El futuro de la comunicación ambiental

La comunicación humana ni ve ni clarifica. No ve, porque entre la naturaleza y la conciencia se ha estratificado una dura capa de presiones y sometimientos. No clarifica, porque la posible luz alcanzada se pierde en objetos sin sustancia, en la amorfa materia de las realidades inconsistentes.
Emilio Lledó

Como no podía ser de otra forma, ya que es foco en el espejo y por tanto reflejo de todo lo demás, buena parte de lo relacionado con la comunicación es, hoy, poco más que tinieblas. Y si pretendemos que sea la información ambiental lo que ilumine el panorama, la norma es algo muy cercano a la oscuridad. Lo mismo cabría afirmar sobre cualquier otra de las vertientes por las que buscamos no despeñarnos del todo. Me refiero, por supuesto, a la investigación, economía sostenible, educación, arquitectura y cualquiera de los sectores realmente productivos, es decir, los primarios. Si algo está claro es que nada está claro. Ni siquiera las consecuencias reales de las tramas de comunicación, individuales y domésticas, que en un primer momento nos anunciaron como máximos de libertad, conocimientos e interacción.

Por ampliar la idea con un juego de palabras, que me parece imprescindible, cabría afirmar que el medio no está en los medios y mucho menos en medio de los medios, que sería la mejor forma de que el crucial tema –nada menos que el de la continuidad de la vida– mediara/comunicara en y para el objetivo de desactivar la agresión que sufre la vivacidad del planeta.

Lo hasta aquí afirmado no pretende olvidar que también, por fortuna, arden unos pocos candiles en medio de tanta noche y que con ellos desde luego pretendemos orientar y orientarnos.

¿Rumbo?

Por supuesto hacia la visibilidad y la claridad que se consiguen, ambas, con transparencia. En cualquier caso, alejo desde siempre cualquier pretensión de monopolizar nada.

«Lo que necesariamente debe aflorar en los medios más generalistas es la figura de la opinión bien documentada de alguien que comente la actualidad desde las premisas del pensamiento ecológico»

La terapia no puede pasar por los mismos modos y maneras que la enfermedad. Todo lo que no sea garantizar la continuidad de las diferencias alcanza el mismo potencial de destrucción que el actual sistema energético-económico, que obviamente resulta centrípeto, acaparador y unidireccional. De ahí que las opciones más cercanas al recién llegado pensamiento ecológico deban incluir siempre a la multiplicidad como primer principio. Y ya que estamos en lo que considero el comienzo, el segundo paso sería el de seguir con una reorganización profunda de las prioridades. Entre las que destaca precisamente la comunicación. Más cerca de la clonación que de la diversificación. Más instrumento de control que de la emancipación y, por supuesto, más cerca del mercado que de las personas. Un servicio que nos pone a su servicio. Pero sobre todo que no clarifica por el permanente despropósito de darle doble o triple sentido a las palabras con catástrofes tan manifiestas como el hecho de que la mayor parte de los términos fundamentales de la ecología y del pensamiento que acompaña a las propuestas de respeto hacia lo demás sean usadas precisamente para proceder a todo lo contrario de lo que dicen. La recuperación del verdadero sentido de las palabras, de una comunicación destrozada fundamentalmente por el uso político/mercantilista de las mismas. Pero como cerca del 80% de lo que llena los medios está relacionado con los poderes públicos, la publicidad y el deporte, parece que son pocas las oportunidades para que los medios lo sean y no fines en sí mismos.

«Precisamente, el ataque masivo de los medios de información sobre la conciencia individual nunca ha sido tan grande, pero nunca, como ahora, a pesar de las facilidades técnicas para expresarse, ha estado el hombre tan silencioso y tan inerme. El análisis científico del lenguaje, en todas sus manifestaciones y usos, será un elemento esencial en la cultura del presente y de un largo futuro. Tal vez, la única defensa contra la barbarie.» Otra reflexión del excelente Emilio Lledó que también estimó como esencial de cara no solo al futuro de la información ambiental sino para cualquiera de los futuros. Es decir, la recuperación y mejora de los sentidos de las palabras, la honestidad en el uso del lenguaje, debe garantizar el futuro de la comprensión de lo que hacemos, dónde estamos, lo que usamos y sus consecuencias.

No creo indemostrable, sino todo lo contrario, el que, cuanto más crucial es algo, tanto más lejos está de la consideración que debería alcanzar a través precisamente de los medios que ayudan, más que ningún otro sistema, a la creación de criterios. Lo insignificante ciertamente ha ocupado el lugar de lo esencial y se trata, una vez más, de recuperar el sensato orden. Acaso por eso mismo cuando se plantea cualquiera de las facetas del desarrollo humano sin menoscabo natural, es decir, lo vivaz, lo primero que debemos acometer es convertir la anécdota de la actualidad en la fecunda prolongación hacia las raíces, por tanto la contemplación y la información de los ciclos y los procesos. Ecologizar la comunicación, en uno más de los posibles usos de la biomímesis, debe ser el objetivo a alcanzar en un inmediato futuro. Con beneficios sustanciales añadidos como la posibilidad imprescindible de que no sea el suceso –en el 90% de los casos, catastrófico– lo dominante, sino la explicación, la sosegada interpretación de los motivos que llevan a lo hecho y no menos a las consecuencias.

Por fortuna contamos con dos escenarios que en una medida muy concreta, y por tanto no generalizada, escapan al nada estimulante momento. Y plantean un claro mejor provenir de la comunicación ambiental. Me refiero a la producción de energía y de alimentos. Ambos cuentan, en efecto, con una primera rectificación, acaso sea mejor, alternativa. En ambos casos podemos confiar en verdaderas apuestas a largo y contundente plazo y además con experiencias acreditadas, tanto por la cantidad como por la calidad de los resultados obtenidos. Y que conste que, en los escenarios de lo ecológico, cualquier aspecto que rebase el uno por cien de la oferta en una determinada faceta de los abastecimientos básicos es todo un motivo de esperanza.

El «tenían razón», pronunciado por nuestro presidente de gobierno en la antesala de la cumbre de Copenhague, solo unas horas antes de que se consolidara el enésimo fracaso, puede darnos una primera pista de cómo irán muchos de los temas tratados por los informadores ambientales en los próximos lustros. Pero también cabe casi todo lo contrario. No se trata de tener razón sino de rectificar con la ayuda de un tratamiento más riguroso, cercano a las personas, común por tanto, ejemplarizado por algunos.

En cualquier caso, poniéndonos en una de las más plausibles situaciones, la que supone un deterioro muy severo del derredor, solo cabe anticipar que todo tenderá hacia parámetros muy diferentes a los que ahora mismo manejamos. Amantes como son los medios de la tragedia, en absoluto cabe imaginar que si arrecian las derivadas del empeoramiento de la vivacidad del planeta no lleguemos a contemplar un sustancial incremento en lo que a noticias se refiere. Que siempre será insuficiente si pretendemos, como tantos hacemos ya, que lo ambiental en los medios sea herramienta para cambios de modelos y conductas.

De todas formas, lo que necesariamente debe aflorar en los medios más generalistas es la figura de la opinión bien documentada de alguien que comente la actualidad, pero sobre todo los programas y proyectos desde las premisas del pensamiento ecológico. El analista o comentarista de opinión ecológico debe acabar no solo apareciendo sino consolidándose. Apenas cabe una mejor forma de no equivocar la dirección si se conocen, con el mayor detalle posible, las consecuencias de transitar por un determinado lugar. Ser conscientes de las consecuencias o, como mínimo, ser capaces de minimizar los efectos negativos de las mismas desde antes de que se presenten en el escenario es algo que brilla por su ausencia.

La divulgación científica de calidad ha mejorado, sin duda. De hecho, es uno de esos pequeños candiles en la noche que alivian y clarifican. Lo que permite aspirar a que se incremente todo lo relacionado con estos. Desde la frecuencia a la intensidad y, aún más, a la calidad. Se les escapa todavía a los directores de los medios que, por primera vez, en la historia de la comunicación a través de sistemas masivos hay un tipo de vulgarización de los conocimientos que queda emparentada, por más de un eslabón, a la sociedad en su conjunto y, por tanto a la vida cotidiana con la catarata de propuestas de comportamientos ligados con la salud personal, invariablemente ligados a las del ambiente. Es decir, que están lla­mados a una de las alianzas estratégicas más necesarias en el inmediato futuro: la que se dará entre las ciencias de la vida y las de la salud humana.

Por otro lado también cabe vislumbrar un incremento de las informaciones, debates, comentarios sobre todo el conjunto de tecnologías que nos permitan el cambio de modelo energético y que en no poca medida van a ser del dominio privado. Identificar para implicarse, en suma.

Estamos, en cualquier caso, ante el desafío más intenso de nuestra propia historia, entre otros motivos por habernos querido fuera de la vida. De ahí que, para los cambios de modelo social, sea imprescindible tener un ingente conjunto de conocimientos, de teorías para modificar las prácticas. De ahí también que los medios, y sobre todo la información ambiental, tienen que abrir la posibilidad de que, en un esperemos cercano futuro, caminemos hacia la transparencia transmitiendo que lo esencial es la vivacidad. Esa de la que ya vivimos, pero con la que se trata además de convivir. Algo inalcanzable sin reforzar antes el papel que los medios de comunicación nunca debieron de abandonar: el educativo.

© Mètode 2011 - 66. Onda verde - Número 66. Verano 2010

Naturalista, escritor y periodista.