La huerta, Arca de Noé de la biodiversidad agraria

biodiversidad agraria

Desrrollo sostenido y sostenible

Entre los aspectos más relevantes del actual proceso de globalización destaca la transformación acelerada de nuestra geografía agraria. Las últimas décadas se han caracterizado por una fuerte metamorfosis de los agroecosistemas periurbanos, alejados cada vez más del llamado “desarrollo sostenible”, en todos sus aspectos, con buena parte de su superficie más fértil reducida, cuando no exterminada, para su uso tradicional. Según los programadores del desarrollo macroterritorial, hoy por hoy más bien macroeconomistas, hemos empezado un nuevo período que muchos llaman de “desarrollo sostenido”, que obviamente, no tiene ninguna relación con el “sostenible”, y el paisaje agrario que rodea las ciudades no acaba de encajar en el rompecabezas del crecimiento económico indefinido. Este escenario va conduciendo a los agricultores urbanos hacia una situación de marginalidad social y cultural, cuando, hasta hace bien poco, atesoraban la sabiduría que garantizaba el aprovechamiento continuo de la tierra para extraer de ella todos sus frutos.

Terrenos de la huerta de Alfafar (Horta Sud), en proceso de urbanización. / © E. Laguna

El pasado de nuestra agricultura ha sido muy diferente. De hecho, las tierras valencianas deben una buena parte de su riqueza económica y cultural a los cultivos y a la fertilidad de la tierra que ahora muere humillada por el progreso urbanístico. Durante milenios, las ciudades mediterráneas han crecido en una estrecha dependencia del abastecimiento de los cultivos que las rodeaban. Así pues, muchos de los mejores núcleos urbanos, como la ciudad de Valencia, se encuentran precisamente sobre suelos clasificados entre los más productivos del planeta. Sin embargo, hoy en día la contradicción más absoluta rodea nuestra geografía agraria: mientras la tecnificación ha permitido convertir en cultivos las tierras poco o nada convenientes para la producción, mediante trans­formaciones de suelos forestales, nuestros terrenos de huerta, envidiados por muchas de las culturas del resto del Mediterráneo, permanecen enterrados bajo miles de toneladas de cemento y asfalto. Este proceso de extinción del suelo agrario productivo es toda una apuesta por la decadencia económica futura de nuestra sociedad: que nadie dude que estas mismas tierras nos harán falta en el futuro para darnos de comer y que incluso tendremos que derribar mucho de lo hasta ahora construido. A la vez, la extinción de los huertos periurbanos arrastra la desaparición de un elemento fundamental de nuestra historia, firmemente arraigado en nuestra cultura: hablamos de la pérdida de la valiosísima diversidad biológica asociada a los huertos de regadío, de la que cuelgan como ramas de un árbol nuestra comida, los remedios curativos, los vestidos, las maderas y los muebles, las costumbres, las tradiciones, etc., es decir, buena parte nuestra identidad histórica como pueblo y como sociedad a lo largo de la historia.

El policultivo tradicional encuentra refugio a los huertos de subsistencia alrededor de las zonas industriales. / © E. Laguna

Las raíces de la agricultura valenciana

A lo largo de los tiempos, nuestros paisajes agrarios han evolucionado a medida que iban incrementando su diversidad específica, como si se tratara de verdaderos ecosistemas naturales, donde la voluntad humana iba supliendo la acción de las fuerzas selectivas. La aparición de la agricultura en el País Valenciano, hace unos 7.500 años, se caracterizó por la domesticación y el cultivo de unas pocas especies botánicas, a partir de sus antepasados silvestres. Se trataba de plantas poco productivas, como la espelta o escaña (Triticum monococcum) y otras formas primitivas de cereales, verduras y frutales forestales, pero aun así, cultivarlas resultaba más provechoso que la recolección en el medio natural. Las grandes ventajas que aporta el nuevo estilo de vida se extienden con rapidez y, alrededor del año 5000 aC, ya aparecen en el Mediterráneo occidental los primeros poblamientos basados en una economía agrícola y ganadera. Algunos restos de esta actividad han quedado repartidos por nuestro territorio, como muestra el rico patrimonio arqueológico de los yacimientos neolíticos de la cueva de L’Or de Beniarrés, la de La Sarsa en Bocairent, la de Les Cendres en Moraira, entre otros. Progresivamente, el hombre generó numerosas variedades cultivadas de las plantas agrarias, muchas de ellas conocidas actualmente como auténticas especies, a pesar de origen artificial, como es el caso de la mayor parte de los trigos, pertenecientes al género Triticum, con antepasados naturales en el género Aegilops. La colonización humana de las riberas del Mediterráneo iba acompañada de estos cultivos, al tiempo que se intentaba cultivar las plantas silvestres comestibles que se encontraban en los alrededores de los nuevos asentamientos.

© V. Rodríguez

Muchas de las especies silvestres de amplia distribución en el Mediterráneo, representantes actuales de la rica flora nitrófila, formaron parte de la dieta prerromana valenciana y su uso se mantuvo en la cocina huertana hasta hace pocas décadas. Actualmente, paseando por las huertas valencianas, aún encontramos muchos representantes de esta flora habitando los cultivos y los ribazos de los caminos. Muchas de estas especies, reunidas con desprecio bajo la denominación de malas hierbas, han sido consentidas e, incluso, potenciadas en L’Horta por su aprovechamiento alimentario, medicinal, agrícola u ornamental. Son muchos los protagonistas de estos hechos para reunirlos todos en estas líneas, pero como evidencia de su significación cultural y de sus posibilidades de aprovechamiento en un futuro próximo, nos sirven algunos ejemplos. Los lletsons, más conocidos en la comarca como llicsons, dan nombre a un conjunto de especies herbáceas del género SonchusS. asper (lletsó punxós, “cerraja común”), S. oleraceus (lletsó fi, “cerraja”, “lechecino”), S. tenerrimus (lletsó de cingle, “cerraja de pared”)–, muy frecuentes y sobradamente extendidas en cultivos y ambientes ruderales, y que incluso se adentran en el interior de las ciudades, habitando jardines, alcorques de árboles ornamentales y solares yermos, o aprovechando pequeñas grietas y agujeros llenos de tierra en aceras y muros. Estas plantas, junto al lletsó d’ase (“diente de león”, Taraxacum officinale y otros congéneres y el próximo Leontodon), eran aprovechadas popularmente en diversas aplicaciones curativas por sus propiedades diuréticas y refrescantes. Además, preparadas en ensaladas de verduras silvestres, hervidas o en empanadillas de verdura permitieron llenar estómagos vacíos, engañar el hambre, en los días precarios de la posguerra, aunque, superadas las carencias alimenticias y con las huertas ofreciendo sus productos, continuaban cosechándose por gozar de unos sabores naturales ahora casi olvidados. La endivieta o cama-roja (“achicoria”, Cichorium intybus), la zanahoria (Daucus carota), la verdolaga (Portulaca oleracea), las ortigas (Urtica dioica y U. urens), el plantatge (“llantén”, Plantago lanceolata) y la raíz carnosa del hinojo (Foeniculum vulgare), entre un amplio repertorio de especies, también enriquecieron estos platos huertanos.

Los terrenos periurbanos están llenos de especies consideradas hoy en día “malas hierbas”, pero aprovechadas a lo largo de la historia con diferentes finalidades (alimenticias, medicinales, etc.). Este es el caso de la achicoria (Cichorium intybus), la manzanilla (Matricaria chamomilla), la cerraja (Sonchus tenerrimus) o la cicuta (Conium maculatum). / © S. Fos

Incluso, muchos de los llamados “arqueofitos”, plantas exóticas introducidas en tiempos muy antiguos como malas hierbas de los cultivos, fueron incorporados a los platos y a la cultura de nuestros antepasados, como las amapolas (género Papaver). Las propiedades tranquilizantes de sus cápsulas (Papaver rhoeas) fueron aprovechadas, preparadas en infusiones, para facilitar el descanso de grandes y pequeños. Al recolectar los frutos de esta planta con fines medicinales, debía procederse con atención para no confundirla con otra amapola sin propiedades curativas y que habitualmente convive en los mismos ambientes, la amapola mestiza (Papaver hybridum) fácilmente diferenciada por sus cápsulas erizadas de espinas. Se piensa que algunos fracasos curativos en el uso de la amapola común deben ser atribuidos a confusiones con otras especies del género. Además, para preparar la apreciada paella de amapola y bacalao se recogían cuidadosamente los pétalos ligeros de sus flores; las hojas eran los ingredientes principales de los ya casi extintos pastelillos de la Safor. Las correjoles (“correhuelas”, Convolvulus arvensis y C. althaeoides) eran popularmente empleadas para tratar el estreñimiento y las afecciones digestivas. La lista incluiría de hecho una buena parte de estas “malas hierbas”, ciertamente bastante menos perniciosas de lo que su nombre indica.

Algunos cultivos, ahora abandonados, han formado parte básica de la dieta y la cultura valencianas, como la calabaza de San Roque (Lagenaria siceraria), arriba, o la judía flamenca (Dolichos lablab), abajo. / © E. Laguna

De los romanos al siglo XX

Hacia la época romana, el número de especies cultivadas alrededor del Mare Nostrum podía pasar de las ochenta, según indican varios textos, como el Tratado de agricultura de Paladio (siglo iv dC). Esta cantidad fue creciendo progresivamente al pasar a la Edad Media y a la dominación árabe, responsable del perfeccionamiento de los sistemas de regadío y el cultivo combinado de árboles y plantas herbáceas. También se potenciaron notablemente las técnicas de propagación vegetativa, como el injerto o la producción a partir de esquejes. Así, en pocos siglos se generaron miles de variedades de plantas cultivadas que los movimientos humanos asociados a los conflictos bélicos –migraciones, repoblación de los terrenos conquistados– y al comercio entre culturas y territorios fueron extendiendo por todo el Mediterráneo. En el secano, el paisaje valenciano estuvo dominado por diversas especies que aún se mantienen con cierta extensión en nuestro territorio, como el olivo, el algarrobo, el almendro y, con menor frecuencia, la vid o la higuera, plantas de origen prácticamente ribereño y de pies de bancal; sin embargo, fueron los cereales los que ocuparon las superficies más extensas, muy superiores a las actuales, porque a menudo se trataba de razas y variedades extremadamente rústicas, poco productivas aunque muy resistentes. Podemos hacernos una idea de esta agricultura si pensamos que los cereales de montaña, como el centeno o diversas variedades de espeltas, se cultivaban en los rasos de muchas de las cumbres más elevadas del Javalambre valenciano, como el collado del Buey en la Puebla de San Miguel (Rincón de Ademuz), por encima de los 1.500 m. Estos cultivos se mantuvieron hasta principio del siglo xx en zonas ocupadas, hoy día, por los “bosques horizontales” de la sabina de montaña (Juniperus sabina).

La vegetación nitrófila ligada a los cultivos y ribazos de camino constituye auténticos laboratorios didácticos, donde se desarrollan a nuestro alrededor los mismos procesos ecológicos que los escolares estudian encerrados en las aulas. / © E. Laguna

En el regadío se consolidó lo que conocemos como “huerta”, aunque su aspecto era ligeramente diferente al actual. Entonces, los huertos combinaban una extraordinaria variedad de plantas herbáceas, a menudo plantadas entre las líneas de árboles, donde raramente se repetían los pies de una misma especie. En los huertos más pequeños, los árboles rodeaban el terreno y marcaban los límites de la propiedad. Al finalizar la dominación de la cultura árabe, los regadíos valencianos contenían al menos 150 especies botánicas cultivadas, cifra que hay que multiplicar notablemente si quisiéramos hablar de las variedades. Muchas de las legumbres y verduras que formaban parte de la alimentación sólo se cultivan actualmente como relictos, como en el caso de la judía flamenca (Dolichos lablab) o de la judía de careta (Vigna unguiculata); sin embargo, la mayor parte de las especies básicas de la dieta de nuestros antepasados han desaparecido de nuestro paisaje agrario, como el apio caballar (Smyrnium olusatrum), los blets (“bledos”, Amaranthus blitum, Chenopodium bonus-henricus), el cerfull (“perifollo”, Anthriscus cerefolium), el rábano rusticano (Armoracia rusticana), el arnal (“armuelle”, Atriplex hortensis), la hierba de Santa Bárbara (Barbarea verna), la rúcula, roqueta o jazamango (Eruca sativa), el cairut (“alforfón” o “trigo sarraceno”, Fagopyrum esculentum), el pesolet (“almorta silvestre”, Lathyrus cicera), el tito o guixa (“guija” o “almorta”, Lathyrus sativus), el guixó (“la guija tuberosa”, Lathyrus tuberosus), las malvas (Lavatera arborea, Malva sylvestris), el morritort (“mastuerzo”, Lepidium sativum), el panís o dacsa vera (“panizo”, Setaria italica), el mijo (Panicum miliaceum), la garrofereta (Lotus edulis) o la verdolaga cultivada (Portulaca oleracea subsp. sativa), entre otras. Este colapso de la biodiversidad agraria es aún más llamativo al hablar de los condimentos, con plantas como la viznaga (Ammi visnaga), la tarragona (“estragón”, Artemisa dracunculus), la camelina o sésamo bastardo (Camelina sativa), la alcaravea (Carum carvi), el coriandro (Coriandrum sativum), el comino (Cuminum cyminum), la asprella de olor (Asperula odorata) o el perifollo oloroso (Myrrhis odorata). Las tierras valencianas fueron productoras de primer orden de algunos de aquellos cultivos, logrando merecida fama algunos productos actualmente inexistentes, como el comino de Alicante. A la vez, había numerosas producciones “selectas” reservadas a la alimentación de las clases dominantes o ligadas a las órdenes religiosas, como las angélicas (Angelica sylvestris, A. archangelica). Al otro extremo estaban los sucedáneos, que compensaban la imposibilidad de obtener los productos más caros o inadecuados para el cultivo en estas tierras, como el café de pobre o garbancillo (Astragalus boeticus).

Ejemplos de cultivos ornamentales abandonados son el narciso de manojo (Narcissus tazetta), arriba, y la cala (Zantedeschia aethipica) abajo, aprovechadas, a la vez para fijar los márgenes de las acequias. / © E. Laguna

Por otro lado, muchas especies arbóreas del paisaje medieval valenciano, hoy en día desaparecidas o sólo conservadas como ornamentales, eran frecuentemente cultivadas para obtener alimentos o medicinas, como el poncemer o cidrer (“cidro”, Citrus medica), la bergamota (Citrus bergamia) y muy especialmente la morera (Morus alba), el moral (Morus nigra) y el naranjo amargo o toronjo de Oriente (Citrus aurantium). Al fin de la dominación árabe, estos cultivos dominaban los paisajes valencianos junto a extensas plantaciones de palmeras datileras (Phoenix dactylifera). La actual huerta de Valencia ofrecía, además, grandes plantaciones de caña de azúcar (Saccharum officinarum) y una amplia colección de plantas con múltiples y muy variadas utilidades. Los frutos de la calabaza de San Roque (Lagenaria siceraria) servían para fabricar botellas y otros recipientes para almacenar agua, vino, etc. Otros tenían una aplicación tintórea, como la alquena (“palomilla de tintes” o “alheña”, Alkanna tinctoria, Lawsonia inermis), la hierba del pastel o glasto (“pastell”, Isatis tinctoria), la retama de tintes (Genista tinctoria), la gauda (“reseda amarilla”, Reseda lutea) o la roja (Rubia tinctorum). De aquel antiguo paisaje tan sólo sobreviven ejemplares aislados de aceroleros (Crataegus azarolus), níspereros europeos o nespras (Mespilus germanica), ginjolers (“azufaifos”, Ziziphus jujuba) o codonys (“membrillos”, Cydonia oblonga).

Las propiedades tranquilizantes de la amapola fueron aprovechadas, preparadas en infusiones, para facilitar el descanso de grandes y pequeños. / © A. Aguilella

A partir del siglo XV, con el descubrimiento de América comenzó la incorporación de numerosas nuevas especies agrarias, aunque su implantación y el desplazamiento asociado de algunos de los antiguos cultivos mediterráneos duró hasta bien entrado el siglo XIX. Hacia finales de este siglo, el número de especies cultivadas en los huertos y secanos del Mediterráneo, bien representados en las tierras valencianas, pasaba de las 200, incluyendo producciones nuevas o exclusivas como la quinoa (Chenopodium quinoa), el aguacate (Persea americana), el raïm de moro (“hierba carmín”, Phytolacca americana) y los miraguanos o árbol de la seda (Gomphocarpus fruticosus, Araujia sericifera). Podemos decir que, al comenzar el siglo xx, las huertas valencianas eran auténticas arcas de Noé de la biodiversidad agraria del Mediterráneo occidental, donde se conservaban simultáneamente los cultivos para la alimentación humana, para el ganado e incluso para los pájaros de canto, mezclados con el cultivo de numerosas plantas industriales (textiles, tintóreas, para curtir las pieles, etc.). Unas pocas especies de introducción más reciente, como los mandarinos (Citrus gr. deliciosa), llegaban a aquellos barcos de la evolución botánica agraria.

© E. Laguna

En los huertos de la ilustración valenciana se implantaron también muchas especias venidas de América, Suráfrica, el sudeste asiático y de otros nuevos territorios de ultramar. Así, las hojas hervidas de la hierba luisa (Lippia triphylla) eran empleadas para combatir el dolor de estómago, al tiempo que se aprovechaban sus propiedades tranquilizantes y se gozaba de su aroma inconfundible. Los tallos de la malvarrosa o geranio de rosa (Pelargonium capitatum) eran introducidos en conservas y confituras para asegurar su conservación duradera. Incluso las acequias se aprovechaban para cultivar plantas ornamentales como la nadaleta o narciso de manojo (Narcissus tazetta), la cala (Zantedeschia aethiopica) o las colocasias (Alocasia macrorhiza). El cultivo de plantas insecticidas como los estramonios (Datura sp. pl.), la albahaca (Ocimum basilicum) o diversas especies de crisantemos (Chysanthemum parthenium, Ch. balsamita) se extendió por toda L’Horta, mientras las alquerías se llenaban de muchas de las plantas que ahora incluimos en las listas de la jardinería tradicional valenciana (Crinum, Agapanthus, Aspidistra, Clivia, etc.).

Algunas antiguas plantas útiles se han convertido en especies invasoras, caso del árbol de la seda (Araujia sericifera), a la izquierda, y de la campanilla (Ipomoea indica), a la derecha, frecuentes en los naranjales abandonados. / © S. Fos

Malvendiendo el Arca de Noé

Los que aún nos encontramos cerca de los cuarenta años de edad hemos vivido de cerca la muerte anunciada de los últimos de estos barcos vegetales, perdiéndose cada vez más adentro de un mar de monocultivos, cuando menos de cemento y de asfalto. Siendo aún niños, podíamos gozar de aquellos paisajes multicolores, de pequeños huertos llenos de todo tipo de especies, donde cada caballón parecía cultivarse con una o más plantas diferentes, mezclándose las verduras con las plantas que hacían de insecticidas, con pequeños rincones para las especias condimentarias o para las flores de cortar. Los bordes del huerto estaban formados por hileras de árboles, donde resultaba difícil encontrar más de un ejemplar de cada cultivo botánico. Las cosechas y producciones se sucedían con naturalidad y se adaptaban a la fenología de las numerosas plantas cultivadas.

A pesar del grado de destrucción, los antiguos habitantes naturales de la huerta intentan reconquistar el terreno perdido. En la fotografía, ejemplar de cardo corredor (Eryngium campestre), rompiendo el asfalto de una carretera. / © S. Fos

De aquella agricultura del policultivo, fundamentalmente orientada al autoconsumo y a la venta de pequeñas cantidades de productos de temporada en los mercados locales, se pasó rápidamente a la producción masiva de una o pocas especies por cada huerto, susceptibles de rentabilidad en medio de una economía basada en la translocación de los productos. Hasta aquel momento los labradores y sus familias comían buena parte de lo que producían y trataban de alcanzar la máxima calidad posible. Pero hacia mediados de siglo xx muchos de aquellos agricultores pasaron a producir comida para clientes anónimos, situados cada vez más y más lejos. Paralelamente, los mercados obligaban a incrementar la productividad, y eso solamente se podía lograr pasando de la agricultura orgánica o biológica a la química, metiendo los huertos en un ciclo acotado de destrucción progresiva de su biodiversidad natural asociada –lombrices, insectos útiles, etc. Así, el territorio inicialmente destinado a los cultivos herbáceos sufrió toda una cadena interminable de agresiones y transformaciones: sustitución por los cultivos intensivos de los cítricos, sobreexplotación y contaminación de las aguas, especulación, expansión urbanística, fragmentación y compresión de los enclaves relictos de huerta, etc. El olvido y la indiferencia de los gobernantes, a la cabeza de una sociedad consumista y desarraigada, amparan intervenciones traumáticas y multimillonarias que, olvidando una planificación basada en las características físicas del territorio, han entregado nuestras huertas al peligro de la extinción.

© M. Domínguez

Lo que ahora conocemos por Horta y que aún luchamos por salvar de una desaparición prácticamente y desgraciadamente segura son sólo restos del naufragio de los mencionados barcos de la biodiversidad. Aquellos huertos que cada época del año ofrecían docenas de alimentos diferentes se convirtieron en paisajes uniformes destinados a obtener, en el menor tiempo posible, grandes producciones de unas pocas especies “rentables” o, más recientemente, a la especulación y el urbanismo descontrolado. El resto, aquel extraordinario tesoro de plantas a las que debemos buena parte de nuestra identidad y riqueza histórica, ha quedado reducido a unos pocos cultivos relictos, como la chufa (Cyperus esculentus), el garrofó (“judía de lima”, Phaseolus lunatus), el boniato (Ipomoea batatas) o el cacahuete (Arachis hipogea), asociados a nuestra gastronomía popular. Los labradores de L’Horta, la herencia más valiosa de este resumen de nuestra historia, relegados por un pueblo ingrato a una especie de proletariado agrario y periurbano, aún mantienen aquel espíritu del arca de Noé, cultivando pequeñas parcelas fortificadas entre cercas de tablones y somieres. Ahora, con los ojos vencidos por el esfuerzo pasado y por el tiempo, descansan en las pocas islas donde aún resisten los cultivos que dan nombre a este territorio, las señas de identidad de un pueblo, esperando que el “bien público” triunfe por encima de nuestros recuerdos, con sus excavadoras y toneladas de cemento o de contenedores. Si finalmente nos devora el modelo urbano monofuncional de cemento y de asfalto, toda la antigua coexistencia entre el campo y la ciudad morirá y sólo nos quedará esperar para ver como la tierra nos pasa la factura de las agresiones sufridas.

© Mètode 2004 - 41. Disponible solo en versión digital. Ciencia animada - Primavera 2004

Doctor en Ciencias Biológicas. Centro para la Investigación y Experimentación Forestal (CIEF) – Servicio de Vida Silvestre de la Generalitat Valenciana.

Conselleria de Territori i Habitatge, Generalitat Valenciana.

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