Oportunidad de oro del periodismo científico

Escribo estas palabras a principios de mayo y no sé si quedarán desfasadas cuando Mètode se publique. Pero procedo, porque a día de hoy todavía no he leído un análisis del impacto de la COVID-19 en el periodismo científico. Quizá porque es pronto, o quizá porque los periodistas científicos son de los pocos profesionales que han visto aumentar drásticamente su carga de trabajo durante esta pesadilla y no estamos ahora como para mirarnos el ombligo. «¿Cómo andas?», preguntaba por WhatsApp a un colega argentino que me respondía: «Intentando capitalizar la pandemia». «Disculpa que no te haya respondido, estoy a tope», me decía otro, días después de enviarle un correo. «¡Esta noche salgo en la Sexta!», me contaba otro.

periodismo científico illustr

Ilustración: Moisés Mahiques

Pero más allá del obvio aumento en la demanda de información científica respecto a la COVID-19, creo que hay varias reflexiones que merece la pena juntar en un texto, aunque ya las hayamos ido lazando por Twitter.

Para mí, una de las más trascendentales es que, por primera vez, en el ámbito de la biomedicina estamos narrando la ciencia en detalle a medida que se está haciendo, no tras publicarse. Algo parecido vimos con la búsqueda del bosón de Higgs, la secuenciación del genoma humano y en algunas misiones espaciales. Pero tanta atención constante a los diferentes proyectos es algo inaudito: estamos pendientes de las fases experimentales de diferentes vacunas y del goteo de descubrimientos sobre la fisiopatología de la enfermedad, así como de trabajos prepublicados sobre si a los contagiados les queda más o menos inmunidad, si la nicotina puede proteger del virus porque se engancha a los mismos receptores celulares, o si los niños son muy o poco contagiosos. Para algunos, todo esto al principio era desconcertante, ya que la ciencia suele presentarse al público cuando ya está terminada, revisada y publicada, con un grado de incertidumbre mucho menor. Este rigor es lo que la hace tan confiable. Pero en una crisis como la que vivimos no hay tiempo que perder y toca informar y tomar decisiones sin el nivel de confianza que gusta a los investigadores. Así es la vida.

«Por primera vez, en el ámbito de la biomedicina estamos narrando la ciencia en detalle a medida que se está haciendo, no tras publicarse»

Un elemento que ha generado bastante distorsión han sido los preprints: prepublicaciones de hipótesis a partir de pocos datos y sin que haya terminado la fase experimental –ni haber superado la revisión por pares–, pero que sirven para compartir ideas entre la comunidad científica y agilizar el proceso. El motivo de embrollo fue que, especialmente al principio, saltaban a los medios como si fueran resultados demostrados y cada cual –Trump, por ejemplo– los interpretaba a su conveniencia. Algunas voces dentro de nuestra profesión defendían no hacer caso a los preprints porque no estaban revisados por pares, pero yo discrepo de esta postura. Creo que, siendo el auge de las prepublicaciones científicas en biomedicina algo que ha llegado para quedarse, el buen periodista científico no será el cauto que desatienda lo que no esté revisado por pares sino el que tenga las herramientas y el instinto para separar el grano de la paja, contrastarlo y presentarlo en contexto.

«Ahora que la COVID-19 ha forzado esta apertura, bendigo los preprints, y el poder hablar de hipótesis además de resultados»

Llevo mucho tiempo quejándome de que los científicos sean tan celosos con sus trabajos y argumento que no hablar de estos hasta que están terminados hace la ciencia más aséptica e impide que se puedan contar historias con cierta intriga. Por eso, ahora que la COVID-19 ha forzado esta apertura, bendigo los preprints y el poder hablar de hipótesis además de resultados. Y, sobre todo, que podamos incluir matices de la investigación como si una vacuna está en fase 1 o fase 2 y que la gente los atienda porque forma parte de una historia que les interesa. Me parece una oportunidad única.

«El buen periodista científico no será el cauto que desatienda lo que no esté revisado por pares, sino el que logre separar el grano de la paja»

Esto supone un riesgo, obviamente, que es la aparición de informaciones tergiversadas o sin el mínimo aval empírico exigible. Exigirá una mayor profesionalidad por nuestra parte y de rebote por la de compañeros periodistas generalistas, que tendrán que aprender también un mínimo sobre el funcionamiento de la ciencia. Pero esto es bueno. Luego está el tema de los bulos, que también nos afecta directamente. Siempre explico que, cuando yo empezaba en esto de la comunicación científica, antes de que existieran las redes sociales, la mejor estrategia contra los bulos o teorías conspirativas era no hacerles caso y dejar que se sofocaran solas. Pero actualmente cualquier noticia falsa se puede viralizar por plataformas como Facebook, WhatsApp o YouTube. Hasta que estas no mejoren sus filtros, el periodismo científico ya no puede quedarse al margen y limitarse solo a informar sobre lo que dice la ciencia. Debe, y en la crisis de la COVID-19 ha quedado patente, actuar también como fiscal de las noticias relacionadas con la ciencia. Hay varios periodistas científicos que, por su excelente labor durante esta crisis, se están convirtiendo en referencias para otros periodistas generalistas, y sus voces están influyendo en el flujo de la información de manera más profunda de lo que parece. Yo no he sido de los más activos, pero aun así he notado este efecto.

Notaréis que estoy hablando de periodismo científico y no de divulgación ni de la labor de los investigadores en activo. Ambos salen reforzados de esta crisis, sin duda, pero creo que el impulso más fuerte –aunque silencioso– ha sido el experimentado por el periodismo. En divulgación, los comunicadores que han redirigido sus temáticas a la COVID-19 han ganado atención y nuevos seguidores, pero la calidad ha sido irregular y la atención pública a otras áreas de la ciencia ha caído en picado. Nosotros no emitimos la temporada de El cazador de cerebros en parte porque nos quedamos a medias de grabaciones, pero también porque quizá no era el momento de hablar de paleoantropología. En junio publiqué el libro A vivir la ciencia, que os recomiendo porque creo sinceramente que está muy bien. Pero me queda la duda de si ese rincón de interés hacia la ciencia en la mente de cada persona está ya repleto de asuntos relacionados con la COVID-19.

Acerca de los investigadores, ciertamente sus voces se han hecho mucho más presentes, pero, la verdad, no sé qué imagen quedará de ellos tras la crisis. Existe el riesgo de que algunas áreas de la ciencia se consideren menos importantes y se desatiendan, o que aparezca cierto escepticismo sobre que sean «los grandes héroes del siglo XXI» y «la clave para afrontar los grandes problemas de la humanidad», en el sentido de que, a pesar de tanta biotecnología y tanta inteligencia artificial, en los primeros meses la respuesta solo fue confinamiento masivo y agua y jabón. Todo dependerá del resultado. La ciencia sin duda también se verá afectada (en general para bien, pero no en todo) por la pandemia.

Lo que sí está claro es que la palabra ciencia nunca había estado tan presente en los medios de comunicación como durante la pandemia de COVID-19 y, si durante los próximos meses sigue siendo así, es muy probable que algo quede incluso cuando desaparezca el coronavirus. Quedarán otros temas médicos que explotar, otros retos a afrontar desde la perspectiva científico-tecnológica, otras historias en las que involucrarse, y una comunidad de periodistas científicos bien posicionados para que sus voces y textos tengan más repercusión de la que tenían en la era BC (before COVID). Muchas lecciones deberemos extraer, pero una sin duda es que contar la ciencia en proceso genera mucho más interés que explicarla ya terminada.

© Mètode 2020 - 106. Bueno para comer - Volumen 3 (2020)
Escritor y divulgador científico, Madrid. Presentador de El cazador de cerebros (La 2).