Los males de la ciencia en tiempo de COVID-19

Foto: Mikel Mtz. de Trespuentes. UPV/EHU

En una crisis como la provocada por la COVID-19, tanto el público, en general, como las autoridades, en particular, quieren soluciones y, si no son posibles hoy, demandan, al menos, alguna certeza a la que agarrarse. Sin embargo, el conocimiento científico tiene dos rasgos que se oponen a esas pretensiones. Por un lado, es contingente, lo que quiere decir que no es posible anticipar qué conocimiento producirá la investigación e, incluso si fuese posible, no se podría saber cuándo se produciría. Lo anterior se traduce, hoy, en que no sabemos si habrá vacunas o tratamientos eficaces y, de haberlos, cuándo los habrá. Por otro lado, el conocimiento científico tiene carácter provisional; los modelos con los que representamos los fenómenos que observamos pueden ser –y, de hecho, son– sustituidos por modelos mejores conforme contamos con más y mejores observaciones. El problema es que ese carácter provisional genera desconfianza en los profanos. De nada sirve que esas “debilidades” sean, precisamente, los rasgos que hacen de la ciencia un instrumento tan poderoso. Al ser contingente, es capaz de sorprendernos con hallazgos revolucionarios. Y, al ser provisional, se autocorrige y, por lo tanto, no deja de progresar.

«Lo que pueden parecer debilidades son, en realidad, los rasgos que permiten el progreso del conocimiento científico y su carácter disruptivo»

A esas «debilidades» intrínsecas, hay que añadir los males que, aunque propios de la ciencia, se agudizan en una situación de emergencia como la actual. El sistema de publicaciones lleva siendo desde hace años fuente de problemas. Al operar en régimen cuasimonopolístico, parasita los presupuestos públicos para la investigación y resulta muy oneroso para las administraciones, que son las que, precisamente, financian en una mayor medida las actividades que permiten obtener los resultados que lo alimentan. En condiciones normales es un sistema lento, pues así lo exige el procedimiento de revisión y aceptación de los informes, y esa lentitud constituye una cierta rémora, pues retrasa la publicación de resultados que pueden tener mucho interés. Pero el problema se ha agudizado sobremanera en la actual crisis sanitaria, pues la lentitud se ha acentuado, al aumentar de forma espectacular el número de artículos que se envían a las revistas para su publicación. Pues bien, esa lentitud tiene graves consecuencias. Las tiene, por un lado, al retrasar demasiado la publicación de conocimiento potencialmente valioso para hacer frente a la enfermedad. Y por el otro, porque los informes, ya sea en forma de artículos aceptados, ya de preprints depositados en repositorios, circulan sin mediación cualificada hacia el público, sin que haya habido ocasión de ser examinados críticamente por parte de la comunidad de especialistas en la disciplina. Estos problemas alimentan la difusión de nociones erróneas, peligrosas en ocasiones.

No debemos tomar estos males como si de meteoros atmosféricos se tratase. Al contrario, las disfunciones del sistema de publicaciones son obstáculos a superar y, por lo tanto, una situación crítica como la que vivimos debería servir de estímulo para transitar hacia un sistema sin las servidumbres del actual. Las instituciones tienen mucho que decir al respecto.

Y, por otro lado, quienes nos dedicamos a la creación y difusión de conocimiento debemos hacer uso inteligente de su carácter contingente y provisional, para promover la idea de que lo que pueden parecer debilidades son, en realidad, los rasgos que permiten el progreso del conocimiento científico y su carácter disruptivo; que en ellos, precisamente, radica su gran fortaleza.

© Mètode 2020 - 106. Bueno para comer - Volumen 3 (2020)

Catedrático de Fisiología y director de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU).