El rostro humano de un ecólogo revolucionario

Centenario de Ramon Margalef

Ramon Margalef

Como indicativo del prestigio internacional que logró Ramon Margalef (Barcelona, 1919-2004), diremos que ya en los años 60 del siglo pasado empezó a aparecer referenciado en miles de artículos y libros de alrededor del mundo. Durante mucho tiempo fue no ya el biólogo, sino el científico más citado de nuestro país y hasta del Estado español. Ha sido reconocido con infinidad de galardones, que si tuviésemos que  reunir aquí llenarían el artículo: desde la medalla Prince Albert del Instituto Oceanográfico de París, en 1973, hasta el Ramón y Cajal, pasando por el galardón Huntsman de Ciencia del Mar, considerado el «Premio Nobel de la Oceanografía», otorgado en Canadá (1980). También fue «foreign membre» de la Academia de Ciencia de los Estados Unidos y recibió la medalla de oro de la Generalitat de Catalunya y, en fin, actualmente hay más de un premio que lleva su nombre.

Es fundamental su contribución a la oceanografía, a la limnología y, sobre todo, a la teoría ecológica, con planteamientos que no solo fueron geniales e innovadores –como las formulaciones de modelos matemáticos y de diversos índices todavía vigentes–, sino claramente revolucionarios, como el vínculo de la Ecología con la Teoría de la Información y con la Física. Entre sus obras fundamentales destaca Perspectives in Ecological Theory (1968), editada por la Universidad de Chicago y con la que se dio a conocer internacionalmente (traducida incluso al japonés)… pero que tardó una década en aparecer en castellano. Después publicó Ecología (1974), libro que se ha utilizado como referente en muchísimas universidades de todo el mundo, Limnología (1983), Our Biosphere (1997)… i atres.

Treinta años con Ramon Margalef (1974–2004)

Así mismo, más que de los hitos científicos del Dr. Margalef, que son bastante conocidos (ver Mètode 42), aprovechando que tuve la suerte de disfrutar de sus cualidades como persona, hablaré de su trato con los investigadores que le rodeábamos y lo haré explicando lo que aprendí con él durante los treinta años que pasaron desde que empecé la carrera, en 1974, hasta su fallecimiento, en 2004. Así intentaré reflejar sus procedimientos, la manera de plantear la investigación… en definitiva, el «método Margalef», pero también su rigurosa ética –que nos sirva de ejemplo– y las vivencias, tanto científicas como académicas y universitarias. Todo ello salpicado con frases geniales suyas y con algunas anécdotas que son divertidas al tiempo que significativas de su talante.

Ramon Margalef

Para el autor, el profesor Margalef fue «maestro de maestros» y creó una escuela que permite que su obra perdure no solo en las numerosas publicaciones, sino que crece y se difunde a través de sus discípulos. / Foto: Luis Monje

La mayoría de tesis doctorales que dirigió empezaron en el viejo Departamento de Ecología del antiguo edificio de la plaza Universitat, en Barcelona. Allá inició a un grupo de jóvenes estudiantes de Biología en el estudio de los insectos (los lepidópteros de un prado de Aiguafreda fueron el punto de partida de mi tesis). Siempre nos decía: «Hace falta determinar bien las especies, pero después no se queden con el nombre o en la simple acumulación de localidades porque serían buenos taxónomos, pero nada más». Y sentenciaba: «La información pertinente no consiste en la acumulación masiva de trivialidades».

Siempre se alegraba de verte y, si te encontraba desorientado, sabía decir las palabras adecuadas para animarte, y siempre con esa mirada clara y esa sonrisa, unas veces cómplice, otras irónico. Dentro de la libertad de imaginación (él no era nada académico), nos aconsejaba: «Vayan más allá; intenten escuchar lo que dicen los datos que tienen, cómo interpretar los resultados, qué conclusiones se pueden obtener, cómo se pueden extrapolar y cómo comprobarlo. Si los resultados dicen una cosa sorprendente, no debemos tener miedo a plantearlos como hipótesis».

La última de las numerosas tesis que dirigió es la que leí el año pasado. Sí, ya sé que no ha sido la más rápida de la historia… más bien al revés, pero más vale tarde que nunca, ¿verdad? El caso es que de allí, del desván del Departamento, salió la primera parte de la tesis, la de Ecología. El planteamiento que hizo era sorprendente porque quería comprobar si era cierto lo que se daba por hecho: que las mariposas se distribuyen según la vegetación. Él creía que esta relación estaba sobrevalorada. Así mismo, por más que leíamos libros, artículos, separatas… ninguno daba pie a ello y con la montaña de bibliografía sobre la mesa no sabíamos por dónde empezar… Entonces, un día dijo: «Se ha de documentar bien, pero el exceso de información puede ser tóxico.». Y también: «No lea demasiado, que solo sabrá lo que ha leído. Vaya al campo y toque el árbol».

«Su contribución a la oceanografía, a la limnología y, sobre todo, a la teoría ecológica, fue fenomenal»

Pues buen, siguiendo su consejo, prospectamos intensamente –durante dieciocho años–, cinco zonas de un sector del Montseny, recolectando 3.600 ejemplares de mariposas y centenares de plantas, y con un sistema de estandarización del esfuerzo de captura muy similar al sistema de transecto que más tarde introduciría Pollard (1977) y que ahora es habitual (Catalan Butterfly Monitoring Scheme, CBMS), pero que entonces (1975) era innovador. El resultado está recogido en los dos primeros capítulos de la tesis, que evidencian que no hay correspondencia entre las composiciones específicas de la comunidad de mariposas y la de plantas, más bien al contrario: a menudo son opuestas. Por ejemplo, en el bosque de ribera hay máxima diversidad de plantas y mínima de mariposas, una es creciente y la otras decreciente con la altitud, en el punto culminante es al revés y, en definitiva, la dependencia es mucho menor que la supuesta tradicionalmente. Más que de las especies de plantas que hay en el ecosistema, las mariposas se distribuyen siguiendo patrones que dependen de parámetros ambientales, como el grado de sombra, los microclimas, la densidad del bosque, la insolación, fragmentación, el efecto frontera y diversos factores físicos.

Por cierto, que en este viejo Departamento, donde él fue el primer catedrático de Ecología de todo el Estado español, creó un sistema de tratamiento de datos y utiliza el primer ordenador de la universidad: ¡una pila de cajas y cables de una habitación con una capacidad de 8 kB! Después llegaron las tarjetas perforadas, toda una reliquia para quienes vivimos aquella época, con enormes pliegues de papel perforado kilométrico escrito para impresoras ruidosas… era otro mundo.

La duplicación celular

A veces hablábamos de los libros que leíamos, como los de Nabokov, premio Nobel de Literatura, pero también gran entomólogo. De hecho, a raíz de artículos suyos el profesor Margalef tenía intuiciones brillantes. Por ejemplo, observando colecciones y láminas de libros de mariposas, se fijó en que en cada familia o subfamilia habían muchas especies de la misma medida. Además, dada su similitud, estos grupos debían tener presumiblemente un carácter monofilético y ser el reflejo de una diversificación gradual por modificación de distintos caracteres, pero manteniendo la misma medida porque sería adecuada y bien adaptada.

«Una de sus frases era: «Tenemos que acercarnos a la ciencia como los niños: preguntándonos siempre el porqué, no dando nada por hecho»»

En segundo lugar, se dio cuenta de que había más de uno de estos grupos de distintas medidas. En tercer lugar, que habían relativamente pocas especies de medidas intermedias. Y eso se repetía en distintos grupos y sugería que habían unos valores concretos entorno a los cuales se concentra la mayor parte de especies. Finalmente, se fijó en que, aparentemente, estas medidas parecían no distribuirse al azar, sino siguiendo un patrón de duplicación de la superficie alar. Entonces le pregunté: «Todo eso, efectivamente, lo parece, pero ¿cómo lo podemos demostrar?» Su respuesta fue: «Se lo diré (siempre hablaba de usted, hasta a un estudiante de primero) con una frase de David Mermin: Shut up and calculate!»

Y a fe de Dios si calculé… con estudios biométricos de 5.000 ejemplares de 252 especies de las dieciocho subfamilias (todas) de las Papilionoidea que hay en el Paleártico occidental, conseguimos evidencias de que cada línea filética tiene un par o tres de medidas de alas, en las que se agrupan la mayoría de especies. Todo junto sugería que unas podrían provenir de las otras y en proporciones de √2, lo que significaba que doblaban las superficies alares (si tienes una figura geométrica y una dimensión lineal aumenta en √2, la superficie se duplica). Muy bien, eso lo demostramos, pero el Dr. Margalef no tenía suficiente. Decía que hacía falta corroborarlo con el número de células… y no sabíamos cómo contar células (difíciles de diferenciar, delimitar…) y así estuvimos durante años…

Graellsia isabelae

Fotografía de detalle del ala de un ejemplar de mariposa Graellsia isabelae realizada por el autor del artículo. Esta imagen dio la idea al Dr. Margalef de que, con este tipo de fotos macro, se podían contar las escamas e, indirectamente, el número de células. Actualmente, la fotografía se puede ver en la entrada del Departamento  de Ecología de la Universitat de Barcelona. / Foto: Albert Masó

Yo estaba desesperado porque la parte evolutiva de la tesis, que podría ser la más trascendente, no avanzaba, Recuerdo un día que cambió la situación de estancamiento y el futuro de la investigación. Eran las 9 de la tarde, después de la clase de limnología. Le enseñé unas fotos de macro de alas de mariposas. Nada más verlas tuvo como una premonición y me dijo: «Fíjese, con estas imágenes puede contar las células». Y yo le dije: «¿Sí? ¿ Y cómo?». Y me contestó: «Mire: cada escama sale de una célula, ¿no? ¡Pues si contamos escamas estaremos contando células! ¡Aprovéchelo!».

«Podría ser que Ramon Margalef haya sido no solo un ecólogo universal y revolucionario, sino el último gran naturalista»

Y así fue: lo aproveché bien. Después de recuentos y más recuentos, conseguimos demostrar matemáticamente que la superficie alar tiene un valor predictivo sobre el número de escamas y que cada línea monofilética tiene un patrón común de incremento de la cantidad que hay en el ala (eso refuerza la importancia filogenética del número de escatas), y es prácticamente coincidente entre subfamilias que no tienen una especial relación filogenética, lo cual es indicativo del papel funcional de este carácter y de su importancia evolutiva y adaptativa. Así mismo, había una subfamilia (Parnasiinae) que no cuadraba, es decir, que la medida no era predictiva del número de escmaas y las pequeñas no generaban las grandes al multiplicar por √2. Y era una lástima porque si se trataban las pequeñas como una familia y las grandes como una otra, entonces todo encajaba. Obviamente, no podíamos hacer nada. Nada hasta que no llevamos la sorpresa de que otros autores, analizando caracteres morfológicos, ¡habían llegado a proponer que eran dos subfamilias diferentes! Eso nos proporcionaba una inesperado apoyo, pues investigaciones totalmente distintas llegaban a la misma conclusión, y finalmente no había ninguna excepción en nuestra teoría.

Macroevolución

Resultado de todo esto, y con otras comprobaciones contundentes, como ahora la elaboración de un modelo matemático de evolución de las especies que ratificaba nuestras conclusiones, propusimos un mecanismo de macroevolución basado en la duplicación de la superficie alar por duplicación de las células de las alas. Esta evolución por duplicación sería compatible con la diversificación: las duplicaciones resurgidas (las que dieran lugar a una nueva especia) serían sucesos relativamente poco frecuentes que generarían discontinuidades en la distribución de medidas, a partir de la cual se producirían nuevos fenómenos de especiación mediante procesos con pequeñas variaciones entorno a la medida alar lograda. En definitiva, la evolución global de la medida alar sería frito de la concatenación de un modelo gradual y continuo (microevolución) y de un modelo discontinuo (macroevolución).

Con todo esto comprenderéis que para muchos el despacho de Margalef respirara una atmósfera sagrada: allá se generaron las ideas que después se han materializado en numerosas investigaciones. Y si ahora he terminado esta es por dos cosas: por cumplir la promesa que le hice y porque he disfrutado mucho haciéndola. Él siempre decía que uno se lo ha de pasar bien investigando: «Si no, mejor que se dedique a otra cosa». Y concluía: «La investigación tiene que se un juego, porque solo jugando somos felices».

Arriba, a la izquierda, mariposa Argynnis paphia que utilizó el autor del texto en las investigaciones de su tesis doctoral. Arriba, a la derecha, detalle del ala superior. Debajo, en la imagen inferior, se aprecia el detalle de las escamas que le permitieron saber el número de células. / Fotos: Albert Masó

Conservó hasta el último momento este entusiasmo por la naturaleza y por la vida. La última vez que le vi fue en marzo de 2004, cuando llevé una foto ampliada de escamas de mariposa que le gustaba mucho (y que colgó en su despacho). Recuerdo que él me regaló una de las frases más bonitas que me han dicho nunca: «Deseo que recorra intensamente la naturaleza y la inmortalice con imágenes». Y  es lo que he intentado hacer desde entonces. Cada vez que lo pienso, no puedo evitar emocionarme… Guardaré su recuerdo como un tesoro y procuraré imitarlo en lo que pueda.

Fue un «maestro de maestros» y creó una escuela que hizo que su obra perdurara no solamente en las numerosísimas publicaciones, sino que crece y se difunde a través de sus discípulos. Hoy en día hay muchos buenos especialistas en diversas ramas de la Ecología, pero no hay muchos ecólogos completos, al estilo de Eugene P. Odum, George E. Hutchinson o Edward O. Wilson. Y mucho menos, como él, grandes naturalistas en el viejo sentido de la palabra. Podría ser que Ramon Margalef haya sido no solo un ecólogo universal y revolucionario, sino el último gran naturalista.

Finalmente querría recordar una anécdota que refleja su carácter. Al plantearme la parte evolutiva de la tesis, le pregunté: «¿Qué habremos conseguido si después de tantos conteos, mediciones, cálculos y análisis resulta que no aparece ningún patrón?». Su respuesta fue contundente: «Pues si no hay patrón, habremos conseguido una cosa igualmente valiosa». «¿Pero el qué?», insistí. Y con su irónica sonrisa habitual me dejó ir: «¡Que ahora lo sabemos!»

A pesar de compartir estas sabias palabras, no puedo esconder mi satisfacción al comprobar que los resultados apoyan sus intuiciones. Y querría creer que el día de la lectura de la tesis el querido maestro hizo una de sus sonrisas a la que nos tenía acostumbrados y dijo: «¡Lo hemos conseguido!», pero también «¡ya era hora!».

Sobre el título de este artículo «El rostro humano de un ecólogo revolucionario» también fue el título elegido para la mesa redonda organizada por la Institució Catalana d'Història Natural el 18 de junio de 2019 en la que intervinieron Ramon Margalef (hijo) y los doctores Mercè Dufort, Josep Mª Camarassa y Albert Masó.

© Mètode 2019

 Doctor en Biología, escritor, profesor y fotógrafo de naturaleza (Barcelona).