‘Steamboy’ y la filosofía de la ciencia

steamboy

En Occidente tenemos una idea sobre el cine de animación que está muy influida por la obra de Walt Disney. El esquema de las películas clásicas de animación norteamericanas se basa en historias orientadas al público infantil, con tramas lineales protagonizadas por unos buenos muy buenos que se oponen a unos malos muy malos y una duración de los films que no suele pasar de los noventa minutos. En Japón, la tradición de cine de animación (el anime) es muy diferente. Tramas complicadas que no está claro si van dirigidas a un público infantil o adulto y personajes ambiguos. El cine de animación oriental incluso se puede permitir el lujo de hacer un film que especula sobre la filosofía de la ciencia.

El film en cuestión es Steamboy (2004), dirigido por Katsuhiro Otomo, autor de la aclamadísima Akira. La obra pertenece al género steampunk, ciencia ficción especulativa que se basa en imaginar una tecnología de la primera revolución industrial, pero muy desarrollada. Las historias suelen estar ambientadas en la Inglaterra victoriana, en un tipo de retrofuturismo anacrónico. Dentro de este estilo, en castellano encontramos autores como Félix J. Palma, o la novela de Miguel Ángel Delgado, Tesla y la conspiración de la luz. La estética es la del siglo XIX, pero con máquinas de vapor, engranajes y pistones futuristas. Aquí encontraríamos cómics como La liga de los hombres extraordinarios o la película que nos ocupa.

«El cine de animación oriental se puede permitir el lujo de hacer un film que especula sobre la filosofía de la ciencia»

El protagonista es un niño de trece años de Manchester, Ray Steam, hijo y nieto de científicos que trabajan en los Estados Unidos, en la Fundación O’Hara, investigando en nuevas tecnologías. Un día, Ray recibe un regalo del abuelo, la esfera de vapor –una bola que, gracias a condensar vapor puro, es capaz de liberar gran cantidad de energía–, y quiere evitar que caiga en malas manos. Por otro lado, encontramos a Eddy Steam, el padre de Ray, que se suponía que había muerto en un accidente laboral, pero realmente estaba llevando a cabo una investigación secreta para convertir la esfera de vapor en un arma de guerra. En una impagable escena final en medio de una pelea, los protagonistas ponen en marcha una discusión sobre la finalidad de la ciencia. Nieto y abuelo sostienen que la ciencia tiene que ser una actividad altruista y que siempre tiene que usarse en beneficio de la humanidad, mientras que el otro, que es un instrumento de poder. No destriparé el final, pero es fácil de adivinar.

Y en la realidad… ¿la ciencia es altruista o no? Yo creo que las dos posturas son compatibles. Siempre habrá investigación aplicada y ciencia básica, de la cual a menudo se extraen aplicaciones que no estaban previstas. También habrá investigación militar, cuya finalidad no es precisamente beneficiar a la humanidad, o investigación llevada a cabo por departamentos de I+D de empresas que tiene como objetivo rentabilizar la inversión, y todo esto puede convivir con la investigación pública, que se pone a disposición de la gente en forma de artículos de investigación. Quizás yo peque de idealista y piense que, aunque hablemos de investigación privada, o incluso militar, siempre se pueden derivar aplicaciones que beneficien a todo el mundo. Muchas aplicaciones desarrolladas originalmente con finalidad militar han acabado teniendo usos pacíficos, como por ejemplo el radar o internet. Incluso algunas más sofisticadas, como por ejemplo emplear un rayo láser para corregir la distorsión de la atmósfera en las observaciones astronómicas, lo que es una derivación de un sistema que empleaban los satélites militares. Por tanto, yo continuaré defendiendo la investigación pública, pero continuemos investigando todos, de forma pública o privada. Al final, la ciencia aplicada no es más que lo que sirve para hacernos la vida más fácil y la ciencia básica, la que hace que conozcamos mejor todo lo que hay a nuestro alrededor.

© Mètode 2020 - 105. Estándares - Volumen 2 (2020)
Profesor titular de Biotecnología de la Universidad Politécnica de Valencia. Investigador en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas (CSIC-UPV).