Cartografía de la COVID-19

Origen ambiental y expansión territorial

Cartografia de la COVID-19

Con la aparición y propagación de la COVID-19, el mundo entero ha tenido que enfrentarse a una epidemia global de dimensiones todavía desconocidas. Esto ha obligado a los gobiernos a tomar unas medidas de confinamiento extremas que han comportado, entre otros efectos, el cierre total o parcial de la economía mundial durante algunas semanas o meses, la sustitución de las actividades docentes presenciales por otras de tipo virtual, y el aplazamiento o suspensión de acontecimientos masivos de carácter social, cultural, deportivo o lúdico.

El síndrome respiratorio agudo grave coronavirus 2 (SARS-CoV-2) es el agente patógeno de la COVID-19, acrónimo format por “corona”, “virus”,  “disease” (enfermedad, en inglés) y 19 (por el año de aparición). Desde que se detectó esta enfermedad altamente contagiosa a finales de 2019 en Wuhan (China) el número de personas infectadas ha aumentado exponencialmente en todo el mundo. El 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la COVID-19 pandemia mundial. A principio de junio de 2020, según datos de Worldometer, más de siete millones de personas se habían infectado y más de 400.000 habían muerto por enfermedades relacionadas con la COVID-19. Solo tres meses después, el 1 de septiembre, ya había 26 millones de personas infectadas y cerca de 900.000 decesos.

Covid19 Membrado

Desde su aparición, a finales de 2019 en Wuhan (China), esta enfermedad se extendió rápidamente por el resto del mundo, afectando de manera particularmente grave a Europa occidental y a los Estados Unidos durante la primavera de 2020, y al continente americano (incluyendo de nuevo los Estados Unidos) y la Índia durante el verano. / Jon Tyson  – Unsplash

Las nuevas epidemias han constituido, hasta la aparición de la COVID-19, una amenaza menor para la salud humana que otras aparecidas en siglos anteriores (algunas todavía muy vigentes como por ejemplo el VIH y el sida, la malaria y otras enfermedades infecciosas). A lo largo del siglo actual, cada pocos años creaba alarma el brote de alguna nueva «peste» global (el SARS en 2002-2003, la gripe aviar en 2005, la gripe porcina en 2009-2010, y el ébola el 2014), que hasta ahora habían provocado un número de víctimas relativamente reducido y concentrado territorialmente. Sin embargo, autores como Yuval Harari (2016) advertían que esta podía ser solo una victoria temporal de la medicina, pero que nadie podía garantizar que nuevas enfermedades infecciosas no reaparecieron, principalmente como resultado de mutaciones aleatorias en el genoma de los patógenos que permitirían el paso de estos desde los animales a los humanos.

El primer objetivo de este artículo es mostrar el efecto territorial –a diferentes escalas– de la COVID-19. Para tal fin se muestran y se analizan varios mapas que ayudan a conocer el desigual alcance territorial de la nueva pandemia del siglo XXI, para entender la aparente correlación entre la latitud de un lugar y la incidencia de la enfermedad. Otro objetivo es averiguar el posible vínculo entre el brote de la COVID-19 y la progresiva degradación de la naturaleza provocada por causas antrópicas, derivadas de la implementación de un modelo de crecimiento económico cortoplacista que es especialmente agresivo en determinadas partes del planeta. Un tercer objetivo es el análisis del impacto de la polución ambiental inducida por el ser humano en la propia expansión de la COVID-19. Finalmente, un cuarto y último objetivo es la observación de los efectos colaterales positivos para el medio ambiente que han tenido las medidas de confinamiento mientras estas han durado.

Para llevar a cabo la cartografía de la COVID-19 se ha partido de información pública sobre contagios y decesos por coronavirus en el mundo a diferente escala: por estados, comunidades autónomas (España), estados federados (Estados Unidos) y regiones (Italia). En cuanto a los datos por estados, la tan desigual tasa de mortalidad entre las personas diagnosticadas en países como, por ejemplo, Rusia (1,7 % de muertes por cada cien contagios), EEUU (3 %), España (5,6 %) y Bélgica (11,2 %), hace pensar que las cifras oficiales de decesos de algunos territorios podrían estar minimizadas. Sin embargo, los mapas han sido confeccionados con los datos ofrecidos por cada país, puesto que son las únicas fuentes oficiales disponibles. Todas las estadísticas se han trasladado a un sistema de información geográfica mediante un join o unión de datos (programa ArcGIS, ESRI) y los mapas finales se muestran a las diferentes figuras.

Causas ambientales de la COVID-19

Los brotes de enfermedades zoonóticas representan un reto importante para la salud mundial, como ya señalaba Quammen (2012) al afirmar que el ébola, el SARS y el VIH/SIDA eran resultado de saltos de microbios de animales a personas. Según Johnson et al. (2020), las nuevas enfermedades infecciosas en humanos son causadas frecuentemente por patógenos originados en dos grupos de animales. Por un lado, en mamíferos, como por ejemplo algunos primates y murciélagos, que se han adaptado con éxito y han proliferado en paisajes dominados por humanos; y de la otra, en animales salvajes amenazados por la caza y el comercio, como por ejemplo los pangolines que, como resultado de las actividades antrópicas que han degradado su hábitat, han aumentado la interacción con los humanos, hecho que ha facilitado la transmisión de patógenos.

Aunque podía haber sido un murciélago el origen del nuevo coronavirus de 2019, Zhang y Zhang (2020) creen que la transmisión a los humanos se habría producido a través de otro animal: probablemente dos pangolines malayos. En cualquier caso, sea cual sea el origen último de la transmisión zoonótica, parece que existe una correlación entre la sobreexplotación de los ecosistemas y la pérdida de biodiversidad, con la emergencia de nuevas enfermedades virales transmitidas desde animales.

En cuanto al origen geográfico de la enfermedad, a finales de 2019 se notificaron los primeros casos de pacientes con neumonía asociada a la COVID-19 en Wuhan (Hubei, China). Desde esta ciudad subprovincial de ocho millones y medio de habitantes, situada junto al río Iang-Tsé, este virus enormemente contagioso se esparció rápidamente por el resto del mundo, afectando de manera particularmente grave a Europa occidental y los Estados Unidos durante la primavera de 2020, y el continente americano (incluyendo de nuevo los EEUU) e India durante el verano.

Desarrollo territorial de la pandemia

Figura 1.  Mortalidad por COVID-19 en el mundo (7/6/2020)

Figura 1.  Mortalidad por COVID-19 en el mundo (7/6/2020). Fuente: Elaboración propia con datos de Worldometers.

Desde el momento mismo del inicio de la enfermedad se han observado diferencias territoriales y temporales notables en cuanto a la tasa de propagación y la mortalidad de los brotes de COVID-19 (figuras 1 y 2). Estas diferencias (entre territorios estatales y subestatales) han planteado cuestiones importantes relacionadas con la influencia de diferentes factores en la propagación de la enfermedad. Las condiciones meteorológicas, la edad de la persona (y las patologías previas), el sexo (mayor letalidad entre los hombres), la densidad demográfica, los hábitos sociales, las medidas de confinamiento, el nivel de pobreza y la degradación del ambiente son factores que intervienen, en mayor o medida, en la propagación de la enfermedad.

Figura 2. Mortalidad por COVID-19 en el mundo (1/9/2020)

Figura 2. Mortalidad por COVID-19 en el mundo (1/9/2020). Elaboración propia con datos de Worldometers.

En cuanto a los mapas a escala estatal (figuras 1 y 2) se observa cómo la mayor incidencia de la enfermedad hasta junio tuvo lugar en latitudes templadas del hemisferio occidental, mientras que las latitudes bajas quedaron mayormente exentas (salvo en Brasil, donde empezaba a crecer). Aun así, es de junio a septiembre cuando la COVID-19 se extiende especialmente por latitudes bajas como por ejemplo las de India, Brasil, México, Perú, Colombia o Sudáfrica. La tendencia hasta junio podría ligarse a una mayor propagación de la COVID-19 en ambientes fríos y templados del hemisferio noroccidental, pero no en el oriental que, a pesar de ser el foco inicial, presentaba menor mortalidad, probablemente a causa de las rápidas medidas de confinamiento y el aislamiento social propio de aquella cultura.

Aun así, de junio a septiembre, y a pesar de encontrarse en ambientes cálidos (en México y en India incluso coincidentes con el verano), la enfermedad se ensañó con los países ubicados en latitudes bajas. El efecto de las altas temperaturas que, aparentemente, tendría que haber mitigado la propagación de la COVID-19, se vio anulado por las altas densidades y las bolsas de pobreza urbanas, así como por el alta movilidad aeroportuaria una vez iniciada la pandemia. También, a veces, por una política de desprecio por parte de las autoridades gubernamentales en cuanto a las medidas de distanciamiento social ante la propagación de la enfermedad (Porterfield, 2020; Pequeno et al., 2020).

En cuanto a África, hasta junio las tasas de transmisión eran las más bajas del mundo, posiblemente a causa de factores sociales y ambientales y de una población más joven (con más de la mitad de edad menor de 20 años) que se ha beneficiado del control de otras enfermedades infecciosas, como por ejemplo el VIH y la tuberculosis. Pero también la elevada prevalencia del VIH, tuberculosis y otros patógenos podía potenciar la gravedad de COVID-19, a causa de la precariedad de los sistemas de atención sanitaria (Ayebare et al., 2020). Aun así, la OMS alertaba del potencial impacto futuro sobre África si fallaban las medidas de contención. La República sudafricana, caracterizada por las amplias bolsas de pobreza y altas densidades urbanas alrededor de las grandes ciudades, es el territorio donde más han crecido los contagios y los decesos por COVID-19.

Figura 3. Mortalitat de la COVID-19 a Itàlia per regions (4/6/2020)

Figura 3. Mortalidad por COVID-19 en Italia por regiones (4/6/2020). Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Ministero della Salute.

Las condiciones meteorológicas –que permiten hacer más o menos vida al aire libre– parecen haber influido en la propagación de la COVID-19, como se ve a las figuras 3, 4 y 5. Dentro de los estados, se observaba hasta junio que las zonas más cálidas presentaban, en general, menor mortalidad de la enfermedad. Así ocurría en Italia (figura 3), España (figura 4) y los Estados Unidos (figura 5), donde las zonas más castigadas por la COVID-19 presentan climas relativamente fríos en invierno: Lombardía, en el norte de Italia; Nueva York, Connecticut y Massachussetts, en el nordeste de los EEUU; y Madrid y la Meseta castellana, en España. En cambio, la COVID-19 ha estado menos presente en los estados meridionales de California, Texas y Florida, en las regiones mediterráneas italianas, y en toda la periferia litoral ibérica (incluyendo Portugal), salvo las regiones urbanas vasca y catalana (con una incidencia a medio camino entre Madrid y las regiones costeras). A lo largo del verano del 2020, paradójicamente, los estados norteamericanos más afectados por la COVID-19 han sido los calurosos estados del sur (figura 6).

 Font: Elaboració pròpia a partir de dades del Ministerio de Sanidad.

Figura 4. Mortalidad por COVID-19 en España por comunidades autónomas (4/6/2020). Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Ministerio de Sanidad.

Efectos ambientales derivados de la pandemia

Parece clara la correlación, en general, entre temperaturas más altas (y, por lo tanto, más actividad al aire libre) y menor mortalidad de la COVID-19, pero también parece evidente la correlación entre las grandes aglomeraciones urbanas y las bolsas de pobreza que concentran con un mayor riesgo de contagio, como se ha visto el verano de 2020, el calor del cual no ha evitado la propagación de la enfermedad. Esta temperatura intensa tampoco ha evitado que en el estado español se haya producido el mayor crecimiento a escala europea de la enfermedad durante el mes de agosto, a causa de la relajación de las medidas de distancia y de protección y del auge del ocio nocturno.

Habría que preguntarnos, además, si la polución atmosférica puede aumentar la vulnerabilidad de los pacientes de COVID-19. De hecho, el aerosol atmosférico puede ser un cofactor dentro del cuerpo humano que favorece la inflamación y oxidación de los pulmones y otros órganos, y puede tener un efecto perjudicial para los pacientes de COVID-19 que podría explicar parcialmente las diferencias en la mortalidad observada en la industrial región de Lombardía en comparación con otras regiones de Italia (Conticini, Frediani y Caro, 2020).

Figura 5. Mortalitat per COVID-19 als Estats Units per estats federats (4/6/2020).

Figura 5. Mortalitat per COVID-19 als Estats Units per estats federats (4/6/2020). Font: Elaboració pròpia a partir de dades de Worldometer.

Figura 6. Mortalidad por COVID-19 en los Estados Unidos (1/9/2020).

Figura 6. Mortalidad por COVID-19 en los Estados Unidos por estados federados (1/9/2020). Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Worldometers.

La polución del aire por alta concentración de dióxido de nitrógeno (NO2), ccombinada con el flujo de aire descendente (anticiclón) que impide una dispersión eficiente de la contaminación, y la difícil circulación del aire por las barreras montañosas (Sistema Central en Madrid, y Alpes y Apeninos en Lombardía), pueden contribuir a la fatalidad causada por el virus SARS-CoV-2 en estas regiones (Ogen, 2020) (figuras 3 y 4).

Por otro lado, y siguiendo con la contaminación atmosférica, las medidas de confinamiento económico y social ligadas a la crisis sanitaria de la COVID-19 han conseguido lo que ninguna cumbre mundial sobre el cambio climático había logrado hasta ahora: reducir las concentraciones de dióxido de nitrógeno de una manera insólita (ESA, 2020) (figura 7). El NO2 se produce a partir de centrales eléctricas, vehículos y otras instalaciones industriales y aumenta la probabilidad de desarrollar problemas respiratorios (He et al., 2020). Según la OMS, 4,6 millones de personas mueren anualmente por enfermedades relacionadas con la mala calidad del aire (Cohen et al., 2017). Teniendo en cuenta la enorme disminución de la contaminación atmosférica durante las cuarentenas, la pandemia de COVID-19 podría, paradójicamente y de manera colateral, haber contribuido a la mengua del número total de decesos por enfermedades no contagiosas (Dutheil, Baker y Navel, 2020).

Una oportunidad desaprovechada para cambiar de modelo

El mundo de las calamidades históricas que conocieron nuestros antepasados parecía superado, según Harari (2016), que defendía que las nuevas inquietudes de la sociedad del siglo XXI tenderían, a través de la tecnología de la información y la biotecnología, hacia la creación del superhombre o Homo Deus. Aun así, ni este autor ni la mayoría de los gobernantes mundiales esperaban la repentina irrupción y virulencia de una nueva «peste» llamada COVID-19, ante la cual han reaccionado de manera improvisada y contradictoria. Lo que sí que han sabido gestionar los gobernantes es el mensaje (alentador hacia su sociedad) de que esta pandemia acabaría tarde o temprano y que se volvería a la normalidad, es decir al anterior modelo productivo hiperglobal y nocivo para el equilibrio ambiental terrestre. Pocos gobernantes han querido entender o transmitir la idea de que esta pandemia también es consecuencia de aquel modelo anterior.

Figura 7

Figura 7. Concentraciones de dióxido de nitrógeno (NO2) sobre Europa (marzo-abril 2019 / marzo-abril 2020). Fuente: Copernicus Sentinel data (2019-20), ESA

El fin de las cuarentenas supuso un retorno demasiado rápido a una nueva y falsa normalidad, sin que el poder político reflexionara bastante sobre si habría que haberse replanteado esta situación. La ciencia tendría que haber sido la respuesta para repensar nuevos modelos, pero previsiblemente esta continuará siendo subsidiaria de los poderes económicos fácticos, que no están dispuestos a perder su estatus privilegiado (Domínguez, 2020).

En este sentido, a escala local, la ciudad de València representa un paradigma paradójico que se repite en otras zonas del mundo: por un lado, es un modelo de sostenibilidad excepcional porque la periferia urbana todavía cultiva productos agrícolas que se venden en los mercados locales; por otra, las autoridades portuarias quieren ampliar el puerto (que ya es el más grande del Mediterráneo) y hacer un acceso norte al puerto con un túnel submarino, con unas consecuencias ambientales imprevisibles y un precio elevadísimo. Este es solo un ejemplo de las contradicciones del modelo de crecimiento que esta pandemia ha contribuido a acentuar y que la ciencia, puesta al servicio del bienestar global, tendría que ayudar a resolver.

Conclusiones

Año tras año se baten récords mundiales de calentamiento global, los glaciares se funden, los incendios queman el bosque y las inundaciones arrasan decenas de áreas en todo el planeta. Por si esto no fuera bastante, ahora una nueva epidemia llega a los cinco continentes y afecta a 215 territorios (entre estados y otras dependencias administrativas).

Las respuestas gubernamentales a las catástrofes materiales menores consistían, hasta ahora, en medidas a corto plazo para incentivar la reconstrucción, más que para plantear un cambio de modelo económico que previniera nuevos desastres en el futuro. En el caso de la COVID-19, la conmoción ha sido de tal celeridad, magnitud territorial y gravedad sanitaria, que la mayoría de los gobiernos han sido incapaces de responder con suficiente anticipación y, por eso, han tenido que improvisar estrategias cambiantes y contradictorias. Algunos de los mandatarios con mayor poder político del planeta quisieron, en principio, minimizar los efectos de la pandemia, para proteger la economía, y posteriormente, visto el alcance de la enfermedad, tuvieron que rectificar y poner en práctica medidas de confinamiento de la población.

Por otra parte, Europa occidental y Estados Unidos, considerados hasta ahora el primer mundo por excelencia, se mostraron en un primer momento como áreas en vías de desarrollo en un primer momento en cuanto a la gestión de la crisis, puesto que para proteger a las personas enfermas, el personal sanitario y la población en general tuvieron que importar el material sanitario desde China y otros países asiáticos, con el consiguiente encarecimiento del coste, atraso de los pedidos y, a veces, respuesta fraudulenta de los proveedores.

Esta utópica sociedad occidental que creíamos sana, rica y autosuficiente se ha visto de repente enfermiza, pobre y desvalida ante el brote de la COVID-19. La lógica de la globalización propicia la deslocalización industrial hacia países del sudeste asiático y otros en vías de desarrollo, cuya producción manufacturera llega a través de flujos marítimos a megapuertos occidentales como, por ejemplo, el de València. Cuando ha llegado con enorme virulencia la nueva pandemia, el mundo occidental se ha visto completamente supeditado a la industria asiática, lo que ha dejado más patente la enorme dependencia de las sociedades occidentales respecto de las asiáticas. El mismo sistema global que subordina a las sociedades occidentales es la que ha posibilitado la rápida transmisión desde China hacia el resto del mundo de la COVID-19. Habría que repensar, por lo tanto, el actual modelo productivo global y derivarlo hacia un modelo más sostenible donde se priorice el consumo de proximidad y se acabe con la destrucción de la biodiversidad.

© Mètode 2020

Profesor del Departamento de Geografía de la Universitat de València.