El secuestro de las palabras en nutrición

Es innegable que, a la hora de adquirir productos, estamos influidos enormemente por la publicidad, la presentación y la terminología que lucen cada uno de los envases que encontramos en cada establecimiento.

Dentro de esta tendencia, habría que destacar cómo estos años los supermercados y los espots publicitarios se han inundado con reclamos tan llamativos como «sin aditivos», «100 % natural», «casero» o «receta única», términos que despiertan en el consumidor una connotación positiva, que se perciben como «mejores». Una legislación muy laxa con el etiquetado y con la creatividad publicitaria deja muchas veces al consumidor indefenso ante estos engaños.

«Sin químicos» o «sin números E» es un reclamo más que recurrente en algunos productos alimentarios. Al margen de los más que evidentes esquivos que se hace a la legislación con estas menciones, se lanza un mensaje equívoco a la sociedad, que puede llegar a entender que los aditivos son peligrosos o que la comida tiene «químicos».

Hablar del término químico en un alimento, cuyas moléculas incorporamos a nuestra estructura o con las cuales obtenemos energía, es bastante irónico. Todo es química, podríamos decir. Pero este uso viene a indicarnos esa connotación negativa de lo químico entendido como «tóxico».

Los aditivos muchas veces tienen funciones deseables desde el punto de vista de la seguridad y de la prolongación de la vida útil de los alimentos. Es cierto que hay aditivos más superfluos, con funciones centradas en mejorar solo el aspecto organoléptico, pero no por ello debemos meter a todos en el mismo saco.

Se puede afirmar que son seguros, y que esas dudas sobre su supuesta «peligrosidad» no están fundamentadas, aunque tampoco sean inocuos. No se trata de meter miedo con su presencia, sino de ser conscientes de su función y de cuándo pueden ser más o menos convenientes.

«Habría que preguntarse: ¿qué es natural en alimentación hoy en día? Y ya de paso: ¿qué problema hay con que algo sea artificial?»

Aquellos alimentos que no contengan números E con una alta probabilidad serán más saludables, no porque los aditivos sean perjudiciales per se, sino porque una alimentación saludable debe estar basada en productos frescos. Esto se puede entender fácilmente con un ejemplo: una fruta es más saludable que un zumo, al igual que un cereal integral es preferible a una galleta, por el mismo motivo que el pescado fresco es preferible a una varita de merluza. La preocupación habría que canalizarla frente a los productos ultraprocesados, no frente a los aditivos.

Por el contrario, y ante estas connotaciones negativas a las que muchas veces se asocia lo químico o lo artificial, surge la tendencia de llamar a diferentes productos con el término natural.

Desde el punto de vista de la legislación este término tiende a no significar nada, debido a la laguna legal que ampara a lo 100 % natural. No obstante, habría que preguntarse: ¿qué es natural en alimentación hoy en día? Y ya de paso: ¿qué problema hay con que algo sea artificial?

Da igual que un caldo ultrasalado o que un pan de molde refinado se bauticen como «naturales». ¿Es acaso un yogur natural «natural»? ¿Lo es someter a la leche de vaca a un proceso de fermentación controlada para obtener este subproducto?

Estos términos hace tiempo que pertenecen a la etiqueta, a la industria alimentaria. La gente que trabajamos día a día con estas herramientas sufrimos al ver cómo nuestros pacientes recurren a un contexto confuso para comprar sus productos alimentarios. Nos han secuestrado palabras como natural. Tenemos que recurrir a frases menos cómodas y más enrevesadas como materia prima o producto sin procesar, porque corremos el riesgo de que la próxima vez que le digamos a un paciente que coma productos «naturales», acabe comprando un caldo, pan refinado o un zumo; alimentos que se han adueñado del término, pero no de las propiedades de la comida sin procesar.

© Mètode 2017 - 95. El engaño de la pseudociencia - Otoño 2017