Creer –o no– en la magia

Estoy con mi hermano en un teatro de Madrid viendo en directo la actuación del mago Pop, y lo flipo. Desafía todos mis sentidos, mi lógica, mi cerebro racional… Lo que veo me desarma, parece imposible. Parece magia. Intento intuir el truco –porque obviamente debe haber truco– y cuanto más me desconcierta, más me fascina. ¿Cómo puede hacerlo? ¿Hay espejos escondidos? ¿Manipula la percepción de todos los asistentes? ¿Hace trampa con los voluntarios? Seguro que el truco es más sofisticado… o simple, quién sabe.

Salgo del espectáculo y no paro de plantear hipótesis a mi hermano, hasta que se ríe y me dice:

—Qué científico eres… Siempre pensando en por qué ocurren las cosas.

—¿A ti no te intriga?

—Hombre, sí, tengo curiosidad, pero no lo llamaría «intriga» ni tengo esta necesidad de comprensión que percibo en ti. Yo lo disfruto aunque no lo entienda.

Una reflexión aparece en mi mente: ¿quizás los que tenemos un pensamiento tan científico-analítico estamos acostumbrados a buscar el mecanismo subyacente en los fenómenos que observamos –a saber por qué ocurren las cosas– y esto se manifiesta indirectamente en circunstancias como ir al teatro a ver un espectáculo de magia? Los científicos no se conforman con saber que fumar provoca cáncer o que el universo se esté expandiendo. Quieren conocer el mecanismo oculto –el truco–, porque comprendiéndolo quizás podrán descubrir cómo curar ese cáncer, deducir si otros fenómenos como las radiaciones electromagnéticas pueden o no provocarlo, encontrar nuevas leyes físicas, o simplemente saciar su casi patológica curiosidad. Me gustaría hacer el siguiente experimento: mostrar un truco de magia a un grupo mixto de científicos y no científicos, y a continuación preguntarles de 0 a 10 cuánta inquietud sienten por saber el truco. Mi hipótesis es que sería mayor entre los científicos.

Pero, ¿qué implica esta incredulidad hacia la magia «pura» y la búsqueda de mecanismos y explicaciones racionales a lo aparentemente imposible? ¿Es lo que nos hace más escépticos? En magia todo el mundo sabe que hay truco. ¿Pero qué ocurre con la telequinesia, la hipnosis, el tarot, la homeopatía u otro tipo de magia llamada mentalismo? Aquí la gente percibe más grises.

Meses después de ver al mago Pop, y dos días antes de escribir estas líneas, estuve con el premiado mentalista Javier Luxor. Espectacular. Le vi «leer la mente» y adivinar el número del dado que un voluntario tenía en el puño, pedir a seis personas que dibujaran un objeto en una cartulina y acertar quién era el autor de cada dibujo, escribir una palabra que después otra voluntaria del público seleccionaría «al azar» de un libro de 400 pá­ginas… Seguro que también había truco, pero no tan obvio. El mentalismo es un caso delicado, porque hay mentalistas honestos como Javier que reconocen no tener poderes paranormales, sino simplemente ser expertos en sugestión, en interpretar el lenguaje no verbal de las personas, en conocer los automatismos de la mente… En definitiva, en toda una serie de trucos para generar esta especie de «magia mental». Javier Luxor en ningún momento frunce el ceño y cierra los ojos como concentrándose para captar señales. Todo lo contrario, incluso desvela al público los gestos sutiles de los voluntarios que le indican que están mintiendo.

«El asombro provocado por un mago en su espectáculo genera un enigma que nuestro cerebro quiere comprender»

Casi todo el mundo sabe que el mago Pop hace trucos, pero cuando ven a Javier Luxor adivinando el pensamiento, a alguien moviendo una moneda de un sitio a otro «con la mente», o interpretando el futuro en las cartas del tarot, algunos creerán directamente en la correlación sin plantearse siquiera la existencia de un truco, mientras que otros no creerán en nada que no pueda tener un mecanismo que siga las leyes de la naturaleza. Estos últimos son los escépticos. Y cuanto más escépticos, más difíciles de engañar, pero también más obtusos. La magia o el mentalismo nos muestran que algunas cosas pueden funcionar por un truco –o mecanismo– desconocido y de complejísimo descubrimiento.
Cuando entrevisté a Valentín Fuster en El cazador de cerebros, le pregunté qué pensaba él –que tanto defiende la educación en salud– del auge de las terapias alternativas. No fue tan crítico como pensaba y dijo que si pinchando la oreja de alguien se reduce su dolor de espalda, aunque no podamos explicarlo o lo que cuente el acupunturista no tenga ni pies ni cabeza, nuestra obligación es pensar que podría haber un mecanismo oculto –un truco desconocido todavía– que está causando ese efecto e investigarlo. Obviamente no se trata de abrir la mente a todo: habrá casos como la homeopatía en que ya se ha descartado cualquier efecto superior al placebo. Pero en noviembre del año pasado una nota de prensa de los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos indicaba que las ondas electromagnéticas de teléfonos móviles, a dosis mucho más altas y localizadas que las del consumo habitual, generaban cánceres en ratas, cuando muchos hemos repetido hasta la saciedad que si no son ionizantes no pueden ser cancerígenas. Quizás hay un truco que no conocemos.

Pero regresemos a la diferente reacción de mi hermano y yo frente al mago Pop. ¿Quita romanticismo o disfrute el buscar los trucos del espectáculo de magia? No rotundo. Entre otras cosas porque, gracias a eso, yo todavía les estoy dando vueltas, y mi intriga por el ingenio –que no poderes– de los magos sigue viva. Y eso me lleva a mi última reflexión: una vez Juan Tamariz me contó que la magia se parece al cine en que es como una pequeña historia: parte de una situación inicial; luego se va anticipando un conflicto y el espectador se hace partícipe de él; de repente, hay un giro inesperado que sitúa tu atención en la cúspide, y entonces, el cine te da una resolución, mientras que la magia termina dejándote asombrado y sin explicación. Y eso es lo contrario de lo que solemos hacer en divulgación científica.

Jorge Laplace, guionista de El cazador de cerebros, me habla tanto de «dosificar información» que al final me ha convencido. Los divulgadores solemos intentar ser muy claros, rigurosos, concisos, didácticos, nada ambiguos… Pero no solemos generar misterio. Jorge me repite constantemente que cuando en el programa lancemos una pregunta, la dejemos abierta un tiempo; que generemos cierto misterio alrededor de ella, para que el espectador genere sus propias cavilaciones, y se la respondamos más adelante. Cuesta hacerle caso, pero tiene razón. A muchos no nos gusta el programa de Iker Jiménez porque crea misterios donde no los hay, y aunque al final desvele un desenlace coherente, toda esta parafernalia confunde al espectador y le induce a creer en fenómenos que no existen. Pero funciona. El asombro provocado por un planteamiento inquietante de Iker Jiménez o un mago en su espectáculo genera un enigma que nuestro cerebro quiere comprender. Y esto lo infrautilizamos en divulgación científica.

Estamos obsesionados con explicar. Mostramos una reacción química a un niño, y cuando le tenemos embobado insistimos en desvelar el misterio. Quizás debamos ser un poco más ambiguos, incluso no desvelar todos nuestros trucos. Si lo hacemos bien, la resolución del misterio científico puede quedarse más tiempo en la mente de nuestros lectores, como a mí me ocurre con los desconcertantes trucos de los magos. Pero para ello –y no es una contradicción– no debemos creer en la magia.

© Mètode 2019 - 100. Los retos de la ciencia - Volumen I (2019)

Escritor y divulgador científico, Madrid. Presentador de El cazador de cerebros.