Gaspar Jaén i Urban

Escritor y poeta. Profesor del Departamento de Expresión gráfica y Cartografía de la Universidad de Alicante

Dábamos este nombre a tres plantas ornamentales diferentes que identificábamos por el color de las flores: azul, amarillo o blanco. Pero solo este último, el blanco, era, propiamente, el gesminer, el arbusto delicadísimo cuyas ramas –de corteza leñosa a partir del segundo o tercer año de vida–, para mantenerlas levantadas, necesitaban alguna clase de enrejado, de sombrajo o de pórtico, de pérgola, de valla o de pared.
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Ya de antiguo había habido uno en el jardín viejo, bajo el pino piñonero, junto al limonero de más al norte, que daba unas rosas bellísimas, intensamente perfumadas, de pétalos aterciopelados de color rojo oscuro, casi granate, pero lo secamos con una poda equivocada.
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Aunque habitualmente suelen ser como arbustos, los dos llorets –así los llamábamos, llorets– que teníamos en el huerto, dispuestos simétricamente, uno a cada lado del jardín, eran tan antiguos y se habían regado tanto que habían alcanzado un porte poco común, enorme, como de árbol, hasta el punto de que el tronco superaba el medio metro de diámetro.
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Los ves ahora, enfermos por todas partes, arruinados, destruidos. Quién diría que, resistentes y poderosos, eran la gloria del jardín viejo del huerto: a los dos lados del pasillo central (construido sobre la acequia de riego), claros y embutidos, estallaban generosamente en grandiosas borlas de multitud de flores de cinco pétalos que podían ser de muchos colores –rojas, rosa, lila, salmón, calabaza, blancas– que duraban mucho tiempo y que había que cortar al espigarse para que no quitasen fuerza a la mata.
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No se habían convertido aún en plantas de jardín. Silvestres, venenosas, funerarias, con una savia blancuzca y espesa que, como leche pringosa, se pegaba a los dedos cuando rompías una rama, con el follaje siempre verde, lanceolado y oscuro, al llegar el verano florecían espectacularmente, exuberantemente, repletas de flores perfumadas, claras o embutidas, blancas, rosadas o ligeramente rojas.
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Las mujeres del pueblo las plantaban el día de Santa Águeda y hasta pasado San Andrés, cuando llegaba el primer frío, las tenían al fresco del corral o a la sombra del porche, resguardadas del sol.
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