Entrevista a María José Sanz

«El cambio climático puede ser una oportunidad para cambiar las cosas»

Directora del Basque Centre for Climate Change

María José Sanz

La COP 24, la Conferencia de la ONU sobre cambio climático, empezó la semana pasada en Polonia con cierto tono de pesimismo y falta de esperanza con la ausencia de los principales líderes mundiales y mayores emisores de CO2 en la sesión de apertura. Si la conferencia de París de 2015 desprendía ilusión y parecía que finalmente los países conseguían llegar a un consenso en la lucha contra el cambio climático, solo tres años después la sensación es totalmente distinta. El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ya ha anunciado que su país renuncia a acoger la cumbre de 2019. Y el pasado sábado, Rusia, EEUU y Arabia Saudí votaron en contra de que la conferencia se acogiera al último informe especial del Grupo Intergubernamental de Cambio Climático, el IPCC. Un informe presentado el pasado mes de octubre, donde el grupo de expertos advertía de la necesidad de limitar el calentamiento global a 1,5 °C sobre la temperatura preindustrial (y ya vamos por un grado) e instaba a tomar medidas urgentes.

En contraste con la política de estado de algunas grandes potencias, la lucha contra el cambio climático es una cuestión que cada vez más se incluye en la agenda política y ciudadana. María José Sanz visitó Valencia el pasado mes de noviembre durante una de estas iniciativas, para participar en una mesa redonda dentro del ciclo de actividades «Valencia cambia por el clima», organizado por la fundación València Clima i Energia.

El discurso de María José Sanz (Valencia, 1963) desprende en todo momento esa seguridad de quien domina ampliamente un campo desde multitud de ángulos diferentes. No es extraño, ya que esta doctora en Biología, formada en la Universitat de València, dirige el Basque Centre for Climate Change (BC3) desde 2016 y es una de las expertas más reconocidas en cambio climático de nuestro país. La directora explica que el centro, nacido en 2008, surgió para cubrir el vació existente en la investigación socioeconómica del cambio climático, y poco a poco ha ido incorporando otras disciplinas científicas. El resultado, un centro multidisciplinar y pionero en España, centrado en la producción de conocimiento para la toma de decisiones desde un perspectiva ambiental, socioeconómica y ética del cambio climático, según destaca la misma web del centro.

María José Sanz colabora con el IPCC desde 2001, como autora y revisora de diferentes informes, además de haber trabajado con diversos organismos internacionales como la FAO. Ahora, se encuentra preparando como coordinadora el informe sobre Cambio climático y tierra, que se publicará el próximo verano.

María José Sanz

María José Sanz durante un momento del diálogo en el que participó en el Jardín Botánico de la Universitat de València, el pasado 6 de noviembre, dentro del ciclo «Valencia cambio por el clima». / Foto: Lluís Campello

El pasado mes de octubre conocimos el informe especial del IPCC sobre el calentamiento global de 1,5 °C, ¿qué implica este documento?

En la COP de París, las islas del Pacífico, que corren un riesgo real de desaparecer al subir el nivel del mar, pidieron que diéramos por sentado que nos debíamos quedar en la limitación de 2°. Este informe lo que hace básicamente es simular escenarios para un aumento de 1,5° y de 2° y ver las diferencias. Y llega a la conclusión de que técnicamente es posible quedarse en un aumento de 1,5° y además esto implica grandes diferencias con una subida de la temperatura de hasta 2°. Lo que no dice es como hacerlo. Sí que lo hace en términos globales, pero no cómo aplicar estas medidas en la realidad. Y esto es muy complicado porque ya depende de cómo se regulen los sistemas de gobernanza nacional.

Es el turno de la política.

Exacto. Y ahí el IPCC no puede entrar.

A veces da la sensación de que cuando hablamos de manera general de cambio climático, fuera de círculos científicos, tenemos una idea muy limitada a las emisiones de vehículos, pero hay muchas actividades humanas que contribuyen al cambio climático. ¿Hacía donde deben ir las soluciones?

El sector más importante es el de la energía: para industria, para consumo doméstico y para transporte. El transporte es un sector difuso y depende mucho del comportamiento de la población, del marketing de las empresas de automóvil… Por eso, por ejemplo, la directiva europea de comercio de emisiones no incluye el transporte; están solo los focos puntuales como la industria. Pero no contempla el transporte, que depende más de los sistemas de gobernanza o directivas relacionadas con la calidad del aire, por ejemplo, o de las ordenanzas municipales de la limitación del tráfico en la ciudad por otras razones. Y esto es más complicado.

El informe especial asegura que es necesario reducir las emisiones a 0 de aquí a 2050, ¿cómo lo haremos?

Bueno, lo que dice exactamente es que en 2050 el balance de emisiones y de secuestro de carbono debe ser 0.

Y teniendo en cuenta nuestro modelo actual, ¿qué debemos cambiar para conseguirlo?

Es complicado, por eso el IPCC apuesta mucho por soluciones naturales: repoblaciones, reforestación… Pero esto es peligroso, porque estamos trabajando con escenarios globales. Muchas veces, cuando estaba trabajando con la FAO y estabas realizando estudios sobre países asiáticos o africanos, ellos te decían: «Vale, ¿y ahora qué hago con esto? ¿Cómo lo traslado a mis circunstancias?». En el próximo informe sí que se hará un esfuerzo para regionalizar, pero aun así a mí estos modelos no me convencen. Globalmente son coherentes, pero cuando empiezas a bajar de escala no funcionan bien.

Entonces, ¿hacia donde deben ir estos modelos?

Yo creo que la comunidad científica está dándose cuenta del problema. Nosotros estamos trabajando bastante en poner sobre la mesa herramientas de modelización, que, con toda la información que tenemos, permitan ir de abajo hacia arriba, de manera que al final encuentres coherencia entre lo que dicen los informes y lo que puedes hacer. Por ejemplo, si el gobierno español y las comunidades autónomas tienen cada uno una ley de cambio climático, al final deberá haber una coherencia. Y esto es lo más difícil de desarrollar, porque cada uno tiene sus puntos de vista, sus intereses, sus contextos políticos… Y ahí no puede entrar el IPCC. Ellos lo que te dicen es: «Esto es lo que se debería hacer y técnicamente es posible».

Entonces, como decíamos, la pelota está en el tejado de las administraciones, de los gobiernos… ¿pero qué responsabilidad tenemos los ciudadanos?

Debe ser una lucha conjunta de los gobiernos y la ciudadanía. Lo que sí es cierto es que, si la demanda no cambia, las industrias continuarán por el mismo camino porque es ahí donde están sus beneficios. La única manera de cambiar esta dinámica es que la población tenga una visión más crítica y cambie algunos aspectos de la demanda. En realidad es un problema de sostenibilidad. Siempre lo ha sido. El cambio climático es una manifestación de un modelo insostenible. No es normal que la gente cambie de teléfono móvil cada dos meses, por ejemplo. O de electrodomésticos, cuando antes tenías una lavadora treinta años. Ahora, la perspectiva empresarial y económica es que el beneficio está en la producción, y esto debe cambiar.

Pero cuando un consumidor ve que es más barato comprar un producto nuevo que arreglar uno que tiene algún problema, ¿cómo lo convences?

Es que esto es lo que no tiene sentido. Ahora todos los electrodomésticos tienen obsolescencia programada. Y el libre mercado no solucionará el problema. Las últimas crisis se han debido a que no existe una regulación del sistema financiero. El cambio climático se ve como una cosa negativa, pero en este sentido es una oportunidad para cambiar las cosas. Sin el cambio climático no tendríamos una razón para cambiar todo esto, y hacerlo teniendo en cuenta la justicia social, mirando que las desigualdades desaparezcan… En este sentido hay una oportunidad muy grande en los países en vías de desarrollo que están tomándoselo más seriamente que muchos países desarrollados.

Cuando comenzó la crisis económica ahora hace diez años, también se dijo que era una oportunidad para repensar el sistema, pero parece que hemos caído otra vez en lo mismo.

Porque en el momento en que todos los indicadores van mejor, la gente se relaja y piensa que todo será igual que antes. Pero no será así. Y en este sentido la educación es fundamental. Tenemos que desarrollar un sentido crítico en las generaciones que ahora tienen 10 o 12 años.

¿Y qué papel deben jugar los medios de comunicación?

Los medios de comunicación no deben pensar en comunicar el cambio climático, sino en incorporar el cambio climático como un aspecto más a tener en cuenta en lo que comunican. No creo que por decir «que viene el cambio climático» consigamos que se cambien las cosas. Pero empresario entenderá: «Mira, en diez años tu negocio se va a ir a pique». En cambio, si a la misma persona le hablas en términos medioambientales, no lo entiende porque no está en su imaginario y le da igual. Los medios de comunicación tienen una responsabilidad para buscar el mensaje más efectivo y adecuado para cada comunidad o grupo de pensamiento.

María José Sanz

María José Sanz en el Jardín Botánico de la Universitat de València, el pasado 6 de noviembre. / Foto: Lluís Campello

Y los científicos, ¿tienen que tener un papel activo en la  comunicación del cambio climático?

La comunidad científica es muy curiosa. Quieren ser visibles, pero no son capaces de hacerlo. En el Reino Unido siempre ha habido una figura intermedia entre científicos y políticos, que siempre ha sido muy efectiva para trasladar estos mensajes, no solo en cambio climático sino en muchas otras cosas. El problema es que dentro de la comunidad científica esta figura no se valora. Pero necesitamos a esta gente que tiene el conocimiento científico para entender lo que dicen los científicos pero que también entiende como funciona la política. Yo creo que esto mejoraría con la entrada de más ciencias sociales.

El último informe especial nos muestra las diferencias que puede haber simplemente en medio grado de temperatura. ¿A qué consecuencias nos enfrentaremos si no hacemos nada?

Las consecuencias son fundamentalmente geopolíticas. Si el clima cambia, cambian las condiciones en las que las economías se han desarrollado o los equilibrios de poder que se han establecido en los últimos cien años. No se acabará el mundo, pero el mundo será diferente.

Pero en el ámbito cotidiano, ¿cómo nos afectará? Cada vez leemos más noticias sobre transmisión de enfermedades a través de mosquitos que antes no estaban en nuestro territorio, sufrimos episodios de lluvias torrenciales más extremos, la subida del mar parece que cambiará nuestra costa…

Sí, todo esto cambiará. No podemos considerar solo luchar para evitar que el clima cambie, también tenemos que adaptarnos. La temperatura está ahora un grado más alta que en la época preindustrial. Y medio grado más puede llegar en veinte años, quizás menos. Por ejemplo, leía un estudio reciente que explicaba cómo se está viendo que el océano acumula calor a una velocidad mayor de la prevista. Y esto quiere decir que las circulaciones oceánicas, que regulan el clima, cambiarán. Podemos tener cambios muy abruptos en muy poco tiempo. Esto cada vez es más probable, por decirlo de una manera suave.

Pero parece que usted sí que ve una predisposición a tomar medidas por parte de gobiernos y actores implicados.

Sí, pero no solo por el cambio climático sino porque nuestra sociedad no es sostenible. En la FAO hicimos un estudio donde realizábamos una estimación de la huella del uso de la tierra según el consumo de diferentes países, y en la última década esto ha cambiado brutalmente. Ahora, el país con una huella global mayor fuera de sus fronteras es China. Es decir, que incluso si China adoptara políticas domésticas de cambio climático, hay que tener en cuenta que tiene un impacto externo. Todo lo que no hará dentro de casa lo hará fuera si no hay una gobernanza potente. El cambio climático cambiará el balance y la geopolítica mundial. Y creo que sí que se le presta atención, lo que ocurre es que no está en los medios de comunicación.

Pero a escala mundial, no encontramos con personajes como Donald Trump, el presidente de los EEUU. Uno de los primeros anuncios que hizo al llegar a la Casa Blanca fue su intención de salirse de los Acuerdos de París.

Bueno, en realidad no puede salirse aunque quiera. Es un problema administrativo. Tendría que esperar al 2020.

En ocasiones él mismo, o su equipo, parece matizar su mensaje.

Porque las pérdidas que están teniendo allí solo en términos de adaptación son enormes. Quien más claro tiene toda esta cuestión es el sector de las aseguradoras. Estuve en una reunión en París, un año más o menos después de la llegada de Trump, y una representante de una de las aseguradoras que participaban llevaba una camiseta anti-Trump. ¡En una reunión oficial! Es decir, las empresas de seguros son las primeras que ven lo que está pasando. Otro ejemplo es el sector del vino, que siempre ha sido muy reticente en España a consideraciones ambientales, pero ya se está dando cuenta de las consecuencias.

Precisamente entre septiembre y octubre, se publicaron una serie de reportajes en Vozpopuli sobre cambio climático, que hacían un recorrido por el impacto que este fenómeno estaba teniendo en algunos sectores tradicionales en España, dando voz a científicos e investigadores pero también a agricultores que están sufriendo las consecuencias. ¿Qué ocurrirá con sectores locales como el vino, los cítricos o la pesca?

O el olivar. Los medios de comunicación deberían también utilizar la información que viene del agricultor, porque muchas veces ellos tienen más información que nosotros de cosas que ellos ven que están cambiando. Quizás no saben a qué atribuirlo, pero saben que está ocurriendo. El sector apícola, por ejemplo, está teniendo unos problemas muy graves. O el olivar, que está sufriendo un desplazamiento de la producción que hará la competencia a los productores españoles. Y con el vino pasa igual, la producción se está desplazando al norte. Hay vinos en Inglaterra que hace diez años eran imbebibles y ahora han mejorado muchísimo. Todo esto tiene una influencia brutal, a nivel económico y cultural. Por eso, el propietario de una bodega de La Rioja, aunque sea anti-cambio climático, si le tocan el bolsillo reaccionará. Y este es el marco que tiene que poner el gobierno, para que con incentivos se pueda fijar una ruta.

¿Usted es optimista?

Yo no soy pesimista ni optimista. En este sentido me sale vena de ecóloga que tengo. Pienso que las cosas cambiarán nos guste o no, nos adaptaremos mejor o peor, o podemos hacer que cambien menos de lo que cambiarían… pero el cambio es inevitable. Si no fuera por el cambio climático sería por otra cuestión. Sería interesante conocer la visión de los historiadores, porque ahora hemos tenido décadas de paz en Europa, pero las cosas pueden cambiar.

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