El final de la Ciencia

Algún día la ciencia se acabará. No lo veremos probablemente ninguno de los humanos que vivimos hoy sobre la superficie de la Tierra, pero se puede defender o incluso prever que algún día la actividad científica disminuirá hasta desaparecer o convertirse en otra cosa. Ahora hace diez años, un libro de un periodista americano, John Hogan, lo proclamaba con una argumentación que ha sido muy discutida, sin embargo, aunque sólo sea para recordar si se equivocaba o no, podemos reconsiderar la cuestión.

Para empezar podemos pensar que algún día lo sabremos todo de algún tema y no hará falta investigarlo más, un hecho que ya ha pasado en la historia de la ciencia. Por ejemplo, una de las preguntas que se hicieron los pensadores de todos los tiempos era de qué están hechas las cosas, y de manera progresiva se descubrieron aquellas sustancias elementales de las que está hecha la materia. En los siglos XVIII y XIX, se empezó a identificar los elementos que forman la materia, Mendeleief los clasificó y ahora los tenemos todos. Podemos crear alguno nuevo, pero no será mucho más que una curiosidad. En cualquier caso la lista de los elementos de la materia la tenemos hecha. Un día nos propusimos tener la secuencia completa del genoma de una bacteria. Ya tenemos docenas, y tenemos el genoma de animales y plantas y el humano. No los tenemos acabados del todo ni lo acabamos de entender todo, pero ya los tenemos casi completos. Pronto tendremos clasificadas las estructuras de las proteínas. Algún día conoceremos todas las especies de mamíferos de la Tierra y de aves y reptiles, etc. Algunas disciplinas se acaban. Estamos lejos de acabar el enorme programa de la ciencia, pero algunas de las páginas del programa se cierran. No lo veremos nosotros, pero es creíble defender que algún día acabaremos el programa en su conjunto.

«Hay movimientos actuales que impulsan un control político y social de las prioridades de la investigación que, en algunos casos, proponen erradicar temáticas científicas determinadas»

La historia nos enseña, sin embargo, que esta idea de que ya no hay nada por investigar ya había sido formulada en el pasado. Al final del siglo XIX también se había dicho que después de dos siglos gloriosos de descubrimientos, la ciencia se había acabado. Como decía Boltzmann, el único trabajo que les quedaba a los científicos era conseguir un decimal más en las medidas que se tomaban. En la actualidad lo que pasa no es que interese tener medidas más precisas sobre cualquier cosa. De lo que se trata es de que en nuestra actividad aparecen siempre cuestiones que tienen que ver con la salud, la alimentación, el medio ambiente, etc., y para tratar de resolverlas necesitamos conocimiento. Nuestra economía está cada vez más basada en el conocimiento y nos cuesta prever que esta demanda se pare. El conocimiento que se genera de este tipo de demandas puede no ser un conocimiento básico, pero es un conocimiento útil. Y en cualquier caso, a menudo pide nuevas ideas que sólo salen de la investigación básica. Podemos pensar en una sociedad con un crecimiento económico cero o negativo, pero incluso en este caso será necesaria mucha creatividad para no perder calidad de vida en nuestra sociedad.

Puede ser también que decidamos no investigar más un tema porque no queremos pagar el precio que cuesta conocerlo. Esta es una actitud más actual y que tiene unas consonancias más problemáticas. El gobierno de los Estados Unidos decidió no continuar la construcción del acelerador de partículas que estaba previsto en Tejas. El conocimiento sobre física básica que hubiese permitido no les compensaba el coste del instrumento. También hay personas que piensan que no hay experimento que valga la pena pagar el precio del sufrimiento que conlleva hacer experimentación con animales. O personas que creen que no hace falta hacer más investigación en agricultura porque lo que debemos hacer es una agricultura tradicional y todo nuevo conocimiento será necesariamente peligroso. Y los hay que no quieren hacer investigación en células madre embrionarias. Por lo tanto, por razones económicas o ideológicas, la ciencia (o una parte de ella) puede acabarse algún día.

«Es preocupante que se tomen decisiones en nuestras sociedades basadas en prejuicios e ideas subjetivas»

Porque hay que tener en cuenta que incluso aquel conocimiento que sirve para resolver cuestiones de interés inmediato puede ser objeto de discusión. Puede serlo por ejemplo para aquéllos que tienen intereses concretos que este conocimiento hace tambalear. Pensemos en los efectos que sobre el cultivo y la industria del tabaco ha tenido la investigación sobre el cáncer de pulmón. Puede serlo también para aquellas personas que ven sus concepciones ideológicas amenazadas o porque ven amenazados los valores en los que se asientan sus concepciones de la sociedad. Y para cualquier sociedad es difícil de equilibrar la balanza entre los valores que defienden diferentes grupos. En esta situación a menudo se pide precaución o se cuestiona la misma investigación que puede generar datos que hagan reconsiderar los equilibrios ideológicos o sociales de grupos determinados. La conclusión puede ser que no queremos conocer sino una disciplina científica. Hay movimientos actuales que impulsan un control político y social más estrecho de las prioridades de la investigación que en algunos casos proponen erradicar temáticas científicas determinadas. Este podría ser un final poco glorioso de la ciencia, pero sería mucho peor para la sociedad que la sustenta.

Muchos de los que trabajamos en ciencia lo hacemos no por el interés económico (que hubiese sido una decisión errónea) sino por la belleza del trabajo o porque nos hemos encontrado con él ve a saber cómo, pero también porque pensamos que la ciencia es un factor esencial en el funcionamiento de una sociedad democrática. Por eso nos preocupan (dejando de lado las posibles consecuencias laborales) estas discusiones sobre el final de la ciencia. Es preocupante que se tomen decisiones en nuestras sociedades que no se basen en el análisis científico de los datos que estén disponibles sino en prejuicios e ideas subjetivas. Y es preocupante que alguien sienta algunos de sus valores atacados por descubrimientos científicos. En eso seguramente los científicos deberíamos escuchar más la sociedad y evitar los conflictos. Porque ninguno de nosotros podemos ni siquiera imaginar cómo sería un mundo sin nada que explorar, sin ningún interés por conocer nada nuevo. Al menos, si eso pasa, que sea porque ya tenemos a nuestra disposición la complejidad alcanzable del conocimiento del mundo, pero que no sea por miedo a un conocimiento que cuestiona unas concepciones o unos intereses concretos.

© Mètode 2006 - 50. Una historia de violencia - Disponible solo en versión digital. Verano 2006

Profesor de investigación del Centro de Investigación Agrigenómica (CSIC-IRTA-UAB-UB) en Cerdanyola (Barcelona). Miembro del grupo permanente de Ciencia y Ética de ALLEA en nombre de la Academia de Ciencias y Artes de Barcelona y del Institut d’Estudis Catalans.