Sobre el conocimiento analógico

La metáfora en el discurso de la biotecnología

conocimiento analógico

Durante una época dominada por el pensamiento positivista las metáforas parecían incompatibles con la ciencia, cuando menos para las manifestaciones del discurso científico que se consideraban más típicas. Pero esta aparente transgresión se considera hoy imprescindible y provechosa para la construcción del conocimiento. La terminología de un saber especializado como es la biotecnología contiene sin duda metáforas. En el discurso de la divulgación científica y de los medios de comunicación de masas, la metaforización alcanza un grado más alto de originalidad y se hace más atractiva como estrategia para incrementar la inteligibilidad de los conceptos y para estimular el interés de los receptores no especialistas. La proyección antropomórfica es una de las operaciones de más rendimiento en estos discursos.

Palabras clave: metáfora, terminología, biotecnología, discurso científico, divulgación del conocimiento.

La utilidad de las metáforas

Algunos lectores deben estar preguntándose por qué se dedica una reflexión a las metáforas en un dosier monográfico consagrado a la comunicación de la biotecnología. La sorpresa delata un prejuicio comprensible, inveterado en amplios sectores de la cultura científica, pero que, tanto desde la lingüística cognitiva como desde la filosofía de la ciencia, ha ido desmontándose desde hace unas décadas (Brown, 2003). La concepción del neopositivismo lógico, a la búsqueda de un lenguaje preciso para la ciencia, proponía reducir al mínimo la polisemia del lenguaje natural y la práctica de la metaforización. Hoy, en cambio, son muchas las voces que reconocen las bondades provechosas de la metaforización como herramienta de conocimiento analógico, con un rendimiento epistemológico considerable.

«Las metáforas son auténticas herramientas multiuso en la comunicación humana»

En todo caso, es un hecho observable que el significado de las palabras y expresiones fraseológicas presenta una gran elasticidad, precisamente porque las lenguas naturales operan con conjuntos difusos (fuzzy sets), sin demarcaciones exactas que los delimiten. Esta característica ha horrorizado muchas veces a los gurús del neopositivismo, que pretendían crear un lenguaje preciso para la ciencia, a la manera de bisturíes asépticos dispuestos a diseccionar la anatomía de los conceptos. Desde esta perspectiva, detestaban la imprecisión de las expresiones polisémicas y condenaban la metáfora al profundo infierno de la falta de rigor. Sin embargo, históricamente, los usuarios de la lengua han sabido extraer, de esta vaguedad constitutiva de los significados, un elixir eficacísimo y han dejado patente el poder instrumental de la metaforización para designar nuevas realidades, explicar conceptos abstrusos o establecer con imaginación redes analógicas que potencian el conocimiento.

De hecho, la metáfora fue definida por la antigua retórica y se le ha reconocido durante milenios una enorme capacidad de figuración de ideas, de sugestión imaginativa, de fuerza argumentativa y de potencia persuasiva sobre los auditorios (Pujante, 2003). Las metáforas no solo pueden desplegar un vuelo ostentoso en el universo poético, sino que, en cualquier tipo de discurso, hacen ver las cosas bajo una luz reveladora, descubren nuevos horizontes al pensamiento y a menudo conmueven, movilizan emociones o suscitan adhesiones a una perspectiva ideológica. Son, pues, auténticas herramientas multiuso en la comunicación humana.

La metáfora no solo se vehicula mediante el lenguaje verbal, sino también por los iconos de todo tipo: desde las imágenes alegóricas hasta los mapas conceptuales o los diagramas. Charles Darwin dudó a la hora de dar forma de esquema gráfico a su teoría de la evolución entre un diagrama arbóreo –lo que hizo finalmente– o bien diseñarla como un coral marino donde la axialidad vertical y la prelación cronológica se perdían de vista. En la imagen, esbozo realizado por Darwin en 1837. / Cambridge University Library

Pueden tener la precisión del raudo viraje del halcón tras la presa, o bien volar a ras del suelo, calladamente, e impregnarnos de una determinada forma de percibir el mundo sin que lo advierta nuestra conciencia, tal como le entra el sueño al conductor desprevenido con el cansancio del viaje. Pueden hacernos mirar la luna como una mujer lúbrica con pechos de duro estaño (Romancero gitano), en uno de los saltos ecuestres que eran las metáforas para García Lorca (1966, p. 69); o bien, más calladamente, hacernos percibir Kuwait como un país pequeño y, por tanto, inocente e indefenso ante el poderoso enemigo iraquí que lo invadió en la primera guerra del Golfo, cuando en realidad aquel «pequeño país» era una potencia económica con poderosos aliados y carente de cualquier funcionamiento democrático. En el primer caso, la metáfora nos seduce como un relámpago en la noche; en el segundo, como estudió George Lakoff (1991) en aquella coyuntura, nos adormece la capacidad crítica y nos arrastra, cloroformados, a una postura ideológica. Estos son ejemplos clásicos de los dos extremos de la gama, una gama larga y matizada; pero encontraremos muchos más por todas partes si hurgamos un poco en la publicidad, en los discursos electorales, en el periodismo, en la ciberesfera, en la conversación cotidiana. O en el propio templo soberbio de la ciencia y la tecnología.

Ciencia y metáfora

Si lo pensamos detenidamente, ni el discurso coloquial ni el científico –incluso la propia terminología– son inmunes a los mecanismos metafóricos. Tampoco lo son los textos periodísticos que difunden los logros de la tecnología y tienen que hacerla comprensible a los lectores. El científico estricto puede abjurar de las metáforas, sí, pero a la hora de la verdad las necesita para explicarnos la estructura del átomo (con una especie de satélites orbitando alrededor del núcleo) o de la célula (la originaria “celda” del panal), o el fluido eléctrico (donde los electrones discurren como las aguas de un río por su lecho)…

Biotecnología azul (biodiversidad marina) / Tiphaine, Unsplash

La lingüística cognitiva, desde los años ochenta del pasado siglo, ha subrayado especialmente esta omnipresencia de la metáfora y su indiscutible utilidad para articular nuestro conocimiento del mundo y de la vida. Ciertamente, la metáfora filtra las percepciones y las representaciones mentales. Se puede decir que contribuye a construirlas, con las piezas prefabricadas que son las categorías nocionales que nuestro pensamiento metafórico diseña para facilitarnos la tarea de pensar la realidad. Hemos conceptualizado, así, lo que es un ser humano, y podemos proyectar metafóricamente la categoría de persona humana sobre los animales (como en los bestiarios medievales o en los clásicos cuentos ejemplarizantes), sobre los sentimientos (Cupido con su carcaj de flechas envenenadas, las Furias de la pasión, el demonio de los celos) o sobre la Tierra que habitamos y demasiado a menudo destruimos (la diosa-madre Gea, que se regenera ecológicamente). En efecto, la antropomorfización es una estrategia muy antigua de conocimiento.

Pero la metáfora no solo se vehicula mediante el lenguaje verbal, sino también por los iconos de todo tipo: desde las imágenes alegóricas hasta los mapas conceptuales o los diagramas abstractos. Recientemente, Eduardo de Bustos (2014) ha estudiado de manera muy penetrante un caso ilustre de metaforización gráfica en la historia de la ciencia. Concretamente, la forma en que Charles Darwin esgrafió su teoría de la evolución. En efecto, nos consta que Darwin se pensó mucho cómo dar forma de esquema gráfico a su concepción. Dudó entre darle visibilidad mediante un diagrama arbóreo –lo que hizo finalmente– o bien diseñarla como una criatura de coral marino, donde la axialidad vertical y la prelación cronológica se perdían de vista. Cada una de estas dos representaciones icónicas alternativas configuraba de forma diferente su concepción de las cosas y las mostraba, mediante sendas metáforas visuales, con un skyline diferente. La disposición de los trazos sobre el papel variaba y, en consecuencia, cambiaban las relaciones entre los conceptos, la articulación toda de su teoría. Conclusión: la ciencia no es indiferente a las metáforas que utiliza, ni siquiera a las metáforas gráficas.

La motivación semántica de la terminología

Volviendo al marco estrictamente lingüístico, sabemos que en el origen de las terminologías científicas existen muy a menudo metáforas concebidas en la lengua de donde proviene el término y que, en el proceso de terminologización, han ido oscureciéndose hasta volverse opacas, excepto cuando algunos hablantes –generalmente miembros de la comunidad científica correspondiente o bien divulgadores– deciden resucitar la etimología. Un término como enfermedad iatrogénica (producida por el tratamiento médico) puede verse motivado semánticamente, es decir, hacerse más transparente, si se recurre al étimo griego (iatrós: “médico”), aunque en este caso el componente metafórico es tenue, casi inexistente. Más perceptible es el componente metafórico en el proceso de división celular llamado mitosis, del griego mitos, “hilo”, que remite a la apariencia filiforme de los cromosomas durante la metafase. Un ejemplo como es el de apoptosis, que podemos parafrasear como «muerte celular programada» o «suicidio celular», remite al significado original de “caída”. En resumen: este fenómeno es fácil de encontrar en buena parte de la terminología científica y el ámbito de la biotecnología no es ninguna excepción.

«Ni el discurso coloquial ni el científico son inmunes a los mecanismos metafóricos»

Al fin y al cabo, se produce un mecanismo de catacresis, que es la palabra con la que los lingüistas denominan las metáforas que se han fosilizado y se han convertido ya en irreemplazables como denominación propia de una entidad o de un proceso. Ahora bien, estos términos formados por catacresis, como acabamos de ver para apoptosis, pueden ser sustituidos o acompañados por nuevas metáforas del lenguaje ordinario que despliegan el significado de los términos con propósito divulgativo. Está claro, sin embargo, que, en la medida en que estas expresiones metafóricas se rutinicen por el uso, entran en un nuevo proceso de terminologización que las convencionaliza como denominación, aunque, ahora, resultarán más entendibles para los que sean profanos en la materia correspondiente. Un ejemplo ilustrativo es la epidermólisis ampular, llamada también piel de mariposa porque se deshace al tacto.

En un estadio semejante de comprensibilidad se encuentran neologías terminológicas como son, en el campo de la medicina regenerativa, la designación de las células capaces de dividirse y diferenciarse en varios tipos de células especializadas e incluso autorenovase, ellas mismas. En inglés el término más utilizado es stem cells, a veces traducido como “células troncales”, que activa una representación figurativa del fenómeno a partir de la idea de crecimiento vegetal. En cambio, en otras lenguas como el catalán o el español, el procedimiento metaforizador recurre a la reproducción animal y se habla así de células madre (la denominación que se ha impuesto mayoritariamente) o bien células progenitoras. La metáfora, incluso, es extensible dentro de este dominio semántico de la reproducción animal y, así, se habla, por ejemplo, de «células hijas» o de «linajes celulares». Al fin y al cabo, lo que podemos constatar al observar estos hechos es que la metaforización constituye una herramienta poderosa de conocimiento que, mediante la analogía, hace ver las cosas a través de una lente coloreada que permite comprender la realidad biológica con una mirada creativa que, además, facilita la retención y recuperación de información.

Biotecnología roja (medicina) / ILRI, David White

Esta última función identificadora o mnemotécnica se cumple a veces mediante la asignación de valores cromáticos. Así, se habla a menudo de química verde (es decir, ecológica) o se clasifican los diversos tipos de biotecnología asignándoles colores: verde (ámbito agrícola), roja (medicina), blanca (industria), azul (biodiversidad marina), etc. Aquí la gama cromática permite identificar una serie de categorías tipológicas mediante unos colores a los que se asocian metonímicamente con determinados dominios de la experiencia. De hecho, hoy se tiende a considerar que la metáfora –que opera por similitud– y la metonimia –que opera por contigüidad o proximidad en nuestra experiencia del mundo–, mantienen unas relaciones íntimas y podríamos decir que simbióticas. Metáfora y metonímia son dos mecanismos de proyección semántica que muy a menudo se amalgaman. Al fin y al cabo, lo importante es que un contenido literal se utiliza para evocar en la imaginación otra idea diferente.

Hay muchas denominaciones científicas (o paracientíficas) que se motivan semánticamente –es decir, ganan en transparencia– mediante expresiones evocadoras. Este sería el caso del granero transgénico, por ejemplo, o de promiscuidad genética, bibliotecas de ADN, mosaicismo (existencia en un mismo organismo de células con contenido genético y cromosómico diferente, es decir, semejante a un mosaico). O también del llamado síndrome del maullido del gato que caracteriza una enfermedad minoritaria que se reconoce porque la criatura afectada tiene una forma muy aguda de gritar y llorar. En una publicación reciente donde se entrevista a un científico, el autor ejemplifica un repertorio de comparaciones y metáforas del campo de la biotecnología: los nanoporos son vistos como soportes microperforados para «cribar» los nucleótidos, tal como funcionan «las clasificadoras de naranjas». También encontramos una proteína «portera» (del inglés gatekeeper), un «tamiz» molecular y un «huso» acromático, entre otros (Borja, 2016, p. 82).

El caso del llamado ritmo circadiano, reloj biológico o reloj interno es más complejo: precisamente las aportaciones de los mecanismos moleculares en este campo por parte de Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young han merecido los honores del Premio Nobel de Medicina 2017. Hay que decir, de entrada, que la palabra circadiano procede de un étimo latín (compuesto de circa y días, “alrededor del día”) que resulta opaco a la mayoría de los hablantes. Se trata de un biorritmo que determina pautas de conducta y que corresponde a un ciclo de 24 horas. Generalmente se relaciona con el reloj como artefacto que marca las horas del día, y esta es la clave que permite a muchos hablantes comprender la metáfora que se esconde. La idea (y la imagen mental) del reloj articula nuestra comprensión del fenómeno, de forma que se puede decir que el jet lag (en un vuelo de larga distancia) es una pesadilla porque «retrasa» o bien «avanza» el tic-tac del reloj biológico; o que hay que «reprogramar» el biorritmo diario que se ha desfasado, ya que la maquinaria del artefacto mecánico se ha estropeado. De esta manera la imagen del reloj crea conocimiento, nos permite visualizar y comprender, por ejemplo, los trastornos del sueño cuando hemos hecho un viaje transoceánico o cuando alguien trabaja en horario nocturno.

Las células natural killer (“asesinas naturales”) son un tipo de linfocito que forma parte del sistema inmunitario innato. Se encargan de destruir células tumorales o infectadas por virus. En la imagen, fotografía coloreada tomada con microscopio electrónico de barrido de una célula natural killer humana. / NIAID / NHI

Divulgación científica y discurso mediático

Al salir del ámbito de las comunidades discursivas de los especialistas y entrar en la divulgación, la didáctica de las ciencias y el discurso mediático, las metáforas se multiplican como las setas y esmaltan los textos destinados al gran público con el fin de hacerle entender conceptos abstractos y atraer la atención de los legos. Así, pues, la clonación puede presentarse como el intento de «patentar» un ser vivo o de producir «bebés con garantía», y su resultado podría compararse a un «monstruo» o bien a un «milagro», de acuerdo con la perspectiva ideológica de cada uno. Somos capaces de interpretar fácilmente expresiones como «el estrés de las plantas» o referencias a que las crisálidas de las mariposas de la col son empleadas como «fábricas de proteínas», o entender que los baculovirus «secuestran» las células de las orugas. Asimismo, según informaciones aparecidas en diversos medios de comunicación, las algas pueden ser «persuadidas» para generar electricidad, una célula puede iniciar una «conducta depresiva» y las bacterias «inventaron» el sexo. Estas designaciones metafóricas ya no son clichés convencionales de carácter paraterminológico, sino descubrimientos discursivos que aspiran a la fecundidad divulgativa y a la originalidad amenizadora propia de la escritura periodística. Y, por supuesto, cuanto más entran en juego implicaciones morales o ideológicas, más se parecen las metáforas a los fuegos de artificio: el hombre, pongamos por caso, se atreve «jugar a ser Dios».

Hay que decir, además, que las metáforas que proyectan el dominio cognitivo de la conducta humana sobre el del funcionamiento biológico en general suelen ser muy eficaces, dado que ponen en marcha un mecanismo de antropomorfización que nos hace comprender procesos biológicos sub specie hominis, es decir, desde la perspectiva propia de los seres humanos. El ejemplo, antes citado, de la apoptosis o suicidio celular da mucho juego en este sentido. He aquí cómo unos fragmentos de un texto de divulgación explican este fenómeno con recursos metafóricos que tientan las fronteras de la literatura:

[La apoptosis] es un acto radical de altruismo, un sacrificio extremo por el bien común del resto de células y del que depende nuestra propia supervivencia. […] Una célula está enfermita debido a la infección por un determinado virus. Una célula natural killer (literalmente “asesina natural”) que anda haciendo su ronda de vigilancia por la zona se adhiere a la célula y se conecta con sus receptores, reconociendo el estado de infección de la célula e induciendo el comienzo de la apoptosis. Básicamente «convence» a la célula de que se suicide, algo no muy difícil, ya que muchas células tienen como lema «antes muerta que infectada». Cuando una célula inicia el proceso de apoptosis lo primero que hace es apartarse del resto de sus compañeras. (Samper, 2010)

Por otro lado, sabemos que el cáncer, como enfermedad temida y maldita en el imaginario colectivo, es un atractor potentísimo que concita procedimientos metafóricos de todo tipo, a menudo de tipo bélico y también deportivo (Domínguez y Sapiña, 2016). En un libro muy difundido estos últimos años, El emperador de todos los males, se presenta la imagen de esta enfermedad en términos economicistas, como una especie de crisis de sobreproducción:

Solemos pensar en el cáncer como una enfermedad «moderna» porque sus metáforas lo son, y tanto. Es una enfermedad de sobreproducción, de crecimiento fulminante: crecimiento imparable, crecimiento inclinado sobre el abismo del descontrol. La biología moderna nos insta a imaginar la célula como una máquina molecular. El cáncer es esa máquina en su incapacidad de desactivar su orden inicial (crecer), y transformada con ello en un autómata indestructible y autopropulsado. (Mukherjee, 2014, p. 63)

Aún haré un apunte final que nos ayudará a calibrar el peso extraordinario del pensamiento analógico que subyace en las metaforizaciones: el caso de la llamada biomimética, que podemos definir como la consideración de la estructura y la función de ciertos sistemas biológicos como modelos para el diseño y la ingeniería de materiales y máquinas. Se trata de un esfuerzo para conseguir diseñar ingenios inspirados en la biología, en seres y procesos de la naturaleza. En esta línea, la termorregulación de un edificio puede copiar las pautas de un termitero; el estudio del diseño aerodinámico y la composición hidrofóbica de la piel del tiburón ha contribuido a la producción de tejidos más eficaces para tomar el baño o practicar la inmersión acuática; hay cintas adhesivas reutilizables que imitan la adherencia de las patas del camaleón; se han fabricado pinturas que repelen el agua y la suciedad a la manera como lo hace la flor de loto. Et sic et caetera.

«La ciencia no es indiferente a las metáforas que utiliza, ni siquiera a las metáforas gráficas»

Aquí la proyección analógica parte del examen de realidades biológicas y se dirige hacia productos de construcción humana, en un camino inverso al seguido en muchos de los ejemplos antes aducidos. Sin embargo, además, hay que observar que ya no se trata de un proceso meramente cognitivo, sino que existe también una aplicación de ingeniería práctica. La analogía, ahora, no se limita a una fiebre del pensamiento creativo sino que, más allá de eso, da muestras de una utilidad inédita. Bien visto, eso no es sino otro beneficio derivado de la pasión de jugar con las metáforas.

Borja, J. (2016). Sobre l’alquímia de la vida. Conversa amb Xavier Vendrell. Benicarló: Onada.

Brown, T. L. (2003). Making truth. Metaphor in science. Urbana i Chicago: University of Illinois Press.

De Bustos, E. (2014). Metáfora y argumentación: Teoria y práctica. Madrid: Cátedra.

Domínguez, M., & Sapiña, L. (2016). Cancer metaphors in sport news: The match that must be won. En P. Ordóñez-López, & N. Edo-Marzá (Eds.), Medical discourse in professional, academic and popular settings (pp. 149–175). Bristol, Nova York i Ontàrio: Multilingual Matters.

García Lorca, F. (1966). La imagen poética de don Luís de Góngora. En F. García Lorca, Obras completas (pp. 62–85). Madrid: Aguilar.

Lakoff, G. (1991). Metaphor and war: The metaphor system used to justify war in the Gulf. Peace Research, 23(2/3), 25–32.

Mukherjee, S. (2014). El emperador de todos los males: Una biografía del cáncer. Barcelona: Debate.

Pujante, D. (2003). Manual de retórica. Madrid: Castalia.

Samper, E. (2010, 19 de juliol). Apoptosis: El suicidio celular que nos mantiene con vida (I) [entrada de blog]. Consultado en http://medtempus.com/archives/apoptosis-el-suicidio-celular-que-nos-mantiene-con-vida-i/

© Mètode 2018 - 97. #Biotec - Primavera 2018

es catedrático de Filología Catalana en la Universitat Jaume I. Entre otros temas de lingüística aplicada, ha investigado sobre discursos sociales y divulgación del conocimiento. Ha coordinado el volumen L’ull despert. Anàlisi crítica dels discursos d’avui (3i4, 2012).