Situaciones construidas

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© ADEUPA de Brest (Agence d’Urbanisme du Pays de Brest)
Los antiguos astilleros del puerto han sido transformadas en un gran centro de cultura urbana.

El urbanista y paisajista francés Alexandre Chemetoff acudió el día 29 de mayo al Instituto Francés de Valencia para exponer el proyecto de remodelación de la Isla de Nantes, un espacio olvidado por la ciudad e inutilizado desde la desaparición de la industria de astilleros, que el equipo de Chemetoff supo revitalizar.

El proyecto, que empezó a desarrollarse en 1999, quizá tenga su raíz en los años 80, cuando el ayuntamiento empezó a sacar concursos de urbanización con el fin de que la ciudad de Nantes, que había crecido de espaldas al Loira, se reencontrase por fin con el río.

El proyecto que planteó Chemetoff desde su estudio tenía como referente el pasado histórico de Nantes, entendido éste como base de la identidad local de una ciudad que ha vivido dos guerras que destruyeron gran parte de su patrimonio, lo que infiere a la localidad una «trayectoria bastante particular para los arquitectos, que quisimos promover un proyecto para una ciudad marcada por los conflictos bélicos, que estuviera basado en la memoria», en palabras del propio Chemetoff.

 

«En realidad, el nuestro fue un trabajo de arqueología del futuro, porque tratamos de poner en orden lo que ya había, para poder establecer una relación entre lo viejo y lo nuevo»
Chemetoff 

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© ADEUPA de Brest (Agence d’Urbanisme du Pays de Brest)
Chemetoff integra los jardines salvajes dentro de las nuevas construcciones mediante un juego de pasarelas y balcones que invitan al ciudadano a adentrarse en la naturaleza.
 

«El arquitecto no entiende la naturaleza de la ciudad como algo diseñado por y para el hombre, sinó que para Chemetoff el lugar, el espacio, actúa como fuente de recursos y es el hombre el que debe adaptarse a él»

La remodelación de la Isla de Nantes comprendía un espacio de 65 hectáreas, de las que 400.000 metros cuadrados fueron construidos o reconstruidos. Según explica Chemetoff, lo primero que hicieron él y su grupo fue preguntarse qué existía en la isla y qué se imaginaban para ella. «En realidad, el nuestro fue un trabajo de arqueología del futuro, porque tratamos de poner en orden lo que ya había, para poder establecer una relación entre lo viejo y lo nuevo». Esa fue la clave de la remodelación y lo que dio a la isla una identidad tan diferenciada. El equipo de arquitectos consiguió llevar a cabo un proyecto de urbanización con un presupuesto «muy ajustado», aprovecharon gran cantidad de las estructuras y edificios industriales que ya existían y les confirieron una utilidad nueva, distinta, normalmente orientada a las actividades culturales y de ocio.

El plan de Chemetoff se enmarca dentro de la tendencia de ecología urbana, un movimiento que ha hecho famoso al arquitecto en todo el mundo y que busca el punto de encuentro entre lo salvaje y lo urbano. El arquitecto galo no entiende la naturaleza de la ciudad como algo diseñado por y para el hombre –sería el caso, por ejemplo, del típico jardín inglés–, sinó que para Chemetoff el lugar, el espacio, actúa como fuente de recursos y es el hombre el que debe adaptarse a él. La Isla de Nantes constituye un claro ejemplo de ecología urbana. A causa del abandono al que se vio abocada la isla durante décadas –albergaba la industria de astillería, en declive desde los años ochenta–, la naturaleza se había ido apoderando del terreno, ganando espacio a calles y edificios en ruinas y formando auténticos jardines salvajes en los solares y cobertizos, algo que Chemetoff quiso respetar en su proyecto de urbanización. Se construyen pasarelas que cruzan jardines y los nuevos edificios y las nuevas calles se adaptaron a los árboles, a la maleza y a los arbustos ya existentes.

  
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© ADEUPA de Brest (Agence d’Urbanisme du Pays de Brest)
Los nuevos edificios se adecuan a las nuevas construcciones. El arquitecto respetó las alturas de la isla reubicando los módulos de las estructuras ya existentes.
 

«Antiguas fábricas y almacenes se transforman en modernos apartamentos para estudiantes y el antiguo centro comercial, un edificio gris y olvidado, cambia su filosofía para convertirse en un centro donde la cultura y el arte comparten espacio con las tiendas y los restaurantes»

Este tipo de urbanismo se puede llevar a cabo gracias al método que siguió el equipo que dirigía Chemetoff, que realizó un inventario con todos los edificios que había en la isla y pensó cada idea de reconstrucción a escala menor. El estudio orientó su proyecto para respetar la identidad y el pasado de la isla al máximo, un fin que Chemetoff tildó de «situaciones construidas», un concepto mucho más adecuado que el de «operaciones inmobiliarias», según el paisajista. Mediante este sistema, antiguas fábricas y almacenes se convierten en modernos apartamentos para estudiantes y el antiguo centro comercial, un edificio gris y olvidado, cambia su filosofía para convertirse en un centro donde la cultura y el arte comparten espacio con las tiendas y los restaurantes. «La clave de todo esto radica en tener un proyecto de ciudad». En este sentido, el grupo de Chemetoff intentó involucrar a todas las personas y colectivos relacionados con la isla, incluyendo a los directivos del antiguo centro comercial. «Convencimos a los propietarios del centro comercial de que se tenían que «poner las pilas» para adaptarse a la nueva isla, y supieron adaptar el edificio al nuevo bulevar, y entendieron la necesidad de quitar espacio a su aparcamiento para cedérselo a los muelles, de uso público». Otro de los retos que tuvieron que afrontar fue la conversión de los antiguos astilleros, en el sur de la isla. «Se trataba de una zona puramente industrial, un polígono enorme… respetamos las grúas y las estructuras para no borrar el pasado de la isla», indica el arquitecto. Así, donde antes solo había almacenes y cobertizos, ahora hay bulevares con terrazas y galerías de arte encaradas al río.

No deja de resultar llamativo que el presupuesto inicial en ningún caso se vio encarecido, pese a tratarse de un proyecto modesto, en clara contraposición a otros mega-proyectos de la época, como el museo Guggenheim de Bilbao. «Conseguimos llevar a cabo un proyecto en diez años que no sé cuanto tiempo  seguirá vigente», ironiza Alexandre Chemetoff, quien defiende el carácter efímero de la arquitectura, la cual «se ancla siempre a un momento político e histórico concreto».

José Vicente Bernabeu Pardo. Estudiante de Periodismo de la Universitat de València.
© Mètode 2012.

  
© Mètode 2012

Estudiante de periodismo de la Universitat de València.