La ciencia pierde prestigio

Ilustración de Moisés Mahiques

Hace unos días la guionista de un programa de radio me escribió preguntando si querría comentar en antena un estudio científico según el cual practicar sexo oral reducía el riesgo de cáncer. Le respondí algo así como «no, pero si quieres os hablo de cómo se está banalizando la palabra ciencia en algunos medios digitales que si no existieran nadie echaría en falta». Dos días después, tomando café con una amiga psicóloga, esta me dijo que, en su opinión, la ciencia estaba perdiendo credibilidad. Nos llegan tantos artículos científicos por un lado y por otro, algunos llenos de chorradas y otros incluso contradictorios entre sí, que la gente empieza a tomarse menos en serio eso de la ciencia.

Esa misma semana, durante una entrevista en una radio de gran audiencia, empecé una frase con la expresión «Hay estudios que dicen que…» y un contertulio nada versado en ciencia me cortó diciendo que esa frase estaba tan manida que ya no significaba nada. Le dije: «¿Pues sabes qué? Por desgracia, tienes toda la razón del mundo.» El estudio que yo le iba a comentar, como seguro todos los que citáis vosotros, lectores de Mètode o miembros de comunidades cientificofílicas varias, era en realidad muy riguroso. Pero no nos engañemos, esto no es lo que suele llegar al público amplio por las redes sociales. Ahí lo que se impone son titulares llamativos y exagerados, posibilitados por la falta de filtro de ciertos editores más preocupados por la viralidad que la veracidad. Y es un fastidio, porque la ciencia buena de verdad ofrece resultados y reflexiones espectaculares, en ocasiones más sorprendentes e impactantes que los distorsionados pero que, con todo este ruido de fondo que se está creando alrededor de la ciencia, llegan a descolocar y dejarnos con la duda de si son fiables o si se trata de otra noticia sensacionalista.

«La ciencia buena de verdad ofrece resultados y reflexiones espectaculares, pero que, con todo este ruido de fondo que se está creando, llegan a descolocar y dejarnos con la duda de si son fiables o si se trata de otra noticia sensacionalista»

¿Cómo puede el lector u oyente distinguirlos? Pedirle que se fije en matices metodológicos o el índice de impacto de la revista citada es exigir demasiado. Lo único que nos queda –aunque diste de ser lo mejor– es el prestigio de la fuente. Si sale en Materia estará bien, si lo publica I fucking love science, no necesariamente. Incluso dentro de un mismo periódico, unas secciones son fiables mientras que otras por el contrario confunden ciencia excelente con la pseudociencia más grotesca.

A ver, estamos en un momento de creciente interés por la ciencia; a mí me encanta que la gente incorpore a sus conversaciones términos como «supercuerdas» o «epigenética» aunque sea con imprecisiones, y debemos estar satisfechos de que cada vez haya más espacios en medios y buenos divulgadores comunicando ciencia en cualquier formato posible. Pero sí percibo el riesgo de llegar a saturar, despistar o banalizar demasiado y generar una especie de frivolidad que puede llegar a perjudicar la imagen social de la ciencia. Achacarlo solo a la mediocridad de ciertos medios es simplista. Algunas veces se divulgan estudios científicos inventados, pero en muchas otras, como el caso del sexo oral y el cáncer, algún investigador científico mediocre lo ha publicado en una revista académica mediocre y una agencia mediocre lo habrá distribuido. De hecho, si nos ponemos el traje de periodistas científicos serios, quizás la posible pérdida de prestigio y respeto por la ciencia es bien merecida. Hay demasiada ciencia mala, y deberíamos ser más críticos con ella que con las pseudociencias. El campo de la nutrición es quizás de los más merecidamente castigados, pues con clarísimos conflictos de interés, saturación de estudios flojísimos, gabinetes de prensa que hacen marketing en lugar de comunicación y la dieta mediterránea desvirtuada científicamente para defender la cerveza, el jamón, o hasta las tapas, muchos estudios confunden más que informan. Yo opino que cada vez más nuestra labor como periodistas o comunicadores científicos implicará ser buenos filtrando a los científicos y sus estudios.

Como argumento en mi último libro, Comer cerezas con los ojos cerrados (Debate, 2016), estamos en un momento de tanta acumulación de datos y estudios científicos, que haciendo cherry picking –seleccionar solo los datos que favorezcan tu hipótesis– se puede demostrar científicamente casi cualquier cosa. En Washington D. C. un físico que trabajaba en un lobby pronuclear me decía que él basaba todos sus argumentos en datos empíricos, pero que si le contratara el lobby antinuclear podría sin problema defender justo lo contrario. Lo mismo ocurre con transgénicos, cambio climático, papel de la industria farmacéutica… Y esta confusión está cuajando en la sociedad. Por eso hace falta un periodismo científico muy bueno, y unos espacios y profesionales líderes de opinión en quienes el público pueda confiar.

La divulgación científica light está genial, y chapó por todos los investigadores que toman tiempo libre para difundir sus trabajos. Pero vayamos con cuidado con el exceso de popularización. Por ejemplo, tenemos el mantra de transmitir que los científicos son seres normales, que no son frikis de laboratorio, que también se equivocan, pueden ser guapetones… Y obvio que los investigadores postdoc no van en bata por la calle y disfrutan tomando cañas con los colegas. Pero el científico líder que triunfa en su campo no es una persona cualquiera. Tiene una sabiduría en lo suyo y un potencial impacto social que merece ser ensalzado. No estaría mal quitar un poco de prestigio a los deportistas para dárselo a los científicos.

«La ciencia se puede explicar de manera divertida, y el humor es un gran aliado para llegar al público amplio»

También está eso de que la ciencia es divertida. Pues no sé yo. La ciencia se puede explicar de manera divertida, y el humor es un gran aliado para llegar al público amplio. Pero la ciencia es interesante, relevante, clave para mejorar el mundo e incluso útil para conseguir un buen desarrollo profesional. Debemos ser amenos y divertidos, pero también reservar unos minutos para elevar el discurso y lanzar mensajes clave, sin rehuir, como solemos hacer, el tan válido «¿Y esto para qué sirve?». Mirad: yo la actividad de comunicación científica de mayor impacto que he visto en los últimos años la presencié en Ecuador. Allí hay un presidente llamado Rafael Correa, que puede gustar más o menos, pero que en muchos de sus discursos habla de la importancia de la educación, de investigar en el Amazonas, de crear universidades tecnológicas de primer nivel y de utilizar el conocimiento y la innovación para solucionar problemas reales de la población ecuatoriana. Para muchas personas Correa es un referente y transmite con tanta convicción la importancia de la ciencia y la innovación para el futuro de su país que el mensaje cala de lleno en la gente y, más importante quizás, en toda la estructura gubernamental que hay detrás de él. Obama tiene también discursos exquisitos hablando de la importancia de utilizar la ciencia para la toma de decisiones inteligentes y construir un futuro mejor. Ya me gustaría a mí escuchar a algún político español hablando así de la ciencia…

© Mètode 2017 - 90. Interferencias - Verano 2016

Escritor y divulgador científico, Madrid. Presentador de El cazador de cerebros.