«Smart»

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Años atrás, yo quería un teléfono, pero tuve que comprar una PDA. Cuando tuve que cambiarla, el vendedor se echó a reír: «Querrá decir un smartphone, ¡hombre de Dios…!» Tan solo quería llamar por teléfono, pero tuve que comprar un aparato que hacía de todo. Confieso que va muy bien, aunque la mitad de sus capacidades se sitúen fuera de mis intereses. La cuestión es: ¿por qué calificamos de smart este chisme tan práctico?

Smart significa “inteligente”. Mi cacharro no lo es. Polifacético y rápido, sí; inteligente, en absoluto. Domina muchas rutinas y ningún razonamiento. Eso no es inteligencia. Lo mismo podría decirse de muchas medias-virtudes que prevalecen entre los ejecutivos fashion que se enseñorean de nuestros destinos. Les da seguridad el amplio alcance de su ignorancia. Enternece verlos explicar la crisis que no entienden. Y que han causado ellos, encima. Nos explican las consecuencias de su estulticia pensando que así iluminan nuestras vidas. Toquetean artilugios smart de última generación, convencidos de que nos deslumbran tocando sus teclas virtuales. Más bien dan angustia.

Además de smartphones, también existen las smart cities. Nadie ha visto nunca ninguna, pero haberlas, haylas. Yo mismo he participado en congresos que se ocupaban del tema. He expuesto un montón de dudas, que han sido aplaudidas (pero no resueltas) por otros ponentes que no tenían ninguna (duda). Todos hemos llegado a los correspondientes Palacios de Especulaciones atravesando las correspondientes crazy cities del mundo real, pero nos hemos explicado entre nosotros maravillas imaginarias de urbes inexistentes. Nuestros smartphones y sus pirifláuticas aplicaciones malabares nos han ayudado a hacer presentaciones en realidad aumentada sobre verdades disminuidas. Si en lugar de gestualmente smarts tratásemos de ser efectivamente inteligentes, la cosa mejoraría. Los sensores, las redes, los procesadores y las nubes cibernéticas nos ofrecen un fascinante abanico de posibilidades, pero solo si sabemos dónde queremos ir. No hay nada más fácil y ridículo que perderse con un GPS entre los dedos. Cuanto más potente es el instrumento, más vigorosa tiene que ser la mano. 

Con buen sentido, empieza a difundirse la idea de la easy city. Que la ciudad sea smart de pandereta o smart de verdad de la buena tiene una importancia relativa. Que propenda a convertirse en easy o friendly sí que es importante. Todo eso también se puede decir en castellano, naturalmente, pero pierde encanto: pudiendo ser friendly, ¿quién tiene ganas de ser «amable»? Los términos ingleses inspiran confianza, además de conferir prestigio. Son más cool, claro. «Si nos entienden cuando hablamos, ¿cómo mantendremos nuestra autoridad?», decía hace años un catedrático de la Complutense.

El caso es que la ciudad amable está a nuestro alcance, si sabemos proyectarla. Las nuevas herramientas nos ayudan a hacerlo, que es lo contrario de ahorrarnos el hacerlo. La distinción es capital. Smart, o easy, o lo que sea, no quiere decir automático. La amabilidad urbana resulta de un proyecto inteligente perseverantemente ejecutado, no de un automatismo reflejo. Fijémosnos en la energía. Proliferan los sistemas energéticos monitorizados y telemedidos que arrojan incesantemente información sin desencadenar ninguna medida correctora. Informan, pero no saben. O no saben saber, que es peor. Son lucecitas que se encienden y se apagan, nada más. Están al corriente de lo que pasa, no son nada inteligentes. Y amables, mucho menos aún, claro. 

El futuro aspira a la amabilidad. O a la amigabilidad, da igual. En ciudades, teléfonos y relaciones humanas. ¿Se acuerdan de Maxwell Smart, aquel divertido detective incompetente, cargado de gadgets, que hacía reír a los televidentes de los años sesenta y setenta? Pues eso.

Ramon Folch. Doctor en Biología, socioecólogo, presidente de ERF.
© Mètode 78, Verano 2013.

 

111-78Anna Sanchis

 

«Si en lugar de gestualmente ‘smarts’ tratásemos de ser efectivamente inteligentes, la cosa mejoraría»

© Mètode 2013 - 78. La luz de la evolución - Verano 2013

Doctor en Biología, socioecólogo y presidente de ERF, Barcelona.