Agresiones adaptativas y anómalas

Resortes neuronales de las emociones agonísticas

1. Es interesante señalar que algunas áreas cerebrales encargadas de la respuesta emocional (como la amígdala o el septo) han sufrido un aumento relativo espectacular en la especie humana en relación con el chimpancé. (Volver al texto) 2. En contra de lo que pueda parecer, los animales depredadores carnívoros no tienen la exclusividad de las conductas agresivas intraespecíficas. Baste recordar que los toros o los gallos son símbolos claros de combatividad y agresividad. (Volver al texto) 3. El origen de la civilización y de lo que llamamos historia se produce hace 10.000 años, lo que en términos evolutivos es un tiempo comparativamente insignificante. (Volver al texto) 4. Muchas investigaciones neurofisiológicas han demostrado que el cerebro humano dispone de áreas de la corteza cerebral dedicadas exclusivamente a la decodificación de señales intraespecíficas de nuestra especie, como las caras o las voces humanas. (Volver al texto) Bibliografía Adams, D.B., 2002. «Brain mechanism of agressive behaviour: an updated review». Neuroscience and Biovehavioral Reviews, núm. 30, pp 304-318. Caspi, A. et al., 2002. «Role of genotype in the cycle of violence in maltreated children». Science, núm. 297, pp. 851-854. Gergen, J. K., 1999. El yo saturado. Dilemas de identidad en el mundo contemporáneo. Paidós. Barcelona. Sanjuan, J. y C. J. Cela, 2005. La profecía de Darwin. Ars Medica. Barcelona. Tremblay, R. E., Hartup, W. W. y J. Archer, 2005. Development Origins of Agression. Guilford Press. Nova York. Whiten, A., 1999. «The evolution of Deep Social Mind in Humans». In Corballis, M. C. y S. E. G. Lea, 1999. The Descent of Mind. Psychological Perspectives on Hominid Evolution. University Press. Oxford. Agradecimientos. Quiero agradecer a la profesora Rosa de Frutos los comentarios críticos en la lectura del primer borrador de este artículo.

Pathological and Adaptive Aggression: neuronal sources of antagonistic emotions.Aggression is both an old and basic evolutionary emotional response. In the Nature versus Nurture debate the explanation of aggressive behaviour, particularlyin humans, has been a controversial issue. Many animal and human studies have demonstrated the importance of a genetic component in aggression, mediated by specific neural and hormonal systems. Meanwhile, recent gene-environment studies suggest that mistreated children with a specific genetic polymorphism are likely to develop antisocial behaviour. Finally, we go on to mention several psychopathological syndromes that frequently display aggressive behaviour. Nevertheless, in general, whether aggression is normal or pathological depends largely on the environmental situation.

«Los humanos somos los únicos animales capaces de matar por símbolos virtuales de conceptos abstractos que no han existido nunca como realidad material»

La agresión como emoción básica

El primer mandamiento de cualquier ser vivo es sobrevivir. Para sobrevivir tiene que evitar los peligros internos (enfermedades) o externos (irritantes físicos, depredadores). Para poder evitar estos peligros el organismo utiliza dos tipos de sistemas: un sistema de reconocimiento de las señales de alarma y un sistema de capacidad de respuesta una vez identificada la alarma. El sistema inmunológico es uno de los ejemplos más claros de este tipo de sistemas dedicado a combatir las noxas que se introducen en el organismo. Si el ambiente fuera estable, no habría necesidad de sistema nervioso. El sistema nervioso existe y ha evolucionado para permitir a los organismos adaptarse a los cambios y sobre todo para identificar los peligros y proporcionar una adecuada respuesta a ellos. La señal externa puede ser clara e inequívoca de peligro o puede ser ambigua. Ante cualquier alarma el organismo tiene tres posibilidades: no reaccionar, reaccionar con una conducta de huida-evitación o reaccionar con una conducta agonística de acercamiento-ataque. El tipo de respuesta que elige un organismo está, en primer lugar, predeterminado por sus genes, que lo dotan de un sistema sensorial y motor que le concede una capacidad más o menos precisa y rápida para identificar esas señales y también para emitir una respuesta adecuada.

Sistemas emocionales Áreas cerebrales Principales neuromoduladores
Curiosidad
Búsqueda de novedad
Núcleo acumbente
Salidas mesolímbicas y mesocorticales
Hipotálamo lateral
Dopamina
Glutamato
Nuropéptidos i neurotensina
Miedo Amígdala central i lateral
Hipotálamo medial y dorsal
Región periacueductal
Glutamato
CRF
CCK
Neuropèptido Y
Rabia-agresión Amígdala medial
Núcleo estría terminal
Sustancia P
Acetilcolina
Glutamato
Placer-sexo Amígdala medial
Hipotálamo preóptico y ventromedial
Área periacueductal
Esteroides
Vasopressina
Oxitecina
LH-RH
CCK
Vínculo-separación Cíngulo anterior
Área preóptica
Tálamo dorsomedial
Área periaqüeductal
Oxitocina
Vasopressina
Dopamina
Opioides
Juego Diencéfalo dorsomedial
Áreas parafasciculares
Área periacueductal
Opioides
Glutamato
Acetilcolina

Tabla 1. Principales sistemas emocionales y las áreas cerebrales y los neuromoduladores implicados.

De esta forma, la agresión y el miedo son las respuestas emocionales filogenéticamente más primarias. A estas emociones básicas se superponen, en los animales de sangre caliente, las relacionadas con el vínculo afectivo. La capacidad de establecer vínculos va a actuar como generadora de un sistema general regulador e inhibidor de la agresividad. Por fin, en el ser humano aparece una nueva fuente de emociones que es nuestra capacidad simbólica. Lo que caracteriza a la especie humana no es sólo que sea capaz de crear símbolos, sino el altísimo grado en que se emociona con ellos. Los humanos somos los únicos animales capaces de matar por símbolos virtuales de conceptos abstractos que nunca han existido como realidad material. Nuestro cerebro está diseñado de tal modo que se conmueve ante los símbolos, sean éstos una poesía, una composición musical o una bandera. Por tanto, el ser humano tiene más fuentes de emociones que ningún otro animal.¹

«Hoy en día nadie pone en duda el carácter adaptativo de la agresión»

Del mismo modo que ocurre con el miedo, la agresividad ha sido y es una emoción imprescindible para la supervivencia. Salvo desde posturas espirituales, políticas o acientíficas, nadie pone en duda hoy en día el carácter adaptativo de la agresión. Es difícil, sin embargo, encontrarle una definición satisfactoria, ya que no basta con hablar de «atacar», «infligir daño» o «lesionar intereses ajenos». Las conductas intimidatorias son formas claras de agresión aunque no lleguen a provocar ningún daño físico. Por otro lado, en algunos comportamientos se puede producir daño físico, como en las conductas de juego, accidental o premeditadamente (relación sadomasoquista) sin que puedan considerarse agresiones sensu estricto.

Las clasificaciones de la agresión han sido múltiples según el punto de partida. Podemos mencionar tres de los criterios clasificatorios mas utilizados:

a) Atendiendo hacia quien va dirigida:

Agresión Interespecífica: la que se produce entre miembros de especies diferentes.

Agresión intraespecífica: la que se produce entre miembros de la misma especie.

b) Atendiendo al tipo de estímulo que la provoca:

Agresión defensiva: la que se produce como reacción a situaciones de amenaza o peligro.

Agresión ofensiva: la que se produce como ataque a una presa o a un posible rival.

c) Atendiendo a la rapidez de la conducta:

Agresión impulsiva: la que aparece de forma inmediata casi refleja.

Agresión premeditada: la que obedece a un plan o estrategia previo.

En cuanto a la especie humana, cuando hablamos de comportamiento agresivo nos solemos referir exclusivamente a la agresión intraespecífica ya sea esta de carácter impulsivo o premeditado. No se suele considerar un problema de agresividad la actividad del pescador o del microbiólogo que mata bacterias, aunque es indudable que son variantes de la conducta depredadora y que podemos hablar en estos días de múltiples formas de agredir al ambiente.

Genética de la agresividad

Cada especie animal tiene una carga genética que condiciona una mayor o menor tendencia a la agresividad.² Los criadores de animales saben que con tiempo, paciencia y determinados cruzamientos, pueden generar dentro de una misma especie, sujetos particularmente agresivos o sumisos. En realidad, el hombre ha estado ensayando protocolos de selección para diseñar animales con características específicas, desde los orígenes de la ganadería. Por ejemplo, no ha sido particularmente difícil criar razas especialmente agresivas de perros para la defensa o de ratones miedosos para la experimentación en el laboratorio. Esto sugiere que en la agresividad existe, como en la mayoría de los caracteres biológicos un importante componente genético.

«El primer mandamiento de todo ser vivo es sobrevivir y el mayor peligro para la supervivencia del ser humano es el ataque de un congénere»

A favor de este componente está la mayor concordancia en gemelos monocigóticos en la agresividad como rasgo de la personalidad. En los años setenta se levantó una gran polémica al defender, algunos estudios, que los individuos con una duplicación del cromosoma Y –es decir, los XYY– tenían una tendencia innata a la conducta agresiva y criminal. Esto planteaba un serio problema social y legal. Cuestionaba el grado de imputabilidad que podía tener un sujeto que cometía un delito si ya estaba predestinado genéticamente. Asumiendo este componente hereditario, es importante ir mas allá y tratar de definir cuáles son los genes que están implicados en la conducta agresiva. La primera mutación relacionada directamente con la agresividad es la que se encontró en una familia con antecedentes delictivos severos que acarreaba un cambio en el gen que codifica la enzima MAO-A. Dicha enzima es una de las encargadas de metabolizar las monoaminas, que son uno de los principales grupos de neurotransmisores cerebrales. Esta relación se ha reforzado posteriormente comprobándose que en ratones transgénicos carentes de ese gen (ratones knockout), se producía un aumento de la conducta agresiva. Posteriormente se han creado knockout para genes que codifican determinados receptores de neurotransmisores que pueden actuar como moduladores de la agresividad, como los que codifican diversos receptores de la serotonina y la dopamina. Estos ratones, manipulados genéticamente, han mostrado un claro aumento en la agresividad. También se han realizado diversos estudios de asociación genética en humanos entre la conducta agresiva y diversos polimorfismos de los genes que codifican dichos genes. Estos estudios, aunque con resultados menos espectaculares, también han arrojado algunos hallazgos sugerentes.

Un aspecto particularmente inquietante es la estabilidad en la prevalencia de los sujetos con el llamado trastorno de personalidad antisocial. Expresado de otro modo, el que existan individuos con dificultad para experimentar empatía y tengan predisposición a conductas lesivas o criminales en todo tipo de culturas y niveles sociales. Por supuesto que hay un tipo de personas en los que su conducta antisocial se puede explicar debido al ambiente y a los acontecimientos traumáticos infantiles. Pero en todas las sociedades se mantiene un grupo de sujetos que, teniendo un ambiente favorable, desarrollan eso que calificamos como conducta antisocial. L. Mealey ha denominado a este grupo «sociópatas primarios». La frecuencia de los sociópatas primarios aparece de forma inevitable y se mantiene por una selección genética que depende de su prevalencia en la población general, ya que si aumenta el número de sujetos que utilizan la estrategia del engaño/predación eso les haría fácilmente identificables y dicha estrategia dejaría de ser adaptativa. Esto es lo que se denomina en genética de poblaciones la «selección ligada a la frecuencia». Los datos que apoyan la hipótesis de Mealy son: (I) La universalidad de la conducta sociopática más allá del entorno cultural. (II) La heredabilidad de la criminalidad y la sociopatía, que a partir de los estudios en gemelos sugiere un peso de dicho factor cuantificado alrededor del 0,6 (rango de medida entre 0 y 1). Eso implica una variabilidad sociopática con tendencias proclives a la conducta criminal dependientes de una interacción de herencia poligénica con factores ambientales. Los genes candidatos principales guardarían relación con mayores niveles de actividad de la dopamina y de la testosterona. Esa condición predispondría a su vez a determinados rasgos de carácter como la impulsividad, la irritabilidad, la búsqueda de sensaciones y la falta de empatía.

«Una de las primeras causas de agresiones y homicidios entre humanos, después de la guerra, son los celos. Es en el hombre donde este sentimiento conduce con más frecuencia a lo que se denomina violencia de género»

Otros estudios que sugieren la importancia del componente genético son los realizados por S. J. Suomi. Este investigador lleva muchos años estudiando el comportamiento de los monos rhesus en su ambiente natural. Suomi los divide, según la conducta que presentan desde el nacimiento, en tres subgrupos: un grupo mayoritario de comportamiento estándar y dos que presentan desde el nacimiento claras desviaciones de personalidad: los de alta reactividad (22%) y los de alta impulsividad (5-10%). Los primeros muestran mucha más dificultad para separarse de la madre durante la adolescencia y presentan más activación del eje hipotálamo hipofisario. El otro grupo se caracteriza por alta impulsividad-agresividad, son preferentemente machos, y su agresividad les dificulta integrarse en el grupo. Este grupo tiene niveles bajos de 5-hidroxi-indol-acético (5-HIAA) que sugieren un bajo nivel de metabolización serotoninérgico. En ambos grupos hay un componente hereditario importante aunque esos comportamientos también son susceptibles de modificarse ambientalmente. Lo que resulta quizás más interesante es que el grado de adaptación (menor morbilidad/mortalidad) de cada grupo depende del ambiente. Si el ambiente es estable, el grupo menos agresivo muestra una mejor adaptabilidad que el resto de la población, como premio a su exceso de miedo-prudencia. Pero si el ambiente es inestable el grupo más agresivo se adapta mejor.

Estas investigaciones sugieren, como ya comentábamos, que en términos generales no hay un grado de agresividad normal, sino que ésta dependería muy directamente de las demandas del ambiente. En los últimos años, algunos estudios han abordado directamente esta interacción genético-ambiental. Por ejemplo, A. Caspi et al. (2002), realizaron un estudio en una amplia cohorte de sujetos en Nueva Zelanda, en los que encontraron que los sujetos que tenían una variante del gen que codifica el receptor de la MAO-A, que resulta en hipoactividad enzimática, mostraban un aumento de conductas criminales en la etapa adolescente y adulta, particularmente cuando habían sido sometidos a abusos o maltratos cuando eran niños. Es decir, para que se produjera la conducta antisocial reiterada era necesario que confluyera la vulnerabilidad genética con el maltrato severo durante la infancia.

Figura 1. Las tres etapas básicas en la evolución de la respuesta emocional con relación a los sistemas de alarma. Tanto en el plano filogenético como ontogenético habría un sistema primario de alarma general. La crianza y la búsqueda de seguridad provocan un nuevo tipo de alarma: la separación. Por fin, la capacidad simbólica del ser humano permite elaborar alarmas virtuales. Todos los sistemas nuevos activan y modulan a su vez los sistemas más primitivos. / Pres de Sanjuan i Cela Conde, 2005

Bases neurales de la agresividad

Varias décadas de estudios de laboratorio con modelos animales (sobre todo múridos) a los que se les lesiona o estimula diferentes áreas cerebrales, así como los datos de las repercusiones en la conducta de lesiones cerebrales en humanos, nos han permitido ir conociendo los circuitos cerebrales y las sustancias neuroquímicas implicadas en la agresión. A grandes rasgos, las áreas que parece están implicadas en la respuesta agresiva son el sistema límbico (hipotálamo, hipocampo, amígdala) y el lóbulo temporal. Mientras que las áreas del córtex orbito-frontal y fronto-medial actuarían como sistemas reguladores-inhibidores de la agresividad. Se suelen dividir dichos sistemas según la agresividad sea de tipo ofensivo o defensivo.

La agresividad ofensiva, también denominada pro-activa, se produce básicamente cuando dos individuos de la misma especie pelean por un estímulo ambiental (comida) o luchan por el territorio. Muchos estudios han encontrado que cuando a las ratas se les estimula el hipotálamo anterior lateral muestran conductas de ataque. Coherentemente, lesiones en esta región cerebral disminuyen o anulan la respuesta agresiva.

La agresividad defensiva, o reactiva, se produce como reacción ante una situación de amenaza o peligro. Los investigadores suelen diferenciar dos tipos de agresividad defensiva. Una más sumisa y otra más asertiva. Las región que parece más comprometida con este tipo de respuestas es la sustancia gris dorsomedial troncoencefálica. Se ha comprobado que diferentes sustancias pueden cambiar esta respuesta actuando directamente sobre las neuronas de esta región cerebral. La actividad de estas neuronas se puede potenciar mediante sustancias glutamatérgicas, la sustancia P, o la colecistokinina, o inhibir mediante sustancias gabaérgicas o encefalinas. Diferentes estudios apuntan a que en un mismo sujeto se pueden dar, a lo largo del desarrollo, ambos tipos de agresividad dependiendo en parte de los cambios en las situaciones del entorno.

La influencia del género y el papel de las hormonas sexuales en la agresividad

Es un dato fácilmente contrastable que el hombre presenta más conductas violentas que la mujer, tanto en las conductas heteroagresivas como en los suicidios consumados (las cifras de tentativa de suicidio son, sin embargo, más altas en la mujer que en el hombre). Ha habido un intenso debate sobre si estas diferencias se debían a factores biológicos o estaban determinadas por la cultura y el aprendizaje infantil; sin embargo, las diferencias genéticas, hormonales y cerebrales entre el hombre y la mujer tienen una repercusión indudable en las diferencias en el funcionamiento psicológico en general y en el comportamiento agresivo en particular. Desde un punto de vista evolutivo, uno de los mecanismos más importantes de la evolución es la selección sexual. La elección de pareja constituye un aspecto esencial en la aparición de nuevas modalidades génicas y el tipo de emparejamiento está estrechamente relacionado con el dimorfismo sexual. En el ser humano existe un dimorfismo menos marcado que en algunos primates (orangután) pero más acentuado que en otros (chimpancé bonobo). Se ha considerado al ser humano un «animal monógamo serial con tendencia a la poligamia». Esto nos lleva a que los sentimientos de posesividad y lucha por la hembra están acentuados en nuestra especie. Hay que recordar que una de las primeras causas de agresiones y homicidios entre humanos, después de la guerra, son los celos. Aunque éstos pueden aparecer tanto en el hombre como en la mujer, es en el hombre donde conducen con más frecuencia a lo que hoy se denomina violencia de género. En contra de lo que se pueda pensar, dicha violencia no parece que disminuya necesariamente con unos valores más igualitarios. Baste citar que Suecia, país con pocas sospechas de practicar una educación o ser una cultura machista, alcanza sin embargo las tasas más altas de homicidio conyugal.

«La manifestación más clara y devastadora de la naturaleza agresiva humana no se da en el ámbito individual sino en el colectivo»

Por otro lado, la influencia de la testosterona en la conducta agresiva está ampliamente demostrada en experimentos animales. Más difícil ha sido encontrar una relación entre los niveles de testosterona y la agresividad en humanos, aunque hay ya datos sustantivos que apoyan esta relación. En cualquier caso, no son sólo los niveles de testosterona, en un momento dado, los que marcan nuestra predisposición a la agresividad. El nivel de testosterona prenatal es esencial en la maduración cerebral e indirectamente en la predisposición a determinadas conductas, siendo particularmente importantes determinados períodos del desarrollo. El primero es el período prenatal, entre las 8 y las 24 semanas de embarazo. El siguiente es entre los cinco meses y el nacimiento. El otro punto culminante es la pubertad. Se habla de estos períodos como «activadores» porque es en estos momentos cuando el cerebro es más sensible a estos cambios hormonales. Las relaciones no son sólo con conductas agresivas sino también con el grado de empatía. Se han realizado estudios midiendo mediante amniocentesis los niveles de testosterona fetal y siguiendo posteriormente a esos niños. Los niños de entre 12 y 24 meses de edad con un nivel menor de testosterona fetal tenían un nivel más alto de contacto ocular y un vocabulario más extenso. Cuando estos niños tenían 4 años se les pasaba el test de comprobación de la comunicación infantil, que mide la sociabilidad y los intereses de cada niño; los que tenían un nivel más alto de testosterona prenatal mostraban luego menos habilidades sociales y sus intereses eran más restringidos que los de menor nivel de testosterona prenatal. Estos resultados resaltan la importancia de la testosterona en el desarrollo cerebral.

La agresión grupal

La manifestación más clara y devastadora de la naturaleza agresiva humana no se da en el ámbito individual sino en el colectivo. Las guerras entre grupos humanos han sido un marcador continuo en la conducta de nuestra especie. ¿Dónde radica el origen de esta predisposición a la agresividad entre grupos? Es imprescindible recordar, antes que nada, nuestros orígenes. Somos, sin duda, animales sociales, pero no tan sociales como lo que pueden reflejar nuestras grandes ciudades actuales. A lo largo de la historia, los homínidos hemos vivido hasta hace relativamente muy poco tiempo³ en grupos pequeños de no más de 100 individuos. La tendencia a juntarnos en grupos es una característica que compartimos con otros mamíferos. Nuestros grupos no están genéticamente organizados como los de muchos invertebrados (hormigas, abejas) ni son grupos anónimos sin vinculación (como los cardúmenes de peces); nuestros grupos se parecen a los de otros mamíferos como los lobos o los chimpancés, que están organizados jerárquicamente. Dicha jerarquía se establece en las interacciones individuales dentro de la dinámica del grupo y no genéticamente. La competición por la jerarquía social tiene su origen filogenético cuando el territorio deja de ser ostentado de forma individual para ser compartido por poblaciones de animales sociales. Desde una perspectiva etológica, la competición por el rango se materializa en el denominado comportamiento agonista ritual, normalmente consistente en conductas de intimidación específicas para cada especie (demostraciones de poder, ostentación de atributos defensivos…) estas conductas evitan, en la mayoría de los casos, el alto coste tanto para el individuo como para el grupo que podría tener un enfrentamiento directo.

«Para todo ser vivo es importante adivinar las intenciones del otro. Todos tenemos una tendencia innata a clasificar a la persona que acabamos de conocer»

Por otro lado, cabe recordar de nuevo que el primer mandamiento de todo ser vivo es sobrevivir y el mayor peligro para la supervivencia del ser humano es el ataque de un congénere. Esta necesidad de evitar la agresión intraespecie está bien ejemplificada en el miedo ante extraños que aparece en todos los niños alrededor de los 7 meses. Para todo ser vivo es importante adivinar las intenciones del otro. Pero esta necesidad se convierte, en el caso humano, en obsesión. Nuestro cerebro ha sido diseñado con múltiples y complejos sistemas para contestar a una pregunta simple: ¿ese humano que se acerca es bueno o es malo?4 La rápida identificación de un posible agresor es esencial para la supervivencia. Esta necesidad de clasificar al otro sigue estando todavía presente en nuestro cerebro, todos tenemos una tendencia innata a clasificar a la persona que acabamos de conocer normalmente mediante un sistema ultrarrápido e inconsciente. Un gesto, el tono de voz o un pequeño comentario nos lleva frecuentemente a la rápida e inequívoca conclusión de que debemos clasificar a nuestro interlocutor entre las personas no fiables. A menudo, esa conclusión la sacamos en pocos segundos y todo lo que haga el otro después sirve, en general, para confirmar nuestra hipótesis. Pero, al mismo tiempo, si la decisión es que se trata de una buena persona, tenemos una tendencia innata a establecer vínculos.

Por otro lado, la especie Homo tiene una larguísima trayectoria de cooperación y apoyo mutuo para defenderse, no sólo de los depredadores de otras especies, sino del más cruel de todos los depredadores, las tropas extrañas de su propia especie. ¿Cómo se puede explicar que sujetos sin patología psiquiátrica aparente sean capaces de cometer las mayores atrocidades si los situamos en un entorno de guerra? El punto central es que nuestra capacidad de empatía y de establecer un vínculo está mediado por al menos dos sistemas. El primero es general, por el que establecemos vínculos con aquellos organismos que sentimos biológicamente más cercanos. El segundo sistema se produce por afiliación al grupo. El animal humano que nace desprotegido precisa de continuas señales de referencia y seguridad. Las primeras señales de seguridad las obtiene de la madre y constituyen la conducta de apego. Posteriormente precisa encontrar una protección en el grupo social. Esto se inicia a los dos años con el comienzo de la socialización del niño pero alcanza un punto crítico en la adolescencia. En ese momento es cuando el sujeto termina de moldear eso que denominamos personalidad. La eclosión hormonal que se produce en la adolescencia (aumento de hormonas sexuales y de oxitocina y vasopresina, entre otras) aumentan la tendencia del adolescente a la afiliación social. En ese momento el sujeto se identifica de forma mayor o menor con el grupo. En este contexto, cuando el mensaje del grupo es «hay que defenderse de los enemigos», el cerebro tiene resortes específicos para activarse de forma automática ante esta señal de alarma. Se producen dos fenómenos interesantes. El individuo pierde importancia. Se habla en plural, y aquello que puede considerarse como de mala educación si se refiere a uno mismo, está bien visto si se refiere al grupo. Cualquiera que se atribuya virtudes o se proclame mejor que los demás es tachado rápidamente de pedante o arrogante y no suele ser bien acogido. Sin embargo, si el mismo sujeto refiere dichas alabanzas al grupo al que pertenece: «somos superiores», éstas se suelen entender como dentro de una competitividad mucho mejor tolerada (sobre todo si se expresan dentro del colectivo al que pertenece el sujeto). La historia demuestra con creces que el ser humano dispone de mecanismos para anular las respuestas empáticas hacia individuos de la propia especie cuando está en juego la supervivencia del grupo. Por supuesto que el problema es que, a menudo, esta amenaza para la supervivencia del grupo no es real sino que se trata de propaganda y manipulación para cohesionar al propio grupo. En todo caso, quiero resaltar que el ser humano es muy vulnerable a este tipo de mensajes y esto lo conocen y lo han utilizado a su favor la mayoría de los guías grupales. Pero las cosas no siempre fueron así, la situación de la agresividad intragrupal del Homo sapiens empeoró notablemente hace unos 10.000 años con el origen de eso que denominamos «civilización».

Hace 10.000 años el Homo sapiens consigue la domesticación de especies vegetales y animales. Aparece la agricultura y la ganadería, generándose el excedente alimenticio que permitió a unas sociedades, hasta entonces formadas por hordas de cazadores-recolectores y carroñeros de no más de 100 individuos, asentarse en los primeros poblados y especializarse en diversas actividades productivas. La aparición de las primeras ciudades inició una cascada de acontecimientos sociales que favoreció, entre otras cosas, la adopción de jerarquías sociales más o menos rígidas. Withen ha propuesto un esquema de la evolución de la cooperación social en los homínidos: hubo un proceso hacia el igualitarismo desde los primeros miembros del género homo hasta el hombre primitivo que se vio bruscamente interrumpido con la llegada de la civilización (ver figura 2).

«El problema social más claro es el provocado por la agresividad asociada al consumo de alcohol y drogas. Un hombre celoso que además abuse del alcohol mostrará seguramente arrebatos de agresividad asociados al consumo»

Relacionando esto con el tema que nos ocupa, la agresividad entre grupos, este cambio tuvo consecuencias devastadoras. Hasta entonces los grupos sociales estaban autorregulados por el propio tamaño del grupo. Todos los sujetos se conocían entre ellos, la estrategia del engaño o la agresión gratuita era mucho más difícil, pues una vez se daba, el que la practicaba era, en seguida, identificado y marginado. Los conflictos entre grupos también eran más limitados por el propio tamaño del grupo. Cuando los grupos sociales están formados por miles de individuos es imposible que el sujeto pueda conocer y tener información de cada uno de ellos. En este entorno cobra especial importancia la propaganda. La explosión de simbolismo y la capacidad para elaborar narraciones fue crucial en la rapidez de la evolución de nuestra especie. Permitió que la evolución cultural –la trasmisión de aprendizajes de una generación a otra– adelantara con creces la evolución biológica y facilitó la aparición de la tecnología y el dominio del entorno. Pero esas ventajas venían en el mismo paquete que importantes inconvenientes. Se desarrolló la capacidad de emitir mensajes de alarma al grupo de forma mucho más extensa y eficiente. Dichos mensajes calaban enseguida en un cerebro especialmente diseñado para ello. Lo que antes podía ser una conducta individual desadaptativa, una falsa identificación de peligros (conductas paranoides), pasaba a ser, si se transmitía con la suficiente habilidad, una conducta colectiva aprobada por el grupo (paranoidismo colectivo). La civilización trajo consigo la posibilidad de manipulación del instinto de supervivencia grupal.

Este problema se ha visto incrementado con la revolución industrial y tecnológica en los últimos dos siglos (ver tabla 2). Nos referimos, sobre todo, al avance espectacular en los sistemas de comunicación. Siguiendo a K. J. Gergen, hay dos etapas de cambios tecnológicos en los sistemas de comunicación en el siglo xx. La primera etapa la denomina «cambios de bajo nivel»: el ferrocarril, correos, el automóvil, el teléfono, la radiodifusión y el cine. En la segunda aparecen los llamados «cambios de alto nivel»: el avión, la televisión, el vídeo, Internet, el teléfono móvil y los sistemas satélite de comunicación. Si el lenguaje constituía la aparición de un segundo sistema de señales que favorecía la aparición de alarmas imaginarias, los actuales sistemas de comunicación multiplican exponencialmente las formas en que se puede extender y difundir las alarmas en la sociedad. La rapidez y la tremenda difusión de los medios actuales de comunicación hacen que las posibilidades de ese «contagio de la alarma» sean hoy mucho más claras que nunca.

Sociedades primitivas Sociedades civilizadas en la actualitat
10-100 individuos Millones de individuos
Identidad y sensación de pertenencia al grupo Identidad y sensación de pertenencia a símbolos
No jerarquía Fuerte jerarquía
Cooperación, lazos sociales fuertes Cooperación selectiva
Fuerte competitividad
Lazos familiares fuertes Lazos familiares cada vez más débiles
Relaciones directas reales Aislamiento social
Relaciones virtuales cada vez más frecuentes
Transmisión de peligros próximos vía oral directa Transmisión de peligros por medios de comunicación
Multiplicación de las señales de alarma social

Tabla 2. Algunas de las principales características diferenciales entre las sociedades primitivas y las sociedades civilizadas actuales. La disminución de los vínculos estables, el aumento de la posibilidad de señales de alarma,  el enorme aumento de la jerarquía social y de la competitividad individual, pueden ser factores de riesgo que potencien el aumento de las conductas agresivas.

Patologías agresivas

Hasta aquí hemos planteado la agresión como una respuesta emocional básica que puede ser modulada por influencias tanto biológicas como ambientales. Pero, ¿cuándo debemos entender la agresión como patológica? Partiendo de que la agresión es un fenómeno multidimensional imposible de encasillar dentro de una patología especifica, sí que podemos, al menos, repasar algunas patologías donde la agresión puede ser particularmente frecuente.

Trastornos psiquiátricos Tipo de agresividad más frecuente Posibles mecanismos implicados
Lesiones cerebrales, enfermedades degenerativas (demencia: Alzheimer, Pick) –Episodios autolimitados de irritabilidad
– Sin consciencia de enfermedad
– Destrucción de los sistemas frontales de control e inhibición de impulsos
Trastornos psicóticos
Esquizofrenia
– Agresión defensiva a personas que ven como supuestas amenazas –Alteración de los sistemas que controlan la percepción de la realidad y la consciencia
Trastorno de control de impulsos – Arranques de cólera episódicos
– Sí que tienen consciencia de enfermedad
– Disfunción crónica de los mecanismos de control de impulsos (sin base cerebral reconocida)
Abuso de alcohol o de drogas – Arranques de cólera asociados solamente al momento de consumo – IInhibición de los mecanismos de control
Trastorno de personalidad antisocial – Conductas repetidas de agresión, ausencia de empatía – Posible disfunción en el lóbulo frontal (no suficientemente probada)

Tabla 3. Trastornos psiquiátricos más frecuentemente asociados a conductas agresivas.

Las reacciones agresivas pueden aparecer por lesiones en las regiones cerebrales encargadas del control de la impulsividad o por una anormal activación de regiones implicadas en esta respuesta. Un dato clínico fácilmente contrastable es que hasta el 70% de los pacientes con daño cerebral en el lóbulo frontal o temporal presentan conductas agresivas anómalas. Éstas son particularmente frecuentes en pacientes con epilepsia del lóbulo temporal o demencias que afecten al lóbulo frontal (Alzheimer, Pick). También quedó bien demostrado por estudios en presos por homicidio premeditado: hasta un 60% tenían antecedentes de haber sufrido un traumatismo cerebral.

Figura 2. Evolución de la jerarquía social a lo largo del tiempo. La primera etapa (A) representa el alto grado de jerarquía que caracteriza las sociedades de la mayoría de los primates actuales desde hace millones de años. La flecha 1 muestra el inicio de un largo proceso que va desde dichas sociedades hasta las sociedades primitivas del Homo sapiens muy poco jerarquizadas (B). La flecha 2 es el punto de inflexión que apareció hace 10.000 años con el origen de la agricultura y las ciudades que condujo de forma brusca a la situación actual (C) en la que volvemos, por presión cultural y en contra de nuestra evolución biológica, a una sociedad jerarquizada. / Tomado de Whiten, 1999 con  modificaciones

Un tema particularmente polémico es la agresividad que presentan los pacientes con esquizofrenia. Es particularmente polémico porque cuando aparece en los medios de comunicación la noticia de un crimen cometido por un esquizofrénico suele tener una gran repercusión mediática, mucho mayor que si el crimen lo lleva a cabo un delincuente «común», lo que favorece el estigma de la enfermedad mental. En muchos casos esta reacción de agresividad tiene que ver con una interpretación errónea de las señales de comunicación interpersonal por parte de los pacientes. El miedo al otro genera una sobre­interpretación de mensajes de amenaza que se suelen elaborar posteriormente en lo que psiquiátricamente se denomina un delirio paranoide estructurado. En muchas ocasiones el paciente vive con el miedo o se recluye. En otras, pasa a una actitud de ataque que es en realidad una defensa ante la amenaza que siente. Las conductas agresivas de los pacientes psicóticos pueden aparecer también como cumplimiento de órdenes que reciben de sus voces interiores. Las alucinaciones auditivas suelen ser voces que se dirigen frecuentemente de forma intimidatoria al sujeto, que no las identifica como propias, y en ocasiones se siente forzado a llevar a cabo sus órdenes. En conjunto, pese a que esto pueda contribuir al estigma, es indudable que el padecer una psicosis aumenta el riesgo de conductas violentas y que éstas aparecen entre un 7 y un 25% de los casos.

La agresividad es también uno de los síntomas cardinales del trastorno por control de impulsos. En estos sujetos no se identifica otro tipo de desorden mental sino sencillamente una dificultad para controlar los arrebatos de cólera. También es frecuente (hasta en un 75%) las conductas agresivas en el trastorno de estrés postraumático. Quizás el problema social más claro es el provocado por la agresividad asociada al consumo de alcohol y drogas. Muchas drogas, y en particular el alcohol, provocan una disminución del control y la regulación emocional induciendo, en sujetos predispuestos, la aparición de conductas agresivas normalmente inhibidas. Muchas de las causas de la conducta agresiva, como los celos, ven multiplicado su efecto debido al consumo de alcohol. Un hombre muy celoso tiene un claro aumento de la probabilidad de conductas agresivas. Un hombre celoso que además abusa de alcohol es prácticamente seguro que va a mostrar arrebatos de agresividad asociados al consumo.

Por fin, aquellos sujetos con dificultad de empatía y proclives a mostrar conductas agresivas solemos encuadrarlos en lo que tradicionalmente se ha denominado psicópatas y en la actualidad calificamos de trastorno de personalidad antisocial. No todos los psicópatas acaban en prisión. Hay que resaltar que la combinación de psicopatía con la inteligencia maquiavélica suele ser una fórmula de bastante éxito siendo esto particularmente cierto en el entorno político y económico. Estos individuos conforman la tipología denominada «psicópatas con éxito» que a menudo no son identificados como peligrosos por el grupo. Es este un último ejemplo donde los límites entre la conducta agresiva normal y patológica se tornan difusos.

1. Es interesante señalar que algunas áreas cerebrales encargadas de la respuesta emocional (como la amígdala o el septo) han sufrido un aumento relativo espectacular en la especie humana en relación con el chimpancé. (Volver al texto)
2. En contra de lo que pueda parecer, los animales depredadores carnívoros no tienen la exclusividad de las conductas agresivas intraespecíficas. Baste recordar que los toros o los gallos son símbolos claros de combatividad y agresividad. (Volver al texto)
3. El origen de la civilización y de lo que llamamos historia se produce hace 10.000 años, lo que en términos evolutivos es un tiempo comparativamente insignificante. (Volver al texto)
4. Muchas investigaciones neurofisiológicas han demostrado que el cerebro humano dispone de áreas de la corteza cerebral dedicadas exclusivamente a la decodificación de señales intraespecíficas de nuestra especie, como las caras o las voces humanas. (Volver al texto)

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Agradecimientos. Quiero agradecer a la profesora Rosa de Frutos los comentarios críticos en la lectura del primer borrador de este artículo.

© Mètode 2006 - 50. Una historia de violencia - Disponible solo en versión digital. Verano 2006

Profesor titular de Psiquiatría, Facultat de Medicina, Universitat de València.