hasta ahora, incurables.

«Hoy en día, las tecnologías de edición genética (basadas en el sistema CRISPR/Cas9 y similares) son rápidas, eficientes, sencillas, modulables y, sobre todo, muy dirigidas»

Últimamente escuchamos hablar de terapias biomédicas de precisión, como son la terapia génica y la terapia celular. En la terapia génica se intenta corregir el efecto de una mutación o de una dolencia mediante la introducción de información genética. Clásicamente, se han desarrollado virus terapéuticos que contienen el gen correcto para introducirlos en las células de un paciente que tiene una dolencia incurable. Empiezan a aparecer las primeras terapias comerciales, por ejemplo, para tratar ceguera en niños (Apte, 2018), y ya hay varios ensayos clínicos en marcha que auguran que muy pronto tendremos más terapias génicas a nuestro alcance, ofreciendo esperanza donde no la había. Hay que remarcar, sin embargo, que estas terapias son de extrema precisión y solo sirven para los pacientes que tengan una dolencia causada por un defecto genético concreto. Esto las limita (de aquí el elevado precio) y puede hacer que sean solo accesibles para muy pocos, lo que incrementaría la evidente desigualdad en el mundo respecto al acceso a la sanidad.

En la terapia celular, se introducen en el paciente células sanas para corregir o curar una dolencia. El trasplante de médula es una terapia celular, pero hay escasez de donantes compatibles, y si se pudieran generar nuevas células a partir del mismo paciente, pero corregidas y sanas, se podrían implantar sin rechazo dentro del órgano adecuado. El desarrollo de la tecnología de células pluripotentes inducidas (induced pluripotent stem cells o iPSC) ha permitido una explosión del campo y se prevé combinar ambas técnicas, terapia génica y celular. De momento, uno de los casos más espectaculares de esta combinación dual ha sido la curación de un niño con mutaciones en el gen de la laminina 332, afectado de la dolencia de la piel de mariposa. La «infección» de células madre de la piel del paciente con virus terapéuticos que contenían el gen correcto de la laminina 332 permitió generar en el laboratorio «sábanas» de piel con las células del paciente corregidas, que se usaron para trasplante (Hirsch et al., 2017). El niño tiene ahora la piel normal y se puede considerar curado, a pesar de que continúa siendo homocigoto para la mutación y la transmitirá a su descendencia.

Es muy probable que los médicos del futuro utilicen la información
resultante del diagnóstico genético mediante técnicas de secuenciación masiva para prevenir o retrasar ciertas dolencias. Ya hay
colegios médicos que defienden que se tiene que poner en conocimiento del paciente aquellos resultados derivados de un diagnóstico genético que, aunque no estén relacionados con la patología
inicialmente estudiada, ofrecen resultados sobre mutaciones asociadas con la probabilidad de sufrir otras dolencias./ Darry Leja, NHGRI

Igualmente, podemos pensar en prótesis e implantes, algunos de los cuales pueden llegar a ser extremadamente sofisticados e invadir el territorio de los cíborgs. Algunas personas se han implantado sensores bajo la piel que les permiten enviar comunicaciones a aparatos inteligentes. De manera mucho menos invasiva, los sensores pueden ser externos y llevarse sobre la piel como tatuajes temporales, con circuitos integrados que nos permitirán subir o bajar el volumen de la música que escuchamos, dar órdenes de riego automático o poner en marcha la calefacción, solo con un leve contacto (Beans, 2018). Igualmente existen sensores de salud, que miden la concentración de glucosa en sangre a tiempo real, y envían señales para hacer autoinyecciones de insulina homeostáticamente, tal como lo hacen nuestras células beta pancreáticas. Todo esto es ya factible ahora, y solo pide mejoras tecnológicas y abaratamiento de costes para ponerlo al alcance de todo el mundo. Estos implantes y mejoras podrían suplir nuestras deficiencias o, incluso, añadir capacidades a nuestro cuerpo, pero no cambiarían el genoma de los humanos del futuro.

Editando el genoma: ¿Corrección o mejora?

He dejado expresamente para el final lo que yo creo que cambiará totalmente el futuro de nuestro genoma. La posibilidad de modificar nuestra información genética para que codifique un objetivo concreto, de introducir nueva información. Esta posibilidad siempre ha existido con las técnicas de ingeniería genética y, de hecho, las hemos empleado anteriormente para modificar otros organismos, en algunos casos, con considerables recursos de tiempo y dinero (por ejemplo, para generar ratones knockout o knockin), pero nunca han sido lo bastante efectivas y asequibles, ni las podíamos controlar para arriesgarnos a modificar nuestro genoma germinal. Pero hoy en día las tecnologías de edición genética (basadas en el sistema CRISPR/­Cas9 y similares) son rápidas, eficientes, sencillas, modulables y, sobre todo, muy dirigidas.

«Hay un alto porcentaje de enfermedades relacionadas con las habilidades y capacidades intelectuales que no dependen de la herencia mendeliana clásica»

El sistema CRISPR/Cas9, un sistema de las bacterias para defenderse de sus virus, es una herramienta biotecnológica que permite unir la especificidad del emparejamiento de secuencias característica de los ácidos nucleicos con la eficiencia catalítica de las proteínas (Mojica y Montoliu, 2016). En su aplicación más clásica, este sistema de edición permite romper el ADN cromosómico en una posición muy concreta seleccionada a priori, de forma que, cuando la célula intenta reparar esta lesión genera mutaciones que permiten romper fácilmente y de forma permanente la instrucción genética codificada en un gen. Modificaciones del sistema hacen que la célula repare el ADN de manera conservativa y que lo recombine, y así se puede corregir una mutación y restaurar la secuencia correcta de un gen. También podemos introducir variantes genéticas en el ADN que ningún otro humano contiene, o insertar nuevos genes que hasta aquel momento no estaban presentes en nuestro genoma. Aún más, modificando la proteína Cas9 y añadiendo nuevos dominios o cambiando los que tiene, podemos hacer que un gen concreto se exprese o que, al revés, quede reprimido y silenciado (Wang, La Russa y Li, 2016).

Todo lo que estamos mencionando son cambios en la secuencia de ADN, en el genotipo, pero ¿qué implican a escala del fenotipo de la persona? Quiere decir que podemos corregir una mutación genética que causa una dolencia hereditaria, y que lo podemos hacer directamente en el cuerpo del paciente, como lo hace la terapia génica más convencional, o bien lo podemos hacer modificando los espermatozoides y los óvulos, y así eliminar ciertas variantes genéticas o mutaciones que creemos que no son deseables. Pero en este último caso, estaríamos modificando todo el ADN de un nuevo individuo y, por lo tanto, se harían cambios permanentes que podrían ser transmitidos a sus descendentes. Y esto ya lo tenemos que pensar más. ¿Tenemos esta técnica tan controlada como pensamos? ¿Qué pasaría si el sistema de edición no actúa de forma perfecta y modifica otros lugares del genoma inesperadamente, los llamados off-target? Cuando las modificaciones se hacen in vitro se pueden controlar mejor, pero ¿qué pasa con las modificaciones in vivo, directamente sobre el individuo? Cuando hablamos de generar cambios permanentes en el genoma de los individuos del futuro, nos tenemos que asegurar de que no causamos ningún desastre inadvertidamente.

La aplicación del sistema CRISPR/Cas9 permite corregir una mutación genética que causa una dolencia hereditaria y hacerlo directamente en el cuerpo del paciente. / Ernesto del Aguila III, NHGRI

Y todavía querría haceros reflexionar un poco más: ¿qué queremos decir cuando hablamos de una mutación grave y una dolencia severa? Todos sabemos que hay dolencias que son letales y no hay discusión que necesitan una terapia, pero… ¿consideramos la miopía magna una dolencia severa? ¿Qué pasa con la susceptibilidad genética al cáncer de mama? ¿O con la predisposición a sufrir Alzheimer? ¿También queremos cambiar estas variantes? ¿Lo queremos hacer en individuos que han heredado los genes pero todavía no han desarrollado la dolencia? ¿Queremos corregir definitivamente el gen y modificar el ADN que heredarán los futuros individuos para erradicar estas dolencias? ¿O esperamos que las personas manifiesten las dolencias y entonces actuamos? ¿Y qué hacemos con las dolencias autoimmunes? Si nos cargamos las variantes genéticas que incrementan el riesgo de sufrirlas, quizás también nos cargamos variantes necesarias para la respuesta inmunitaria en determinadas circunstancias o ante ciertos parásitos. Quizás podríamos eliminar las variantes genéticas que predisponen a la adicción a las drogas, pero resulta que son también relevantes en la búsqueda de la novedad y de la creatividad… ¿Qué hacemos y qué queremos hacer? Creemos que tenemos la respuesta, pero ni siquiera sabemos todas las interacciones genéticas. Quizás arreglaríamos una cosa para estropear otras. No lo sabemos todavía, porque, como he explicado antes, la relación entre el genotipo y el fenotipo no es siempre directa, y no la conocemos del todo.

«Hasta ahora hemos esquivado y modulado la selección natural, pero la edición del genoma se puede convertir en una fuerza evolutiva dirigida hacia objetivos concretos»

Esto si hablamos de dolencias, pero también podríamos aplicar esta tecnología para «mejorar» genéticamente (en inglés, genetic enhancement). ¿Por qué no tener más masa muscular, ser más altos, tener la piel más clara o más oscura? Y de nuevo, estas modificaciones genéticas las podríamos hacer en los adultos, pero también en los gametos, y así podríamos no solo seleccionar genéticamente a nuestros hijos, sino modificarles los genes para que no sean nunca calvos, tengan una vista perfecta, sean atléticos, tengan un elevado cociente intelectual o tengan un oído musical envidiable… ¿Queremos hacer bebés a la carta? ¿Podremos hacerlos? ¿A qué coste? Si todo el mundo tiene acceso a esto, quizás al carísimo precio de disminuir peligrosamente nuestra diversidad genética. Pero si es tan caro, quizás solo se aplicará a un pequeño número de personas. Hay que pensar bien, pero la ciencia ficción predice que dejar tecnologías de modificación genética solo al alcance de unos pocos lleva a la generación de élites sociales privilegiadas.

Evidentemente esta tecnología y sus aplicaciones tienen que ser discutidas socialmente en un amplio debate transversal que incluya a científicos, médicos, filósofos, juristas, pacientes, políticos… la sociedad informada está empoderada para tomar decisiones, sobre todo las que afectan a todo el futuro de la humanidad. Y ya hay acciones en este sentido. Encuestas serias sobre qué piensa la gente de la calle muestran que incluso en Europa hay diferencias de percepción social (Gaskell et al., 2017). A pesar de que la mayoría están de acuerdo en el uso para terapia génica, hay países que no aceptan en absoluto la aplicación para mejora genética. España, sorprendentemente, es un país mucho más abierto en este sentido que otros países europeos. Varias instituciones de bioética han publicado documentos de reflexión y recomendaciones, como por ejemplo que no se prohíba la experimentación en edición genética en humanos, sobre todo la que tiene como objetivo la terapia somática, y rechaza de entrada el uso para la mejora genética de los humanos (De Lecuona, Casado, Marfany, López-Baroni y Escarrabill, 2017). Hay que remarcar una acción transeuropea multidisciplinaria para la investigación responsable y la innovación en edición genética en todos los organismos, incluido el ser humano, denominada ARRIGE (Asociación para la Investigación y la Innovación Responsables en Edición Génica en sus siglas en inglés) (Montoliu et al., 2018). El debate sobre las implicaciones bioéticas de las técnicas basadas en CRISPR acaba de empezar.

«El debate sobre las implicaciones bioéticas de las técnicas basadas en CRISPR acaba de empezar»

Los humanos 2.0

Un famoso libro de Richard Dawkins se titula El relojero ciego –en referencia a que la evolución sigue los mandatos de la selección natural, y no los designios de un creador inteligente–, pero quizás lo tendríamos que reescribir y hablar de los humanos como «los ingenieros ciegos» –en referencia a que sustituiremos la selección natural para la obtención de nuevas variantes genéticas no-azarosas para cumplir objetivos concretos de corto plazo–. Hasta ahora hemos esquivado y modulado la selección natural, pero la edición del genoma se puede convertir en una fuerza evolutiva dirigida hacia objetivos concretos. ¿Qué objetivos? Es lo que todavía no sabemos, y quizás no lo sabremos nunca del todo. Pero el futuro ya está aquí y nuestro genoma puede empezar a cambiar más rápidamente de lo que nunca lo ha hecho, con herramientas biotecnológicas inventadas por nosotros mismos. Ahora somos los humanos 1.0. Quizás estamos en el punto de inflexión de los humanos 2.0.

http://www.dbgen.org; https://sph.uth.edu/retnet/

Un individu és homozigot quan tant de pare com de mare ha heretat la mateixa seqüència d’un gen; en aquest context, les dues còpies, materna i paterna, porten una mutació. En canvi, un individu és heterozigot quan les dues còpies d’un gen, heretades de pare i mare, són diferents; en aquest context, implica que una còpia del gen és correcta i l’altra, mutada.

El promotor d’un gen és la seqüència que en regula l’expressió.

REFERÈNCIES

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Beans, C. (2018). Science and culture: Wearable tech meets tattoo art in a bid to revolutionize both. Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, 115(14), 3504–3506. doi: 10.1073/pnas.1803214115
De Lecuona, I., Casado, M., Marfany, G., López-Baroni, M., & Escarrabill, M. (2017). Gene editing in humans: Towards a global and inclusive debate for responsible research.
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© Mètode 2019 - 100. Los retos de la ciencia - Volumen I (2019)
Profesora titular de Genética de la Universidad de Barcelona, con una amplia trayectoria científica y académica en genética. Dirige un grupo que investiga las bases genéticas de dolencias hereditarias minoritarias, en particular, la ceguera. Es miembro del Instituto de Biomedicina (IBUB), adscrito al CIBERER, y de varias comisiones de bioética. Es cofundadora de la empresa DBGen, dedicada al diagnóstico genético.