Entrevista a Pere Estupinyà

«Es un error poner la ciencia como protagonista y tratar de explicarla»

Escritor, divulgador científico y presentador del programa El cazador de cerebros

Comunicador científico, escritor y speaker. Así se define Pere Estupinyà (Tortosa, 1974). Titulado en Química y Bioquímica, empezó a explicar lo que hacía y lo que leía primero a sus amigos, y después en una emisora local de Tortosa y en un diario comarcal. El año 2001 –y hasta el 2005–, quizá gracias a una mezcla de desparpajo y fortuna, Estupinyà entró a trabajar como editor del programa Redes de Televisión Española (TVE). Explica que, en una de esas épocas en que no sabes muy bien qué haces ni qué quieres hacer, escribió al equipo del programa ofreciéndose para colaborar, sin cobrar. Y llegó la respuesta de Eduard Punset: «Envíanos tu currículum. Estamos buscando gente que quiera dedicarse a la comprensión pública de la ciencia.» Después lo entrevistaron y pocos días más tarde se fue una persona del equipo, un golpe de suerte que Estupinyà supo aprovechar.

Pere Estupinyà

Fotografía de Jesús Císcar

La experiencia que lo transformó, sin embargo, fue pasar diez meses en los laboratorios y las aulas del MIT, entre el 2007 y el 2008, gracias a la beca Knight Science Journalism. Un lugar donde le pagaban –y no poco– por aprender. Y un lugar, también, que da cobijo al nacimiento del «ladrón de cerebros», el alter ego de Estupinyà. Bajo este nombre ha escrito los libros El ladrón de cerebros. Compartiendo el conocimiento científico de las mentes más brillantes (Debate, 2010) y El ladrón de cerebros. Comer cerezas con los ojos cerrados (Debate, 2016). También ha dado el salto del papel a la pequeña pantalla, en el 2015 en Ecuador, y desde septiembre del 2016 en La 2 de TVE. Aquí, sin embargo, ha sido rebautizado como El cazador de cerebros. «Es lo mismo, lo que pasa es que por cuestión de derechos este programa de televisión no se podía llamar igual que el libro», explica Estupinyà.

A Pere Estupinyà también se le conoce como «el científico del sexo», después de haber escrito S = ex2 (Debate, 2013). Un título que no deja lugar a confusiones y que al mismo tiempo abre la puerta a todo un mundo de conocimientos, a una serie de «respuestas a qué nos ocurre cuando estamos disfrutando de la actividad que más nos interesa, pero que paradójicamente la ciencia tiene más reparos en explorar», tal como dice en el libro. En esta obra encontramos una forma innovadora, rigurosa y amena al mismo tiempo, de acercarse al estudio científico de la sexualidad humana.

Nos citamos con Pere Estupinyà en Valencia, aprovechando que visita la ciudad para participar en las conversaciones en el Espai Ciència del Octubre Centre de Cultura Contemporània. Llega directo de la estación y le entrevistamos en el recibidor del hotel donde se alojará. «Ya haré el check-in después», dice. Aún con la grabadora apagada, conversamos sobre el número de Mètode que acaba de salir, SheScience, y sobre el que tenemos en marcha –este que ahora estáis leyendo–. Porque Estupinyà, además de todo lo que ya se ha explicado, también es colaborador habitual de la revista. La sección, evidentemente, se llama «El ladrón de cerebros».

¿Cómo pasó de ser científico a ser divulgador?
Empecé un doctorado en genética y me decepcionó cómo era el trabajo del día a día de un científico, creo que porque caí en un laboratorio muy poco estimulante. Si hubiese caído en otro quizá habría continuado mi vocación científica. Pero yo sentía mucho interés por la ciencia y pensaba que la divulgación podía ser una forma de vincularme a ella sin pasarme encerrado en el laboratorio equis horas haciendo PCR, unas reacciones rutinarias. Y así, poco a poco, de forma amateur, empecé a hacer cosas hasta que en un momento dado tuve la oportunidad profesional de entrar en Redes.

¿Prefiere hablar de divulgación o de comunicación científica?
Al final solo son términos, pero la forma como yo lo explico es que comunicación lo es todo. Dentro está la divulgación, que tiene unas características más atemporales, más educativas, más procientíficas; y está el periodismo científico, que es comunicación científica también pero que tiene un componente crítico, tiene el componente de actualidad y tiene el componente de unas normas más estrictas que marca el periodismo.

¿Por qué dice que es «un consumidor omnívoro de ciencia»?
Cuando digo que soy «omnívoro» quiero decir que leo mucha ciencia y de todo tipo. Creo que eso viene de haber trabajado cuatro años en un programa de televisión como Redes, que cada semana trataba un aspecto diferente. Eso hace que tomes un interés y una visión básica de cualquier tema.

¿Y no hay ninguno que le cueste tragar?
Por ejemplo con las matemáticas no lo consigo, porque al final es un lenguaje que o lo hablas o no lo hablas.

Pere Estupinyà

Fotografía de Jesús Císcar

Entonces, ¿no podemos divulgar las matemáticas?
Se pueden divulgar, y hay gente que lo hace bien, pero a mí no me llega, no me interesa. De hecho, creo que es un error plantearse divulgar matemáticas, o incluso divulgar ciencia, con el concepto de ponerla como protagonista y tratar de explicarla. Es un tema sobre el que estoy reflexionando últimamente. Creo que debemos poner en el centro las preguntas de la gente y buscar que la ciencia les dé solución. Es decir, creo que la forma de divulgar matemáticas, especialmente por este componente de dificultad del lenguaje, sería hablar de cualquier cosa que pueda estar próxima a la gente, buscar qué matemáticas se están aplicando y transmitirlo de esta manera. Pero intentar explicar matemáticas directamente es complicado.

¿Quién es el ladrón de cerebros?
El ladrón de cerebros es mi alter ego y nace de una tarde en Washington DC, cuando ya tenía prácticamente acabado mi primer libro, pero no tenía título. Tenía títulos como La maravilla de la ciencia o El viaje a la ciencia, títulos que no tenían gancho. Una tarde fui a un café y dije «Yo de aquí no salgo hasta que tenga el título». Empecé a pensar y se me ocurrió el concepto de «Robin Hood de la ciencia», pero no me gustaba, porque la palabra ciencia sé que asusta a alguna gente. Pensaba en «el Robin Hood del conocimiento», «el que roba a los que más saben», «el ladrón del conocimiento»… Entonces me vino a la cabeza «el ladrón de cerebros» y lo vi clarísimo. De hecho, me hice una fotografía con el ordenador diciendo «Este es un momento clave». Me di cuenta de que tenía no solo el nombre de un libro, sino un concepto con el que me sentía muy identificado y que al final sería más que un libro, sería una marca.

¿Por qué sus aventuras llegaron antes a la televisión de Ecuador que a la española?
El programa se propuso inicialmente a TVE, donde mostraron mucho interés pero en aquel momento nos dijeron que esperáramos un poco. Como ya teníamos el proyecto definido, y yo tengo muchos contactos por América Latina, lo propuse a gente de México, del Perú, del Ecuador… Una persona del Ecuador vio que podía encajar con el trabajo que estaba haciendo el país de apuesta por la innovación en las universidades públicas, hizo de enlace con el gobierno y sacamos adelante el proyecto. Por tanto, el porqué de hacerlo antes allá es cuestión de tempo. Cuando lo propusimos en el Ecuador era el mejor momento posible. Cuando lo propusimos a TVE no era el mejor momento, pero después se retomó en seguida.

«Lo que hace rico a un país es empezar haciendo ciencia básica y acabar haciendo una transferencia industrial»

En el libro Comer cerezas con los ojos cerrados hay un capítulo titulado «La ciencia no es para países ricos, sino para los que quieran serlo». ¿Qué quiere ser el Estado español?
Hay una frase en inglés que es put your money ­where your mouth is [que podría equivaler más o menos a “Menos predicar y más dar trigo”] y España no lo está aplicando, España no apuesta por la ciencia como forma de riqueza. Porque no es solo la ciencia, es también la innovación y la transferencia de conocimiento. La ciencia académica no hace rico a nadie, lo que hace rico a un país es acabar el proceso, es empezar haciendo ciencia básica y acabar haciendo una transferencia industrial. Y esta ecuación se cumple cuanto más relacionada está la ciencia que hace un país con su industria. En Chile, si investigas en formas de extraer el cobre más eficientes o en la fisiología del salmón, verás beneficios. Había un programa de El cazador de cerebros que hablaba de nutrición y yo acabo diciendo que quizá donde se debería innovar científicamente es en el ámbito de la cocina. ¿No somos tan buenos en eso? Pues hagamos más ciencia. En ámbitos donde no tenemos tejido industrial se puede investigar por conocimiento, pero no por riqueza.

«Soy muy pro profesionalización de la comunicación»

¿Cree que los investigadores e investigadoras tienen la obligación de divulgar el conocimiento a la sociedad?
No, no les corresponde a ellos. Los investigadores creo que tienen la obligación de investigar y de hacer buena ciencia. La institución que les acoge tiene la obligación de difundir y los investigadores indirectamente tienen la obligación de tener buena predisposición hacia la divulgación. Si algunos de ellos, a parte de esta buena predisposición, quieren hacer divulgación de forma activa, perfecto. Pero este mantra de que «el científico está obligado a comunicar» creo que no vale, que no es él individualmente, sino la institución que lo acoge. Porque, además, los hay que son patéticos comunicando y es una pérdida de tiempo y de recursos. Yo soy muy pro profesionalización de la comunicación.

¿Tiene consecuencias la mala divulgación?
Si a alguien a quien no le interesa la ciencia le dices «Eh, que esto es muy importante, que esto es interesante» y decide darte una oportunidad, y lo que le ofreces es mala divulgación, ya no vuelve. ¡Es como un mal restaurante! Tú vas a un mal restaurante y no vuelves. Por tanto, la mala divulgación tiene un efecto contraproducente. En este caso es mejor no hacerla.

Pere Estupinyà

Fotografía de Jesús Císcar

Qué perfil es mejor: ¿comunicador especializado en ciencia o científico con conocimientos de comunicación?
En esta discusión no tengo una preferencia, está bien de las dos maneras si se acaba haciendo de una forma profesional y seria. Creo que el científico tiene una ventaja a corto plazo, pero tiene un camino más limitado normalmente, porque es bueno divulgando sobre su campo y hasta cierto punto. Pero los grandes proyectos solo se pueden hacer de manera profesional, no puedes hacer las dos cosas a la vez. Para hacer actividades en escuelas o textos en revistas está muy bien, pero, por ejemplo, cuando tenía el blog de los Apuntes científicos desde el MIT y quería abrirlo a científicos para que escribiesen, los dos o tres primeros textos, muy bien, pero el cuarto ya se empezaba a atrasar, y se lo dejaban porque no tienen continuidad, porque en realidad solo saben de su campo. Si tú les dices: «Háblame de esto nuevo que ha salido» te dicen que eso no es su campo. Por tanto, creo que a medio y largo plazo suele ser mejor quien tiene la formación de comunicador.

¿Sigue vigente el concepto de las dos culturas de Charles P. Snow?
Yo soy muy pro tercera cultura, no creo nada en las dos culturas. Creo que es solo una forma de ordenar los estudios, y que es incluso negativa. En el mundo laboral, en el mundo real, en el mundo que nos rodea, no hay dos culturas separadas. El conocimiento es único, y el conocimiento global utiliza el conocimiento científico, artístico, humanístico, filosófico. Yo no entiendo de educación, pero creo que esta diferenciación entre «de ciencias» y «de letras» se tendría que eliminar de los institutos.

¿El humor y la ciencia son aliados o rivales?
No es la herramienta que más utilizo, a veces un poco la ironía, pero el humor me parece muy buena manera de acercar la gente a la ciencia. Hay ejemplos de ciencia y humor, como los monólogos de Big Van. Cuando ya han acercado a la gente aprovechan para transmitirle unas cosas, y cuando acaban dicen «Escucha, hazme preguntas», y eso está muy bien. En cambio otros, sobre todo en la televisión, hacen humor y no sirve de nada. Sí, sirve para distraer, pero no han transmitido ningún concepto, no han cambiado ninguna mentalidad.

«La audiencia es importante para la televisión, pero para la divulgación científica no es lo único importante»

Se puede tener mucha audiencia pero poco impacto.
És que l’impacte no es pot mesurar només per audiència. És com dir «Han entrat 2.000 persones a la meva botiga». Quantes compren? Tu el que vols són les vendes. Doncs en la divulgació científica primer et marques un objectiu: vull convèncer la gent que la ciència és important, o vull que la gent aprengui coses, o vull generar un debat sobre un tema concret, i el que mesura l’impacte és si estàs complint o no l’objectiu. L’audiència és important per a la televisió, però per a la divulgació científica no és l’única cosa important.

¿Y qué objetivos se han marcado con El cazador de cerebros?
El principal, renovar la temporada. Y como objetivo personal me planteo tener un impacto positivo en la sociedad. Yo creo que hay tele que es nociva. Eso del Gran Hermano y de las discusiones estas de Sálvame, ¿tiene un impacto negativo? ¿La gente cuando ve eso se frustra más? ¿Se genera más idiotez? ¿Se acostumbra a debatir de una forma más visceral y menos racional? Yo creo que sí, pero no tengo datos para demostrarlo. Pero de la misma forma que creo que hay televisión con un impacto negativo, me gustaría que nuestro programa tuviese un impacto positivo.

¿Somos lo bastante críticos en nuestro día a día?
Depende de en qué cosas. Yo en el libro digo que el pensamiento crítico es fundamental para nuestras vidas, pero tampoco es que esté plenamente convencido, porque hay gente a la que sin pensamiento crítico ya le va bien. De alguna manera me da la sensación de que la gente es muy crítica hacia afuera, pero poco crítica hacia adentro. Y la crítica hacia afuera es importante pero la autocrítica lo es casi más.

«Creo que ahora lo más importante del pensamiento científico ya no es el método en sí, sino la interpretación objetiva posterior»

¿Por qué la ciencia es «comer cerezas con los ojos cerrados»?
Eso viene del debate que organi­zasteis en Mètode sobre qué es la ciencia [Institut d’Estudis Catalans, 20 de mayo del 2015]. Una definición muy básica de la ciencia es «observar, sacar unas hipótesis a partir de la observación, ponerlas a prueba experimentalmente y sacar unas conclusiones». Las dos primeras fases es lo que hacemos todos en el día a día, y lo que diferencia a la ciencia es la parte experimental. Es decir, estas hipótesis que me planteo, en vez de creérmelas, las pongo a prueba experimentalmente. Pero me estaba dando cuenta de que eso es insuficiente, que la fase verdadera que define la actitud más científica es ser objetivo con los datos. Estamos rodeados de información, y tú puedes coger los datos y hacer el cherry picking [seleccionar] que te apetezca para defender lo que quieras. Entonces, creo que ahora lo más importante del pensamiento científico ya no es el método en sí, sino la interpretación objetiva posterior, es decir, coger cerezas con los ojos cerrados y no hacer cherry picking.

En la introducción de su último libro también dice que concibe la ciencia como «nuestro verdadero sexto sentido».
La información es una magnitud física que existe en la naturaleza. Ya hay gente, desde John von Neumann, que lo ha ido diciendo. Que el CO2 está relacionado con el cambio climático o el tabaco con el cáncer de pulmón es una información que existe en la naturaleza. La única forma que tenemos de saber esta información que está fuera es la ciencia. Los ojos no nos muestran esta información, ni con microscopios. Podemos ver con los ojos una bacteria, gracias al microscopio, pero las relaciones entre fenómenos son algo físico que existe en la naturaleza, y la ciencia es el órgano, el sentido, que percibe esta información. Esta es una idea que tuve y que no desarrollé lo suficiente en el libro porque me faltaba mucho más trabajo para hacerlo, pero me la creo bastante.

Ha escrito libros que tratan temas muy diversos, pero también uno que se centra en algo muy concreto. ¿Quizá en el próximo desarrollará lo del sexto sentido?
No lo sé aún, tengo unas cuantas ideas, pero seguramente también será de un tema concreto. A partir de ahora creo que haré eso con los libros. Cuando hay un tema que te enamora, es muy estimulante dedicarse, poderlo exprimir y tener esta sensación de estar aprendiendo mucho, de hacerse experto en el tema. Trabajar en el libro del sexo fue superestimulante.

«Quise hacer un libro sobre sexualidad que tratase el tema de una forma muy seria y científica»

¿Por qué decidió escribir S=ex2?
Porque me di cuenta de que nadie en el mundo hispano había escrito un libro, ni bien hecho ni mal hecho, sobre investigación científica en sexualidad. Cuando estuve en los Estados Unidos y en muchos congresos me di cuenta también de que había mucha investigación científica sobre sexualidad, muy interesante y muy multidisciplinaria. Pero los libros que había eran de biología evolucionista, de animales y de nuestros antepasados, y eso era insuficiente para describir el comportamiento humano. Yo quise hacer un libro tratando el tema de una forma muy seria y muy científica. Le pongo anécdotas y experiencias personales para hacerlo dinámico, pero es muy sólido científicamente.

¿Y cómo se lleva eso de ser «el científico del sexo»?
Ahora muy bien, pero tuve una fase con miedo de encasillarme. Creo que dejé de escribir sobre el tema y dejé perder algunas oportunidades para evitarlo. Ahora que de alguna manera he recuperado mi actividad de divulgador científico genérico, me encanta combinarla con charlas sobre sexualidad, artículos, conversaciones… Es un tema que creo que me acompañará durante toda mi carrera en paralelo al resto.

Pere Estupinyà

Fotografía de Jesús Císcar

¿Hay machismo en la ciencia?
Hay machismo en la ciencia. De hecho, la ciencia, que en teoría es una cosa más progresista y que tendría que ser pionera en algunas revoluciones como la investigación de la igualdad, no lo es nada, está muy atrasada y todos los datos lo corroboran. Hay que entender bien los motivos y tomar decisiones que sepas que funcionan. ¿Tienen en general los hombres un ego más grande que las mujeres que les hace querer de una forma más intensa ocupar puestos de poder? ¿Y se premia esta actitud? Porque si es así, esta es una manera de atacar, tanto por formación de las propias mujeres como por criterios a la hora de evaluar. Entonces, la respuesta corta a la pregunta es «sí», y es algo que hay que cambiar, no porque tenga que ir mejor o peor, sino simplemente porque es injusta.

¿Tienen esto en cuenta cuando preparan el programa?
Somos conscientes de que la divulgación gusta más a hombres que a mujeres, y hay muchos datos de eso. Si hacemos un programa que guste a mujeres, también gustará a hombres, porque a ellos ya los tenemos más ganados. Para gustar a mujeres no importa tanto si salen mujeres como qué temas tratas. Entonces, hemos trabajado a dos niveles. Uno de temática, de tono y de discurso. Sabemos que los discursos de competición gustan más a los chicos que a las chicas, y eso hay gente que lo está estudiando en didáctica de las ciencias. Pero también siempre hemos intentado equilibrar al máximo posible la presencia de figuras femeninas y masculinas en el programa.

Uno de los capítulos de El cazador de cerebros se llamaba «¿En qué sueñan los científicos?». Y Pere Estupinyà, ¿en qué sueña?
No me lo había planteado… [se queda pensando] ¿En qué sueña Pere Estupinyà? [silencio nuevamente]. Podría soñar en una macroproducción, del estilo de National Geographic o la BBC, que me llevase por todo el mundo descubriendo ciencia, cultura, naturaleza… Pero eso es algo muy individual. Una respuesta que te podría dar es que un sueño que tenía era dirigir mi propio programa en la televisión, cerrar este ciclo de haber empezado trabajando en este medio. Ahora me van apareciendo pequeños sueños, pero no un proyecto a gran escala. Mira, puedes acabar diciendo «y se quedó pensando, mientras hacía el check-in, que necesitaba un sueño», o algo así.

Y al acabar la entrevista, Pere Estupinyà se quedó pensando, mientras hacía el check-in, que necesitaba un sueño.

© Mètode 2017 - 92. El universo violento - Invierno 2016/17
Licenciada en Periodismo y graduada en Comunicación Audiovisual. Revista Mètode, Universitat de València.