El virus de la desinformación

Desde que a principios del año pasado la palabra COVID-19 empezó a copar las cadenas de televisión, las radios y los periódicos, la ciudadanía se ha visto envuelta en medio de una oleada de noticias sobre el virus y sobre la pandemia. La cantidad de información producida y puesta en circulación ha sido enorme. La abundancia de noticias a las que el público general se ha visto expuesto, sumado a la incertidumbre acerca de las características del virus y del avance de la situación epidemiológica, ha generado en algunas personas una sensación de hartazgo informativo. Además, en muchas ocasiones se han viralizado noticias falsas que han contribuido a elevar el alarmismo entre la población, o incluso han incitado a algunos a llevar a cabo prácticas perjudiciales para la salud.

Estas fueron las cuestiones abordadas en la mesa redonda «La pandemia de la desinformación» y la conferencia «Learning to listen to the ‘movable middle’: vaccine hesistancy and communication in the pandemic era», ambas incluídas en el marco del congreso «Disidencia y comunicación: Voces y discursos en la era de los hechos alternativos», organizado recientemente por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) en Valencia.

Desinformación y pandemia

Formaron parte de la mesa redonda Javier Serrano Puche (Universidad de Navarra), Concha Pérez Curiel (Universidad de Sevilla), Miguel Vicente Mariño (Universidad de Valladolid) y Andreu Casero Ripollés (Universitat Jaume I), todos expertos en comunicación. Durante el coloquio se compartieron y discutieron algunos de los factores clave que explican el fenómeno de la desinformación durante la crisis sanitaria.

El principal peligro que tiene la desinformación en el contexto de una pandemia, apuntaron los expertos, es la retroalimentación que se produce entre estos dos grandes fenómenos: las narrativas de desinformación inciden en que haya un mayor número de casos y, a su vez, el propio escenario de la pandemia propicia la generación de noticias falsas.

La desinformación sobre ciencia y salud ha existido siempre, no es ninguna novedad; podemos recuperar múltiples ejemplos en diversos campos (negacionistas del cambio climático, antivacunas, dietas milagro…). ¿Cuáles son, entonces, los factores que en este escenario han propiciado la desinformación? Podemos apuntar en dos direcciones; en primer lugar, algunas características propias del sistema científico han contribuido a la creación de fake news: durante los primeros meses de la pandemia, la ciencia debía trabajar a contrarreloj para dar respuestas rápidas a una realidad compleja y cambiante. Esto derivó en una aceleración del proceso de publicaciones científicas, que hizo difícil que algunas de las informaciones distribuidas se verificaran correctamente. Los expertos, además, gozan de poca visibilidad pública; sus voces no llegan tanto a la ciudadanía como sí lo hacen otras personas famosas que, sin ninguna base científica, se han dedicado a difundir falsas ideas sobre la enfermedad.

Por otra parte, existe una combinación de diversos factores externos que hacen que la desinformación circule con mayor rapidez y libertad entre la ciudadanía. La tecnología es uno de ellos, ya que las fake news encuentran en las redes sociales un hábitat perfecto para multiplicarse, y cuentan además con la ayuda de los algoritmos, que como se ha demostrado en diversos estudios premian los contenidos que generan polémica, como este tipo de informaciones. El propio público contribuye también a este fenómeno al procesar las noticias que recibe de manera sesgada, a través de lo que se conoce como «sesgo de confirmación» (las personas tendemos a atender solamente a aquellas evidencias que respaldan nuestro punto de vista o ideas preestablecidas).

Mesa redonda «La pandemia de la desinformación», con Javier Serrano Puche (Universidad de Navarra), Concha Pérez Curiel (Universidad de Sevilla), Miguel Vicente Mariño (Universidad de Valladolid) y Andreu Casero Ripollés (Universitat Jaume I). Moderada por Cármen López Rico (Universitat Miguel Hernández).

Sin embargo, y aunque como los expertos señalan buena parte de la desinformación es generada por el público general, esto no se debe únicamente a la acción sesgada o interesada de particulares. Desde el auge y expansión del uso de Internet y redes sociales, las audiencias se encuentran expuestas a una cantidad de información sin precedentes. Esta circulación de noticias, en el contexto de una pandemia global, se acelera aún más, lo que lleva a una saturación de las audiencias, incapaces de seguir el ritmo informativo generado. Las dificultades que esto trae consigo se acrecientan aún más debido a un último factor: una alfabetización mediática insuficiente.

La falta de una educación en el uso correcto y crítico de los medios –tanto tradicionales como digitales– es, según coincidieron los ponentes, el mayor aliado de la desinformación. En momentos de crisis como el que atravesamos, la ciudadanía tiende a informarse con mayor frecuencia, pero la falta de capacidad para discernir lo real de lo falso hace que este aumento en la búsqueda de información acabe derivando en una mayor extensión de los bulos. La situación actual que viven los medios de comunicación, faltos de tiempo y recursos económicos para realizar un periodismo riguroso, contribuye a que la información que llega a la ciudadanía sea de mala calidad.

Comunicación sanitaria: fallos y oportunidades

A la hora de construir una comunicación sanitaria eficaz, no solo se debe repensar la manera en la que el público actúa con la información; es también esencial que los generadores de información institucionales tengan en cuenta la realidad social. Así lo remarcó Dimitra Dimitrakopoulou, investigadora en el Massachusetts Institute of Technology de Estados Unidos.

En su conferencia, que giró en torno a la comunicación relativa a la vacunación, la investigadora insistió en la necesidad de elaborar una información que atienda a las preocupaciones de los ciudadanos. Para ello, el primer paso necesario es dejar atrás una serie de discursos asentados que, lejos de hacer a la población sentirse atendida por las instituciones sanitarias, las alejan de ellas. Cuando se habla de vacunación en medios y estudios, es frecuente que se haga una separación entre personas pro y anti vacunas; esto simplifica en exceso la realidad y niega la existencia del grupo que se encuentra entre ambos, un conjunto de personas escépticas, que no están preparadas para vacunarse pero no rechazan la vacuna ni creen en las teorías antivacunas. Es en este grupo donde se debe incidir para descubrir el porqué de la reticencia.

A través del estudio que está realizando, Dimitrakopoulou ha establecido que en general, las personas de este grupo  muestran contradicciones a la hora de confiar en la vacunación contra la COVID-19. Los usuarios encuestados no entendían por qué se había tardado tan poco tiempo en desarrollar esta vacuna, a diferencia de muchas otras, que han requerido de décadas de investigación. Mostraban, además, ciertas contradicciones al exigir, por una parte, la obtención rápida de la vacuna pero, por otro, preocupación acerca de su efectividad debido al rápido proceso de obtención de esta. El estudio muestra también que la confianza que la ciudadanía tiene en las instituciones públicas, así como en los medios de comunicación, es bastante bajo, al contrario que en el caso de los expertos médicos y científicos, que cuentan con el nivel más alto de confianza.

El problema, por lo tanto, no reside en una falta de credibilidad desde el campo de la investigación, sino en la manera que tiene esta de transmitir sus mensajes. Para revertir esta situación y conseguir una comunicación eficaz que goce de credibilidad, Dimitrakopoulou sugiere que el público tendría que ser una pieza esencial a tener en cuenta al difundir informaciones. Para ello, cree, sería conveniente cambiar el foco de atención de algunos mensajes, dando más importancia a las narrativas personales que a los datos cuantificables que, pese a ser necesarios y de utilidad, en muchas ocasiones resultan confusos.

La desinformación en el campo de la divulgación científica es un fenómeno complejo, con muchas caras y actores implicados, y sus efectos pueden llegar a tener consecuencias peligrosas sobre la salud de las personas. Revertir el panorama actual requiere del esfuerzo y el compromiso de instituciones, medios de comunicación y ciudadanía. En el caso de esta última, es necesario abordar el proceso dejando atrás mitos y creencias preestablecidas, escuchando los problemas y preocupaciones de las personas y apostando por una educación mediática efectiva.

© Mètode 2021
Estudiante de Periodismo de la Universitat de València.