Ciencia para la ciudadanía rural

Desarrollar el territorio de manera colaborativa

La relación de la ciencia con los espacios rurales ha estado condicionada por las transformaciones sociales, la propia evolución de la ciudad y las diversas funciones que se han adscrito en unas áreas a menudo menospreciadas socialmente. Aun así, la capacidad de la ciencia de experimentarse de abajo hacia arriba, con una mirada desde el territorio, tiene la potencialidad de contribuir de forma determinante a hacer frente a los múltiples retos que tienen las áreas rurales. Este es el espíritu del Fòrum de la Nova Ruralitat de las comarcas del norte valencianas, una experiencia en la que la ciencia ciudadana ha servido como revulsivo movilizador en un territorio gravemente despoblado.

Lo rural al servicio de lo urbano

La ciudad es el espacio de la ciencia por antonomasia (Dierig et al., 2003) y su producción está condicionada a esta relación que sobrepasa el hecho geográfico:

En la actualidad, la ciudad moderna, al convertirse en centro de decisión –o, mejor todavía, al agrupar los centros de decisión– intensifica, organizándola, la explotación de la sociedad entera […] Esto quiere decir, no que la ciudad sea lugar pasivo de la producción o la concentración de capitales, sino que, «lo urbano» interviene como tal en la producción (en los medios de producción). (Lefebvre, 1978, p. 76)

La definición que las ciencias sociales han hecho de lo rural contiene implícita, en demasiadas ocasiones, una construcción asociada a «lo que no es urbano» (García Bartolomé, 1991) que las arrastra a seleccionar y determinar los problemas a los que enfrentarse en función de la realidad urbana. La mirada científica se ha centrado en la ruralidad interesada por sus dimensiones físicas, agrarias, culturales o ambientales, en busca de soluciones a las necesidades urbanas en el espacio rural.

Cada una de las funciones asignadas históricamente a lo rural ha generado mucha actividad científica, pero, en cada paso, las personas que habitan el territorio rural han sido menos relevantes. Fueron un recurso para la producción agraria, en el campo, que suscitó el interés científico de los primeros fisiócratas (Anes, 1996). Estas ideas contribuyeron al proceso industrializador del campo, que abandonó una multitud de actividades para irse especializando en su función productivista agraria (Saraceno, 1990). El espacio rural había incrementado también su rol como reservorio de mano de obra, poblado por un contingente que abandonaba el campo atraído por la demanda laboral de la industria urbana y expulsado, al mismo tiempo, por una fuerte sobrecarga demográfica difícil de sostener con el modo de producción tradicional. En la actualidad, la «utilidad» de la población rural ha quedado desdibujada porque las funciones que le han sido asignadas en el territorio tienen que ver con valores ambientales y paisajísticos, urbanamente considerados como lúdicos, espacios de consumo, patio trasero o zona de recreo. En ninguna de estas tres fases la población rural ha sido concebida como un conjunto de ciudadanos con necesidades propias y con futuro. Más bien al contrario, su desarrollo siempre ha estado supeditado a los intereses urbanos.

El prejuicio urbano

Resulta, sin embargo, que la ruralidad ha ido mutando y su realidad social actual tiene poco que ver con las imágenes que de ella se han ido construyendo desde la ciudad. Estas han sido «funcionales» y han servido para facilitar la extracción del beneficio correspondiente, ya sea «costumbrista», que califica a las personas de «laboriosas, sencillas y simples» –que trabajan mucho a cambio de poco, porque no tienen demasiadas necesidades– o «realista», que las tilda de atrasadas, toscas, o sucias… y, por tanto, que las anima a la huida hacia la ciudad. En este sentido resulta interesante la obra de Raymond Williams (2001), en la que analiza el cambio en el tratamiento del campo y la ciudad en la literatura inglesa. En el Estado español empieza a haber estudios al respecto como el de Barbara Heinsch (2015).

«La definición que las ciencias sociales han hecho de lo rural contiene implícita, en demasiadas ocasiones, una construcción asociada a “lo que no es urbano”»

A pesar de eso, por el contrario, hoy los habitantes del campo son, antes que nada, ciudadanos y ciudadanas no diferenciables de los urbanos (Linck, 2001). Aun así, las miradas son ideológicas, lo que explica el éxito del prejuicio que obstaculiza cambiar los marcos de interpretación (Ginés y Querol, 2019). Cuesta mucho que los medios de comunicación, la opinión pública en general, la clase política y, también, el mundo científico se pongan unas gafas nuevas con las que fijar la atención en las personas y las condiciones diversas del mundo rural (Sherry y Shortall, 2019).

La gente de la ruralidad está cansada de ser investigada y estudiada, sin que después nada cambie a mejor en su realidad. En el momento actual, reclama instrumentos de calidad que le permitan dotarse de mayor autonomía e independencia respecto del dominio del «sentido común» científico, mediático y político. Arriba, cartel de las III Jornades del Fòrum Nova Ruralitat, celebradas en 2019 en Benlloc (Castellón)./ Sara Bellés

De hecho, un clamor que se escucha a menudo en las Jornadas de la Nova Ruralitat (espacio de reflexión y debate de representantes de las comarcas de Castellón y el mundo académico acerca de una visión constructiva de la ruralidad) es que la gente de la ruralidad está cansada de ser investigada y estudiada, sin que después nada cambie a mejor en su realidad. Son numerosos los estudios realizados sobre el ámbito rural donde este solo es el objeto de estudio y ni siquiera se le retorna el resultado de la investigación en la que había participado. Este hecho genera la sensación de ser utilizados, en beneficio de otros y alimenta la desconfianza hacia futuros trabajos de investigación con independencia de quién los promueva. En el peor de los casos, estas prácticas pueden desembocar en un fuerte rechazo hacia la ciencia en general.

Tejiendo redes de confianza

La Universidad Jaume I (UJI) de Castellón trabaja desde hace más de veinte años en la dinamización cultural y también en algunos proyectos de investigación con varios colectivos vecinales y profesionales de las comarcas del interior del norte del País Valenciano. Esta es una zona gravemente afectada por el problema del despoblamiento. En 2016, el proceso de relación práctica y teórica culminó con la asunción de una nueva forma de interpretar el ámbito rural: la creación del concepto nueva ruralidad (Bonnal et al., 2003). Esta perspectiva implicaba también un cambio metodológico, pero sobre todo epistemológico: se había evidenciado la necesidad y la demanda de contribuir a la transformación de la realidad rural a través del empoderamiento de la sociedad que allí reside haciéndola partícipe desde un inicio de esta transformación.

En el proceso se rompieron, a propósito, formas de trabajo clásicas a la hora de abordar la problemática rural, y también supuestos ideológicos tan «naturalizados» que a menudo permanecen invisibles: los procesos sociales no son naturales y se puede intervenir desde la acción política, en un sentido o en otro. La ciencia se produce en este contexto para la transformación social, demandada por el colectivo que se ha rebelado ante el proceso científico clásico que lo considera tan solo adjunto inevitable del objeto de investigación –el territorio–, pero que también es recurso necesario de conocimiento. La mirada científica se planteó de abajo hacia arriba en varias dimensiones. En primer lugar, política, porque de la acumulación de estudios que las Administraciones generan sobre el problema rural se pasa al hecho de que las personas administradas investiguen las consecuencias de las políticas del gobierno. En segundo lugar, social: que el conocimiento se produzca en un grupo desfavorecido representa que este empieza a acumular capital cultural y, con este, autonomía. Y, finalmente, metodológica. El investigador profesional que se sirve de una muestra social se convierte en este proceso en un instrumento técnico al servicio de la comunidad de la cual también forma parte.

El proceso científico se ha transformado en un proceso participativo ciudadano que está siendo capaz de movilizar a la ciudadanía (Caballero Ferrándiz et al., 2019). Como resultado de esta inversión general se está incrementando la capacidad de la sociedad rural para leer entre líneas lo que muchas veces no son más que cantos de sirena, procedentes de empresas, instituciones gubernamentales e, incluso, también de fundaciones sin afán de lucro.

La fórmula, sin embargo, no es nueva. La investigación-acción participativa (IAP) es un método usado con cierta frecuencia para conseguir la activación de las comunidades con problemas. Adaptada a las comunidades rurales, la IAP se transforma en la diagnosis rural participativa (DRP) y a menudo se trata de intervenciones que intentan resolver conflictos originados por disputas sobre recursos agrarios o ambientales. En el supuesto que nos ocupa, sin embargo, la cuestión es que no se trata de intervenir en un conflicto concreto sino en la problemática de la ruralidad en general.

En el momento actual, la ruralidad reclama instrumentos de calidad que no solo la tengan en cuenta, sino que le permitan dotarse de mayor autonomía e independencia respecto al dominio del «sentido común» científico, mediático y político.

La eclosión de una nueva forma de relacionarse

La relación entre la UJI y el territorio ha servido para construir una red muy potente con actores repartidos por todo el ámbito rural que, de ser receptores pasivos de acciones de formación, han pasado a crear contenido, a construir conocimiento y, por lo tanto, a tomar un papel activo que incide directamente en el entorno y en la propia universidad. El Programa de Extensión Universitaria (PEU) de la Universidad de Castellón se ha convertido en un revulsivo para el mundo rural castellonense y ha contribuido a la generación de una «nueva ruralidad» con voz propia, que reclama ser escuchada y que es capaz de aportar soluciones por sí misma.

Este nuevo paradigma para el mundo rural se materializó en 2017 en las I Jornadas de Afirmación de la Nova Ruralitat celebradas en Benlloc (Plana Alta). En estas jornadas se reunieron representantes de diferentes ámbitos, públicos y privados, procedentes de todo el territorio para poner en común cuál es esta nueva ruralidad vista desde cada sector. A partir de intervenciones en mesas redondas y conferencias se presentaron las experiencias vitales y profesionales de personas que viven en el mundo rural porque así lo han decidido, testigos que ponen en evidencia la existencia de esta nueva manera de ver y vivir lo rural, con orgullo, con formación y exigiendo unos derechos que corresponden a la ciudadanía con independencia del lugar donde viva. Como era previsible, en estas primeras jornadas el problema del despoblamiento apareció de forma transversal. Sin embargo, y esto no era tan previsible, se vinculaba a tres ejes: juventud, vivienda y movilidad. Que el problema del despoblamiento en el siglo XXI era una cuestión de jóvenes ya se había teorizado desde el ámbito académico (así como el de la vivienda y la movilidad), pero fue en estas jornadas donde se evidenció un cuarto elemento que resultaría capital y vertebrador para las segundas: la cultura.

Por lo tanto, en la edición de 2018 se dio protagonismo a aquellas iniciativas y experiencias que, desde el territorio, tenían como elemento vehicular la cultura. Esta emergía como un factor socializador clave y también como un recurso ideológico de reivindicación de la identidad rural, necesaria para retener población. Por otro lado, se denunciaba que la oferta cultural conformaba un tejido que se concentraba en las grandes urbes, incluso aquel promovido por las instituciones públicas y que a menudo excluye las zonas rurales de sus programaciones.

«La mirada científica se ha centrado en la ruralidad en busca de soluciones a las necesidades urbanas»

Con todo, estas dos ediciones de las jornadas usaron un formato muy estándar donde el público tiene un grado de participación más bien pasivo. Si bien la ciudadanía del mundo rural tuvo la voz protagonista en las ponencias y en la presentación de experiencias que se hicieron, el público asistente se limitaba a participar en el turno de preguntas. Ante esto, desde la organización se dio un paso adelante y se propuso a la ciudadanía que definiera cómo tenían que ser las terceras jornadas. De este modo se dio un salto cualitativo determinante: la sociedad rural pasó de tener un rol como ponente o público a asumir uno como diseñadora y organizadora.

Así se planteó la necesidad de crear grupos de trabajo sectoriales, donde se pudieran añadir más voces del territorio, con el fin de detectar «políticas de despoblamiento». Justo es decir que en este momento las instituciones gubernamentales ya habían introducido en sus respectivas agendas el problema del despoblamiento (en 2017 se aprobó la Estrategia Nacional ante el Reto Demográfico y se creó la Comisión Interdepartamental para la Lucha contra el Despoblamiento de los Municipios Valencianos). A pesar de todo, se evidenciaba una contradicción con el hecho de que no asumieron que el problema era de las políticas desarrolladas históricamente y que, por lo tanto, la responsabilidad también tenía que ser política. Este proceso de diagnosis implicó una investigación previa de información, la celebración de debates y la asunción de consensos a la hora de determinar prioridades en un proceso conducido por la propia ciudadanía. En este, la Universidad asumió un rol de asistencia técnica y de relatoría.

El trabajo de los grupos empezó seis meses antes de la celebración de las III Jornadas de Afirmación de la Nova Ruralitat (2019) y en este se acabarían implicando más de 150 personas. El resultado quedó plasmado en un documento conjunto, de síntesis, que, bajo el título «Manifiesto por un gobierno equitativo del territorio valenciano», fue consensuado de forma asamblearia. En las mismas jornadas se decidió constituir el Fòrum de la Nova Ruralitat para dar visibilidad a todo el trabajo hecho, así como para habilitar un espacio de encuentro para hacer investigación, reflexionar y dar continuidad a todo el trabajo consolidado hasta el momento. Posteriormente, se presentó el manifiesto a la Mesa de las Corts Valencianes, se hizo difusión mediática y se inició una ronda de presentaciones por el territorio con el fin de sumar adhesiones y de continuar el trabajo de los grupos sumando todas las voces. En este tiempo, el Fòrum de la Nova Ruralitat se ha convertido en una referencia a la hora de determinar los problemas y evaluar las propuestas para tratar el reto del despoblamiento y del mundo rural en general.

En 2020, las IV Jornadas de Afirmación de la Nova Ruralitat conjugaron las ponencias y mesas redondas clásicas con grupos de trabajo que analizaron en profundidad las experiencias presentadas../ ACF Fotografía

En 2020, las IV Jornadas de Afirmación de la Nova Ruralitat estuvieron organizadas por el Fòrum de la Nova Ruralitat, mientras que la Universidad Jaume I asumió un papel colaborador. En esta ocasión se optó por un formato que ha conjugado las ponencias y mesas redondas clásicas con el proceso participativo propio que caracteriza al Fòrum: una vez seleccionadas cuatro experiencias (Associació Micropobles de Catalunya, Universidad de las Highlands and Islands de Escocia, Pueblos Vivos y transporte a la demanda) se constituyeron cuatro grupos de trabajo que las analizaron en profundidad previamente a la celebración de las jornadas. Durante el encuentro, cuatro representantes de cada grupo de trabajo acompañaban la exposición de los ponentes invitados de cada proyecto y eran los que interlocutaban con estos en primer lugar, antes de abrir el turno de palabra al público. La fórmula se ha revelado muy potente, puesto que este análisis previo dio una calidad muy elevada y profunda al debate sobre cada iniciativa. La cuarta edición concluyó con una clara petición de diseñar políticas ad hoc para la ciudadanía rural.

Una ciencia para el futuro rural

Del proceso expuesto se derivan algunas claves para el establecimiento de una ciencia ciudadana fuerte. En este caso, la evolución hacia una mirada científica compartida se presume un camino largo, de construcción de un clima de confianza sostenido en el tiempo y donde la prolongada alimentación del proceso dé frutos (Zapata Hernández, 2016) que se pueden captar en múltiples dimensiones: el aumento de la participación y de la autonomía de los agentes que viven en el territorio, el empoderamiento de segmentos vulnerables de la población, la generación de redes… y una serie de beneficios sociales, económicos, culturales o administrativos. Pero también cristaliza una forma compartida y colaborativa de hacer ciencia. El tira y afloja de evidencias empíricas y de vivencias cotidianas con categorías académicas, políticas o institucionales dibuja un terreno de juego abierto y estimulante. Se han encontrado momentos en que las categorías científicas se desmenuzan por la fuerza de un sentir cotidiano que las hace inservibles para el desarrollo; y también se han puesto en cuarentena relatos que redundaban en prejuicios al contrastarlos con una mirada teórica amplia y diversa. Resulta vivificante el hecho de interpelarse en un plano de avance hacia el desarrollo, de curiosidad inagotable sobre los hechos y las políticas en el territorio y sobre los análisis científicos.

La ciencia tiene que aportar luz al progreso de la humanidad sin discriminaciones, contribuyendo a la investigación de una justicia para quienes, independientemente del espacio que habitamos, somos merecedores de una ciudadanía plena, más allá de los muros de la ciudad (Soja, 2014). Por su parte, las sociedades más vulnerables tienen que poder incorporar su voz al conocimiento y compartir un espacio de reflexión que permita encarar los múltiples retos de futuro a los que se enfrenta la ruralidad.

Referencias

Anes, G. (1996). Del expediente de ley agraria al informe de Jovellanos. En Á. García Sanz, & J. Sanz Fernández (coords.), Reformas y política agraria en la historia de España (p. 69–103). MAPA.

Bonnal, P., Bosc, P. M., Diaz, J. M., & Losch, B. (15-17 d’octubre de 2003). «Multifuncionalidad de la agricultura» y «Nueva Ruralidad». ¿Reestructuración de las políticas públicas a la hora de la globalización? Seminari internacional El Mundo Rural: Transformaciones y perspectivas a la luz de la Nueva Ruralidad. Universitat Javeriana, CLACSO i REDCAPA, Bogotà, Colòmbia.

Caballero Ferrándiz, J., Martín Gutiérrez, P., & Villasante, T. R. (2019). Debatiendo las metodologías participativas: Un proceso en ocho saltos. Empiria, 44, 21–45. https://doi.org/10.5944/empiria.44.2019.25350

Dierig, S., Lachmund, J., & Mendelsohn, J. A. (2003). Introduction: Toward an urban history of science. Osiris, 18(1), 1–19. https://doi.org/10.1086/649374

García Bartolomé, J. M. (1991). Sobre el concepto de ruralidad: Crisis y renacimiento rural. Política y Sociedad, 8, 87–94. https://revistas.ucm.es/index.php/POSO/article/view/POSO9191120087A

Ginés, X., & Querol, V. (2019). Construcción social de lo rural y Nueva Ruralidad. Una aproximación al marco de interpretación de lo rural de agentes políticos y sociales. Economía Agraria y Recursos Naturales, 19(1), 37–57. https://doi.org/10.7201/earn.2019.01.03

Heinsch, B. (2015). La oposición campo-ciudad en la Edad de Plata. Una nueva mirada hacia la expresión de las regiones. Tonos Digital, 29. http://www.tonosdigital.com/ojs/index.php/tonos/article/view/1317

Lefebvre, H. (1978). El derecho a la ciudad. Península.

Linck, T. (2001). El campo en la ciudad: Reflexiones en torno a las ruralidades emergentes. Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, XXII(85). https://www.redalyc.org/pdf/137/13708504.pdf

Saraceno, E. (1990). La evolución de las estructuras agrarias y el papel de la pluriactividad en los procesos de industrialización antiguos y actuales. En Arkleton Research (Coord.), Cambio rural en Europa. Programa de investigación sobre las estructuras agrarias y la pluriactividad (p. 117–132). Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

Sherry, E., & Shortall, S. (2019). Methodological fallacies and perceptions of rural disparity: How rural proofing addresses real versus abstract needs. Journal of Rural Studies, 68, 336–343.

Soja, E. W. (2014). En busca de la justicia espacial. Tirant lo Blanch.

Williams, R. (2001). El campo y la ciudad. Paidós.

Zapata Hernández, V. M. (2016). Los procesos de innovación social mediante la participación ciudadana como estrategia para el desarrollo local. En A. Martínez Puche, X. Amat-Montesinos, I. Sancho Carbonell, & D. Sanchiz Castaño (Eds.), Profesionales y herramientas para el desarrollo local y sus sinergias territoriales. Evaluación y propuestas de futuro (p. 79–103). Universitat d’Alacant. https://doi.org/10.14198/IXCongresoDesarrolloLocal-06

© Mètode 2021 - 110. Crisis climática - Volumen 3 (2021)
Profesor de Sociología de la Universidad Jaume I de Castellón. Investiga sobre ruralidad, movimientos sociales y comunicación. Es miembro del Fòrum de la Nova Ruralitat.
Sociólogo. Profesor en el Departamento de Filosofía y Sociología de la Universidad Jaume I de Castellón e investigador del Grupo de Investigación DESiRES (Desigualdad y Resistencias). Presidente del Comité de Sociología Rural de la Federación Española de Sociología y director de la Cátedra de Brecha Digital y Territorio.
Químico. Profesor de Secundaria, coordinador de Formación y Educación del Fòrum de la Nova Ruralitat y miembro del Centre d’Estudis dels Ports.
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