«Neurociencia y educación», de Anna Carballo y Marta Portero

¿Qué aporta la neurociencia a la educación?

Neurociencia y educación
Aportaciones para el aula
Anna Carballo y Marta Portero
Graó. Barcelona, 2018. 220 páginas.

Las autoras de esta obra, psicólogas y doctoras en neurociencias, han escrito un interesante compendio sobre neuroeducación, dentro de la serie «Ideas clave» de la editorial Graó. Neurociencia y educación plantea, siguiendo la estructura de la serie, diez preguntas que se contestan por capítulos con una estructura parecida y muy didáctica: la pregunta, una breve respuesta, unos apartados donde se desarrolla esta –el último de los cuales denominan «Aportación científica», en el cual nos dan los resultados (con diagramas de barras, gráficas, etc.) de alguna investigación reciente relacionada con el tema– y, finalmente, otro apartado (característico de toda la serie) denominado «En la práctica».

Al final nos encontramos con el apartado «Para saber más», con once libros brevemente comentados, un glosario de terminología neurocientífica y las referencias bibliográficas. Entre estas once recomendaciones, hay muchas que incluyen en el título la palabra neuroeducación o semejantes, lo que, como señala en el prólogo Daniel Bueno (autor de una de estas recomendaciones, Neurociencias para educadores, donde aborda con un estilo claro y ameno preguntas parecidas a las de esta obra), es una prueba de la neuromoda que nos invade, con palabras como neuroética, neurolingüística, neuroeconomía y muchas más.

Esta moda lleva a las autoras a hablar del neuroabuso que hace que muchas empresas y profesionales saquen al mercado productos y programas con prefijos neuro- o brain- (braingym, sharpbrain, etc.), sin que estén avalados por evidencias neurocientíficas, o que se acepten más los resultados de un artículo si van acompañados de una imagen ficticia del cerebro que de un diagrama de barras. Este abuso ha contribuido también a la difusión, en la sociedad y en particular en los educadores, de muchos neuromitos. Estos son creencias erróneas sobre el funcionamiento del cerebro resultado de simplificar, manipular o malinterpretar resultados neurocientíficos reales y la única forma de eliminarlos es con más formación neurocientífica.

«Las autoras señalan que las aportaciones de la neurociencia provienen de estudios de laboratorio, en condiciones controladas y muy lejanas de la realidad de las aulas»

En este libro, las autoras cuestionan algunos de estos neuromitos, como, por ejemplo, que solo se utiliza el 10 % del cerebro, debido a que muchas imágenes solamente muestran activadas áreas reducidas, y se olvida que estas son el resultado de un tratamiento de datos en el cual se restan las activaciones de un grupo experimental frente a un grupo control y se resaltan solamente aquellas áreas que se activan de forma diferencial. O bien que el alumnado aprende mejor cuando utiliza su estilo de aprendizaje preferido, visual, auditivo o cinestésico, y se ignora el carácter global del aprendizaje. O que se puede aprender mientras se duerme con grabaciones, cuando en estos momentos no funciona la atención, que es la puerta de entrada del aprendizaje, y dormir lo que hace es consolidar la memoria de lo que se ha aprendido anteriormente. O que solo podemos aprender lo que nos emociona, lo que haría buena la práctica franquista y de épocas todavía más antiguas de que «la letra con sangre entra», ignorando que se puede aprender aunque no haya una fuerte activación emocional y que, si hay emociones, estas tienen que ser positivas, puesto que el miedo y el fracaso solo producen rechazo a aprendizajes ulteriores. O que la creatividad depende fundamentalmente del hemisferio derecho, cuando se ha probado que esta depende de una mayor conexión entre los dos hemisferios, en particular, en la corteza prefrontal (donde se ubican las funciones ejecutivas) y entre regiones cerebrales distantes.

Aunque algunos autores sostienen que la neurociencia permite fundamentar la educación en la evidencia empírica –como si las ciencias de la educación, incluyendo didácticas específicas, psicología educativa, etc. no hubieran aportado otras evidencias empíricas al respecto–, las autoras de este libro son más modestas y señalan que las aportaciones de la neurociencia provienen de estudios de laboratorio, en condiciones controladas y muy lejanas de la realidad de las aulas con treinta o cuarenta alumnos (ratios excesivas que se deben a la LOMCE) que aprenden conjuntamente. Carballo y Portero muestran que los resultados de las neurociencias se suman a los de las ciencias de la educación o las complementan, por ejemplo, cuando señalan que el alumnado relaciona lo que ya conoce con los nuevos conocimientos construyendo el propio aprendizaje (resultados anticipados por Piaget o Vigotsky sin conocimientos de neurociencia). También subrayan el papel de las etapas madurativas del cerebro (que prácticamente coinciden con los estadios de Piaget), el papel de la atención, de las emociones y de las funciones ejecutivas en el aprendizaje o de la enseñanza activa y cooperativa.

Para acabar, mostramos algunas de las preguntas que nos pueden dar una buena idea de los contenidos del libro: ¿Es importante conocer cómo funciona y aprende el cerebro para el diseño de metodologías pedagógicas? ¿Qué factor es más importante en el desarrollo, la herencia o el aprendizaje? ¿Por qué es importante conocer las etapas madurativas del cerebro humano? ¿Cómo intervienen los procesos de atención en el aprendizaje? ¿Es verdad que solo aprendemos lo que nos emociona? ¿Está nuestro cerebro diseñado para el aprendizaje cooperativo? ¿Qué importancia tiene el desarrollo de funciones ejecutivas en el contexto educativo?

En resumen, se trata de un libro muy recomendable para el profesorado de cualquier nivel educativo, para el futuro profesorado y para los investigadores (psicólogos, pedagogos, neurocientíficos) que se ocupan de problemas educativos.

© Mètode 2019 - 102. Ciencia y nazismo - Volumen 3 (2019)