¿Una «bala de plata»?

Expansión e interrogantes del riego por goteo

«A principios del siglo XXI se había construido un poderoso discurso que convirtió goteo y modernización en términos sinónimos»

Probablemente desde su creación, los regadíos de la fachada mediterránea peninsular no han experimentado un cambio tecnológico de tanto alcance e implicaciones como el que se ha dado en los últimos treinta años como resultado de la introducción del riego por goteo. Cientos de miles de campos que durante siglos se han inundado para regar a manta o a través de los caballones reciben ahora el agua de conducciones de presión. Acequias, partidores y boqueras han dejado paso a cañerías, gomas y goteros, mientras que balsas y casetas de control han irrumpido masivamente en los paisajes regados. Solo en países tan vastos como la India y China existe una superficie mayor que la que hoy tenemos en España en riego localizado.

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Centenares de miles de campos que durante siglos se han inundado para regar a manta o a través de los caballones, reciben ahora el agua de conducciones de presión. En la fotografía superior se ve un campo de naranjos con sistema de riego por goteo. / Mar Ortega

El proceso de cambio tecnológico se enmarca en un conjunto de acciones desplegado en muchas regiones semiáridas del mundo durante el último cuarto del siglo xx. Tras un prolongado período de aplicación de un modelo de gestión de la oferta de agua –en el que los poderes públicos mostraron una enorme implicación en el desarrollo y expansión de las zonas regadas–, en los últimos años, ante el agotamiento de los recursos en numerosas cuencas hidrográficas, hemos asistido a un giro en las políticas hidráulicas hacia la gestión de la demanda, persiguiendo la reducción del uso de agua a través de varios mecanismos, entre los que destaca la incorporación de tecnologías de ahorro. En este contexto, el riego por goteo fue comparado en algunas publicaciones internacionales con una «bala de plata», a la que se le otorgaba la capacidad de liberar recursos hídricos y reequilibrar las cuencas cerradas o deficitarias por la vía del ahorro.

La expansión de las redes de goteo

Esta tecnología fue desarrollada por el ingeniero Simcha Blass en un kibutz del desierto del Néguev a principios de la década de 1960. Era una idea que Blass había forjado décadas antes, pero que solo pudo materializar una vez se generalizó el uso del plástico. En los años siguientes, la innovación fue testada en condiciones de laboratorio y en numerosas estaciones experimentales, donde quedó demostrada la capacidad de los sistemas de riego localizado para reducir el uso del agua sin menoscabar el consumo de las plantas. Los relatos de experiencias exitosas en diferentes cultivos y condiciones climáticas de todo el mundo favorecieron la expansión de la nueva herramienta. Posteriormente, numerosos gobiernos han incorporado estas tecnologías a su planificación hidráulica, como el Plan Verde de Marruecos, el PROSAP (Programa de Servicios Agrícolas Provinciales) argentino o los planes de modernización australianos, sin olvidar la Misión Nacional de Microirrigación de la India. Además, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por las siglas en inglés) y diversas ONG han recomendado el desarrollo de equipos de goteo de bajo coste como una herramienta clave para romper el nexo agua-alimentación-pobreza en los países del sur.

Red de goteo en un campo de Biar (Alicante). / Carles Sanchis

En nuestro país, la expansión del riego localizado se inició a principios de la década de 1980. La técnica de riego se difundió primero en grandes explotaciones con escasas garantías de suministro del recurso o en fincas dependientes de aguas subterráneas. Los nuevos regadíos de la comarca de la Vega Baja fueron los que más rápidamente adoptaron el goteo, sin apoyo público. La apuesta de la administración por las nuevas tecnologías de ahorro se puso en marcha durante la sequía de 1994-1995, justo después del fracaso del Plan Hidrológico de 1993. Se orientó, como en otros espacios áridos y semiáridos, a la reducción de la demanda agraria (entonces cerca de un 80 % de la demanda estatal), pero presentó adicionalmente una clara articulación política. La eficiencia y productividad del riego se convirtieron en premisa y estandarte de las reivindicaciones de las transferencias de recursos hídricos, como pasó en los casos del Tajo-Segura, el Ebro-Sur y el Júcar-Vinalopó. Era necesario demostrar que se aprovechaba hasta la última gota de agua para poder aspirar a obtener nuevos recursos, o bien para poder sobrevivir sin ellos.

La generalización del riego por goteo fue el único punto de consenso entre los que defendían una rápida transición hacia modelos de uso más sostenibles y los partidarios de incrementar la provisión de recursos mediante transferencias entre cuencas. Era una solución no conflictiva, que beneficiaba a todos los sectores implicados y servía a todos los mensajes políticos, una opción sin duda ganadora.

«La expansión de esta tecnología, generosamente subsidiada por las administraciones públicas, ha sido demasiado rápida y poco reflexiva»

A principios del siglo xxi se había construido un poderoso discurso en torno al concepto de «modernización» del riego, que convirtió goteo y modernización en términos sinónimos en boca de los agricultores, de la administración y también de muchos expertos. Este discurso se fundamentó en las recomendaciones de los documentos técnicos internacionales y en los ahorros estimados en los estudios científicos de eficiencia del riego. Pero también fue fortalecido por la enorme capacidad seductora de la noción de modernidad y por la necesidad de limpiar la imagen de unos regadíos muchas veces injustamente tildados de despilfarradores.

La mayor parte de los agricultores, tanto o más que el ahorro del recurso, valoraron otras ventajas que la incorporación de las redes de presurización podía reportar. Si existe un aspecto que suscita un alto grado de consenso entre los agricultores es el confort y la mejora de la calidad de vida que aporta la instalación del riego presurizado. La posibilidad de adoptar sistemas de riego a demanda –con la consiguiente supresión del riego nocturno–, la introducción de la fertirrigación centralizada, y la reducción de las tareas de preparación de la tierra para el riego, generan una notable reducción de las horas de trabajo, que redunda positivamente en los costes de explotación y permite una mejor compatibilidad con la vida privada y  con otras actividades laborales. Además, la mejora de la producción que se obtiene en la mayoría de los cultivos otorga una significativa ventaja competitiva a las explotaciones que incorporan estas tecnologías. La verdad es que, aunque los hay, es difícil encontrar agricultores que lamenten haber cambiado el sistema de riego.

«La adopción del riego localizado era muy efectiva, parecía incrementar la producción al tiempo que disminuía la aportación de agua en parcela»

A esta alianza de intereses entre la administración pública y los usuarios agrícolas del agua se sumaron los colectivos profesionales y empresariales beneficiados por la instalación y mantenimiento de las nuevas infraestructuras. En algunos casos fueron los departamentos comerciales de las empresas de sistemas de presurización los que se dirigieron a las comunidades de regantes para que pusieran en marcha el proyecto de modernización, asesorándolos en la tramitación de la solicitud de subvención. Sin embargo, no faltaron voces que en fechas muy tempranas denunciaron que, en muchos lugares, se estaba instalando el goteo por inercia y sin atender a los requerimientos técnicos necesarios, como alertó Teodoro Montalvo en el Libro blanco del agua en la Comunidad Valenciana en 1985

Campo de olivos con sistema de riego por goteo en Biar (Alicante). / Carles Sanchis

Un cambio de paradigma

En el momento en que más sistemas de riego se estaban transformando en los regadíos mediterráneos, en los años del cambio de siglo, varias investigaciones científicas empezaron a poner en duda la eficiencia de estas tecnologías de riego. Los trabajos publicados no cuestionaban el éxito de estas tecnologías a escala de parcela, pero matizaban con datos fehacientes el ahorro en algunas comunidades de regantes y sobre todo, los efectos a escala de cuenca. Hasta aquel momento, se había enfocado el análisis del riego por goteo sin analizar las repercusiones que la nueva tecnología tenía más allá de la parcela, sobre el resto del sistema hídrico. Y en muchos casos se observaban efectos contraproducentes.

La adopción del riego localizado era muy efectiva, parecía incrementar la producción al tiempo que disminuía la aportación de agua en parcela. Sin embargo, la mayor parte del ahorro se conseguía porque el riego por goteo reduce drásticamente las percolaciones al acuífero y elimina completamente la escorrentía superficial del riego tradicional, cuya parte no evaporada frecuentemente abastecía campos y ecosistemas adyacentes. En definitiva, los ahorros se producían en buena medida sobre recursos que realmente no se perdían, sino que eran aprovechados por otros usos del sistema hídrico y que lógicamente, habría que reponer para no afectar negativamente a nadie. Podría darse el caso de que, a escala de cuenca, finalmente la modernización comportara la demanda de más recursos en vez del ahorro. Este hecho recibe el nombre de efecto rebote y es una manifestación de la célebre paradoja de Jevons, desarrollada por el economista británico en el siglo xix cuando descubrió que la mejora en la eficiencia de uso del carbón incrementaba la demanda energética de la industria.

El riego por goteo fue comparado en algunas publicaciones con una «bala de plata», a la que se le otorgaba la capacidad de liberar recursos hídricos y reequilibrar las cuencas cerradas o deficitarias. Arriba, caseta de contadores de la Acequia Real del Júcar. / Mar Ortega

En muchos lugares del mundo, durante los primeros años del siglo xxi, se detectó este efecto inesperado. En diferentes lugares y con distintas metodologías, se observó un aumento del uso del agua a escala de cuenca en espacios donde se había introducido el riego presurizado, no solo por la razón indicada, sino también por otras prácticas que bloqueaban su potencial de ahorro. Uno de los errores más comunes era destinar los recursos «liberados» por la nueva técnica a la ampliación de los regadíos existentes o a la creación de otros nuevos, lo cual acababa redundando en un repunte de la demanda total del sistema. En otros casos, los agricultores aprovechaban la disponibilidad generada por el ahorro para adoptar patrones de cultivo más intensivos o más demandantes de agua, con lo cual reducían el ahorro a cero o incluso incrementaban levemente la demanda. A veces incluso se generaban nuevas demandas ambientales para reparar el impacto que el cambio tecnológico tenía sobre los ecosistemas adyacentes –singularmente los humedales–, privados de la llegada de los sobrantes de riego que tradicionalmente los alimentaban, aunque fuera de forma parcial. No faltaban tampoco los casos en que, por falta de formación de los agricultores, estos aplicaban por goteo los mismos volúmenes que empleaban en el riego a manta; ni tampoco instalaciones que por errores constructivos o de diseño no servían adecuadamente a la finalidad para la que fueron proyectadas.

La observación de este efecto rebote rompió el consenso en torno a la nueva tecnología. Algunos investigadores llegaron al extremo de aseverar que no había una evidencia científica concluyente que apoyase la creencia generalizada de que el riego por goteo ahorra agua (en términos netos o a escala de cuenca). Así, frente a la milagrosa «bala de plata», ha surgido un nuevo paradigma crítico, y en los foros profesionales y académicos han sido frecuentes las discusiones sobre la conveniencia de continuar dando apoyo financiero público a estas transformaciones. Se percibe también, en algunos foros profesionales y académicos, una preocupante tendencia a polarizar el debate entre partidarios y detractores de la herramienta.

«No faltaron voces que denunciaron que, en muchos lugares, se estaba instalando el goteo por inercia y sin atender a los requerimientos técnicos necesarios»

¿Qué les ha pasado a los regadíos valencianos, donde ya se ha transformado más de un 68 % de la superficie regada? Pues parece que el efecto rebote está controlado, fundamentalmente porque no se ha producido el cambio de cultivos ni de variedades hacia patrones más intensivos, ni han tenido lugar expansiones significativas del regadío (más bien se observa un decrecimiento en la mayor parte de las zonas regables como resultado del envejecimiento de los activos agrarios y la caída de los precios de las producciones). Según estudios efectuados por el Centro Valenciano de Estudios del Riego en 77 comunidades de regantes modernizadas y no modernizadas, la reducción de las demandas de agua que se puede atribuir directamente a la adopción del riego por goteo está entre el 25 % y el 30 %. La adopción de la tecnología ha dado a estas entidades una mejor garantía de suministro y una mayor resiliencia en las situaciones de sequía. No obstante, hay que advertir que existen casos en los que se ha puesto en riesgo la viabilidad económica de las entidades, por haber asumido compromisos financieros muy exigentes.

La imagen muestra un campo de caquis en el que se ha instalado el riego por goteo. / Mar Ortega

Falta saber, sin embargo, qué parte de esta demanda puede considerarse un ahorro neto, es decir, cuánta de esta agua que han dejado de utilizar estas comunidades ya era aprovechada en la recarga de acuíferos o abastecía ecosistemas o zonas regables adyacentes. Esta cifra es muy difícil de obtener. Exige poner en marcha sistemas de monitorización antes y después de la transformación, y apenas hay referencias de casos reales, aunque sí de modelos y cálculos indirectos. En el caso valenciano, la Confederación Hidrográfica del Júcar estima, con cierta cautela y de acuerdo con datos propios, que aproximadamente una cuarta parte de los ahorros brutos podrían corresponder a ahorros netos. Son valores generales, que seguramente esconden deficiencias y disfunciones a escala local que deberían ser corregidas para maximizar el potencial de esta herramienta.

Otros interrogantes

El ahorro de agua no es la única incertidumbre que plantea la adopción del riego localizado. El consumo de energía (necesaria para presurizar las redes de riego) es también objeto de estudio y hay trabajos con resultados contrastados. En general, lo que muestra el análisis del caso valenciano, coincidiendo con los estudios hechos en Australia y en otras regiones peninsulares, es que en los regadíos abastecidos de aguas subterráneas el uso de energía decrece, porque también decrecen los bombeos del acuífero. Sin embargo, en la mayor parte de los regadíos de aguas superficiales el consumo energético se incrementa notablemente, y eso afecta al alza a los costes que tienen que afrontar los usuarios, en un contexto de precios eléctricos elevados. Sobre unos y otros, sin embargo, existe un claro consenso entre los investigadores en la necesidad de generalizar las auditorías energéticas, dado que se tiene el convencimiento de que el diseño y gestión de muchas instalaciones es muy mejorable.

Detalle de una válvula del sistema de riego presurizado de la Acequia Real del Júcar. / Mar Ortega

Agua y energía son dos de los aspectos más evidentes e inquietantes, pero existen otros interrogantes y debates abiertos en torno a este salto tecnológico que en estos momentos están estimulando la investigación agroambiental y que deberían condicionar la acción futura de la administración. Se tiene que analizar –y corregir si procede– la pérdida de recursos que pueden sufrir los barrancos, ríos y humedales adyacentes a los sistemas transformados. Hay que dar solución a la integración de la agricultura ecológica en unas redes que generalmente disponen de sistemas de fertirrigación centralizada. Es necesario analizar, en determinados espacios, el impacto sobre la salinidad de los suelos. Y muy particularmente, hay que pensar la forma de solucionar la afección sobre el patrimonio histórico del regadío, justo ahora que está siendo puesto en valor como un recurso cultural y turístico del medio rural (para los regadíos históricos hay nuevas alternativas tecnológicas y de gestión que permiten incrementar notablemente la eficiencia, la productividad y el confort manteniendo el riego por gravedad).

En definitiva, las investigaciones recientes muestran que, si ampliamos la escala de análisis y las variables que hay que considerar, la utilidad de la herramienta depende de numerosos factores de contexto, no exclusivamente hidráulicos o agronómicos, sino también territoriales y socioeconómicos. La expansión de esta tecnología, generosamente subsidiada por las administraciones públicas, ha sido demasiado rápida y poco reflexiva. Se hace necesario diseñar una estrategia de modernización de segunda generación, adscrita a corregir los defectos e impactos negativos de esta primera ola transformadora, y a maximizar el potencial que presenta esta tecnología, en coherencia con las estrategias de mitigación y adaptación a los escenarios de cambio climático.

La investigación reciente nos recuerda, pues, que, por mucho que se citen en la literatura científica, las balas de plata son un producto de ficción.

REFERENCIAS

Berbel, J., Gutiérrez-Martín, C., Rodríguez-­Díaz, J. A., Camacho, E., & Montesinos, P. (2015). Literature review on rebound effect of water saving measures and analysis of a Spanish case study. Water Resources Management, 29(3), 663-678. doi: 10.1007/s11269-014-0839-0

Ortega-Reig, M., Sanchis-Ibor, C., Palau-Salvador, G., García-Mollá, M., & Avellà-Reus, L. (2017). Institutional and management implications of drip irrigation introduction in collective irrigation systems in Spain, Agricultural Water Management, 187, 164-172. doi: 10.1016/j.agwat.2017.03.009

Sanchis-Ibor, C., García-Mollá, M., & Avellà-Reus, L.  (2017). Effects of drip irrigation promotion policies on water use and irrigation costs in Valencia, Spain, Water Policy, 19(1), 165–180. doi: 10.2166/wp.2016.025

Sanchis-Ibor, C., García-Mollá, M., & Avellà-Reus, L. (2016). Las políticas de implantación del riego localizado. Efectos en las entidades de riego de la Comunidad Valenciana, Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, 72, 9-36. doi: 10.21138/bage.2330

Van der Kooij, S., Zwarteveen, M., Boesveld, H., & Kuper, M. (2013). The efficiency of drip irrigation unpacked. Agricultural Water Management, 123(3), 103-110. doi: 10.1016/j.agwat.2013.03.014

© Mètode 2017 - 95. El engaño de la pseudociencia - Otoño 2017

Doctor en Geografía. Investigador del Centro Valen­ciano de Estudios sobre el Riego de la Universidad Politécnica de Valencia. Profesor asociado del Departamento de Geografía de la Universitat de València.

Doctora ingeniera agrónoma. Gestora de proyectos del Instituto Interuniversitario de Desarrollo Local de la Universitat de València. Profesora asociada del Departamento de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad Politécnica de Valencia.

Doctora ingeniera agrónoma. Profesora titular del Departamento de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad Politéc­nica de Valencia. Miembro del Centro Valenciano de Estudios sobre el Riego de la Universidad Politécnica de Valencia.

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