Entrevista a Vicent Llorens y Bosco Dies

La Albufera, treinta años después

Autores del libro Treinta años, treinta miradas

Vicent Llorens, dice, siempre ha tenido preferencia por la Albufera. Acostumbrado a salir a pasear por el marjal, no fue pero hasta 2008 cuando, tras dejar su trabajo en una agencia de publicidad, pudo dedicarle tiempo a su emergente pasión por la observación de aves en el parque. A Bosco Dies, por su parte, esta misma afición le viene desde bien pequeño. Los días de exploración por los alrededores de la urbanización de la devesa del Saler donde se encontraba su casa, así como los veranos vividos en el camping del Racó de l’Olla, propiciaron que terminara titulándose como agrónomo por pura vocación. Unos conocimientos que le permitieron trabajar durante dieciséis años en la oficina de gestión técnica de la Albufera.

Fue esta pasión por las aves lo que consiguió que Llorens i Dies coincidieran en tiempo y espacio. Más tarde, en 2010, el compromiso de ambos con el humedal tomó forma con la constitución de la Fundación Assut, una plataforma social que trabaja en la reparación y conservación del Parque Natural de la Albufera a través de iniciativas divulgativas, culturales y de gestión del territorio. Una tarea imprescindible para la preservación de uno de los espacios valencianos más valiosos.

La Albufera no es tan solo el lago más grande de la península Ibérica. Con una extensión que supera las 21.000 hectáreas de superficie, la singularidad de su paisaje y biodiversidad, así como su estrecha relación con la actividad humana, convierten al parque natural en un ecosistema paradigmático merecedor de protección institucional. La Albufera fue declarada Parque Natural en el año 1986. Ahora, cumplidas ya tres décadas de esta declaración, Llorens y Dies presentan el libro Treinta años, treinta miradas, una crónica que revela la complejidad de las relaciones humanas desarrolladas en el espacio así como el impacto ambiental de las mismas. Todo un homenaje a las personas que convirtieron el humedal en el primer parque natural del País Valencià.

¿Qé ventajas ofrece trabajar dede la Fundación Assut en vez de desde las instituciones públicas?

Bosco Dies: Trabajar desde la administración debería ser lo ideal, pero a parte de los problemas particulares que tuve allí a la hora de hacer mi trabajo, se trata de un órgano muy rígido, muy difícil de mover, en el cual gestionar propuestas e iniciativas es complicadísimo, sobretodo desde un punto de vista técnico.

Vicent Llorens: De hecho, en el libro queda muy bien reflejada la falta de acción por parte de la administración durante los treinta años del parque.

Vicent Llorens, periodista, con el libro Treinta años, treinta miradas en las manos. / Fotografía de María Marín

¿Se ha mejorado la gestión y toma de decisiones desde la fundación?

B. D.: Es un instrumento mucho más ágil, rápido y eficaz que posibilita una estructura de trabajo muy sencilla. El equipo que la conforma no es institucional, sino un glosario de profesionales que siempre han estado muy implicados: Vicent Sales, Carles Sanchis, Guillermo Palau…

V. Ll.: Las relaciones dentro de Assut son muy fluidas, y las decisiones, más rápidas.

B. D.: Conocemos muy bien el territorio y tenemos capacidad de comunicación, un potencial que nos da la liberta de trabajar en lo que queremos aunque cueste y apostar por proyectos muy concretos.

¿Qué tiene de especial la Albufera para dedicarle esta Fundación?

B. D.: Tenemos la suerte de tener un espacio territorial muy importante y muy grande en cuestión de extensión  –la superficie protegida alcanza las 21.000 hectáreas–, lo cual supone un potencial que creo que la gente ni valora ni ve. Es el caso de la administración, que siempre piensa en la Albufera haciendo acciones muy pequeñas, muy aisladas, pero el parque merece tener una visión global, una perspectiva mucho más amplia que comprenda incluso toda su cuenca de drenaje. Un espacio que debería tener una importancia que no tiene, que no se le está dando. Es un humedal muy maltratado con un potencial brutal.

¿Potencial en qué sentido? 

B. D.: ¡En todos! Por lo que respecta a la recuperación del hábitat, recuperación de especies de flora y fauna, recuperación de aves, recuperación de paisaje, de usos, de tradiciones… Es un espacio con una increíble cantidad de recursos, pero parece que la gente ni lo valora ni lo quiere recuperar.

«La Albufera es un humedal muy maltratado don un potencial brutal»

V. Ll.: Es el tercer humedal del Mediterráneo en importancia pero no  tiene esa consideración…

B. D.: Y da lástima porque sí que la tenía, esa capacidad de fuerza del agua, la superficie de inundación, la perellonà… Era un espacio que realmente costaba dominar, pero en unos años ha cambiado todo, y ahora está sometida. Desde la Fundación tampoco queremos volver atrás, pero el parque tiene mucho  margen de mejora. En eso estamos.

¿Por qué hacía falta dedicarle a la Albufera este trabajo de investigación, Treinta años, treinta miradas?

V. Ll.: A parte de la importancia que tiene como humedal, el interés que se manifiesta en el libro es toda esa mezcla de intereses que se dan lugar dentro del parque. Esta es una característica de los humedales, espacios con una riqueza natural muy importante y usos vinculados a sus recursos donde cada uno tiene sus propias necesidades y prioridades particulares. Evidentemente también resulta interesante todo el proceso de declaración del parque natural, como han sido estos treinta años de protección… fueron hecho paradigmáticos. Se trata de un paisaje humano que anima a escribir. Publicar el libro era necesario.

B. D.: El proceso de declaración del parque natural también es muy interesante porque se inició durante un periodo delicado de la historia reciente de la democracia, con componentes históricos curiosos. Hoy en día no sé si se habría podido hacer con las mismas condiciones y delimitación territorial, pero en su momento coló. Además, se puso en marcha por muy poca gente, personas que apostaron, que lucharon por lo que es ahora una realidad, pero que han quedado olvidadas. Este es nuestro reconocimiento.

Esta declaración de la Albufera como parque natural no convenció a todo el mundo…

V. Ll.: Fue una decisión un poco unilateral, de parte de quienes constituyeron la oficina de la Albufera en los años 80, y claro, se encontraron con el enfrentamiento más o menos radical de los agricultores.

B. D.: También de los hostaleros, de los usuarios… Sí que hubo más diálogo y discusión para establecer la normativa, con cierta participación del resto de colectivos, pero la idea inicial del nombramiento del parque fue muy conservacionista. De hecho, el límite geográfico se propuso inicialmente como un “a ver si cuela”, ¡y coló! Pero si hiciéramos ahora esta propuesta, muy posiblemente este límite tan extenso no se conseguiría tan fácilmente. Habría una oposición mucho más fuerte, muchas más presiones… Quizás esta declaración tan ambiciosa sea un problema que continua arrastrando el parque junto con los conflictos entre los colectivos, que como nos hemos dado cuenta con el libro, todavía continúan presentes.

Dentro de este juego de intereses, en el libro, biólogos nombran la caza como uno de los peligros para la biodiversidad, pero al mismo tiempo los cazadores la defienden como necesaria…

V. Ll.: Sí, piensan que su actividad es buena para el control de plagas del parque, como el asunto del cuello verde.

B. D.: Tenemos problemas con el crecimiento de determinadas especies, pero el cuello verde ha ido a más porque el hábitat está degradado. Es una especie oportunista. Corrijamos pues los motivos que hacen que esta especie sea tan abundante. También se podrían recuperar las ayudas que había antes para compensar los daños agrícolas de las aves acuáticas, inversiones no muy grandes para compensar a los agricultores y evitar el conflicto.

V. Ll.: La falta de gestión provoca eso. Es lo que comentan Bosco y su hermano en el libro. Que con un poco de gestión, razonable, sin demasiada inversión, se puede tratar de satisfacer a la gente de la Albufera.

Bosco Dies y Vicent Llorens, en la biblioteca del Jardín Botánico. / Fotografía de María Marín

Tal y como explicáis en el libro, actualmente el parque atraviesa un estado de estancamiento. ¿Qué papel juegan en este hecho la falta de gestión y la mezcla de intereses?

B. D.: Es innegable que la presión del sector del arroz es muy potente, porque la mayor parte de la superficie del parque es propiedad privada con cultivos de arroz. Inevitablemente, siempre se acaba satisfaciendo la visión más productivista de la Albufera, en vez de la conservadora.

V. Ll.: En treinta años de parque, tan solo se ha realizado proyectos puntuales de recuperación, como el del Racó de l’Olla, el Tancat de la Pipa, el Tancat de Milia… unas cien hectáreas, a parte de la recuperación de la devesa del Saler. En un parque de 21.000 hectáreas, ¡la Generalitat tan solo tiene 100! Para recuperar la Albufera hace falta comprar una superficie grande.

B. D.: Es complicado porque la superficie agrícola es muy cara, pero han habido oportunidades; podían haberse hecho más cosas. Si a lo largo de los años hubiera habido una política de adquisición de terrenos, o si hubieran apostado por hacer intervenciones, quizás ahora tendríamos seiscientas hectáreas y se podría hacer una gestión de hábitat mucho más interesante.

¿Le ha venido grande a la administración la declaración de Parque Natural?

B. D.: Es muy fácil hacer la declaración, pero claro, para hacerla efectiva necesitas tener un soporte económico o financiero, y durante muchos años las únicas inversiones que se han hecho han sido de personal. Personal de mantenimiento, de educación ambiental, de apoyo técnico… No habían inversiones de recuperación ni conservación. ¿Como se puede mantener un espacio natural así? También hay muchas administraciones competentes en el parque natural de la Albufera, pero ha habido una desconexión entre todas ellas y cada uno ha tirado por su lado.

¿Aportaría alguna solución declarar la Albufera como Parque Nacional, tal y como algunos testimonios plantean en el libro?

V. Ll.: Se habla del parque natural nacional para favorecer el financiamiento estatal. La decisión tendría lógica porque la Albufera es un sistema que depende de ríos intercomunitarios.

B. D.: Sería una garantia de mayor financiamiento y una razón para poder subir la inversión. Podría generar sinergias interesantes, pero sin una gestión idónea…

«Siempre se termina satisfaciendo la visión más productivista de la Albufera, en vez de la conservadora»

V. Ll.: Hay muchos actores que hacen que esto sea una tarea muy difícil: El Ayuntamiento, la Generalitat, la Confederación Hidrográfica… Es difícil pensar en la declaración de Parque Nacional con la experiencia que tenemos. Personalmente no sabría decir si sería positivo o negativo.

B. D.: Tenemos modelos como el Delta del Ebro, más próximo y parecido en cuanto a características, con buenos modelos de gestión que se podrían aplicar aquí sin tener que pasar por la declaración de Parque Nacional. Quizás sí sean necesario más dinero, pero creo que el problema no es tanto la cantidad, sino su utilización.

Después de veinte años de gobierno popular, ¿cómo ha afectado el cambio de gobierno a la gestión de la Albufera?

V. Ll.: Ahora hay mayor afinidad por ejemplo con los proyectos de nuestra fundación, así como una preocupación no tan solo por la Albufera, sino también por todo el sistema de regadío vinculado, por l’Horta… La administración demuestra mayor voluntad, pero hay una falta evidente de recursos económicos.

B. D.: Se puede tener muy buena voluntad, pero cuando llegas y ves la presión que ejercen los distintos sectores te das cuentas de las limitaciones que tienes para controlar las instituciones. Estos sectores tienen derechos muy enraizados, que generan mucho conflicto social, pero es verdad que hay una serie de señales que prueban que las cosas están cambiando.

V. Ll.: Al final las cosas dependen de la conversación, del entendimientos entre las partes más que de las imposiciones, porque estos derechos están muy enraizados en colectivos que tienen mucha fuerza.

A parte de las cuestiones administrativas, ¿cuál debería ser el próximo paso ambiental hacia la recuperación del paisaje?

B. D.: En materia de calidad del agua, se ha de solucionar definitivamente la cuestión de los vertidos de aguas residuales, garantizar la recuperación y mejorar el flujo de aguas contaminadas, redimensionar el obsoleto colector oeste y rediseñar las depuradoras. También se ha degestionar la manera en la que llegan los caudales del Júcar y en qué cantidad lo hacen. A parte tenemos el problema de la degradación del litoral, un asunto serio que está suponiendo una regresión muy importante y muy rápida de la costa donde hace falta realizar toda una inversión para recuperar el terreno y el sistema dunar.

Bosco Dies, uno de los fundadores de la Fundación Assut./ Fotografia de María Marín

Con estas necesidades en mente, ¿ es prioritario en estos momentos alcanzar un acuerdo de mínimos para recuperar el parque? 

B. D.: Debería serlo. el parque atraviesa una situación muy complicada, incluso para el futuro del sector del arroz, que también se enfrenta a muchos problema e incertidumbres de futuro. En el libro mucha gente lo dice, que el futuro del parque es muy incierto, aunque son bastante optimistas.

V. Ll.: Sí, son optimistas sobre todo a corto plazo, con asuntos como el colector oeste y algunas otras infraestructuras, la gestión del agua… que harán que se recupere la calidad hidrográfica. Pero los problemas que van más allá generan más dudas.

B. D.: Los usos públicos, el turismo, el cambio climático… justifican una reducción de la llegada de caudal, y eso requiere adaptarse. Hay quien piensa que quizás la Albufera volverá a ser salada, quién sabe. Todo cambia, todo evoluciona, así que tenemos que adaptarnos. Está claro que el arroz es ahora mismo una garantía para la Albufera, eso es indiscutible, pero quizás dentro de cien años ya no lo sea.

¿Está perdiendo la sociedad su afinidad con el parque?

V. Ll.: Creo que sí. La población se está envejeciendo y los agricultores no tienen un relevo generacional claro. La figura del labriego minifundista también se está perdiendo y el arroz está pasando a manos de los grandes propietarios, una industrialización que irá creciendo porque la agricultura ha dejado de ser una garantía de futuro; tan solo lo será si es rentable, y eso pasa por los grandes productores.

B. D.: Y el icono de la Albufera también ha cambiado, el sentimiento de pertenencia y su originalidad se están perdiendo. Ahora por ejemplo, los cazadores tan solo aparecen en época de caza porque incluso son gente urbana. También ha cambiado el paisaje con ciclistas, corredores… Hay más usuarios urbanos desvinculados de su origen, pero eso también puede ser una potencialidad se la gente nueva que entra en el espacio apuesta por recuperarlo.

¿Es esta pérdida de conciencia una asignatura pendiente de la divulgación?

V. Ll.: Tal y como se expone en el libro, este es un factor muy importante. Hay una contradicción entre la falta de preocupación por el paisaje y el simbolismo que todavía tiene el parque. Lo dice Josep Vicent Boira, que la sociedad valenciana siempre nos llenamos la boca hablando de la Albufera, o de l’Horta, pero a la hora de la verdad, nada.

B. D.: Hay población local que ama la Albufera pero que al mismo tiempo hace un uso poco adecuado de ella. Muchas veces he hablado con agricultores que vierten remolques de escombros, ladrillos, trozos de cal, de plástico… mientras te emocionan contándote cuánto aman la tierra; ¡no les afecta estar tirando todo eso al campo! Parece que es nuestra idiosincrasia, somos así, pero es una lástima. El territorio valenciano no destaca por el respeto y la conservación, es un modelo de maltrato bastante claro.

«En estos momentos son las organizaciones civiles i les fundaciones las que están haciendo el trabajo que le corresponde a la administración en materia de divulgación»

V. Ll.: Por esa razón hace falta educación, para fomentar la conciencia y apego por la naturaleza que nos rodea. Es un asunto en el que sí que debería hacerse mayor inversión, falta empuje.

B. D.: La administración debería apostar por la divulgación. No debe hacerlo la sociedad, aunque en estos momentos son las organizaciones civiles y las fundaciones las que están haciendo el trabajo que le corresponde a la administración en esta materia. Eso es un riesgo; nos apropiamos de tareas que no podemos realizar correctamente porque no tenemos los recursos necesarios.

¿Cómo les gustaría encontrarse la albufera dentro de cincuenta años?

V. Ll.: Me gustaría que hubiera recuperado la cualidad del agua, así como la población macrófita, que es un objetivo factible. Que la administración hubiera comprado algunos arrozales, incluso que algún propietario de arrozales también aportara por la mejor de la gestión de su terreno, y conseguir así que se recuperen los niveles de biodiversidad del humedal original.

B. D.: Tampoco sería tan complicado llegar a un equilibrio, tan solo es necesario realizar las actividades de manera más respetuosa, pero soy optimista a largo plazo; dentro de diez años el parque estará igual o peor. Afortunadamente no se ha alcanzado todavía el punto de no-retorno. Espero que la nueva generación de agricultores tenga más sensibilidad por el espacio, así como la posibilidad de hacer otras actividades de carácter turístico, educacional… Son potenciales que el agricultor actualmente no está aprovechando. Pero también es necesario esperar a que la administración haga sus deberes.

V. Ll.: En cualquier caso, también será interesante el proceso, el camino para que todo llegue. Lo que puede ser un desastre para algunos sectores pude suponer a la vez retos interesantes para otros.

B. D.: Han de cambiar muchos las cosas, las mentalidades, las generaciones… Llevamos treinta años y estamos prácticamente igual, y los conflictos todavía perduran.

V. Ll.: Exacto. En el parque todavía continúa la división entre ecologista y agricultor, y perdurará, no sé hasta cuando. Aquí será clave el papel de la divulgación. el paisaje es un patrimonio colectivo, de todos nosotros. Tenemos que intentar ceder en los intereses particupares para conseguir el bien común.

© Mètode 2017

Estudiante de periodismo de la Universitat de València.