Acercando la biología al público

Experiencias de un divulgador en el Jardín Botánico

La ciencia es compleja. Alcanza muchas ramas diferentes, desde la astronomía hasta la neurobiología pasando por la bioquímica, la botánica o la física teórica. La podemos explicar mediante teorías, fórmulas llenas de letras griegas o matemáticas, las temidas matemáticas… Definimos una teoría como una idea propuesta por una persona dedicada a la ciencia, la cual ha sido suficientemente contrastada mediante el método científico para poder asegurar su veracidad. Hay teorías que han pasado desapercibidas en la historia o, incluso, que han sido rechazadas al demostrarse que había errores en ellas. En cambio, hay otras que no sólo han perdurado, sino que han pasado a formar parte de un tipo de Olimpo de la ciencia. Estas segundas, se caracterizan por ser ampliamente conocidas y más o menos entendidas por una gran parte del público general. Dentro de este grupo de privilegiadas podemos encontrar, por ejemplo, la teoría de la evolución por selección natural de Charles Darwin, la teoría de la relatividad de Albert Einstein o la de la gravitación universal de Isaac Newton.

Las teorías científicas necesitan ser explicadas y transmitidas, pero a menudo no pueden hacerlo sin ayuda. Los divulgadores científicos somos uno de los principales canales por los cuales circula esta información, trabajo que hacemos con cuidado para no caer en el error de banalizar el mensaje o simplificarlo en exceso.

Mitos y leyendas sobre las plantas

En el Jardín Botánico de la Universitat de València trabajamos un numeroso grupo de divulgadores que estamos acostumbrados a enfrentarnos con situaciones cambiantes y curiosas. A menudo, los visitantes que acuden no han recibido formación previa sobre plantas, razón por la cual nos plantean preguntas que tienen más que ver con leyendas y narrativa popular que con la ciencia.

Elementos decorativos en el Jardín Botánic. - experiencias divulgador

Elementos decorativos en el Jardín Botánic. Foto: Concha Molina.

Lo primero que atrae a la gente tiene que ver con la curiosidad que despiertan las plantas exóticas. «¿Tenéis aquí algún baobab?», «¿hay plantas carnívoras?», nos preguntan. Aunque las especies más buscadas y por las que todo el mundo pregunta son aquellas que sirven como drogas, como es al caso del Cannabis o del«peyote».

Otro hecho que sorprende, es la gran cantidad de personas que preguntan sobre el mobiliario urbano del Jardín. Personas a las que les resulta extraño que los bancos estén pintados de blanco, o que tocan de forma insegura las torretas de color gris que tenemos como luces. La curiosidad por algunos elementos decorativos hace que muchos se pregunten sobre los cristales de color verde botella que hay expuestos frente a los invernaderos pequeños, debatiendo entre ellos mismos si se trata de trozos de meteorito, obsidiana o ámbar.

«La mayor referencia sobre plantas carnívoras que tienen los escolares viene del clásico juego de Nintendo Super Mario Bros»

Otras veces nos plantean dudas de ámbito más bien fantástico o místico, cómo: «¿Puedo abrazar al árbol para que se sienta mejor?» o «¿estos altavoces [ubicados en el invernadero tropical] son para poner música y que crezcan mejor las plantas?».

Pero la pregunta del millón, sin lugar a dudas, la plantean los escolares cuando entran al invernadero de las plantas carnívoras: «¿Si las tocamos nos comerán la mano?». Es muy comprensible, puesto que la mayor referencia sobre plantas carnívoras que tienen viene del clásico juego de Nintendo Super Mario Bros donde, para poder subir de nivel, hay que superar un conjunto de obstáculos entre los cuales encontramos unas plantas carnívoras gigantes con dientes y lengua.

Cuestionando la evidencia

Todas estas cuestiones normalmente se quedan en simples anécdotas, pero a veces hay dudas que se nos quedan grabados. Por ejemplo, aquellas intervenciones que cuestionan el discurso del educador o que directamente niegan lo que explica a pesar de basarse en teorías científicas ampliamente aceptadas.

El ejemplo más representativo de este hecho nos ocurrió en la escuela que realizamos durante los periodos vacacionales. Estábamos explicando la evolución del conocimiento biológico desde el neolítico hasta la actualidad, haciendo un tipo de repaso histórico de los biólogos más influyentes y sus teorías. Nos encontrábamos en el siglo XIX y acabábamos de utilizar dos días para explicar quién era Charles Darwin, comentar su vida y, sobre todo, explicar el darwinismo haciendo notar las discrepancias entre este y Jean-Baptiste Lamarck o Alfred Wallace. Al acabar se había creado un tipo de debate espontáneo entre los propios alumnos que comentaban datos evolutivos o el hecho de que a Darwin lo caricaturizaron como un mono. De repente, un alumno levantó la mano pidiendo el turno de palabra. Cuál fue mi sorpresa cuando exclamó: «Me parece normal que la gente de la época no lo tomase en serio; al fin y al cabo, no podemos venir del mono. Mi padre dice que sigue siento una teoría no demostrada». Mi respuesta fue: «Pues, si vamos más atrás, podríamos decir que venimos de una especie de musaraña».

Otro ejemplo parecido ocurrió a un taller en que hablábamos de los cultivos donde el ser humano había realizado selección artificial y aprovechamos para explicar los alimentos transgénicos. Quien más quien menos, cualquier persona tiene una definición en la mente de qué son, pero a veces estas percepciones se enturbian con ideas falsas inculcadas desde varios ámbitos sobre la modificación genética y la producción de organismos genéticamente modificados (OGM).

Unos visitantes dibujan el paisaje en el Jardín Botánico. - experiencias divulgador

Unos visitantes dibujan el paisaje en el Jardín Botánico. Foto: Concha Molina.

«A mí no me gustan las frutas transgénicas», «los tomates transgénicos no tienen genes», «la comida transgénica no es buena para las personas» o «yo no como transgénico porque hago agricultura ecológica» son algunas de las frases que he escuchado en diferentes clases o talleres. De hecho, he preguntado cómo son los alimentos transgénicos y más de una persona me ha contestado que imagina un alimento normal pero con unas bacterias o virus o alguna pequeña cosa dentro a modo parásito que es lo que lo transforma en transgénico. Lo que he comprobado es que resulta complicado explicar estos temas sin que la gente se ponga a la defensiva, como bien ha demostrado el bioquímico y divulgador J. M. Mulet.

A ningún alumno se le ocurriría negar la Teoría heliocentrista. La lucha de Nicolàs Copérnico y Galileo Galilei sigue vigente y presente en las aulas de las escuelas. «Esto está más que claro, es obvio», contestaban los alumnos durante otra semana donde hacíamos un repaso histórico parecido al ya mencionado, pero centrándonos en la física. ¿Por qué entonces en biología todavía surgen tantas dudas?

«A ningún alumno se le ocurriría negar la teoría heliocentrista»

Sería reconfortante hacer entender a una persona que estaba equivocada, que esta se sorprenda amablemente e, incluso, agradeciese la información. Del mismo modo que nosotros lo hacemos cuando nos hablan de otras materias que no dominamos. Precisamente en esta dualidad enseñar-aprender y en la gratitud mutua se basa nuestro trabajo y el de cualquier persona que se dedique a la divulgación de la ciencia.

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