Zaratustra

Ilustración: Anna Sanchis

Para los griegos clásicos, el orden natural emanaba de una épica creación basada en la lucha. Lo explica la Teogonía de Hesíodo (siglo VII aC), con el triunfo de Zeus sobre el caos de los titanes primigenios. Por contra, el mazdeísmo predicado por el profeta persa Zaratustra o Zoroastro (siglo X aC) sostenía que el dios supremo y eterno Ahura Mazda creó amorosamente todas las criaturas. Es decir, una benigna creación basada en la generosidad divina. El judaísmo, et pour cause el cristianismo, bebieron de esta doctrina, es evidente. Nuestro mito de origen, pues, es más zoroástrico que hesiódico.

De aquí el acierto de Stanley Kubrick al recurrir al poema sinfónico de Richard Strauss Así habló Zaratustra (1896) como fondo musical para abrir su filme 2001: Odisea del espacio (1968). Este inicio sonoro acompañando la secuencia de un primate lanzando al aire un hueso como primera herramienta y, por tanto, estrenando el Antropoceno, se convirtió en icónico. Medio siglo después, 2001 queda atrás sin que hayamos llegado al futuro imaginado por la película, con el ordenador Hall sublevado, pero la inteligencia artificial ha hecho grandes progresos y nos movemos por el sistema solar con una cierta desenvoltura. La de Kubrick fue una gran película de ciencia ficción.

La ciencia ficción es un género muy interesante, aunque a menudo desnaturalizado. Nació en el siglo xix, con obras que ya son clásicas, como Frankenstein (1818) de Mary Shelley, algunas de las novelas de Julio Verne o El extraño caso de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde (1886) de Robert L. Stevenson. En 1938, una emisión radiofónica de Orson Welles sobre una supuesta invasión de la Tie­rra por parte de los marcianos –adaptación de la novela de Herbert G. Wells La guerra de los mundos (1898)–, provocó pánico generalizado en los Estados Unidos y propició la saga de filmes sobre extraterrestres. La solvencia científica de estos productos era débil, o inexistente, pero consiguieron una gran popularidad. Epistemológicamente hablando, llama la atención que exhiban mucha más fantasía novelesca que imaginación científica. Más que situaciones científicamente estimulantes o soluciones tecnológicas innovadoras, suelen presentar delirios literarios sobre realidades tecnocientíficas ya conocidas. En la película de Richard Fleischer Viaje fantástico (1966), discreta adaptación cinematográfica de la novela homónima de Isaac Asimov, unos humanos reducidos a tamaño microscópico son capaces de circular por el torrente sanguíneo de una persona, pero hacen operaciones matemáticas con una troglodítica regla de cálculo, sin siquiera intuir el rol futuro de la entonces ya incipiente informática. En rigor, todas estas fantasías no son ciencia ficción, sino ficción pseudocientífica.

«No sabemos qué nos deparará la ciencia del futuro, pero sí que constatamos la resiliencia de los conceptos acientíficos del pasado»

La dificultad de estos productos para moverse en la diacronía también llama la atención. Ante esperpénticos alienígenas avanzadísimos –y asombrosamente antropomorfos–, exhiben tecnología «moderna» que medio siglo después hace morir de risa. Presuponen que su presente es el punto álgido de la historia, sin darse cuenta de su ineluctable obsolescencia inmediata. Y es que, a partir del presente de uno mismo, cuesta imaginar el presente «de los otros» y, aún más, nuestro propio futuro. Por eso la ciencia ficción resulta más convincente cuando no abandona la sincronía y, por ejemplo, se inventa monstruos de Frankenstein o señores Hyde como némesis de doctores Jekyll. Sin embargo, la electricidad metalúrgica del doctor Frankenstein o la farmacopea casi alquímica del doctor Jekyll en sus laboratorios de hace un siglo nos provocan ahora más risas que admiración.

No sabemos qué nos deparará la ciencia del futuro, pero sí que constatamos la resiliencia de los conceptos acientíficos del pasado. Medio siglo después de la metáfora futurista de Kubrick, pervive el creacionismo mítico de Zaratustra, que continúa siendo el norte cosmogónico de algunos. Desconcertante: eso sí que parece ciencia ficción…

© Mètode 2019 - 100. Los retos de la ciencia - Volumen I (2019)

Doctor en Biología, socioecólogo y presidente de ERF, Barcelona.