Las claves de una pandemia evitable

El contexto historicoepidemiológico de la COVID-19

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La actual pandemia de coronavirus1 representa, muy probablemente, el epílogo incierto de un período epidemiológico marcado por el renovado protagonismo que adquirió la enfermedad infecciosa en las últimas décadas del siglo XX. El clima de euforia que ha había envuelto la lucha contra las enfermedades infecciosas –sobre todo desde la aparición de los antibióticos y la expansión de los programas vacunales– se vió obstaculizada port la aparición del sida y otras nuevas enfermedades de carácter vírico, además de la reaparición de antiguas patologías infecciosas. En 1996, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconocía la existencia de una crisis mundial en todo aquello relacionado con las enfermedades infecciosas, recordando que ningún país podía ignorar la amenaza.

«Para explicar la aparición de nuevas enfermedades infecciosas y la reaparición de conocidas, los expertos en salud pública insistían en la influencia del cambio climático sobre la propagación de parásitos y virus»

Cómo en anteriores etapas históricas, este nuevo periodo epidemiológico aparecía ligado a la ruptura del equilibrio entre los seres humanos y el medio ambiente, desencadenado por un modelo de crecimiento económico y de desarrollo social insostenible. Para explicar la aparición de nuevas enfermedades infecciosas y la reaparición de conocidas, los expertos en salud pública insistían, entre otros factores, en la influencia del cambio climático sobre la propagación de parásitos y virus o en el incremento de las zoonosis entre humanos –como resultado de la invasión de nuevos espacios ecológicos–. Además, hay que tener en cuenta las aglomeraciones humanas provocadas por la pobreza, la urbanización salvaje y los desplazamientos de la población.

Con motivo de la epidemia de 2003 –conocida como neumonía asiática o síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por el acrónimo en inglés)–, Gro Harlem Brundtland, directora general de la OMS, afirmaba que la capacidad de las personas para viajar había dejado el mundo sin barreras físicas entre los países pobres y los ricos. Una circunstancia que facilitaba el avance de las enfermedades infecciosas si no se ponían en marcha sistemas adecuados de salud.

A la SARS le sucedieron, entre otras patologías de naturaleza emergente, la gripe A (H1N1), responsable de más de 18.000 muertes en 2009 o, más recientemente, la reaparición de brotes del virus del Ébola en África, del zika en América Latina y la pandemia actual de coronavirus, con su debut en China en 2019.

«En los países desfavorecidos, las enfermedades infecciosas emergentes y la reaparición de otras patologías transmisibles han adquirido la condición de catástrofes nacionales»

En el caso de la pandemia de COVID-19, vuelven a estar presentes muchos factores que han marcado el recorrido de las enfermedades emergentes en los últimos cincuenta años. Un tiempo en el que el control y la prevención de todas estas patologías tendría que haber sido uno de los objetivos prioritarios de la acción sanitaria internacional. Era el momento para abordar las causas y actuar sobre el origen de las nuevas enfermedades y problemas de salud asociados, particularmente, la pobreza y las desigualdades sociales. Por el contrario, se actuó sobre las consecuencias.

A partir de la consideración de que eran los países más desfavorecidos los más expuestos a sufrir enfermedades transmisibles, como también los menos equipados en términos de sistemas de vigilancia epidemiológica y capacidad de reacción, se optó por dotarlos de personal especializado en sistemas de alerta y respuesta rápida ante las epidemias. Obviando, por lo tanto, que en estos países las enfermedades infecciosas emergentes y la reaparición otras patologías transmisibles han adquirido la condición de catástrofes nacionales. Al gran número de personas afectadas y de defunciones provocadas, se añade el coste económico que comportan y los recursos sociosanitarios que hay que aportar, en muchos casos inexistentes o muy limitados.

El coronavirus ha venido a reforzar la idea de que todos estamos en riesgo y que ningún país puede ignorar la amenaza. Como ya pasó con la gripe de 1918, tanto el grado de expansión como la virulencia del virus que está detrás de la actual pandemia le han otorgado una dimensión global que nos obliga, más allá de las actuaciones locales, a buscar una solución igualmente global. La patogenia de la COVID-19 resulta muy compleja y habrá que abordarla, como ocurrió en el pasado, desde la perspectiva de las interacciones biológicas, sanitarias, socioeconómicas y medioambientales.

Además de dedicar una atención preferente al papel de las desigualdades sociales, habrá que mejorar los sistemas de vigilancia epidemiológica a escala internacional, desarrollar políticas de salud globales y, lo más importante, incorporar la sostenibilidad en los planteamientos y las actuaciones sanitarias.

«Vivimos más años, pero lo hacemos cada vez más con una importante carga de dolencias que menguan nuestra salud y nos hacen más vulnerables frente a patógenos»

En este sentido, la condición de grupo de riesgo que ha adquirido en la actual pandemia la población más envejecida no se puede desvincular de la realidad sociodemográfica y epidemiológica que ha marcado el incremento de la longevidad en países como España. Vivimos más años, pero lo hacemos cada vez más con una importante carga de enfermedades que menguan nuestra salud y nos hacen más vulnerables frente a patógenos como el coronavirus. La clave está en la condición de evitables que tienen muchas de las enfermedades que acompañan a los más mayores; la mayoría, ligadas a estilos de vida poco saludables, como pasa con los hábitos alimentarios. Corregir esta situación y buscar modelos alternativos de asistencia sociosanitaria en la población anciana, como por ejemplo la atención domiciliaria, puede ayudar a prevenir situaciones como las generadas por el coronavirus.

Se tiene que aprovechar la ventana de oportunidad que nos ofrece esta crisis sanitaria para reivindicar el papel que hay que otorgar a la Salud Pública y a las políticas de prevención y de promoción de la salud. En el ámbito del Estado español es el momento de implementar la Ley General de Salud Pública aprobada en 2011 y hasta ahora no desarrollada.

Se tiene que hacer efectivo el valor salud en todas las políticas. Como pasó en el siglo XIX con las epidemias de cólera o en el periodo de entreguerras del siglo pasado –al superar la pandemia de gripe de 1918–, habrá que evaluar las carencias sociosanitarias que se han hecho patentes y replantearnos el modelo de desarrollo que nos ha llevado a esta situación. Habrá que actuar desde la evidencia científica, en el ámbito local y en colaboración con una gobernanza global liderada por organismos y agencias supranacionales que procuran, sin conflicto de intereses, por la salud de toda la humanidad.

1. Para ampliar y contextualizar las reflexiones del ensayo, se puede consultar el trabajo: Josep Bernabeu-Mestre. Epidemias y globalización: nuevos y antiguos retos en el control de las enfermedades infecciosas. Revista de Historia Actual 2004; 2(2): 127-136. Recuperable en: http://rua.ua.es/dspace/handle/10045/20291. (Volver al texto)

© Mètode 2020
Doctor en Medicina y catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad de Alicante. Es miembro del Grupo Balmis de Investigación en Salud Comunitaria e Historia de la Ciencia de la Universidad de Alicante.